Buscando a Wakefield

por Cecilia Magaña

Hay un hombre que camina por la calle donde vivo. Es un hombre de barba canosa y pelo largo, lleva un zapato distinto en cada pie y siempre va con mucha prisa. Wakefield, le llamamos alguna vez Javier y yo, pensando en el personaje de Hawthorne. El amigo, le hemos dicho en otras ocasiones, cuando se enoja y grita algo, o cuando lo descubrimos bebiendo de un refresco abandonado. Aunque Wakefield me gusta más. Me hace pensar que hay alguien que lo espera en algún lugar, quizás desde hace veinte años. O alguien que de vez en cuando se lo encuentra y le procura ropa nueva, dos pares de zapatos; porque en esto el amigo Wakefield es irreductible: no puede usar el mismo tipo de zapato en cada pie. Lo imagino ceñudo, tomándose su tiempo al decidir qué par le gusta más para desechar; el izquierdo primero, el derecho después.

Hawthorne narra, como parte de su cuento, que leyó “en alguna revista o periódico viejo la historia, relatada como verdadera, de un hombre ―llamémoslo Wakefield―que abandonó a su mujer durante un largo tiempo…”. Y hoy miro las noticias, miro los periódicos de los que alguna vez yo también recorté noticias curiosas, impresiones agridulces de la nota roja pero no encuentro nada que me despierte una historia. Es más, no quiero mirar. Prefiero ver por la ventana y buscar al amigo, a nuestro Wakefield, caminando rápidamente a ningún lado. Como todos nosotros, parecen decir los tuits, los posts de Facebook de tantos amigos, los whatsapps preguntando si ya nos enteramos de los muertos, de la toma de posesión de Trump, del muchacho que le disparó a todos. Y yo quisiera decir que no. Que no sé nada. Que me he ido y no volveré por veinte años. Que cuando pase todo entraré por la puerta como si acabara de irme apenas, aunque habré pasado todo ese tiempo en una casa cercana, mirando el mundo que conozco desde otro lado. Igualito que Wakefield. Pero me descubro como siempre, sin quedarme en un solo lugar, corriendo para ganar más dinero, para pagar las deudas, para ver si de una vez me animo a contratar ese seguro de gastos médicos.

Hace apenas unos días me lastimé la rodilla. Fue cerca de la ventana. La luz de mediodía entraba a través del cristal y yo me agaché a recoger algo. Eso fue todo: no fue un gran accidente, una caída terrible, algo digno de hacer levantar la vista a Wakefield desde allá abajo. Esperé un par de días con el dolor, como si no pasara nada. Subiendo y bajando de camiones. Hasta que fui al doctor y me recetó estarme quieta. O al menos más quieta que de costumbre por dos semanas, si no quería que me operaran. Así que he obedecido y aquí estoy, mirando al amigo que de vez en cuando se sienta bajo un árbol y canta. O mira las hojas y se queda dormido, cosa rara. Descansamos los dos.

He escrito algo, pero nada de ficción. ¿A dónde se me fueron las historias? Melville le escribió alguna vez a Hawthorne que tenía una excelente anécdota para él: una contraparte de Wakefield. Así como tanta gente que conozco me ha dicho en más de una ocasión: conozco una historia que te va a gustar, es casi un cuento, ya verás. Hawthorne nunca la escribió. Y yo sigo preguntándome, ¿a dónde se me fue la ficción? ¿Cuál es la calle donde se encuentra ahora esa casa en la que pensaba esconderme por al menos veinte años? Quizá es la misma que Wakefield se ha cansado de buscar.

Lo imagino aún tumbado bajo el árbol. Estiro la pierna, que según yo va mejor, y se me ocurre que tal vez es eso lo que nos hacía falta. Un ratito de ocio, de quietud después de tanto tiempo de vagabundear y de angustiarnos. Volver a nosotros y asomar la cara al hogar que hemos dejado por tanto tiempo abandonado. A ver qué se nos ocurre. A ver qué pasa.