Con esta primera entrega iniciamos la publicación de, más que entrevistas, diálogos entre escritores, sobre temas en los que convergen (o no), ya sea en una mesa de café, en la barra de un bar, caminando por la calle o en el infinito espacio virtual del chat o el correo electrónico.

Alejandro Badillo en diálogo
con Gabriel Rodríguez Liceaga

Alejandro Badillo: ¿Cuál es tu punto de arranque para escribir una historia? ¿Coincides con la idea de que un cuento debe tener una estructura redonda, que resuelva un enigma o que un cuento puede ser una atmósfera, una sugerencia?

Gabriel Rodríguez Liceaga: Estoy completamente convencido de que un cuento debe tener una estructura, no sé si redonda, pero sí cerrada y perfecta, con gusto a tenso puño. Un cuento debe ser como cuando a la cinta diurex tratas de encontrarle el principio (o el fin) a rasguños y nomás no lo consigues. Entonces te das cuenta de que tienes un objeto perfecto en las manos.

Mi punto de arranque para escribir una historia tiene que ver con lo que me emocione. Si escucho un chiste en Los Simpsons o leo una nota en el periódico o mi novia me dice algo que me provoca pensar: “ahí hay cuento”. Trato de no descansar hasta que lo haya.

AB: En tus cuentos y novelas hay un personaje que, muchas veces, se convierte en protagonista: la Ciudad de México. ¿Qué mirada utilizas para retratarla? 

GR: Hace rato dije que no sabía si los cuentos debían tener una estructura redonda pero el ejemplo que usé es el de un objeto circular. ¡Vaya menso!

Sí, la Ciudad de México (a la que me moriré llamándola —también— D.F.) es el escenario donde arrojo a los trompos que son mis personajes. Amo mi ciudad. Descubrirla de a poco desde mi juventud hasta mis actuales 34 años es de las cosas más hermosas que me han pasado. La escribo desde ese amor, que como todo amor está lleno de espanto y asombro. Desconfío de la ciudad, se modifica muy aprisa, se expande y retrae tal como las cosas de las que debemos desconfiar.

AB: Hablando de tu novela El siglo de las mujeres. ¿Cómo surgió esa historia?, ¿cómo escribir desde el punto de vista de dos mujeres sin caer en los lugares comunes y hacer creíbles a los personajes?

GR: El siglo de las mujeres originalmente se iba a llamar “Patria”. Es decir: padre. No sé por qué me obsesiona tanto el problema de la paternidad, la búsqueda del origen. Yo quería narrar una historia en la que, al final, todos fuéramos padres e hijos de todos. No sé si lo conseguí, pero encontré cierta comodidad narrativa en contarla desde dos chicas que, como buenas mujeres de inicios de siglo, pasan por una fase de amor lésbico. No creo que por ser varón me sea más complicado escribir personajes femeninos. Siempre es difícil. El personaje que sea. Escribir es una condena autoinfligida.

Esa novela nació en las diferentes charlas que tuve con mi amigo Rafael Cruz cuando la vida aún no nos alejaba e ideábamos tramas bebiendo tragos al dos por uno en el centro. La platicábamos imaginándola como un filme que jamás existirá. Luego Ediciones B me pidió una novela y, vertiginosamente, la redacté. La corregía a la par con la ayuda de mi maestro Eusebio Ruvalcaba todos los jueves a la misma hora en que los niños de la escuela primaria de al lado de su casa salían al recreo.

Sin miedo a ser apologético: los mejores 7 meses de mi vida.

AB: Es interesante conocer el proceso de ese libro porque, al leerlo, se percibe una escritura de primera intención. Hay muchos escritores que trazan planos y planes detallados antes de escribir un cuento o una novela; hay otros que son más intuitivos y sondean desde el inicio el terreno sin saber muy bien a dónde irán. ¿Te identificas con estos últimos?

GR: Creo que escribir a tontas y locas sin saber a dónde irá a dar tu trama es de amateurs o turistas del arte. Uno tiene que saber cómo empieza su historia y cómo termina. Digo “tiene” pero en esto no hay reglas. Por ejemplo, yo no escribo estructuras en papel Moleskine pero todo el tiempo lo hago en mi cabeza. Para mí, un cuento no es un chispazo de imaginación súbito. Un cuento, una novela, la voy armando durante años y años de estar pensando “ah, pero qué pasaría si…”. Un poco como el juego del Tetris. Ir acomodando ocurrencias o líneas o desenlaces de manera que las cosas vayan sucediendo a tu favor y sin tropiezos. Si la cagas: las piezas caen más rápido y los rusos te chingan. Escribir es urdir. Pienso en las sillas de bejuco que están perfectamente enlazadas de manera que al que se sienta en ellas no se le hundan las nalgas. Hay que vigilar que el trasero del lector se sienta cómodo cuando lee nuestras historias.

