Buscando a Wakefield

Por Cecilia Magaña

Todo empezó como un juego. Había un congreso de budismo en la expo, y el que entonces era mi novio y yo escuchamos en la radio sobre la visita de los restos de un monje, un tal Rimpoché. Hasta entonces sólo había consistido en fingirle la voz, una vocecita baja y gangosa, cada vez que mi perra, Moira, hacía cierta expresión. La coordinábamos con sus gestos, las pausas que hacía para lamer u olisquear algo, como si de verdad fuera ella quien hablara.

La historia de Rimpoché agregó un nuevo ingrediente al juego. Moira, la perra, juró en uno de sus diálogos con nosotros que ella era la reencarnación del monje y que, por un error cósmico, su alma, destinada al Nirvana, había terminado en el cuerpo alargado y paticorto que teníamos frente a nosotros.

Sus siestas se convirtieron en viajes astrales encubiertos, y comenzó a darnos dudosos consejos espirituales, basados en una supuesta sabiduría ancestral. Lo cierto era que, cada que nos inventábamos un consejo en voz de Moira, solía ser una barrabasada; algo que haría pensar que el cosmos no se había equivocado; un ser que dijera cosas como las que salían de su hocico no hubiera entrado al Nirvana porque se trataba del ser espiritual más corrupto y poco confiable que conoceríamos jamás.

Moira aprendió a distinguir su voz, a mirarnos pacientemente y posar mientras teníamos largos diálogos con ella. Cuando la relación con mi ex terminó, Moira y yo salimos por la puerta, y todo parecía indicar que era el fin de sus historias.

Sin embargo, ella conservó su voz para hacerme reír y reírse de mi. Sus comentarios políticamente incorrectos, acompañados de movimientos de cola y la mirada bromista de la  daschund, cautivaron también al hombre que ahora es mi pareja. Javier siempre le gustó a la perra… y los diálogos crecieron. Moira se convirtió entonces en la experta mentirosa que se contradice una y otra vez para hacernos soltar la carcajada. Intercambia verdades trascendentales e inservibles por pedacitos de pan. Cuenta anécdotas de vidas pasadas en las que ha sido franquista,  amiga de Torquemada y otros extremistas. Recita poemas a su pelota y aboga por todo lo que sea incorrecto, absurdo, indefendible.

Moira, con la calma zen que la caracteriza, ha terminado por confesar que lo de Rimpoché fue un cuento, aunque lo del Nirvana sí sea verdad. También ha llegado a decir que le caemos lo suficientemente bien como para posponer su partida o quizás, arreglar una nueva reencarnación siempre y cuando le prometamos uno de sus manjares favoritos: nieve.

Moira sabe cuándo jugar, cuándo quedarse quieta, cuándo mirarnos fijamente o sacudir la cabeza, completando algún chiste o mandándonos a volar. Sé que para muchos sonará absurdo, pero en estos días me he dado cuenta de que Moira nunca ha sido un sustituto de hija, sino algo más. La compré en una veterinaria un año después de que murió mi padre, en mi momento más ateo y beligerante.

Moira, cuyo nombre elegí a partir de un personaje de los X-Men, es también el nombre de las personificaciones del destino en la mitología griega: las Moiras son tres mujeres que controlan el hilo de la vida de todo mortal, desde su nacimiento hasta su muerte. Una es hilandera, otra echa suertes para decidir qué tan largo es el hilo, y la última usa las tijeras cuando decide que ya es hora.  A la muerte de mi padre, creí que necesitaba un cachorro del que hacerme cargo, pero en realidad necesitaba justo lo que Moira me ha regalado: el humor negro como arma ante lo desconocido.

Hace un año su hilo estuvo a punto de romperse. Moira estuvo muy enferma y pensamos que sería la despedida. Leí Moby Dick en voz alta para ella y, después de unas semanas de convalecencia —páginas y páginas de místicas ballenas—  se recuperó para acompañarnos en una versión más flaca, pero igual de simpática y embustera.

Hoy el cuerpo en el que hemos depositado tantas historias, con todo y sus pulgas, parece anticiparnos que la partida se acerca. Contar el secreto de su voz y sus historias, de las risas en las que ella participa, me hace sentir un poco tonta, y a la vez privilegiada. Espero que algún burócrata espiritual esté tomando nota para corregir el error y, cuando llegue el momento, exista alguien esperando a Moira con nieve y una pelota amarilla, allá lejos, en el Nirvana.