Hipérbole incesante

Por Alejandro Paniagua

Una de las teorías más atrayentes de Sigmund Freud asegura que los sueños están construidos de tres elementos: el resto diurno (es decir, experiencias, recuerdos o estímulos recientes); las impresiones sensoriales que tenemos mientras dormimos (hambre, sed, ganas de orinar, calor, frío, etcétera); y un deseo implícito o explícito en la narrativa de las ensoñaciones. Los dos primeros elementos no son tan determinantes, pero el deseo constituye la médula del sueño. Para ilustrar su teoría, el médico usa un ejemplo muy claro. Alguna vez, Freud soñó que cabalgaba sobre una yegua blanca, a todo galope, por una pradera. El padre del psicoanálisis hace entonces una confesión estremecedora, nos dice que él tenía un furúnculo muy doloroso, del tamaño de una manzana, en los testículos. El deseo implícito de su sueño era poder cabalgar sin sentir dolor alguno. Su anhelo era simplemente no tener aquel objeto funesto entre las piernas. Yo soy un gran entusiasta de los escritos freudianos y, por tanto, llevo años anotando mis sueños para luego identificar los elementos que los gestaron. En esta entrega de mi columna quiero desglosar tres sueños que por alguna razón me han fascinado.

 

1.

Hace varios años soñé que había en mí una especie de maldición. Día a día, sin excepción, sin prorroga, sin indultos extraordinarios, a las once cincuenta de la noche, aparecían en mi cuerpo, al mismo tiempo, todos los dolores que había padecido en mi vida. Las dolencias físicas que me acongojaron desde el día de mi nacimiento volvían a mí, de manera simultánea. Los dolores de cabeza, que seguro eran cientos, tal vez miles, aparecían de súbito apilados unos sobre otros, y saturaban mi coronilla, mi cuello, mi frente y mi nuca. Volvían también los dolores de garganta que me ocasionaron decenas de resfríos, ello hacía que tragar saliva fuera un trayecto abrumador. Regresaba el suplicio de haberme dislocado la pierna y de haberme roto el brazo. Como se trató de la pierna derecha y del brazo izquierdo, aquellos dolores me atravesaban en una diagonal que partía en dos mi cuerpo. Regresaban los tormentos ocasionados por una piedra en el riñón que se formó por un consumo desmedido de sal. Las interminables punzadas en la espalda baja me hacían sudar frío. Volvía también el dolor en mis puños, las varias laceraciones que se acumulaban con base en la gran cantidad de objetos e individuos que había amedrentado a puñetazos. Las manos se me engarrotaban de dolor. Aparecía de nueva cuenta el dolor más terrible, el de haber sido acuchillado durante un asalto al que me resistí. Tras empujar al ladrón, intenté huir, sin embargo, él alcanzó a enterrar el cuchillo en mi carne, cerca del riñón. Entonces, el dolor de la piedra y el del apuñalamiento se unían para crear un monstruo hecho de congoja, una criatura que me roía la espalda con sus fieros colmillos. Por último, se manifestaban, a un mismo tiempo, aquellos dolores que no recordaba cómo habían sido provocados o que se habían producido durante el sueño. Desperté con el cuerpo engarrotado y la mente hecha pedazos. El resto diurno que provocó este sueño fue el haberme automedicado con un fuerte analgésico. La impresión sensorial que tuve mientras dormía fue justo un dolor agudo en la espalda. El deseo implícito era castigarme por haber lastimado a mi pareja de entonces.

 

2.

