Sueños lúcidos

Por Javier Paredes

Borges y Macedonio Fernández

La memoria puede jugarnos malas pasadas. Por eso mueren algunos viejos: de nostalgia, abrumados por remembranzas y evocaciones, aturdidos por el eco de tantas reminiscencias.

Personalmente, la memoria me agobia, suelo habitar la mayor parte del tiempo en el recuerdo, en la recreación de los pasados reales y posibles, me cuesta trabajo mirar delante del parabrisas, manejo —eso sí— atento al retrovisor.

Tengo para mí que somos memoriosos porque —en más de un sentido— nuestro ser y vida son el pasado. Quizá por esa razón el recuerdo es el tema recurrente del oficio literario, el narrador es un recordador, la narrativa es memoria, como lo son el sueño y la visión. Recordar e imaginar son mecanismos emparentados.

Algunos dicen que tenemos los recuerdos contados, como ordenados libros en un anaquel cuyo espacio es limitado y menguante. Así lo entiende Sherlock Holmes en el Estudio en escarlata. Para otros, los recuerdos son minuciosos en grado tal que emulan al infinito. Ese fue el caso de Irineo Funes, aquel compadrito de Fray Bentos, muerto de congestión pulmonar en 1899, el cual podía recordar la forma exacta de las nubes del amanecer de cada día, cada matiz de cada arrebol de cada nube, incluso las veces que visitó ese recuerdo preciso  (es decir, el número de ocasiones que rememoró cada memoria y la cifra de momentos que recordó haber recordado que recordaba).

Pero la memoria eidética y lúcida es una contradicción en nuestro mundo. Irineo Funes, ficcionado por Borges, tiene su equivalente —llamémoslo real— en Solomón Sheresevski. Este savant era capaz de recordarlo todo, pero inhábil por completo para relacionar las ideas. Sus amplias incapacidades fueron exploradas en los años veinte del pasado siglo por el conocido médico ruso Alexander Luria.

Desconocemos aún la causalidad de esta memoria excesiva, se ha llegado a especular sobre presuntos defectos del desarrollo embrionario o un daño cerebral posterior al alumbramiento. Si creyéramos, como Averroes, que hay una sola mente universal, los savants acaparan una porción mayor a la que  corresponde —en justicia— al común de los mortales.

Hay otro aspecto. Analizando el tema con acuciosidad podemos comprobar que la obsesión del pasado tiene su necesario complemento en el olvido del futuro. Imaginemos entonces la historia de un hombre condenado a muerte —pongamos que un herrero— que no sufre la angustiosa espera de la ejecución porque sencillamente no puede figurársela. Esa es la situación que nos plantea Macedonio Fernández en Cirugía psíquica de la extirpación:

El futuro no vive, no existe para Cósimo Schimtz, el herrero, no le da alegría ni temor. El pasado, ausente el futuro, también palidece, porque la memoria apenas sirve; pero que intenso, total, eterno el presente, no distraído en visiones ni imágenes de lo que ha de venir, ni en el pensamiento de que en seguida todo habrá pasado.

Cósimo Schimtz tiene su equivalente clínico en la historia de la neurología. Se trata de  Phineas Gage, antiguo capataz de construcción avecindado en Nueva Inglaterra. En los años cuarenta del siglo XIX un barreno fatídico traspasó su lóbulo frontal causándole un curioso extravío; no perdió ni el habla, ni la sensibilidad, ni el movimiento, pero se tornó caprichoso y vacilante, impotente para proponerse metas, inconsecuente y sin evidencia de preocupación por su futuro, ni síntoma de previsión[1].

Casos clínicos y personajes literarios coinciden, recordar en exceso es casi congelar el presente, lo mismo que no prever el futuro; son estados análogos para la literatura fantástica y para la neurociencia (que es uno de sus géneros menores).

Cósimo o Irineo, son estados de la mente que pueden sernos ideales y envidiables: una especie de nirvana donde reposar los sentidos y ampliar las percepciones (sin Cannabis de por medio), un instante de paz en la vorágine de nuestra modernidad líquida, liberados por fin del vértigo y del tedio.


[1] Damasio. El error de Descartes. México. 2015.