Inspirado en hechos reales

Por Édgar Adrián Mora

Durante el tiempo que viví en un departamento de estudiante en la colonia Mixcoac de la CDMX, colgó en una de sus paredes un cartel que se perdió en alguna de las mudanzas posteriores. Era el póster promocional de Crash, la película que David Cronenberg filmó en 1996 basada en la novela de J. G. Ballard. Con una fortaleza tremenda, la película generó un debate intenso con respecto de las imágenes y las ideas que proyectaba. Un futuro distópico, no muy alejado del presente de producción de la cinta, en donde las relaciones sexuales se fundían con la afición por mirar y experimentar accidentes automovilísticos. Para Ballard, el automóvil constituía una forma material que evidenciaba la manera en cómo la tecnología se había inmiscuido incluso en las acciones que se suponían más íntimas.

En Milagros de vida (Mondadori, 2008), la autobiografía escrita por este autor, relata cómo se le ocurrió escribir esa historia a partir de uno de los happenings que organizó para una de las variadas galerías de arte contemporáneo que menudearon en Londres durante las décadas de los sesenta y setenta. Acudió a varios deshuesaderos de autos, eligió tres vehículos que habían sido protagonistas de sendos accidentes y los exhibió en una galería mientras registraba, a través de un circuito cerrado de televisión, las reacciones que despertaban entre los asistentes al montaje.

Crash es una historia de ciencia ficción. Pero no de la ciencia ficción que había prevalecido hasta los años sesenta y cuya producción era ubicada, a decir del propio autor, “al mismo lado de los cómics”. Es decir, literatura residual para el consumo de las grandes masas. Crash era la cristalización de la postura estética y ética que Ballard tenía con respecto de lo que debía ser la ciencia ficción.

Serán autores como él quienes comenzarían a configurar los nuevos derroteros de la ciencia ficción. A partir del visionado de películas, la lectura de los clásicos norteamericanos del siglo XX y la pulp fiction tan en boga durante la segunda posguerra, Ballard concibió la posibilidad de pensar la ciencia ficción más que una manera de entretenimiento como una poderosa herramienta de reflexión sobre el presente y sobre cómo la vida cotidiana se convertía en un elemento inspirador de historias que reflejaban la alienación en la cual el mundo había caído después de la Segunda Guerra Mundial. Es claro esto cuando afirma, por ejemplo:

Aquella literatura [la ciencia ficción de los cincuenta] reconocía la existencia de un mundo dominado por la publicidad de consumo, en el que el gobierno democrático se transformaba en relaciones públicas. Era el mundo de coches, oficinas, autopistas, líneas aéreas y supermercados en el que realmente vivíamos, pero que se hallaba ausente por completo en casi todas las obras de ficción seria. En una novela de Virginia Woolf nadie llenaba el depósito de gasolina de su coche. En una de Sartre o Thomas Mann nadie pagaba después de que le cortaran el pelo. En las novelas de Hemingway de la posguerra nadie se preocupaba por los efectos de la exposición prolongada a la amenaza de la guerra nuclear. La simple idea era absurda, tanto como lo es ahora. Los escritores de la llamada narrativa de ficción seria compartían un rasgo dominante: su narrativa trataba ante todo de ellos mismos. El yo se hallaba presente en el seno de la literatura moderna, pero ahora tenía un poderoso rival: el mundo cotidiano, que poseía el mismo componente psicológico y era igual de proclive a los impulsos misteriosos y a menudo psicopáticos. Aquel terreno siniestro, una sociedad consumista que podía desembocar en otro Auschwitz u otra Hiroshima.

Ese impulso consciente que Ballard hará en la ciencia ficción de lo que denominó “el espacio interior”, en oposición a los relatos tradicionales de conquista y exploración de “el espacio exterior”, derivará en una forma de concebir nuevas maneras de pensar el futuro. Ante la resistencia de los editores  por aceptar nuevos tratamientos de los temas en esta área, la imposibilidad de concebir una trama de este tipo “en el presente” o en un futuro casi inmediato, Ballard concebía que de persistir tal tendencia, la ciencia ficción se convertiría en un espacio de sobrevivencia del statu quo y lo viejo, algo por completo paradójico.

Esa insistencia en abrir nuevas formas de pensar el presente a través de la ciencia ficción haría posible que el tratamiento de la realidad pudiese concebir tramas como las que hoy disfrutamos en Black Mirror, Mr. Robot y tantas otras series que reflexionan más sobre lo que el presente de alienación capitalista plantea, más allá de la alegoría del imperio galáctico. Su compromiso por impulsar esta visión de lo que él concebía como el futuro de la literatura se hizo evidente en los años siguientes. Para Ballard, un seguidor fiel de las vanguardias y descendiente directo de los surrealistas según sus propias palabras, la ciencia ficción era “la auténtica literatura del siglo XX”.

Entonces pensaba, y lo sigo pensando, que en muchos aspectos la ciencia ficción era la auténtica literatura del siglo XX, con una enorme influencia en el cine, la televisión, la publicidad y el diseño de consumo. Actualmente la ciencia ficción es el único rincón en el que sobrevive el futuro, del mismo modo que los dramas de época televisivos son el único rincón en el que sobrevive el pasado.

Además de la exposición de sus argumentos para concebir de esa manera a la ciencia ficción, encontramos en Milagros de vida el relato de un hombre que nació en Oriente, en Shangai, y que vivió la Segunda Guerra como interno de uno de los campos de guerra que los japoneses instalaron en el continente desde los primeros años del conflicto. De la misma manera, el libro relata su relación con su primera esposa, la manera en cómo ésta muere y él tiene que hacerse cargo de la crianza de sus tres hijos. Aborda las idas y venidas de un hombre que tendrá su revelación vocacional después de pasar por las carreras de medicina e, incluso, por la formación militar. Lo vemos deambular por el Londres de los años sesenta en medio de una gran estimulación creativa, pero también de un descenso a los infiernos del alcohol y la promiscuidad.

Un hombre que escribió guiones para películas de serie B, que amaba el cine negro norteamericano, que sabía que un autor se debía a sus lectores pero que, al mismo tiempo, debía asumir el riesgo de confrontar a estos con sus propios demonios: “Me temo que ya no es posible provocar o indignar a los espectadores únicamente por medios estéticos, como hacían los impresionistas y los cubistas. Se requiere un desafío psicológico que amenace uno de nuestros falsos conceptos más queridos”

Veía en el auge consumista y la mass culture la nueva frontera de los problemas del ser humano

Estaba seguro de que los seres humanos tenían una gran imaginación mucho más oscura de lo que nos gusta creer. Estábamos regidos por la razón y el interés propio, pero sólo cuando nos interesaba ser racionales, mientras que la mayor parte del tiempo optábamos por entretenernos con películas, novelas y tiras cómicas que empleaban unos horribles niveles de crueldad y violencia.

Acudimos también, en el último capítulo, al anuncio que hace a sus lectores (en 2007) acerca del diagnóstico de cáncer que lo llevaría a la tumba en 2009.

Mientras mi mente retorna al póster que durante años colgó de una de las paredes de mi desordenado cuarto de la calle de Murillo, releo una frase que queda resonando en mi cabeza: “Puede que todavía se lean libros en grandes cantidades, pero las películas se sueñan”. Ballard fue un hombre de su tiempo que supo prever la manera en cómo muchos de los lectores nos acercaríamos a su obra a través de las adaptaciones de sus novelas al cine. Aunque, quizá, en alguna cosa se equivoca: también hay libros que se sueñan. Los suyos son de esos.