Sueños lúcidos

por Javier Paredes

Crear una enciclopedia, compilar la totalidad del conocimiento humano y ser capaz de escribirlo en una obra monumental nos parece una empresa desaforada y prodigiosa, cuya sola imaginación fatiga ya el entendimiento, por ser figura del infinito como la biblioteca de Babel, la muralla china de Kafka o el océano de Agustín de Hipona.

A este empeño audaz o pueril se consagró la obra de muchos hombres, que han pretendido crear un libro —o un igualmente finito conjunto de libros— que sea el reflejo del saber humano; o mejor aún, el espejo del mundo.

La ilusión de este espejo ha fascinado a las culturas:

Se dice que los hindúes antiguos no conocieron enciclopedias, aunque quizá los Puranas representen un enorme y sugestivo mosaico de la cultura de la India.

La ancestral China puede ofrecernos el T’ai-ping yü-lan, verdadero edificio de amarillento papel y meticulosa caligrafía que fuera erigido bajo la dirección de Li Fang; acreditando la condescendencia del emperador Tai-Zong, quien gozoso recorrió los mil rollos que integran el T’ai-ping, poblados de poesía, de proverbios y de arcaicas estelas cuadrangulares.

Los griegos tuvieron el Corpus Aristotelicum, que abarcaba —entre esotérico y exotérico— la lógica, la física, la astronomía, la biología, la moral y la política, sin olvidarse de la poética, del ser y del motor inmóvil.

Varrón, quien fuera llamado el más erudito de los romanos, escribió las Antiquitatum rerum humanorum et divinarum, que tocó por igual las cosas humanas y divinas.

Sin demérito del lustre y buena fama de Varrón, la más extensa de las enciclopedias de la antigüedad clásica fue indudablemente la Naturalis Historia de Plinio el Viejo. Este cumplido y docto funcionario —a pesar de su vetusto remoquete— fue incansable autor y curioso investigador hasta su postrer y volcánico final.

En su ingente extensión, la Historia Natural de Plinio abarca a los partos monstruosos, los basiliscos, el origen de los anillos, los mármoles alejandrinos y las maravillas del mundo, sin dejar de analizar la finitud del universo.

No puede obviarse en este punto al africano Marciano Capella y sus alegorías didácticas, en prosa y verso, que fueron consagradas en las Nupcias de la Filología con Mercurio: “aparece una anciana, es nativa de Menfis, creció en Atenas y ahora es ciudadana romana, porta una caja de marfil, dentro de ella guarda un escalpelo de bronce y una piedra pómez, son para corregir los defectos de la lengua. La llaman Gramática. Se presenta luego una dama demacrada, en la diestra aprisiona una serpiente y en la siniestra un anzuelo; es la Dialéctica”. (Así pareciera decir el libro).

Soslayando su cuestionable estilo, la división que Capella hace de las letras y las ciencias formaría el canon septenario durante mil años y serviría para ordenar las obras de consulta y los programas de estudio: Gramática, Retórica y Dialéctica (el Trivium); Aritmética, Geometría, Astronomía y Armonía (el Quadrivium).

A partir de Capella, a quien antes referimos, las compilaciones de la Edad Media son como catedrales de conocimiento, donde se analiza, escudriña y documenta lo visible y lo invisible. Así se muestran Las Etimologías de San Isidoro de Sevilla y la Bibliotheca mundi de Vicente Beauvais, sin omitir el De Universo, de Rabano Mauro. Todos ellos son libros claros de la edad oscura, en que se representa con precisión a las jerarquías angélicas y se describe a los serafines como ardientes o inflamados, por ser los ángeles “más cercanos a la claridad que emana la luz divina”.

También existen insignes monumentos islámicos al conocimiento enciclopédico, como la Introducción a la Historia Universal de Ibn Jaldun, donde el autor precisa: “Los hombres de sólida inteligencia jamás han tenido la menor duda respecto a la existencia de la magia”. Con esa fe peculiar, Ibn Jaldun abarcaría la magia, los talismanes y la alquimia, pero también el origen de las mezquitas, la vanidad de la filosofía y las reglas del arte poética.

De signo contrario, en materia de fe, es la Encyclopédie o Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers. Originalmente limitada a ser una traducción al francés de la enciclopedia de Chamberg, la empresa editorial del siglo XVIII fue ampliada en sus alcances por consejo del abate Juan Pablo Gua, para ser a la postre planteada como una nueva obra bajo la dirección de Denis Diderot.

Aunque son de lamentarse los resultados desiguales, el colectivo quehacer de esta empresa fue admirable y a la fecha sus autores gozan de póstumo y merecido reconocimiento. Entre muchos otros, Rousseau que aportó su vasto conocimiento musical y de política economía.

La enciclopedia de la ilustración francesa sufrió los avatares de sus propios autores, se retrasó por el encarcelamiento de Diderot; sus láminas y manuscritos fueron sujeto de una tentativa de aseguramiento policial; el Parlamento de París prohibió su venta y reparto; los suscriptores recibieron orden de entregar los tomos a la policía; el editor —uno prudente— mutiló los ejemplares de sus más polémicos contenidos; fue censurada por jesuitas y jansenistas por igual, y se dice incluso que la edición ginebrina fue sometida a excomunión papal.

Hasta aquí la breve enunciación de los fracasos, de los intentos fallidos del conocimiento universal y por tanto, inalcanzable. De nada han servido los copiosos índices, las bibliografías y los atlas, nos encontramos ante un infinito de segundo orden, pues no sólo nos es imposible compilar el conocimiento del universo entero, sino que ni siquiera podemos enunciar la totalidad de las enciclopedias que existen, que han existido y que existirán.

Por si fuere poco, a las enciclopedias reales se aúnan aquellas que son ficticias, fantásticas creaciones literarias. Como somera muestra, dos de ellas:

La Enciclopedia Galáctica, de Isaac Asimov, que reúne el conocimiento de la Vía Láctea, de todo el tiempo y el espacio explorado, de cien mil millones de planetas, como último gran destello del imperio. Ignoramos el volumen —siquiera virtual— que podría contenerla.

La Primera Enciclopedia de Tlön, propuesta por Jorge Luis Borges, como el fruto de una conspiración y editada secretamente, obra misteriosa que demuestra la sutil inexistencia de la materia y la peregrina conclusión de que somos, mundo y hombres, sólo pensamiento, al que la propia enciclopedia dará forma.