Lente anónima

Por Mariana Mota

A manera de intro

Crecí en un hogar católico bastante convencional: misa los domingos, oración al despertarme y antes de dormir, ama a tu prójimo, mejor víctima que victimario. Sábados con Pedro Infante en la televisión estaban más que permitidos; llegué a aprenderme los diálogos de Escuela de vagabundos mucho mejor que los de cualquier película de Disney. Siempre en domingo: adelante. Sábado gigante: no, pero porque nunca me gustó Don Francisco. Pandora. Gente con chispa. Una que otra telenovela; en realidad las vi casi todas.

Menciono mi origen religioso porque asumo que los permisos y la cultura visual que nos aprueban consumir están infinitamente ligados a eso. Éramos católicos deadeveras, llenos de todos los tabús que aquello implicaba, como por ejemplo: Olga Breeskin no es un espectáculo apto, no es una mujer decente. Cuidado con que aquella encueratriz apareciera en televisión: ¡a cambiar de canal! A omitir su nombre, eufemismo de la vulgaridad.

El cabaret, las vedettes y la sensualidad femenina no fueron parte de mi cultura, quiero decir que no desarrollé un gusto estético ni un interés conceptual por ese universo, tan representativo de México. Con el paso del tiempo mi religiosidad se vio debilitada, al igual que mi gusto por las telenovelas, y mi interés por el mundo del cabaret y por esas mujeres de la vida galante despertó. Creo que fue la literatura quien me quitó la venda moral de los ojos: dos de mis cuentos mexicanos favoritos hablan precisamente de ese cuadro tan atractivo en el que las mujeres como Olga y como muchas otras se humanizan: son sensibles, vulnerables, vanidosas, deseosas de encontrar el amor, inseguras; y envejecen. También ellas envejecen, como algún día haré yo, que ya empiezo a sentir temor por el tema.

En Nadie los vio salir, de Eduardo Antonio Parra, y en El alimento del artista, de Enrique Serna, la estructura narrativa y el tipo de lenguaje son tan atractivos como la idea de sí mismas que tienen esas mujeres que cuentan las historias. Ambos autores pintan bellos cuadros con palabras; pocas veces había leído textos tan visuales que casi me convencen de estar ahí, en escenarios que me eran tan desconocidos y por lo mismo fascinantes.


#Instantánea #HistoriasSinSpoilers

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Cabaret

Hace unos días le sumé otra historia a mi pequeñísima colección de imágenes de cabaret: Bellas de noche, documental que sigue la vida de cinco reconocidas vedettes. Me gustó la idea de ver, finalmente y sin culpa alguna, a Olga Breeskin y entender la figura que le tuvieron que fabricar a aquella violinista para que fuera un producto vendible. Eso habla de una época: probablemente hoy con ser músico talentoso hubiera bastado. El documental, al igual que los cuentos, está lleno de fotografías muy poderosas en donde el estereotipo de la bailarina de noche se cumple: drogas, sexo,  rock and roll. Lo que más disfruté del trabajo cinematográfico es la evolución dramática: un inicio lleno de risas, aplausos, fama; un final tapizado en lágrimas, dolor, fracaso.

Me rompió la paz una escena donde Wanda Seux, en la actualidad, vive en condiciones deplorables rodeada de más de diez perros. Una Princesa Yamal  que en medio del llanto narra su episodio de nota roja del pasado. Una Lyn May que presume de tener sexo tres veces al día, como si la sensualidad aún rigiera su vida; cuando en realidad la mueve el amor por su viejito, que apenas puede caminar.

La constante en todas las historias de estas mujeres es ese deseo de aferrarse al pasado, como si allá en los años mozos, donde sus cuerpos eran tersos, hubiera estado escondida la verdadera vida. Son estrellas, o se sienten como tales, que no asumen el paso del tiempo y esa cualidad es, quizás, lo que me parece atractivo del tema: el tabú no está en el cuerpo desnudo o en el amor de alquiler, sino en la felicidad de oropel  que muchas terminan por aceptar como un error.

Me sigue pareciendo una realidad fascinante pero al mismo tiempo, tras bambalinas del cabaret, hay una compilación de imágenes dolorosas que incluso algunas de esas bellas de noche rechazan. Como Olga, que hoy en día haría muy feliz a mi papá si supiera que dedica su talento musical a cantarle al mismísimo Dios. La vida da unos giros inesperados. A fin de cuentas me gusta todo lo que es verdadero, aquello en donde las emociones vienen desde lo más profundo. Es un hecho que en esos espacios nocturnos lo que abunda es la pasión, y ahí quiero estar como espectadora.