DE LA MÚSICA Y SUS ASUNTOS

Por LUIS MARTÍN ULLOA

La escena se puede reconstruir con una anécdota y personajes a grandes trazos. Porque sí, es una historia de amor, de iniciación, de infidelidad si gustan. Pero lo importante no serán los hechos, sino la música que los envolvió. Que los vistió, que marcó al protagonista. Éste ha aceptado ir a una fiesta. Lo invitó un amigo algunos años mayor, del cual quizá sería un poco exagerado decir que está enamorado, pero sí que goza decididamente de su compañía. La casa donde se realiza la fiesta está lejísimos, en una colonia a las afueras de la ciudad, que el protagonista (a quien llamaremos, digamos, Ele) no conocía.

Es el “aniversario” de unos amigos de su amigo. Al principio no había entendido muy bien aniversario de qué, y la verdad es que tardó un poco en darse cuenta. Ele mira con atención a los hombres que componen la pareja: son mayores (aunque claro, a sus dieciséis años cualquiera que pase de los veinte es “mayor”), guapos, parece que están bien acomodados porque usan ropa cara y perfumes deliciosos que dejan una estela sólida a su paso. Desea algún día ser como ellos, tener una casa, un buen empleo, un carro como el que está afuera. Una pareja.

Ele no conoce allí a nadie más que a su amigo, quien a veces va a conversar y saludar a otros. Tal vez por eso se esfuerza en poner atención a la música en los momentos que lo deja solo. Así, presencia cuando uno de los anfitriones saca un disco de acetato de su funda, lo pone en el estéreo y comienza a bailar abrazado a su pareja. Tal vez puede ser consecuencia de las bebidas (aunque había aceptado al llegar un tequila con escuer, la verdad es que antes de eso el único alcohol que había ingerido en toda su vida era el de dos o tres cervezas), pero la música le llama la atención en verdad, se oye nueva aunque la canción en sí parece vieja. Elegante, sofisticada. Toma la funda. Al ver a la mujer en la portada le vienen a la mente algunas palabras: canto nuevo, Cuba. No, Cuba no, pero sí otro país latinoamericano. Tania Libertad. Boleros.

El amigo vuelve y le pide que bailen también. Ele acepta su mano y al compás del alcohol y de esa voz, se abandona a sus brazos. Decide que no va a reprimirse más, que ya no le importa que el amigo se dé cuenta que le gusta (too late darling, le diría alguien con ánimos de perrear). Sólo hay un pequeño detalle: Ele conoció meses atrás a otro amigo que también le gusta. Mucho mayor que el que lo dirige ahora en el baile. La voz. Los boleros. Un amigo. El otro amigo. El tequila con escuer.

Por fortuna el destino se encarga de ahorrarle cualquier sentimiento de culpa. Cuando ya ha avanzado la madrugada, su amigo (el que lo llevó a la fiesta) ha bebido muchos tequilas. Y cerveza, y después el líquido de cualquier botella que se encontró. Es notorio que la pareja anfitriona lo estima: cuando se vomita estruendosamente en la sala no se molestan y en cambio lo toman de la frente para que no se embarre de la regurgitación. Lo llevan a un cuarto de la casa a que se recueste y cuando vuelven, al ver a Ele sentado en un sillón, parecen recordar que iba acompañado. Ya puedes irte a dormir tú también si quieres, dicen. Ele supone que lo están invitando a ocupar la misma cama que el amigo y se encamina hacia allá.

En la fiesta quedan pocos invitados. Desde el cuarto, acostado sin quitarse más que los zapatos y a un lado del amigo que ronca sin reparos, Ele sigue escuchando la música, ahora a un volumen más bajo. Aunque de todas maneras, en su cerebro siguen sonando esas notas que, siente, han sido una revelación. Las palabras que cantaba la voz: sabrá Dios si tú me quieres o me engañas, como no adivino seguiré pensando…