Sueños lúcidos

Por Javier Paredes

Desconocemos el número actual de las lenguas humanas, serán tal vez —según la fuente que se consulte— unas seis o siete mil. Por si su caudal no fuera excesivo, a ellas debemos aunar las lenguas muertas, los dialectos angélicos que postula la Carta a los Corintios y los idiomas que han sido fruto de  la ficción literaria.

Cada obra de la literatura, singularmente las de fantasía y ciencia ficción, necesitan palabras nuevas con las cuales identificar entidades hasta entonces ignoradas. En el universo de J. K. Rowling no podríamos representar el juego preciso sin el vocablo quidditch (que por otro lado nos ahorra incontables definiciones cada que se menciona la lúdica actividad); análogo a este deporte es el hussade de Jack Vance, en la saga de Alastor, aún cuando este divertimento presenta connotaciones más tétricas.

No obstante, la creación de una colección de vocablos no es por sí la elaboración de un idioma, a lo sumo aspira a formar un léxico suplementario. Un idioma necesita además su gramática; y ese sería el caso del Pársel de Harry Potter. La peculiaridad de esta lengua es su carácter de hereditario, no se aprende, se nace sabiéndola. Es adicionalmente una lengua inter especies y permite la comunicación animal, como el anillo del rey Salomón.

En esta categoría de lenguas ficticias inter especies se encuentra el idioma de los simios que hablaba Tarzán. Rice Burroughs —su creador— tuvo a bien revelarnos los sufijos selváticos que emplea: mangani es mono, go-mangani es ser humano negro, tar-mangani es el humano blanco. De ahí comprobamos el racismo innato de los antropoides —o de Rice Burroughs—, en donde las personas de color se diferencian (aunque escasamente) de los micos y de los humanos blancos.

Debemos puntualizar que dependiendo de la amplitud y detalle de nuestra definición, los autores de ficción no crean verdaderos idiomas, pues estas elaboraciones no son completas; es decir, no bastan a las necesidades de comunicación de un grupo de hablantes.

A despecho de ello, por una suspensión de la duda asumimos su existencia. Ese pacto de fe que se realiza entre autor y lector se refuerza a veces por el rigor lógico del lenguaje inventado. En esta materia, el campeón de la lingüística imaginaria quizá sea John Ronald Tolkien, con su amplio inventario de lenguas élficas, incluida una historia evolutiva desde el idioma primordial, el Quendian primitivo, del que derivan con el tiempo el Telerin, el Sindarin, el Nandorin y otros lenguajes de la llamada Tierra Media.

La evolución del idioma y con éste la historia de las ideas ha sido tratada por  autores como Michel Foucault y Norberto Bobbio; en la literatura este enfoque es compartido por George Orwell, en 1984. En dicha novela, hace decir a Syme —uno de los redactores del diccionario de Neolengua— lo siguiente:

Creerás, seguramente, que nuestro principal trabajo consiste en inventar nuevas palabras. Nada de eso. Lo que hacemos es destruir palabras, centenares de palabras cada día. Estamos podando el idioma para dejarlo en los huesos.

 

¿No ves que la finalidad de la neolengua es limitar el alcance del pensamiento, estrechar el radio de acción de la mente? Al final, acabamos haciendo imposible todo crimen del pensamiento. En efecto, ¿cómo puede haber crimental si cada concepto se expresa claramente con una sola palabra, una palabra cuyo significado esté decidido rigurosamente y con todos sus significaos secundarios eliminados y olvidados para siempre? Y en la onceava edición nos acercamos a ese ideal, pero su perfeccionamiento continuará mucho después de que tú y yo hayamos muerto. Cada año habrá menos palabras y el radio de acción de la conciencia será cada vez más pequeño.

 

Lenguajes, #HistoriasSinSpoilers

 

Desde luego, existen otras lenguas sintéticas o artificiales, como la postulada por John Wilkins en el siglo XVII, pero dado que se trata de una erudita empresa filosófica y no intencionadamente ficcional, no formaría parte de esta digresión, a no ser porque Jorge Luis Borges le dedica un ensayo[1] donde nos refiere que Wilkins:

Dividió el universo en cuarenta categorías o géneros, subdivisibles luego en diferencias, subdivisibles a su vez en especies. Asignó a cada género sin monosílabo de dos letras; a cada diferencia, una consonante; a cada especie, una vocal. Por ejemplo: de, quiere decir elemento; deb, el primero de los elementos, el fuego; deba, una porción del elemento del fuego, una llama.

En la cita efectuada, el dominio de lo que llamamos real colinda con lo fantástico y el intento evidente del autor es transmitirnos esa sensación de maravilla al imaginar una absoluta clasificación del mundo, efecto similar al que nos propone con la Máquina de pensar de Raymundo Lulio, ensayo similar, fechado en 1937.

El propio Borges imagina lenguas conjeturales en Tlön, Uqbar, Orbius Tertius, con diferencias sustanciales entre los hemisferios austral y boreal de ese planeta. En ambos lados existe una dominante noción del idealismo, en ninguno se reconoce realidad a la materia. Bajo tal óptica todo sustantivo sería una injustificada especulación, de modo tal que el lenguaje se compone de verbos y de adjetivos. En el norte —por ejemplo— no hay una palabra que corresponda a “luna”, sino que se conjugaría el verbo “lunecer”; en el sur los adjetivos cumplen la función de los nombres, no se dice “salió la luna” sino “aéreo-claro sobre oscuro-redondo”.

La anterior parecería una gramática arbitraria, si no lo fueran todas las gramáticas. A manera de muestra, las lenguas Tseltal, Chol, Chontal y Lacandona, tienen numerales diversos si van a enumerar ríos o jícaras, si se trata de rollos o de seres animados, si se cuantifican cosas redondas o alargadas; no existe en las variantes mayas la abstracción del número, todo conteo es recuento de objetos específicos.

Hasta aquí las referencias. Como propuestas preliminares para el establecimiento de una lingüística de la fantasía se establecen: la investigación del mítico Babel donde surgieron los lenguajes ficticios y la decidida intervención del gobierno oculto del mundo para proteger de la extinción a los idiomas imaginarios.


[1] Me refiero, desde luego, a El idioma analítico de John Wilkins, publicado en Otras Inquisiciones, en 1952.