AB: En tu caso, ¿cómo sabes que las primeras líneas que empiezas a escribir serán el inicio de un cuento o de una novela? A veces pasa que la historia que pensabas que cabría en pocas páginas comienza a exigir más espacio.

GR: Pocas cosas tan milagrosas como tener en las manos una historia por contar. Desgraciadamente los gringos inventaron el gancho narrativo y ahora tenemos que escribir primorosas primeras líneas que atrapen al lector de origen. Uno mide el alcance de la historia que quiere contar desde ese momento inicial, es como elegir desde qué trampolín arrojarte a la piscina.

 AB: ¿Qué opinas del cuento que se está escribiendo actualmente en el país? ¿Qué sigue ofreciendo el cuento que no tienen géneros con más gancho comercial como la novela y, en últimos tiempos, la crónica?

GR: Es estúpido hasta las lágrimas que las editoriales “grandes” no estén interesadas en publicar cuento. El cuento, lo he dicho antes, nos va a salvar a todos. El género cuentístico devela a un autor, hace públicas sus limitaciones humanas, escriturales, espirituales y de varia índole. Todo mundo quiere escribir cuentos pero nadie sabe qué es un cuento. Y en esto quizá sea yo un tradicionalista pero creo que precisamente en el hecho de que no cualquiera se rifa con un cuento estriba el poder de tan generoso género. Cuentos mexicanos extraordinarios hay muchos. La cuentística mexicana está sana. “Por lo menos hay salud”, dicen las abuelas.Te doy ejemplos de impecables cuentistas nacionales de tiempos recientes que le dan aire puro al género: Carlos Velázquez y su Biblia Vaquera; Joel Flores y Rojo Semidesierto; Alfonso Lopez Corral y Musiquito del Talón (la mejor prosa de 2013) y Úrsula Fuentesberain con Esa membrana finísima.

AB: ¿Cómo ha sido tu experiencia como escritor emergente en un país en crisis? ¿Qué parte de la realidad mexicana crees que se refleja en tus trabajos?

GR: Difícil pregunta. Naturalmente el país está en crisises. En plural. La que más me preocupa es la espiritual. Es decir: la búsqueda de darle algo de alimento al alma. Damos por hecho que tenemos una pero hacemos poco para despabilarla. El alma se exalta leyendo obras maestras, viendo cine cabrón, atendiendo a las nubes… y miles de cosas afines. Me aterra la forma como medimos nuestras vidas en quincenas, la forma como anestesiamos con cualquier babosada el asombro diario de estar vivos. En ese entorno no es tan difícil escribir. Me han comentado mucho que escribo cosas muy tristes. No sé si la realidad mexicana sea tan triste pero ese es el ángulo desde el que mejor me siento narrando.

Publicar en esta nación es prácticamente un asunto de suerte. Tener talento en México es sinónimo de frustración. Pero de nuevo, en ese entorno no es tan difícil crear. Se la vieron mucho peor varios de mi clan de autores.

AB: Aprovechando la referencia, ¿quiénes forman tu clan de autores? Conozco que eres un fiel devoto a muchos autores mexicanos clásicos. ¿Cómo influyen en tu escritura? ¿Qué les has aprendido?

GR: Soy muy patriotero en este sentido. Ya ni modo. Obvio: Vasconcelos y Martín Luis Gúzman, El Águila y la Serpiente es nuestro Dragon Ball. Rulfo, Arreola, Benítez, padres fundadores. Se me estaba olvidando Torri. Graciosísimo. La verdad es que visito seguido a Paz, como poeta es indestructible. Vicens unió nuestro sufrimiento al del mundo. Del Paso escribió la mejor novela mexicana de los últimos tiempos. Bah, no sé. Digo de botepronto los que son casi de cajón. Los primeros cuentos de Fuentes me emocionan mucho. Llueve lluvia de Ángel Trejo es un secreto de la literatura mexicana. A Lowry lo considero autor mexicano. A Greene, por El Poder y la Gloria quisiera considerarlo nuestro pero él no se deja. Víctor Hugo está presente en cada una de mis sonrisas. Acaricio a Cortázar cada que palpo la muñeca de mi actual pareja. No sé. Son tantos y la competencia es tan injusta.

