Inspirado en hechos reales

por Édgar Adrián Mora

Hay libros que, sin ser de los que se denominan “de autoayuda”, deberían pertenecer a una categoría que a mí se me ocurre nombrar como “libros inspiradores”. Es decir, libros que influyen lo suficiente en aquellos que los leen como para impulsarlos a hacer algo más allá de la simple lectura del texto.

Los hay de diversos tipos. Libros sobre política que modifican el comportamiento ciudadano de sus lectores. Libros sobre ecología que transforman a sus receptores en máquinas recicladoras de PET.

En mi caso, hay dos libros que me han dejado una huella suficiente como para tomar acción más allá de la lectura. Los dos son testimonios autobiográficos (o algo parecido) de escritores.

Uno es De qué hablo cuando hablo de correr de Haruki Murakami. El escritor japonés vierte en esta especie de ensayo narrativo autobiográfico su experiencia como corredor de fondo. Y la expresión nunca ha sido mejor empleada. Murakami es un corredor de retos como ultramaratones de cien kilómetros o rutinas que consisten en correr durante 24 horas seguidas sin parar. Es un libro sobre su afición al jazz, al atletismo y, por supuesto, sobre la escritura creativa. Correr es para el autor la alegoría perfecta, en la realidad del asfalto y el sol, de los problemas que se enfrentan al escribir narrativa de largo aliento. En ese sentido, quizás 1Q84 sea la materialización de uno de los ultramaratones a los que hace referencia.

Leí el texto de Murakami en una etapa en donde Laura, mi doctora y compañera de vida, me había recomendado realizar actividades físicas como caminar, a fin de reducir los estragos que una lesión lumbar autoinflingida por años de sedentarismo causaba en mi cuerpo. Leí el libro de Murakami mientras avanzaba metros en un aparato que me permitía hacer ejercicio y leer al mismo tiempo. Cuando terminé el volumen, me sentía capaz de correr los mismos cien kilómetros a los que aludía el japonés, así como intentar que esa disciplina se transmitiera también a mis aspiraciones de escritor.

Leer mientras se hace ejercicio es una de las recomendaciones que Stephen King da en el otro libro que considero dentro de esa inaugurada categoría de “libros inspiradores”: Mientras escribo. Es una obra que trata sobre la autobiografía, igual que sobre el método de escritura que ejercita, así como hace reflexiones varias que abordan cómo la vida y sus distintos significados se reflejan de maneras múltiples y variadas en la obra creativa de los artistas.

Mientras escribo es para mí un testimonio entrañable que muestra a un escritor que es al mismo tiempo profundo y simpático, respetuoso y burlón. Que no se mortifica por las críticas y las opiniones que los demás (en específico, la academia) ha tenido sobre su trabajo; es una postura que no se funda en la soberbia, lo cual queda claro a quienes leen su obra y los contenidos mediáticos que genera su vida y trabajo. Que se sincera con respecto de su afición a los estimulantes y en cómo la fama y el dinero modificó su vida cotidiana. Que no tiene empacho en reconocer el amor incondicional que se profesan él y su esposa Tabitha. Pero que, al mismo tiempo, presenta ideas de gran utilidad para un escritor principiante (y para quienes no lo son tanto, cabe decir).

Su experiencia cercana a la muerte, en la cual reflexiona en la última parte del texto, desprende una sinceridad en donde se puede sospechar que lo dicho a lo largo del libro no es sino verdad. Lo que le importaba a King, después de que una camioneta lo hiciera volar y le machacara varios huesos y órganos, era el tiempo y la manera en cómo podría volver a escribir. La tarea creativa es, en su propio testimonio, lo que le permite vivir y darle sentido a esa vida. No se puede negar que esto es inspirador. Sobre todo si se aspira a generar, como él, una obra perdurable. Queden estas líneas de la parte final del libro como testimonio de adhesión a esa pulsión que representa el acto de escribir:

Escribir no es cuestión de ganar dinero, hacerse famoso, ligar mucho, ni hacer amistades. En último término, se trata de enriquecer las vidas de las personas que leen lo que haces, y al mismo tiempo enriquecer la tuya. Es levantarse, recuperarse y superar lo malo. Ser feliz, vaya. Ser feliz. […] Escribir es mágico; es, en la misma medida que cualquier otra arte de creación, el agua de la vida. El agua es gratis. Con que bebe. Bebe y sacia tu sed.