11 preguntas para conocer a Édgar Adrián Mora
y una playlist

[Édgar Adrián Mora es autor, entre otros libros, de Continuum. Una novela sobre Héctor G. Oesterheld, publicada por Editorial Paraíso Perdido]

1. ¿Escribir es una profesión, un asunto de vida o muerte, o un hobby?
Con la única definición con la cual no estaría de acuerdo es con la última. No me imagino que alguien escriba para “pasar el tiempo”. Sí creo que sea una profesión en los términos básicos del término: profesar algo. La escritura, para mí, es algo que lleva una carga de mística en tanto se encarga de perpetuar eso a lo cual se alude capacidad creadora de mundos: la palabra. Esa palabra está dirigida a los otros. A diferencia de muchos no creo en la idea de escribir para uno mismo, creo que la escritura es un diálogo en donde se propone sorprender al otro a partir de la historia, del lenguaje utilizado o de las capacidades no sospechadas. No creo que sea una cuestión de vida o muerte, pero lo digo desde la enorme cantidad de posibilidades de escritura de la época en la cual me ha tocado vivir. La escritura y su posibilidad están ahí de manera inmanente: tenemos teléfonos, computadoras, tabletas, lápices, plumas, gises, crayolas; un mundo de herramientas cuyo acceso es en suma fácil. No sé si podríamos vivir sin escribir, me refiero a aquellos que profesamos tal manía, y, la verdad, no quiero averiguarlo.

2. ¿Para qué escribir?
Para recordar lo que podríamos ser. La escritura, sobre todo desde la ficción, plantea las posibilidades de lo que no pudo ser posible. Escribimos para dar la oportunidad de que lo improbable exista. Escribir es también una manera de enunciar de manera distinta el mundo en donde vivimos. Es practicar el oficio de encubrir lo que, cuando es evidente, no recibe la suficiente atención. Escribir es escuchar y hacerse escuchar. Es buscar la comunión con lo colectivo, la lectura, a partir de una acción que se realiza en solitario. Cuando se escribe se es uno; pero cuando lo escrito se lee, la magia multiplica los ojos, los sentidos, las emociones. Escribir tiene un efecto multiplicador. Es algo de un poder implícito por lo que contiene y no por la forma en como está contenida. Recordemos Farenheit 451. Escribir, en ese sentido, es también leer. A los otros, al mundo, a sí mismo con respecto de los otros. Siempre un diálogo.

3. ¿Cómo fue que decidiste ser escritor?
No estoy consciente de cómo lo decidí. No estoy seguro de si es algo que “se decida”. Al menos yo nunca hice un alto en mi vida y dije: “seré escritor”. Pienso que es más bien una consecuencia de lo que surge de manera natural. Uno escribe, es escritor por la pura acción. Uno lo publica y lo leen personas a quienes no se conocen personalmente, es un escritor para los demás. No es algo que se pueda fechar. No tiene que ver con una decisión consciente ni con la primera vez que aparece el nombre en letras de imprenta. Quizá sí tiene que ver con el reto que implica contar algo que se imaginó de tal manera que parezca interesante para los demás. En ese sentido, quizá la lógica que me anima es la misma que anima a los magos. Mostrar el truco final, la ilusión, procurando que no se note la manera en cómo esto es posible. Disfrutar la sorpresa, el anonadamiento, la sospecha del otro. Cabe siempre, sin embargo, la posibilidad de ser un pésimo mago. Cuestión que quizá se deba, con cierta razón, al hecho de no practicar lo suficiente.

4. Libros que te marcaron y por qué:
En mi casa no había libros. Los que llegaron fueron porque familiares generosos me los regalaron o porque hice el descubrimiento más fantástico que puede hacer un niño sediento de historias: la biblioteca pública. De ahí que los libros que reconozco como determinantes vitalmente sean tan dispares y, en cierta medida, alejados del canon “exquisito” de la Academia. Recuerdo, en primera instancia, El principito, que hoy se considera cursi; yo lo sigo leyendo al menos una vez cada año y me sigue sorprendiendo su capacidad para encerrar en tan pocas páginas tantas señales de nuestra naturaleza como humanidad, para mí es un libro tan importante como La Biblia. El estudio de esta última me introdujo, desde la visión protestante de parte de mi familia, a la posibilidad de encontrar interpretaciones múltiples en todos los textos; mis libros preferidos eran “El evangelio según San Juan” (sí, lo sé, el más maniqueo), por la fuerza que tiene el personaje central y el contenido ético de sus enseñanzas; y las “Revelaciones desde la isla de Patmos”, en donde el fin del mundo era tan atroz que en aquella infancia me generaron una sensación ambivalente: terror por lo que enunciaba pero, al mismo tiempo, un morbo por las escenas descritas. En mi biblioteca (a las bibliotecas públicas uno se las apropia, ¿no?) había una excelente selección de cómics que me iniciaron en el gusto por este medio, ahí leí a Astérix, el galo, Mafalda, Los Supermachos, Proteo fuerza 10 y varios más que me dieron tardes llenas de fantasía y humor. Recuerdo con mucho cariño las ediciones de Porrúa, la colección “Sepan cuántos”, en donde leí a escritores que hoy me siguen pareciendo portentosos: Emilio Salgari, Julio Verne, Víctor Hugo, Alejandro Dumas. De todas esas lecturas la que más me impactó fue Los tres mosqueteros, toda la serie, recuerdo que lloré sumamente conmovido cuando Dumas describe, en El vizconde de Bragelonne, la muerte de D’Artagnan. Me sentí un lector de folletines de finales del siglo XIX con la lectura de los casos de Sherlock Holmes, me indignó, como a los lectores de esa época, que Conan Doyle decidiera matar al detective. Más adelante descubrí a Gabriel García Márquez a través de sus libros más interesantes: Cien años de soledad y El amor en los tiempos del cólera. El boom latinoamericano tuvo un impacto enorme en mí, porque me mostró que había formas distintas de contar las historias y que, incluso, la historia no tenía que ser lo más importante, sino la forma en cómo ésta era escrita. Pedro Páramo fue una lectura deslumbrante. Cortázar, Borges, Carpentier. Eso abrió la posibilidad de acceder a autores como Milan Kundera, Patricia Highsmith, Ray Bradbury, Charles Bukowski. Es decir, el boom permitió que me diera cuenta de que había literatura más allá de la aventura y el romanticismo decimonónico. De los contemporáneos leo con gusto a Don DeLillo, Bret Easton Ellis, Neil Gaiman, Alan Moore, Paul Auster, varios más.

