Voy por el tercer Jack mientras veo el mar ir y venir en espuma. Por fin me decido. Recorro el timeline de Facebook en busca de los hitos del 2016, pues tengo la peor memoria de mi generación. Rescato algunas frases y fotografías, pero me doy cuenta de algo: fue un año de encierro y de enfoque en el trabajo. Fui sólo un puñado de veces al cine, descubrí poca música nueva y los estrenos editoriales prácticamente se limitaron a los de casa. Eso, aunado a los terribles acontecimientos políticos y sociales acaecidos durante todo el año, dificulta la elaboración de un listado de lo mejor de lo mejor. Sin embargo, acá va un ejercicio de reflexión sobre aquellos productos, lugares o tendencias (no necesariamente estrenados en 2016) que influyeron de manera positiva durante el transcurso de 365 días.

 


1. El combustible. Parte I.

Tiendas como Vinísfera y  La Contra, e incluso Vinos Américas con su selección de vinos del mes, han dado un impulso a los vinos mexicanos. Juguete, los Madera 5, los Monte Xanic o las variedades de Santo Tomás y Casa Madero fueron para mí este año un gran descubrimiento por su apuesta de varietales y diseño. Con ellos he comenzado una rutina de ir a la tienda de vinos y, como en la librería, recorrer los estantes para probar algo nuevo.

2. Para calmar a la bestia.

Quien me conoce sabe que mis gustos musicales son por demás eclécticos: desde Metallica y Tool hasta Emmanuel y Raphael, de Pedro Infante y Los Ángeles Negros hasta David Bowie y Jungle. Sin embargo, lo que más me impresionó este año fue Valentina Lisitsa y sus monstruosas manos. Digo «monstruosas» por impresionantes, por surreales. Verla tocar el piano es un deleite audiovisual: el sonido, su rostro apasionado, los dedos que se mueven de manera independiente, como con vida propia… todo ello hace pensar que hay personas que son más que humanas.

3. La interweb.

A pesar de la gran y terrible impresión que me causó el tercer capítulo de la tercera temporada de Black Mirror, las series que más me gustaron fueron Better Call Saul, Rick and Morty, Gravity Falls y Don’t Hug Me I’m Scared. La primera, por la continuación de un gran relato bien construido con personajes entrañables, y la excelente actuación de Bob Odenkirk. Las dos siguientes por tomar referentes culturales icónicos y transformarlos en animaciones con tramas divertidas e inteligentes. La última, finalmente, por mantenerme durante semanas consternado acerca de lo que acababa de ver.

4. La pantallota.

Creo que fui al cine un total de cinco veces en el año. De esas destaco, primero, por fanboy, Rogue One, y después The Witch, una película de terror excelentemente construida, con un manejo del lenguaje (oral y visual) efectivo.

5. La pantallita.

Tengo años sin ver televisión, salvo para ver los partidos de la NFL. De lo que sucede ahí me entero por la maravilla del YouTube. Este año quedé maravillado con Jimmy Kimmel, su sidekick Guillermo y su equipo de guionistas. No sólo el tipo es hilarante, sino que además sus gags y productos audiovisuales, es decir, todo aquello que no son las entrevistas a las celebridades, son sumamente inteligentes, al grado de llevar el humor a la experimentación social. Para ello baste ver videos como Hey Jimmy Kimmel I told my kid i ate all their halloween candy, Judge James o las bromas del primo Sal.

6. El combustible. Parte II.

Tengo mi cantina mágica de preferencia, Paco’s, en Santa Tere, en la cual hay que ir a comer por lo menos una vez a la semana, particularmente los viernes que se sirve ya sea chamorro o birria, según indique el calendario. Ahí se puede echar buen trago y buena charla con los parroquianos o César, el dueño. Es como la segunda casa. La otra opción, de por lo menos una vez al mes, es Sudestada: un asado argentino con cortes deliciosos y un servicio de primera. El descubrimiento fue Filipo: restaurante italiano en el que, en palabras del dueño, se vive la experiencia toscana. Pocos platillos pero no se necesitan más.

7. Lo obligado.

Al dedicarse a la escribida, se espera que uno haga su top 10 de lecturas del año, ejercicio que encuentro sesgado, tedioso y chapucero. No pienso hablar de grandes libros como ¡Canta, herida!, Las conspiraciones fallidas o Los demonios de la sangre porque sería igual de tendencioso que aquellos que hacen sus listas exclusivamente con el material que les pasan sus amigos o las editoriales que les mandan libros cada inicio de mes. Por el contrario, hablaré de dos que leí a principios de año y que, curiosamente, no son ficción: La fábrica del lenguaje y 101 experiencias de filosofía cotidiana. El primero, escrito por Pablo Raphael y finalista del Premio Herralde de ensayo 2011, hace un gran trabajo de exposición sobre los movimientos literarios y editoriales de Hispanoamérica de este siglo. El segundo, de Roger-Pol Droit, fue merecedor del primer premio al libro mejor editado en 2015. Y con razón. No sólo es bellísimo por su edición y las ilustraciones hechas por Olga Capdevila, sino que cada una de estas lecciones, desde comer una manzana hasta el acto de orinar, son una reflexión sobre lo cotidiano, aludiendo a aquella frase que dicta que todo acto humano tiene significado.

 


Termino el cuarto Jack y me quedo sin palabras. El sol cae y yo estoy convencido de que no tengo nada más que decir. Por ahora. Es momento de abrir la botella de tinto y brindar por un año mejor: por un buen vino, por grandes lecturas, por historias memorables.

¡Salud!