De la música y sus asuntos

Por LUIS MARTÍN ULLOA

Y sí, la música se puede disfrutar de diferentes maneras. En un concierto, por ejemplo, en algún teatro con excelente acústica, o al aire libre. En una fiesta, donde se puede bailar o hasta cantar en coro. Para mí, se goza mucho más cuando se convierte en un acto íntimo. Y para esto, los gadgets han colaborado muchísimo, por supuesto. Recuerdo que antes de adquirir alguno, me daba mucha envidia ver a mis compañeros de viaje (en autobús o avión), que se colocaban muy orondos los audífonos para enfrascarse en un mundo, en un espacio donde sólo estaban ellos. Nada les hacía que el periplo por delante se extendiera por dos o siete horas. El aburrimiento estaba cancelado si podías acompañarte de tus cantantes y canciones.

La verdad fue que, aún con toda esa envidia, pude acceder al excelso mundo de los que podían oír música en cualquier lado ya un poco tarde. El primero que pude comprar fue, claro, un walkman (aún me da penita cuando recreo una imagen: yo, yendo a todas partes con el armastrote —aquellos primeros modelos no eran precisamente ligeros— sujetado en el cinturón por el clip que tenía en la parte trasera). Y de todos los aparatejos que aún conservo, éste es quizás el que más evocaciones entrañables me trae.

Por ejemplo, aquel viaje en carretera de CDMX a Acapulco. Estaba en un “receso”, en un “lapso de tiempo para pensar” de una relación más o menos tormentosa, así que me proveí de una bolsa repleta de casetes con las canciones más sentidas, para sufrir a gusto en el trayecto. Apenas salió el autobús de la Central coloqué el primero, que contenía las primeras canciones de Alejandro Fernández. El recuerdo es prístino: la canción “Intenta vivir sin mí” fue casi una declaración de principios entonces. Así que me dispuse incluso hasta a soltar una lagrimita así muy discreta, porque tampoco era el caso que todos los pasajeros se enteraran de las penas que me acongojaban. Ni siquiera me importó un niño que viajaba al lado mío (cuyos padres iban en los asientos al otro lado), que me miró horrible todo el tiempo, seguramente porque él quería ir en el lugar de la ventanilla. Pero ni modo, ése era el mío, y además la autoconmiseración funciona mejor viendo el paisaje que volteando hacia el pasillo.

Aaah, pero el destino es bien traicionero, y mi sufrimiento se vería interrumpido de golpe a causa de un error imperdonable: olvidé llevar suficientes baterías, para cambiarlas si se agotaban. Así que ni siquiera habíamos recorrido la mitad del camino, cuando debí suspender recuerdos, lágrimas, música, y me dormí.