Buscando a Wakefield

Por Cecilia Magaña

La historia de mi nombre es una historia de azar. Resulta que mis papás no contaban con que fuera niña y sólo tenían pensado que me llamara Luis Alberto, así que, ante la sorpresa y las sugerencias de nombres que no convencían a uno ni a otro, tomaron una revista y pasaron el dedo por la hoja hasta detenerse en uno. Fue Cecilia.

Hace unos años leí en un artículo que el estado Sonora había prohibido una lista de nombres entre los que se encuentran Batman, Aguinaldo, Cesárea, Culebro, Escroto, Twitter, Zoila Rosa, Llanta y Letrina. Y aunque es verdad que son nombres terribles para la vida real, siempre he tenido la inquietud de escribir un cuento con una protagonista llamada Letrina. Quien haya leído ya Los Detectives Salvajes recordará a la mítica poeta Cesárea Tinajero, cuyo nombre no suena tan mal en los labios de Ulises Lima.

Desde niña he deseado tener un segundo nombre. Creo que dos son mejor que uno y aunque no sean hermosos pueden dar cierta ventaja. De la lista anterior, por ejemplo, Zoila Rosa al menos tendría la alternativa de elegir uno para presentarse. Podría ser Zoila en un lugar y Rosa en otro. Seguramente, sólo su madre o su pareja le llamarían por su nombre completo cuando estuvieran por tener una discusión: “Zoila Rosa, ven acá, tenemos que hablar.”

He preguntado a varias personas con dos nombres si de verdad aprovechan la duplicidad que yo me imagino tienen todos los Francisco Javier, los Luis Antonio, las Ana Berta y las Paola Lucía.  A través de mis encuestas —conducidas de manera nada seria, lo confieso— las personas con nombre doble me han dicho que no, que no es cierto, no se viven como dos personas y hubieran preferido llamarse únicamente Mengano o Zutana, así como yo me llamo Cecilia.

Hace año y medio que vivimos en un departamento en la colonia Arcos. Javier —que es el señor Francisco para los que llaman ofreciendo tarjetas o planes de Telcel— fue quien firmó el contrato con don Rubén, nuestro casero y vecino. Alguna vez que grabamos Juego de Pomos  en casa, debió escucharnos y se confundió al oír el nombre de mi amiga Diana, porque en los siguientes días comenzó a llamarme así. “Buenos días, Diana”, me saludaba don Rubén mientras regaba el jardín. Debió notarme algo raro, porque luego lo cambió a Adriana. “¿Qué tal, Adriana? ¿Ya quedó el boiler?”, sonriendo desde su puerta o subiéndose al auto antes de decir: “¿se les ofrece algo del súper, Adriana?”.

No lo he corregido y desde hace un año disfruto siendo la apresurada Adriana, que siempre sale corriendo a tomar el camión y apenas saluda a don Rubén, la Adriana que se asoma por la ventana cuando él pregunta por Javier,  la Adriana que le tiene miedo al perro de la vecina. Ha sido una experiencia fascinante, y contrario a lo que muchas personas con nombre doble me dicen, en cuanto escucho el nombre de Adriana, respondo, encantada de jugar el juego.

Desgraciadamente, el chistecito está por acabarse: la semana que viene nos mudamos a un departamento nuevo y dejaré de ser Adriana. Si algo me consuela es que viviremos a sólo unas cuadras de distancia, aunque supongo que serán pocas las oportunidades para encontrarme a don Rubén, el único que conoce mi segunda identidad.

Mientras comenzamos la labor de armar las cajas para la mudanza, sé que no será posible engañar a nuestra nueva casera, la licenciada Bailón, porque entre los papeles para solicitar el departamento se incluyó mi identificación oficial, y seré sólo Cecilia. O quizás no… quizás rescate a Adriana Magaña a través de una historia o de un blog. Aunque pensándolo bien, suena cacofónico, ¿y si fuera Adriana Chávez, o Adriana, nomás? O mejor Zoila. Zoila Rosa, escritora de minificciones que Adriana Chávez podrá leer en el camión, mientras recupera el aliento después de correr a tomarlo unas cuadras más atrás, aprovechando para saludar a su viejo casero, antes de volver a ser Cecilia en cuanto piso la banqueta del lugar donde trabajo, los lunes en la mañana.