Hipérbole incesante

Por Alejandro Paniagua

Una azotea, la fiesta, los convidados. Un grupo de música viva. El guitarrista imagina que las cuerdas de su guitarra son los mecates de los tendederos, se piensa a sí mismo como un gigante que tira por todos lados la ropa húmeda mientras toca sus arpegios. El tipo del güiro rememora sus orígenes musicales, sonríe al recordar que él aprendió a tocar con uno de los instrumentos más puros y primigenios: la botella de Orange Crush y el palito de madera. El bajista toca con misticismo, parece que oculta, en su desgastado instrumento, a un grupo de monjes tibetanos que repiten poderosos mantras. El tipo de las congas intenta emular a toda costa los latidos del corazón de Dios. El vocalista canta y cuenta cómo lo abandonó su mujer por su mejor amigo, y nosotros bailamos su tristeza, su desespero, su mal hado. Los tinacos del edificio son las musas con sobrepeso que inspiran los contoneos físicos de quienes bailamos, así como los balanceos metafísicos de quienes quisieran entrarle al bailongo, pero aún no se deciden. Tu falda no sabe más de gravedad, flota y se olvida totalmente de tus piernas. Tu vestido brilla con cada movimiento, como si estuviera hecho de un fuego plateado. Yo miro hacia abajo y ya no sé cuáles son tus pies y cuáles son los míos. Das una vuelta y una gota de tu sudor me cae en la boca. Es un sudor que sabe dulce al combinarse con tu perfume. Mi cadenita de la virgen de Guadalupe se va de un lado para otro, de arriba hacia abajo, como si la deidad fuera invocada en demasía y ya no supiera a quién demonios atender primero. Los edificios aledaños nos aplauden de pie toda la noche. Y la cumbia nos ensordece, la cumbia estalla en el cielo, igual que estalla la fe en el templo de un pueblo elegido, un pueblo señalado por el dedo de una deidad femenina. La cumbia, esa princesa colombiana que nos ha encantado a los mexicanos.

Y es que los mexicanos nos ponemos de hinojos ante la cumbia, nos quitamos el sombrero de charro ante ella, le rendimos honores en la asamblea de los viernes y los sábados. En nuestro país se ha creado, se ha bailado y, sobre todo, se ha escuchado este ritmo desde hace varias décadas. Es difícil andar por las calles sin toparse con una ventana abierta que se estremece de cumbiamba, o subir a un automóvil, un tráiler, una limosina, un taxi, una carroza de quinceañera, un camión o un microbús que no transporte aquel ritmo por todo el territorio nacional. Este sacro género ha dejado las pistas y los salones y nos acompaña por la vida, la rutina, clavado en nuestros oídos.

En México se han creado verdaderas obras maestras desde que conocimos y asimilamos los misterios de la cumbia. Para ser exactos, desde mediados del siglo pasado, con Mike Laure, aquel jalisciense mítico que nos dijo que la cosecha de mujeres nunca se acaba, que nos advirtió del tiburón a la vista, bañista, que le exprimió todo el sabor a Mazatlán y a Veracruz, y que nos enseñó que el fiestón puede seguir, aunque la banda esté borracha.

Y qué decir de nuestro grandioso Rigo Tovar, quien hizo de su Matamoros querido la Meca de la cumbia mexicana, además, nos contó las cuitas del Sirenito, hizo un testamento cumbianchero para todas sus amantes, y usó todo el poderío, la misericordia y el perdón de su alma para asegurarle a su exmujer: ¡Oh, qué gusto de volverte a ver! Un día, finalmente la cordura dejó de habitar el cuerpo de Rigo, pero su mente vivaz sigue vibrando en sus canciones, en sus letras desgarradoras y jocosas a la vez. Porque a pesar de todo, Rigo seguirá siendo Amor hasta el final de los tiempos.

También tenemos a Chicoché, quien alzó la vista al cielo y se cuestionó, con la misma curiosidad de cualquier filósofo griego: “¿De quén chon esos ojos que miran bonito?, ¿de quén chon esos ojos que me hacen bailar?”

Y cómo olvidar a Los Ángeles Azules, con el brillo azul de su aureola azulada, el azul revolotear de sus alas añiles, el azul marino de sus melodías y su música completamente morena. Estos músicos han cambiado la forma en la que se hace cumbia mexicana, definieron el sonido de la cumbia de barrio. Años más tarde, la mezclaron magistralmente con artistas pop, rock e indie. Ellos han logrado que la cumbia pierda su connotación de naqueza y la han hecho llegar a todos los estratos sociales, culturales, espirituales y divinos (porque estoy seguro que hasta las mismas deidades se deleitan con El listón de tu pelo, 17 años, 20 rosas, Cómo te voy a olvidar, etcétera).

También está Sonido Gallo Negro, con su ritmo bien preciso y demencial, que nos enseña que a los músicos alternativos, freaks y densos también les gusta el cumbión.

Pienso también en Los Socios del ritmo, con su “llorar, llorar y llora-a-ar” que se contrapone a su “fe-fe-fe-felicidad”, creando la dualidad musical perfecta.

Es indispensable mencionar a nuestro rebelde del acordeón, Celso Piña, quien ha revolucionado el vallenato a nivel mundial y ha demostrado que todos los músicos (jóvenes, chavorucos y viejitos) llevan un cumbiero adentro. Me parece que es Celso el gran cumbianchero de la actualidad y que en el futuro será recordado como el Rigo Tovar de nuestro tiempo (lo merece, sin duda, porque es un músico brillante).

Y por supuesto hay que rendir tributo a los sonideros nacionales, quienes acordonan nuestras calles para absorbernos, durante la madrugada, toda la sabrosura del espíritu. Ellos despliegan en los bailes lo mejor de la cu-cu-cu-cumbia y lo van mezclando con invocaciones de otros ritmos, de otras artes y hasta de otros mundos.

La cumbia es, sin duda, un género arraigado en nuestro país, un género que se merece el respeto y el deleite de cualquier otro tipo de música. Porque la cumbia no es únicamente para bailarla, también se puede disfrutar así: nomás de oírla.

En la azotea la fiesta terminó hace tiempo. El grupo ha guardado ya sus instrumentos. Pero en la cabeza y en el corazón de todos los que fuimos invitados, la cumbia sigue, nunca cesará. Podríamos incluso seguir bailando inspirados solamente en la evocación de aquel ritmo que tanto nos encanta.