Hace algunas semanas soñé que una hechicera me transformaba en un naipe de baraja: el ocho de corazones. Mi cuerpo era delgado y ligero. Mis ocho corazones latían expuestos sobre mí. Yo pensaba que al ser parte de una misma figura, todos los corazones debían latir a un mismo ritmo. Sin embargo, estaba equivocado, cada uno iba a un compás distinto. Ello hacía incómoda mi existencia. Por segundos, dos, tres o hasta cuatro corazones seguían una misma métrica, mas luego de un instante volvían a distorsionarse. Debido al miedo que me provocaba el haber sido convertido en una carta, los ocho corazones estaban alterados. Era como estar encerrado en una prisión y escuchar un montón de relojes alrededor, sin poder saber cuál marcaba la hora de una región lejana, cuál indicaba el horario local, cuál sólo daba vueltas y vueltas sin sentido, y cuál era parte de una estrategia para enloquecer. Sobre la cama hallaba una nota que decía: “Este hechizo jamás puede ser roto”. Al leerla sentía una ira tan grande que desquiciaba a los ocho corazones. Mi delicado cuerpo se movía para todos lados debido a la fuerza de los latidos. Uno de los corazones iba tan deprisa que comenzaba a doblar una de mis puntas, a tal grado que se creaba una cuarteadura. Uno a uno mis corazones comenzaban a sufrir infartos, primero el del lado superior derecho, luego el de en medio. Con cada paro cardiaco mi vida se extinguía un poco. El dolor en mi brazo izquierdo era insoportable. No podía respirar, sentía como si otras cincuenta y cuatro cartas estuvieran amontonadas sobre mi pecho y me aplastaran sin remedio. De pronto, caía hacia atrás. Mi cuerpo era tan delgado que se precipitaba con lentitud, meciéndose de un lado para otro al tiempo que se desplomaba. Cuando uno solo de los corazones quedaba vivo, desperté. El resto diurno que originó el sueño fue haber visto la versión animada de Alicia en el país de las maravillas. La impresión sensorial que tuve mientras dormía fue una taquicardia provocada por la ansiedad. El deseo implícito era poder sentir de nuevo la emoción que me provocan las apuestas.

 

3.

Cuando era adolescente soñé que entraba a un templo de paredes blancas. En uno de los muros había cuadros que exhibían deidades humanas con rasgos animalescos: santos atigrados; mártires con cuernos de rinoceronte; manadas de ángeles que corrían en estampida sobre las nubes; un hombre grotesco que rezaba juntando sus enormes garras de oso; un apóstol muriente cuya piel se mimetizaba con el tono y la textura de la cruz donde había sido clavado. Todos los feligreses vestíamos trajes de tres piezas y llevábamos corbatas amarillas. Yo entraba al templo de último, me sentaba en la única silla vacía. Me sentía enfermo, tenía un malestar respiratorio que apenas me permitía hacer algún esfuerzo. Un viejo ataviado con un atuendo ceremonial salía de una puerta y se paraba frente a un altar. Nos poníamos todos de pie. Nos pasábamos las manos por la cara hasta tocar el pecho y cerrarlas en un puño. Aquel gesto representaba que nos arrancábamos el rostro y el corazón para ofrendarlos. Todos los allí presentes éramos desahuciados, de pronto lo comprendía. El clérigo explicaba el ritual de esa noche con palabras y términos simples. Afirmaba que aquella ceremonia serviría para curar cualquier afección. Nos aseguraba que no existía la posibilidad de que el rito fallara, los resultados iban a ser inmediatos y palpables. Al final comentaba que existía una premisa negativa, una condición adversa para que aquella sanación surtiera efecto: uno de los presentes albergaría en su cuerpo las enfermedades del resto. En cuanto terminara la ceremonia, aquel desafortunado lo sabría porque sentiría de golpe los síntomas de decenas de enfermedades, tras unos segundos, moriría. Su sacrificio era necesario para curar al resto. El riesgo de ser el afectado era el precio a pagar por participar en un rito tan efectivo. Nuestro sacerdote recitaba algunos versos en un idioma extraño que yo comprendía a la perfección, hablaban de justicia, de recuperación, de honor. Luego de una media hora, el rezo concluía. Muchos a mi alrededor reían, otros lloraban de gozo. Unos pocos se arrodillaban para agradecer en silencio. Yo comenzaba a sentirme muy enfermo. Desperté con ganas de volver el estómago. El resto diurno que provocó este sueño fue la lectura de San Juan de la Cruz. La impresión sensorial que tuve mientras dormía fue un constante ahogo debido a la acidez. El deseo implícito era poder sanar a mi madre enferma.

Estoy seguro de que mis análisis de estos sueños son completamente precisos.