De principio a film

por Rodrigo González M.

Mad Max: Fury Road (George Miller, 2015) se presentó en las pantallas como el más temible y posible futuro distópico para la humanidad: el hombre máquina, el todopoderoso conquistador del mundo vuelve a las cavernas víctima de su propia ambición y su irracionalidad. Ahí el maestro Miller nos cuenta cómo una guerra global deja a la raza humana y al planeta entero el borde de la extinción y la manera en la que, de sus propias cenizas, comienzan a florecer vestigios de una nueva civilización, de una nueva era. A pesar de que esta nueva civilización se acerca sobremanera al núcleo más violento de los seres humanos no deja de ser terriblemente familiar a lo que somos ahora: divididos entre aquéllos fanáticos religiosos, soldados de la fe dispuestos a morir por la causa; los que de alguna manera resguardan el conocimiento científico, lo impulsan y lo difunden, y los que atrapados en medio de ellos intentan sobrevivir.

Acá de este lado, fuera de las pantallas, apenas se anunció el “gasolinazo” en diciembre pasado, la mayoría supimos de cierta forma qué iba a suceder. La distopía, el temor de que nuestras peores pesadillas se hicieran realidad empezó a tomar forma: intuimos las marchas, las protestas, los bloqueos en las carreteras, la toma de casetas y, con todo ello, los abusos policiacos, los atracos, los saqueos, los vidrios rotos, nuestra dosis de caos de enero, la manipulación cibernética, las descalificaciones, los dedos acusadores apuntando a todos lados. Seguimos frente a la computadora para ver sin mover una pestaña la desaparición de Syria, la sonrisa de Putin y su intervención en las elecciones de Estados Unidos, los débiles esfuerzos de la ONU para contener a Israel y sus asentamientos ilegales en Palestina. Si acá ya veníamos arrastrando 10 años de violencia virulenta en todo el país, lo que empieza a pasar en la banqueta de enfrente tiene aires de tragedia. Entonces llegó el nombramiento de Videgaray como Canciller, la próxima toma de posesión de Trump como presidente de Estados Unidos, el dólar a 21 pesos, Duarte riéndose de todos nosotros en alguna playa del mar Caribe.

Desde este punto, ya es fácil imaginar las siguientes escenas para el verano de 2017: en medio de un conflicto menor por un gasoducto en Asia central, Trump aprieta el botón equivocado, entonces Putin llama a la calma pero al dar el manotazo en la mesa, aprieta también el botón equivocado y bueno, hasta aquí la historia de civilización occidental.

Hay gente que sólo quiere ver el mundo arder y hay gente que ve el mundo arder y no hace nada. Pero ganan poderosamente mi atención aquellos que, por dar un ejemplo, piden que para resolver nuestros conflictos consumamos únicamente productos mexicanos, como si el tomate, los huevos, la leche, el pan, las tortillas que se producen en México fueran a transportarse en camiones mexicanos, con gasolina mexicana, en carreteras hechas con maquinaria mexicana y los pedidos se fueran a tomar y registrar con computadoras mexicanas, se fueran a recibir las llamadas de los clientes en smartphones mexicanos, o a recibir correos electrónicos en el servicio mexmail, dar nuestra mejor muestra creativa en 140 caracteres en tuitmex, y todos fuéramos parte de la gran red social conocida como mexbook: todo esto, claro, hecho con tecnología mexicana de punta. Pues no, la verdad es que eso no va a pasar. En el mundo interconectado y globalizado en el que decidimos jugar, los gobiernos que escogimos nos pusieron a bailar con la más fea y la más fea es la que no fue al baile. Es decir, nos robaron. Estamos solos, solos en medio de la pista, haciendo el ridículo en la fiesta de las naciones.

En nuestro Mad Mex la lucha también es por la gasolina y por el agua. También queremos salvar a nuestras mujeres y a nuestros niños, también queremos escapar a ese lugar que es verde y que es promesa y es futuro y es prosperidad. Pero también sabemos que ese lugar se fue hace mucho tiempo, que ya no existe y que la única forma de salvarnos es volviendo sobre nuestros pasos, enfrentar el horror de lo que somos, la vergüenza de lo que no hemos hecho y no hemos querido ser, y abrir la llave para todos. La igualdad es, en este momento, lo único que puede apagar la llama de la indignación social, erradicar la tontería política y cambiar la realidad.