Lente anónima

Por Mariana Mota

Hace tiempo acudí a un taller de fotografía. En la primera y única sesión a la que asistí, omitiré las razones por las que no regresé, el moderador nos platicó una estrategia de márquetin que me pareció interesante: hacer una sesión de fotos a quien estuviera interesado, sin fijar un precio. Seleccionar el que, a su juicio de experto, fuera el mejor retrato; compartirlo con el cliente, en baja resolución, para que este lo coloque como fotografía de perfil en Facebook. Después de dos días, a partir de la publicación, contar el número de likes  y pagar al fotógrafo veinte pesos por cada uno; hecho el depósito, enviar el resto del trabajo fotográfico al cliente. Me imagino que soltar dos, tres o cuatro mil pesos sería un acto de gusto —además de que sería buen precio—, al ver esos cien o doscientos likes debajo de un lindo retrato que nos represente. Aunque también habría los que ponen la economía por encima de la popularidad y estarían deseando no pasar de los cinco pulgares.

A cada grupo con el que comparto aula siempre les lanzo una pregunta: ¿cuál es la diferencia entre un autorretrato y una selfie?, visto desde los dos ángulos que normalmente tratamos: el visual y el literario. Las respuestas que damos, me incluyo porque también intento buscarlas, suelen variar, pero oscilan en el espectro que va de la composición a la intención. Un retrato, sea capturado por uno mismo o por alguien más, debe ser honesto y mostrar al menos una de las distintas versiones que somos, sin maquillaje. Esa es una conclusión a la que llegamos; como esa otra que rechaza una imagen en la que hacemos todo lo posible por mostrar solo el mejor ángulo, bien acicalado; uno que nos guste mucho.

Envidiable labor es, entonces, la que realiza un retratista. El fotógrafo que representa productos, eventos, momentos, tiene una responsabilidad muy distinta a la de aquel que muestra un pedacito de la autenticidad de un individuo; ni más ni menos compleja, simplemente diferente porque somos las personas las que más solemos ocultarnos. Quién sabe de qué o por qué; como si el otro no tuviera imperfecciones, como si el que no soy yo viviera eternamente en una emotividad de selfie. El que fotografía retratos debe ser una especie de psicólogo, muy empático, que confeccione un ambiente en el que aquel que se verá vulnerado ante la cámara se sienta en plena confianza; estado que por lo general únicamente alcanzamos en la intimidad de la habitación propia.

Dice Henrry Carroll, y me encanta la manera en que lo expone, que los hay francotiradores, porque acechan a su presa desde lejos; agentes secretos que se acercan y establecen relación con el que se eternizará en la imagen; y asesinos que se acercan, disparan y huyen. No todo retrato nace, pues, bajo consentimiento de ambas partes, como sería el caso de una sesión preestablecida. Y todo retrato, dicen por ahí y yo coincido, debe hablar siempre de dos sujetos: el que está frente a la cámara y el que está detrás, pues el estado de ánimo, la percepción, la imaginación y la creatividad del retratista también se plasmará para la posteridad en esa imagen.

Quería aprovechar este espacio para hablar acerca de algunos retratistas: sus métodos, conclusiones, intenciones, resultados; pero se me fue el tiempo mascullando sobre el mero objeto —o sujeto— que es el retrato; tendré que dejar mi conversación grupal para otra ocasión. Me quedo con la idea de que todos deberíamos intentar un autorretrato, en algún punto de nuestra vida. Literario o visual, qué importa, pero fabricar un pedazo de honestidad que vaya más allá de la bonita selfie. O todos deberíamos componer un retrato de alguien más; sería una linda experiencia de comunicación e intercambio.