Uno aprende de sus autores favoritos casi sin querer, sólo leyéndolos, llevándolos en el corazón debajo de la lluvia, al comer pambazos, al hacer el bello sexo.

AB: Siguiendo con tu formación como escritor, ¿cómo fue tu experiencia trabajando tus textos con Eusebio Ruvalcaba? ¿Qué tan difícil es pasar del papel de pupilo al de un escritor que va consiguiendo sus logros y forjando su estilo?

GR: Entre cantinas, cafeterías, centros de recogimiento religioso y departamentos en vecindades, tomé taller con Eusebio durante once años. Básicamente Eusebio me vio perder la juventud. Todas mis opiniones son una versión deslavada de las suyas. El maestro más que enseñarte a escribir te enseña a comportarte como escritor: con humildad y disciplina.

Sabrá dios si poseo alguna de las dos en un mínimo porcentaje. Espero un día ser un alumno al nivel que él merece.

He tratado de entender exactamente qué ha sido lo más doloroso de asumirme ya como un escritor. Creo que tiene que ver con el hecho de que ya no te mueve el anhelo. “Un día quiero ser escritor”, se repite uno día a día en la mocedad. Y cuando ya lo eres, cuando ya escribir es un oficio e incluso reseñas a autores de veintitantos años, cuando escribir es tan natural como estornudar o soñar feo, cuando ya no eres un turista del arte (esto es, dedicarte la vida entera a traducir el mundo en palabras)… no queda sino extrañar ese deseo que era iluminador y se te fue para siempre…en fin. Ando muy serio, prometo hacer un chiste en la siguiente respuesta.

AB: Estoy de acuerdo. De hecho la pregunta venía de una experiencia personal. Tomé por varios años, unos seis calculo, un taller con Alejandro Meneses, un escritor que fue determinante para que yo asumiera que quería escribir no como un pasatiempo sino como una vocación. Después de su muerte en el 2006 quedé desamparado porque sentía que aún dependía de sus juicios sobre mis textos. El tiempo siguió y tuve que sobreponerme y empezar a nadar solo. Sé que tienes un taller de narrativa que coordinas. ¿Cómo ha sido tu experiencia? ¿Qué tanto ha cambiado tu visión de la creación literaria asesorando a autores que empiezan a escribir sus primeros textos?

GR: Es una maravilla dar un taller. Todos los lunes cuando acabo de impartirlo soy la persona más feliz y completa posible. Y eso que el lugar donde se desarrolla queda justo entre el plantón en turno sobre Bucareli y varios periódicos con todo y sus periodistas del copy paste. En mi taller sólo hay una regla: no mencionar nunca a Cortázar porque el paso siguiente es que se arranquen hablando de sus sentimientos y esperanzas y, bueno, el tiempo de los demás alumnos es importante. A final de cuentas lo relevante de un taller es que obligas a los asistentes a escribir cosas nuevas semanalmente. Crea disciplina. Eso y que mantienes a un público cautivo de lectores atentos al avance de tu trabajo. Es fascinante ver cómo cada vez escriben mejor, juegan más. También me ha servido para darme cuenta de que no soy tan carismático ni tengo tantas ideas propias. Sobre el trabajo de los chavos que van cayendo sólo puedo decir: que el tiempo lo decida y ojalá no me traicionen.

Ojalá alguien que lea esto se interese en integrarse, somos un humilde grupo de escritores en ciernes tratando de no pisar una caca de perro en el camino al punto de reunión.

AB: Excelente. Pues que crezca el grupo y los descubrimientos. ¿Alguna cosa que quieras agregar?

GR: Me emociona saber que a los cincuenta y tantos años tendré muchas cosas aún por leer y ojalá un par de cosas por escribir. Sólo por decir una edad al azar. No es responsabilidad de ninguna generación tener a un par de genios. Yo, que no estoy ni cerca de ser uno, prometo morirme encerrado en mis propias limitaciones, como me recomendó Virgilio. Ojalá algún númen me sea propicio. Hay que leer el triple de lo que se escribe. Y ya. Lean La Crónica de los Wapshot de Cheever.