La lente anónima

POR MARIANA MOTA

No compartas las imágenes. Estas palabras me llegaron por diferentes medios la semana pasada. Yo sabía de qué hablaban aquellos que lanzaron la invitación al huracán de las redes sociales, que a veces parecen más bien telarañas; pero tras la petición, casi súplica, de no alargar más la cadena de miedos globalizados que entran por los ojos, decidí no alborotar mis propios temores: no di play al video ni hurgué en las fotografías que probablemente tienen a muchos con un paquetazo de íes extra: inseguridad, inquietud, intranquilidad; con un desasosiego que no tenían antes de vulnerarse así frente a su Majestad Imágenes.

Si así me siento yo, que no sucumbí ante el morbo en esta ocasión, ¿cómo se sentirán otros? Hace poco, en una de las tantas veces en que me ha vencido la curiosidad o la ignorancia, reproduje un video que me tiene sufriendo al día de hoy; no lo describiré para no alargar la cadena, pero sin duda ahora que tengo esa imagen de dolor y sufrimiento animal en mente, mis lapsos de dolor y sufrimiento humanos son mayores. Me parece acertado el consejo de la abstinencia. Si las malas noticias llegarán de cualquier manera por la vía auditiva, mejor evitarlas por la visual.

Así de poderosas son las imágenes, disparos que sacuden a la memoria. Sin ese fragmento de tiempo que permanece impreso para siempre, los recuerdos se adormecerían y nos quedaría quizá un rumor de realidad. Al menos a mí me sucede aquello del olvido, y en consecuencia me volví amante y adicta al poder de las fotografías fijas y en movimiento: ver, buscar, disfrutar, tomar, editar. Y más infinitivos. Esos sencillos cuadros son copias, nunca completamente fieles, de escenas cargadas de emociones, y me imagino que para nuestra propia condición humana el milagro de ese espejo social y personal resulta irresistible.

Yo sí quiero compartir imágenes, pero no me interesan las que narran de manera desgarradora y morbosa una realidad tan punzante, tan cercana; esas que son un espejo nítido pero ensangrentado por el que no ha pasado encima el trapo de la simulación (qué belleza hay en los planos que se producen y reproducen cualquier tipo de realidad) o del tiempo (lo lejano también me impacta, pero de forma menos violenta). Supongo que la intención diferencia, en gran medida, al morbo del arte. Porque no se trata de cerrar los ojos ante el dolor: verlo a color y con aspecto claro ayuda a que uno salga de su burbuja egoísta, en donde las desgracias ajenas no conmueven porque no existen. Pero solamente en donde haya fotografías y videos con una intención favorable, muestren construcción o destrucción, es donde quiero gastarme los ojos para sentirme un poco más viva. O más muerta, si hace falta.

Fotografía de: Clem Onojeghuo