DE LA MÚSICA Y SUS ASUNTOS

Por LUIS MARTÍN ULLOA

#HistoriasSinSpoilers

Escuché el susurro en mi oreja: ¿te gustaría chuparme los pies?

Subí por las escaleras eléctricas hacia los cines, y a él fue lo primero que vi: echado plácidamente en una banca, como si esperara a alguien pero a la vez nomás permaneciendo. Nadie más se atrevía a sentarse allí. Tal vez les parecía impúdica la manera en que ostentaba sus pies. Calzaba unas sandalias de piel de dos tiras solamente: una soportaba el empeine y otra más delgada rodeaba el dedo gordo. El pantalón se encogía sobre sus piernas largas y dejaba al descubierto más arriba del tobillo. Eran enormes. Preciosos y delgados.

Me quedé cerca, revisando las carteleras y horarios antes de atreverme a mirar. Entre una y otra sinopsis echaba una ojeada rápida, cuidando que él no se diera cuenta. Pero tal vez me demoré algunos segundos porque al  levantar la mirada lo encontré viéndome directamente. Me turbé, no supe qué hacer, hasta topé con algunas personas en mi huida. Caminé apresurado volteando para confirmar que el muchacho no venía detrás. De repente me sentí estúpido y paré.

Entré a la tienda de discos. Me entretuve viendo algunos escaparates. Frente a uno de ropa se me erizó la piel: muy cerca de mí se colocó una silueta que evité mirar incluso a través del reflejo en el vidrio. Me quedé rígido. Revisé las prendas con minuciosidad. Hasta que la silueta se acercó aún más, como mirando algo del escaparate también. Entonces me lo preguntó.

Por fin volteé a verlo. No agregó nada más, solo encontré en su rostro una sonrisa de complicidad, que de cualquier manera no me tranquilizó. Hizo un leve movimiento con la cabeza y comenzó a caminar. Lo seguí como hipnotizado hacia la salida. Veía acercarse el resplandor del sol afuera, restallando en las puertas. Antes de salir lo tomé de un brazo. Traigo carro, dije. Me dirigió un gesto de extrañeza y, todavía callado, se devolvió en dirección a las escaleras del estacionamiento. Me arrepentí enseguida de haber dicho eso. Se adelantó un poco, pero se detuvo a esperar que lo alcanzara.

No dijimos nada más, él solamente daba las indicaciones para llegar a donde nos dirigíamos. En aquel semáforo das vuelta a la derecha, en la siguiente a la izquierda, aquí es. En el breve recorrido me pregunté mil veces qué dirían si alguien de mi casa me viera llevando a alguien más grande que yo, desconocido para ellos. Y para mí.

Deja poner algo de música, dijo apenas llegamos, y comenzó una canción que conocía muy bien porque le gustaba a mi papá: you got this strange efect on me/ and I like it sonaba en las bocinas. Enseguida vuelvo, agregó, y me dejó parado en medio de la sala. Miré alrededor. Era una casa similar a la mía: comedor, sillones, un mueble para los platos, otro para la televisión. Cuadros, figuritas. Dentro el aire estaba más fresco que en la calle. Regresó y me entregó un objeto muy pequeño en forma de esfera navideña. Lo miré extrañado. Es un chicle, me informó. No supe qué debía hacer con él. Te juro que no tiene nada, agregó divertido ante mi duda, mastícalo un poco y lo tiras. Lo eché en mi boca. Era de sabor menta, muy fuerte, sentí un tufo helado irrumpir en mi garganta. Él se dejó caer en un sillón. Se deshizo de las sandalias y subió los pies a la mesita de centro. Un exquisito aroma a sudor y cuero llegó a mi nariz. Y me arrodillé.