Orilla de letras

Por Rodrigo Chanampe

Puedo afirmar, sin avergonzarme, que encuentro en Rainbow Rowell a una narradora capaz de atrapar al lector. Su eficacia no radica en el recurso de una historia sorprendente, misterios inescrutables o un lenguaje cargado de poesía en cada línea; más bien, la novelista nacida en Omaha, está consciente que un relato poderoso se edifica gracias a la fuerza de los personajes.

Lincoln y Beth son los protagonistas en Attachments. La novela nos conduce a la visión de un par de adultos acercándose a los treinta años y muy lejos de resolver las incógnitas planteadas por la vida. Él un experto en sistemas y ella una crítica cinematográfica; dos seres que comparten espacio en el mismo periódico pero a la distancia, sin haberse visto ni una sola vez.

Me es fácil la identificación con Lincoln. Es alguien a quien le han roto el corazón. Un tipo tímido, escondido tras su computadora, con dificultad para quebrantar sus temores y que aún vive junto a su madre. Por otro lado, en Beth se traza a una mujer independiente, pero también cargada de un pesado costal de sarcasmo. A pesar de estar envuelta en una relación con un chico ideal, en ella se refleja el desencanto y se nos muestra cómo el tiempo suele devorar la magia de los primeros días.

Considero que la belleza del texto de Rowell está en creer que es posible enamorarse de una persona sin ni siquiera conocerla, alejado de cualquier imagen que nuble el juicio. Aquí nadie cae rendido ante unos ojos turquesa, jugosos labios carmín o curvas similares a las de Scarlett Johansson. El romance entre Lincoln y Beth es casi inexistente, silencioso, sólo una fantasía del hombre, quien va conociendo a la mujer a través de conversaciones que ella sostiene con una amiga. Lincoln, encargado de que los empleados del periódico no utilicen el correo interno para asuntos personales, decide no reportar a Beth, deja pasar sus faltas y así se va apoderando de sus secretos; la vuelve suya mientras se ríe tras cada comentario punzante.

El texto se arma entre los capítulos dedicados a las charlas de Beth y aquellos propios de Lincoln. En estos últimos accedemos a los pensamientos y al pasado de un estático que va dejándose atravesar por la monotonía; fluyendo como muchos de nosotros, resignados y sin recursos emocionales para apostar por un sueño.

El libro de Rowell podría considerarse ingenuo. Por supuesto habrá quien lo catalogue de improbable, extemporáneo y me juzgue de cursi por recomendar su lectura, en vez de aprovechar este espacio para presumir que soy un asiduo de Kadaré. Sin embargo, prefiero optar por la honestidad. Rowell logra conmoverme porque quizá aún sea dueño de un corazón semejante al de un adolescente, un hombre que, al igual que Lincoln, le cuesta crecer y asumir su edad; alguien que todavía se pregunta si es posible una relación con hambre de eternidad, o lo único que nos resta es disfrutar los instantes y olvidarnos del futuro cuando aterrizamos en una nueva boca.

Leer a Rowell me resulta gratificante, dulce como una golosina con alto nivel calórico pero que vale la pena disfrutar sin culpa. Recorrer sus letras es contemplar un poco de esperanza tras cruzar la amargura. Sus páginas se transforman en espejos nítidos. Al final de cuentas, la verdadera derrota amorosa no está en el adiós definitivo, sino que tras la mala experiencia, la otra persona modifique nuestra visión y endurezca la capacidad de sentir. Los corazones nunca deberían ser como las piedras. Tal vez, ilusionarse, aunque sea un poco, es lo que siempre necesitamos.