Inspirado en hechos reales

POR ÉDGAR ADRIÁN MORA

Santa Teresa de Jesús afirmaba que la imaginación era la loca de la casa. En esa alegoría del cuerpo y de la vida se halla encerrada una de las ideas más inquietantes con respecto de lo humano: la imposibilidad de lo verdadero como elemento de la memoria. Y la cuestión es más evidente cuando de escritores se trata. No hay forma de pensar en cuestiones verdaderas o verificables al contar la propia vida.

La contemporaneidad nos arroja a la cara, literalmente, lo inútil de tal aspiración. En cada muro de Facebook o en cada tuit, asistimos a la construcción de una autobiografía narrada en tiempo real. Y en esa narración encontramos casi siempre sólo aquellos momentos que al narrador protagonista, el dueño de la cuenta, le importan exponer: sus éxitos, las cuestiones que le permiten reforzar su identidad mediática, lo que no cuestiona ni contradice la imagen que sobre él ha creado. Poco o nada de los fracasos, ausencia de los yerros, nulidad del lado oscuro.

La imaginación opera en muchos sentidos cuando de narrar la propia historia se trata. Un juego que pone en evidencia esto es el que realiza Rosa Montero en La loca de la casa (Alfaguara, 2003). En este híbrido, que es al mismo tiempo autobiografía y ensayo sobre la escritura, en alguna parte la autora narra un mismo hecho de su vida de tres maneras distintas. O, mejor dicho, al realizar un planteamiento narrativo (la ocasión en que la autora-narradora conoce a un famoso actor de cine de décadas pasadas), el desarrollo y el desenlace de tal episodio se modifican para convertirse en tres historias-anécdotas distintas.

El experimento es desconcertante en un inicio. Cuando el lector se topa con el mismo planteamiento, narrado con las mismas palabras, pareciera que éste ha encontrado una errata monumental en un libro que no debería incluirlas. Y, sin embargo, al avanzar en la lectura, se cae en cuenta que lo que en un momento era “esto ya lo había leído” se convierte en “esto es otra historia”. Así opera entonces el espíritu ensayístico de un libro que en primera instancia parece una autobiografía.

Y la duda se instala con respecto de los demás hechos narrados en el texto: ¿De verdad Rosa Montero tendrá esa hermana que se menciona en las primeras páginas? ¿Acaso el padre es tan conservador como se le pinta en alguna de las viñetas? ¿Qué tanto el desamor es parte de la construcción identitaria que la autora refleja en las páginas que conforman el relato? ¿Será cierto que su perro Bicho murió cuando se publicó el libro en el cual aparecía como personaje?


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De esta manera, lo que comienza como un ensayo autobiográfico que aborda la relación entre la vida y la imaginación, se convierte repentina y venturosamente en un texto que aborda multitud de temas asociados con el trabajo creativo de la escritura: el amor, la locura, el proceso creativo de la novela, la contención y la falta de ésta a la hora de escribir.

En un aparente caos, que no lo es en tanto se organiza a partir de los capítulos que integran el texto, se va desarrollando lo que, si confiamos en las declaraciones de la autora, constituye una radiografía de su poética. Y muchas de las ideas que Montero expone podrían quizá resumirse en la siguiente idea:

“[…] el desorden psíquico más común entre los novelistas es la mitomanía. Algunos escritores no parecen tener del todo claras las diferencias existentes entre las mentiras de las novelas y las mentiras que ellos cuentan en su vida real. Estos autores adornan sus propias biografías con hechos portentosos, todos falsos, convirtiéndose a sí mismos en los más elaborados personajes salidos de su fantasía”.

Esa mitomanía, sin embargo, no se manifiesta de la misma forma. Mucho tiene que ver el tipo de escritor que se es a partir de la relación que se establece con la memoria. En determinado momento, los escritores quedan divididos por la autora en escritores memoriosos y amnésicos. Los define:

“Los primeros son aquellos que están haciendo un constante alarde de su memoria; probablemente son seres nostálgicos de su pasado, es decir, de su infancia, que es el pasado primordial y originario; sea como fuere, los memoriosos comparten un estilo literario más bien descriptivo, reminiscente, lleno de muebles, objetos y escenarios cargados de significado para el autor y dibujados hasta el más mínimo detalle.

[…] Los autores amnésicos, en cambio, no quieren o no pueden recordar; seguramente huyen de su propia infancia y su memoria es como una pizarra mal borrada, llena de chafarriones incomprensibles; en sus libros hay pocas descripciones detallistas y suelen tener un estilo más seco, más cortante. Se concentran más en la atmósfera, en las sensaciones, en la acción y la reacción, en lo metafórico y emblemático”.

A partir de esa división, podemos clasificar a los escritores que hemos leído en alguno de los dos rubros: Tolstoi, Dostoyevski, Dickens, Proust, Joyce, Fernando Vallejo, son memoriosos; Conrad, Kafka, Poe, Rulfo, amnésicos. Aunque quizá tal clasificación modifique los nombres que incluyen sus listas a partir de la percepción del lector y, también, de la capacidad camaleónica y de imaginación de los autores. El Melville de Bartleby, el escribiente puede ser amnésico, mientras que en Moby Dick es memorioso.

Una de las cosas que caben resaltar de este entretenido e inteligente ejercicio que hace Rosa Montero, es la cantidad tremenda de anécdotas de escritores que menciona en, prácticamente, cada uno de los capítulos. Nombres de clásicos, de románticos, de contemporáneos, aparecen en los párrafos para ejemplificar algún punto, olvidándose, en muchos casos, del argumento en favor de la historia. Quizá lo que le quedó al final a la autora sea, más que una autobiografía, una historia de su relación personal con la literatura, la imaginación y la escritura. Historia contaminada de estos elementos de maneras recíprocas y orgiásticas, lo que impide, en muchos puntos, verificar sus límites.

Es un texto en suma disfrutable y que nos pone a reflexionar, a quienes pretendemos ser aprendices de escribientes, acerca de los mecanismos que empujan y caracterizan nuestra propia relación con las letras. La sensación al terminar el libro podría resumirse en la frase que Silvia Molloy utiliza a razón de su estudio de los testimonios: “Cada ficción es, claro está, recuerdo”. Podemos, sin temor, invertir la ecuación y corroborar que funciona igual.