5. ¿Qué escritor o escritores podrías mencionar como una invitación a leer?
Depende de la sensibilidad, la edad, el hábito lector. Trabajar con adolescentes me ha enseñado que no se puede generalizar con respecto de lo que puede o no gustar. La historia de vida de cada uno es, por ejemplo, algo determinante a la hora de aceptar un libro como parte del mundo de cada quien. Pero creo que hay textos de escritores como Stephen King, Neil Gaiman, Bernardo Fernández, Roal Dahl, Michael Ende, Etgar Keret, que animan a continuar con la lectura de más textos, no sólo de ellos, sino de otros. En especial quiero mencionar la obra de Jorge Ibargüengoitia, creo que es uno de los escritores mexicanos que más han hecho por la lectura en nuestro país. Su obra es un espejo magnífico en el cual nos vemos reflejados y que no pierde vigencia, a pesar de los años.

#Continuum #EditorialParaísoPerdido

6. ¿Alguna ceremonia o rutina para escribir?
Creo que ninguna en especial. Sí requiero saber que tengo un tiempo determinado para hacerlo y que nada va a interrumpir ese momento. Me cuesta trabajo concentrarme si lo hago mientras realizo otras tareas. Algo que sí es fundamental es tener un líquido a la mano. Si estoy en casa por lo general es una cerveza o algún alcohol, si el humor y la hora lo permiten. Si no es así, o es en algún otro lugar, siempre café. Quizá la rutina se componga de esos elementos: escribir, beber, obligarse a parar a orinar y repetir. A veces poner música. A veces sólo el silencio.

7. ¿Qué estás leyendo en estos días?
Soy un lector muy caótico. Leo (y releo) muchas cosas al mismo tiempo, lo que tiene sus ventajas y desventajas. Ahora mismo leo, salteados y a tiempos dispares, Diario de una resurrección de Luis Rosales, la reedición que Vértigo está haciendo de The Sandman de Neil Gaiman, los compilados de Preacher de Garth Ennis y Steve Dillon, Ernie Pike en prosa de Héctor Germán Oesterheld, ¿Olvida usted su equipaje? de Jorge Ibargüengoitia, Historias de madres, historias con madre. Crónicas del maternaje de varias autoras, Vuelta a la casa en 75 poemas de varios autores, Sobre la impura esencia de la crítica de Heriberto Yépez, King, el rey. Un universo de terror de Eduardo Guillot y los que se acumulen esta semana (que aparte estoy de vacaciones, lo que aumenta las posibilidades).

8. ¿Qué libro no pudiste terminar?
Uh, varios. Aunque acá habría que hacer algunas subcategorías. Por ejemplo, qué libros no terminaste en algún momento, pero después sí. Eso me pasó con Madame Bovary, por ejemplo, y con la primera vez que me acerqué a David Copperfield de Dickens, con Ricardo III de Shakespeare. Creo que se debe intentar otra vez con todos los libros en un momento distinto. Mejor pasemos a la siguiente pregunta…

9. ¿Personaje literario favorito?
Sherlock Holmes, por supuesto, ¿quién no quisiera tener sus habilidades? Athos, de Los tres mosqueteros. Hannibal Lecter, de la serie de Thomas Harris. Morfeo de The Sandman. Juan Salvo de El eternauta. Momo, de la novela del mismo nombre. Tomás de La insoportable levedad del ser. Odiseo de La odisea. Y, por supuesto, la encarnación perfecta de la venganza: Edmundo Dantés de El conde de Montecristo.

10. ¿Algún lugar o momento favorito para escribir?
En mi caso el momento favorito es cuando tengo tiempo de construir ese momento favorito. Pero, a últimas fechas, eso ocurre sobre todo por la mañana. A pesar de que mucho tiempo de mi vida fui un ser de costumbres nocturnas, hoy ya no se me da mucho. El lugar elegido sería mi pequeño estudio, con los libros de mi biblioteca a mano a fin de buscar alguna palabra y la manera ideal de expresarla.

11. ¿Mezcal, Whisky, Ron, Tequila…? ¿Algún otro?
¿De verdad hay que escoger? Soy más cervecero. De cervezas ligeras. Mezcal, sí. Whisky, por supuesto. Tequila, por tradición. Ron, si no queda de otra. Y vino, ¿qué haríamos sin el vino?

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