Sueños lúcidos

por Javier Paredes

El emprendimiento de Google Books nos ofrece el improbable obsequio de El Asno Ilustrado o la Apología del Asno, por un asnólogo, aprendiz de poeta, edición de 1837, que en su momento fuera donada por J.C.  Cebrian a la Universidad de California y que aún luce en sus guardas virtuales la veteada imitación del mármol.

Al uso de los antiguos manuales de historia natural, esta apología intenta conciliar no la suma de un saber “científico” (lo que ahora consideraríamos científico) sino todas las referencias posibles a un tema, en especial las literarias, las históricas y las filosóficas.

En la obra del asnólogo se aprecia una paciente y prolija recolección de datos, que se centran en este humilde animal, al que se atribuyen las virtudes de una vida frugal, sobria y laboriosa: casi nada pide ni lo espera, ni es menester preparación alguna para su mesa, el primer cardo que encuentra le hace plato: nada le parece que se le debe, ni se le ve jamás disgustado o mal contento… Es de paciencia singular modelo, ni afán ni gasto ni cuidado exige…tan útil para el hombre con albarda, como sin ella, cincho, ni aparejo, y sin gastar con el peine ni esponja, le sirve sin herrarle y pelo a pelo.

Pasan de seiscientas las hojas que incluyen copiosísimas anotaciones históricas, críticas, filológicas, geográficas, físicas, médicas, filosóficas, políticas morales y religiosas; que por igual mencionan al valeroso borrico de Babilonia que dio muerte a un león en tiempos de Alejandro Magno, que al manso burro que cargó en sus lomos al Redentor.

Si pareciera banal vindicar al asno, más fútil aun se nos presenta el elogio de la mosca, ensayado por Luciano de Samosata; y reproducido por Augusto Monterroso.

Luciano halaga a la mosca que se nutre con los hombres (y de los hombres) siendo su comensal y su invitada, animal de fuerte mordedura, que hiere al caballo y es capaz de torturar al elefante. Filosófico, le asigna la inmortalidad del alma como su característica: Cuando la mosca ha muerto, si se le echa un poco de ceniza, resucita al instante, como si renaciera, y recomienza una segunda vida.

Monterroso va más allá. Nos aclara que existen moscas de la guarda, que nos cuidan a toda hora de caer en pecados auténticos, grandes, para los cuales se necesitan ángeles de la guarda de verdad que de pronto se descuidan y se vuelvan cómplices, como el ángel de la guarda de Hitler.

Entre los animales que han sido objeto predilecto de encomios se encuentran el perro y el caballo; del primero se ocupó —entre muchos otros— Lord Byron; del segundo, el naturalista Buffon. El epitafio que dedicó Byron a  Boatswain nos indica:

Near this Spot
are deposited the Remains of one
who possessed Beauty without Vanity,
Strength without Insolence,
Courage without Ferocity,
and all the virtues of Man without his Vices.[1]

Palabras que dan fe del sentimiento, las apologías zoológicas son testimonio de solidaridad entre los vivientes; del hermano lobo de San Francisco a las prácticas jainistas de la India; de Peter Singer a las desnudas manifestaciones de PETA. Vivimos en una época de animalistas, a despecho de ello y de manera lamentable, nuestra incontenible demografía va consumiendo el espacio de los otros y día a día vamos extinguiendo a nuestros compañeros de viaje.


[1] Aquí reposan los restos de una criatura que fue bella sin vanidad,
fuerte sin insolencia, valiente sin ferocidad
y tuvo todas las virtudes del hombre
y ninguno de sus defectos.