Buscando a Wakefield

Por Cecilia Magaña

El siete de febrero, uno de mis contactos de Facebook, el escritor y periodista Jorge Alberto Pérez, publicó una crónica brevísima sobre una reunión entre dos personas de la tercera edad; al principio todo parecía un reencuentro: “¿Eres tú?” dijo ella, “¡Ya llegaste!, pensé que no ibas a venir”, respondió él. Conforme Jorge fue escuchando más —porque a todos nos gusta el chisme, no nos hagamos— se dio cuenta de que era una especie de cita a ciegas: “no te ves tan diferente en las fotos”, dijo uno, y a partir de aquí Jorge ya no recuerda quién dijo qué, porque estaba armando una serie de posibilidades maravillosas: ¿sería que un sitio de citas para adultos mayores los había reunido? ¿o habrían recurrido a Tinder? Seguro un tercero, un amigo en común los había convocado a ese lugar en el centro, donde Jorge pudo ser testigo de su reunión e inventarse, así nomás, una historia que luego nos compartió a manera de postal, narrando su versión, mucho más interesante que la realidad.

Hace un par de semanas, en el camión, una niña de unos ocho años, sentada junto a la ventanilla, escribía con mucha concentración en un cuaderno. Javier venía conmigo y los dos, de pie y bien sujetos de los asientos contiguos, nos asomamos discretamente, como que no quería la cosa. Para nuestra sorpresa, la niñita, cuyo inocente hermano mayor dormitaba a su lado, escribía una carta en la que decía que odiaba a todos menos a su mamá y los mandaba a la chingada. Agregando más insultos con horrorosa ortografía, la niña nos miró de reojo y arrancó la hoja. Al vernos descubiertos, nos pusimos a platicar de tonterías, como si todavía fuera posible engañarla. Unas cuantas paradas más adelante, la niña y su hermano llegaron a su destino, pero ella nos había dejado, doblada y entremetida en la ranura de la ventanilla, su hoja llena de mentadas. Seguramente era una broma, pero nosotros nos creamos historias terribles y no nos atrevimos a tomar el papel. Quizás sólo era una broma muy al estilo del clásico “puto el que lo lea”, pero nos lo tomamos muy mal.

 


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El año pasado, por andar chismeando con el mismo método, pude leer lo que un chavo de unos veinte años, con apariencia inofensiva y particularmente flaco, escribía en su celular: “sabemos tu nombre, sabemos donde vives y te tenemos vigilado, César. Quédate bien atento a tu celular y ponte verga”. Mientras el chavo se bajaba del camión —los sociópatas que usan la misma ruta que yo, siempre van a destinos más cercanos que el mío— deseé que César no se pusiera verga, sino trucha, y no cayera. También quise pensar que no era cierto, que no acababa de presenciar un delito de manera tan casual.

Puede ser que, al igual que la historia de amor millenial entre dos viejitos que se creó Jorge y la anécdota de la niña con su cartita de odio, el extorsionador por whatsapp sea otra ficción que se parece mucho a los mitos y leyendas con los que asustan a mi mamá. Esas que se envían como cadenas y alertan sobre horrorosas arañas debajo de los excusados en restaurantes públicos, sobre secuestradores que te hipnotizan con tarjetas impregnadas de LSD o engañándote con sospechosas lociones.

Justamente, el miércoles pasado, un hombre le reportaba al guardia de seguridad de la Librería del Fondo de Cultura Económica, que allá afuera, en el camellón, había una muchachita vendiendo perfumes. “Alerte a la clientela, son secuestradores”, dijo el señor, y se fue muy tranquilo de haber hecho una diferencia, aunque el pobre guardia en realidad no es un policía y su trabajo es revisar que nadie se lleve libros gratis.

La historia de amor — o de sexo casual, si fue Tinder lo que unió a los viejitos— que Jorge se inventó, tuvo sólo un comentario: “Le hace falta tensión y una pizca de malicia a tu relato, ver más bax…” ¿Será que nos gustan más las historias de terror? ¿Las que nos enojan, como la historia del “guapa” que nos contó la semana pasada Tamara de Anda? ¿Por qué será que no nos cuestionamos la malicia y el bax que le echamos a esas historias?

Quizá preferimos darle más espacio a las historias que nos asustan, que nos inquietan, y que nos dan la excusa de —como la niña del cuaderno— mentarnos la madre.