Lente anónima

Por Mariana Mota

Teníamos pocas semanas de conocernos, pero todo indicaba que la relación había comenzado con el pie derecho, como dice el lugar común. Me descubrí más apasionada que en mucho tiempo; a ellos, en un principio, los percibí inquietos y distraídos, hasta aquel martes en que una imagen les movió su tapete, y al mío lo hizo la reflexión que se desprendió de ello.

El muchachito que ya había llamado mi atención por su irreverencia y rebeldía volvió a hacerse notar después de mis interrogantes: ¿Qué es el arte? ¿Qué es un artista? Pregunté sin yo tener una respuesta única o irreductible, lo bonito de estas asignaturas es que en cada grupo surgen nuevas conclusiones; o nociones, mejor dicho. Yo soy un artista, tengo cuatro mil seguidores en Instagram, dijo hinchado de orgullo. ¡Ándale! Un artista con cuatro mil seguidores, repetí en voz alta.

El comentario me causó gracia y admiración a la vez: la primera porque, si bien me es imposible asegurar quién puede o debe colocarse esa enorme etiqueta, estoy segura de que la popularidad en redes sociales es una variable que permanece fuera de la ecuación; la segunda porque sigo sin entender el fenómeno de la efímera fama virtual, pero reconozco que no debe de ser fácil lograr que tantas personas te sigan, seas un genio, un entusiasta o solo la sombra de un ego desesperado por pulgares levantados. Sus compañeros entonaron una risa de complicidad que probablemente daba fe a sus palabras, y después nos olvidamos del tema.

Saqué mi celular y por primera vez entré en la aplicación cuyo funcionamiento me había explicado el técnico días antes. ¡Cuánta tecnología, para mi rudimentario y arcaico ser! En pocos segundos el cañón instalado en el techo proyectaba las imágenes de mi moribundo IPhone. La primera en aparecer frente a la pantalla blanca era la robusta Venus de Willendorf. No les expliqué nada y solo les pedí que la observaran detenidamente y después, en sus cuadernos, la describieran, interpretaran e incluso nombraran. Pasaron varios minutos antes de que el silencio nos coronara; por supuesto que primero hubo otro concierto de risas y murmullos. Mujer gorda, Cabeza rara, Mujer con toalla en la cabeza. El nombre con el que la bautizó el artista de los miles de seguidores fue el que más me impactó: Cerda. Algunos otros, mayormente mujeres, no hablaron de las curvas de aquella figura de manera despectiva y más bien acertaron en decir que aquello era una manifestación de la maternidad.

El tiempo se nos pasó veloz mientras debatíamos acerca de las características de la imagen; noté en sus ojos un brillo nuevo que decidí interpretar como interés por la historia. Uno de ellos estaba impresionado: es como platicar con personas de otros tiempos. Con alguien del 2015, dijo el artista, convencido de que aquella escultura no podía ser de este año, pero sí de hace un par.

Después de un rato de discusión, tomé el celular e hice aparecer otra imagen, del mismo periodo, aunque un tanto distinta. Ellos continuaban con su tarea de interpretación y yo seguía clavada en el artista del aula. ¿De dónde viene esa necesidad humana, tan natural, de ser reconocidos? Nos es menester ineludible ser vistos por el otro; sí, pero lo que más me causa interés en este juego de identidades es el camino de dos sentidos: también hay un deseo de reconocer al otro, una necesidad de saber quién está detrás de aquellas obras que tanto impacto nos han generado. Esta curiosidad de conocer a quien sí logra expresar con elocuencia el universo enmarañado de su mente, se sacia cuando conocemos su nombre, cuando con gusto le colocamos esa enorme etiqueta de artista. El peligro, y mucho se ha hablado de esto, es cuando el nombre se vuelve más importante que la obra.

Volví a dirigirme a ellos para escuchar sus opiniones y quedé fascinada al notar que todos tenían algo que decir, que no estaban siendo víctimas de su gran deidad Whatsapp. Bueno, pero ya dinos quién la hizo, dijo la chica de enfrente. ¡No lo sé!, ¡No lo sabemos! Grité emocionada, y quizás eso sea aún más bello. No nos importa quién esté detrás, nos interesa el mensaje o sensación que logremos extraer de su obra. Los miles de años que han pasado desde su creación y el impacto en la humanidad que generó esta estatuilla de apenas diez centímetros, probablemente conviertan al autor en un artista (quizás no, ¿quién lo determina?), no los miles de seguidores que pueda tener (sí, lo dije; fui una canalla), pero al menos a mí ahora no me interesa su nombre. El arte siempre debe ser superior al artista, concluimos esa mañana, aunque nunca muera el deseo de ser reconocidos y de reconocer.