De principio a film

POR RODRIGO GONZÁLEZ

Arrival

La gran ventaja de las vacaciones es que no importa qué tantas veces cambies la agenda del día, no hay nadie ahí para reclamarte. Por ejemplo, puedes decidir que harás ejercicio de 10 a 11 de la mañana, pero si lo haces de 4 a 5 de la tarde no importa. Incluso si lo mueves al día siguiente, tampoco importa tanto. Es decir, la naturaleza del periodo vacacional obtiene su fuerza primordial en el momento en que cualquier actividad puede ser sustituida por una actividad menos cansada y más entretenida. Así es como tus planes de hacer ejercicio diariamente pueden ser reemplazados por larguísimas sesiones de Netflix, Roku, Clarovideo, o lo que se tenga a la mano sin culpa alguna, así, hasta que terminas embriagado de series de tv, películas, documentales y un largo etcétera de cosas que jamás hubieras visto en tu sano juicio.

Así fue como se me atravesó Arrival (Denis Villeneuve, 2016). Ciencia ficción de alto calibre, perfectamente bien ejecutado aunque incomprendido para la gran parte del cinéfilo promedio. Sin mucha tierra de por medio, o te gusta Arrival o la odias. Pieza de enorme trascendencia y magnífica hechura que explora en un logradísimo periplo narrativo (que nunca nos deja ver claramente dónde está el futuro, dónde el presente, dónde el pasado, por que eso no importa) las preguntas básicas de la existencia.

Todo es cuestionado: nuestra pequeñez como especie, nuestra percepción del poder, del tiempo, el desarrollo y uso del lenguaje como herramienta de progreso o como arma de conquista, la ciencia como plano capaz de explicarlo todo o de destruirlo todo. No cuento más de la película, solo que al terminar de verla me quedé con una sensación que estaba entre la incomodidad y la tristeza.

Confirmé que vivimos en una época brutal y por demás bizarra: por un lado estamos a solo unas décadas de convertirnos en una especia interplanetaria y quizá seamos testigos de como la ciencia resuelve los problemas de acceso a la energía y al agua potable en todo el mundo. Quizá también veamos como acabamos con el hambre en el planeta y todos estos logros no son otra cosa que productos de la ciencia, del avance humano. Pero también, y al mismo tiempo, estamos a solo un par de malas decisiones de desaparecer por completo como especie. Entre el desastre ecológico y lo cerca que estamos de una equivocación militar de proporciones incalculables, esta dualidad a veces se torna insoportable.

Debe existir un cierto grado de locura en cada uno de nosotros para poder vivir con ambos conceptos tan perfectamente incrustados en nuestra cabeza y tan absurdamente equilibrados. La idea de la extinción pareciera ser algo que solo puede suceder en las películas, a pesar de tenerla todo el tiempo a escasos acontecimientos de distancia, mientras que la idea de la trascendencia como especie está ahí justo enfrente de nosotros, sucediendo todo el tiempo y pensamos en ella como en una idea fantástica, digna de una mala película de Sci Fi.

Arrival #HistoriasSinSpoilers

La generación más triste de la historia

Quizá es esto lo que nos convierte a los que nacimos antes de 1990 en la generación más triste de la historia de la humanidad. Somos los últimos seres humanos que conocimos el mundo antes de que existiera el internet. Somos la última generación que tuvo en su casa la enciclopedia Britannica y hacía fichas bibliográficas para estudiarla. Somos la generación que verá el nacimiento de la inteligencia artificial, pero no va a disfrutarla. Somos la generación que verá llegar al primer ser humano a Marte, pero la gran mayoría de nosotros nunca viajará al espacio. Somos la generación que será testigo de la erradicación del cáncer pero seguramente algunos de nosotros seamos de sus últimas víctimas. Somos la generación bisagra, un puente acaso, el tanque de combustible del transbordador espacial. Qué lugar para estar.

Aunque también puede ser que todo esto sentimiento sea solamente cruda post vacacional. Quizá deba dejar la ciencia ficción por un rato. O quizá no, quizá deba ocuparme de encontrar un lugar privilegiado para ser testigo de lo que viene. Porque viene, claro que viene.