Buscando a Wakefield

Por Cecilia Magaña

Mudarse es una lata. Las cajas, el polvo, la limpieza a profundidad de ese lugar que hay que conquistar como todo nuevo territorio. El lento reconocimiento de sus ruidos, de sus silencios, las pequeñas complicaciones: la llave del agua que descubrimos que no funciona; el calentador que no sabemos cómo prender, la chapa de la entrada que tiene maña y se resiste a revelárnosla. Por otro lado, las cajas donde hemos guardado con descuido nuestras cosas, parecen pozos sin fondo: lo que hay que acomodar en las repisas, guardar en los armarios, esconder bajo la cama, se multiplica por generación espontánea.

Somos Crusoe y las cajas, el mar sin fin. La marea trae consigo objetos queridos, momentos que creíamos olvidados, pedazos de nuestra identidad que nos acompañan para hablar en esos primeros días y luego volver al silencio en algún rincón, hasta que llegue el próximo cambio.

De niña viví al menos diez mudanzas, siempre acompañadas de una cierta sensación de pérdida, porque también hay cosas que se dejan irremediablemente atrás. No todo mundo se muda como Lupita D’Alessio con la intención de “hacer limpieza al armario, borrar rencores de antaño” (aunque también he tenido una de esas). Sin embargo, la mudanza que más me ha impactado no ha sido directamente mía y su recuerdo vuelve siempre, guardado entre las cajas, con el álbum de fotografías al que mi abuelo materno le dedicó años.


Fantasmas, #HistoriasSinSpoilers


Las fotos de mis tías, de la casa vieja donde creció mi abuela y donde mi madre juró que había sentido a un fantasma sentarse justo a su lado. “El invitado de piedra”, le llamaba la tía Meche, la menor de todas, la que nunca se casó porque sus amores siempre fueron con uno que ya estaba casado. La otra tía, la mayor, de nombre Renée, tampoco se casó porque “era demasiado exigente con los hombres”, aunque yo siempre he pensado que quizás hubiera sido menos quisquillosa con las mujeres.

El techo estaba lleno de gatos, y las paredes del patio con jaulas de pájaros. Los primeros de Meche, los segundos de Renée. Meche se quedó joven para siempre, porque murió a los cuarenta y se convirtió en un fantasma más, todavía hermosa y de risa fácil, fumando en la banca que miraba a la fuente. “Lo sigue esperando a él”, decía la tía Renée, que tantas veces la habría visto desde la ventana, aguardando por el hombre casado que, también para siempre, siguió con su mujer.

Yo conocí a Renée ya vieja y sólo visité su casa de día. Nunca pude escuchar que a media noche alguien tiraba la vajilla completa al suelo, para descubrir en la mañana la vitrina intacta. Tampoco pude sentir cómo se sacudía la vieja escalera de caracol que daba a la azotea, con pasos y pasos de gente que parecía subir a una fiesta. Mucho menos me tocó que apagaran la radio, como acostumbraban hacer los fantasmas de la casa, cuando mi abuela era niña y escuchaban los programas de orquestas a la hora de la comida. “Le daban la vuelta al botón, así nomás, y entonces todos nos quedábamos callados, mirándonos.”

La mudanza de la tía Renée no fue a una casa nueva, sino a un asilo de ancianos, donde terminó sus días entre otro tipo de fantasmas. La mayoría de los muebles se vendieron, las vajillas se repartieron, y a mí, de entre todas las maravillas de ese pequeño museo familiar (que había sido vendido para demolerse y usar el terreno en la construcción de una torre de departamentos) me tocó tan solo un espejo. Antes de salir de ahí por última vez, lo tomé en mis brazos y me paseé, reflejando en él los azulejos del piso, el foco pelón del baño, la madera oscura de los armarios. Mientras retrataba la casa en el espejo los fui llamando en silencio, “vénganse conmigo, yo los cuidaré”, caminando frente a las jaulas vacías,  subiendo la escalera de metal, “vengan que yo los guardo, yo los cuido bien.” Deteniéndome en la fuente, para entonces cubierta de hiedra, tratando de oler el humo del cigarro recién prendido por Meche: “anda, ven.”

Quisiera poder decir que entre las cajas de esta mudanza, la que acabamos de sobrevivir hace poco más de una semana y aún nos tiene como náufragos sin internet, venía el espejo en el que salvé a los fantasmas de mis tías, de la vieja casa de la que hoy solo quedan fotos. Lo cierto es que cuando pretendía traérmelos conmigo tenía apenas dieciséis años y no tenía mucha idea de lo que significaba. Bastó que una sola vez sintiera su peso al lado de la cama, y escuchara una voz de mujer diciéndome: “estoy aquí”, para al día siguiente abandonar el espejo en la basura, a escondidas de mi madre, porque ¿cómo iba a explicarle? Había sido una locura eso de mudar a los fantasmas de casa, incluso de ciudad, pensar que podía hacerme cargo de ellos. Tampoco podía contarle, porque me moría de vergüenza, que los había traicionado a todos dejándolos en la calle, como si fueran un objeto más.

No he vuelto a escucharlos y espero que me hayan perdonado. Cada mudanza los recuerdo, escribo cuentos sobre ellos con la idea de bajarle a la culpa e imaginarme que los estoy rescatando dentro de otro espejo. Y paso mal las primeras noches, despertándome para reconocer los ruidos del nuevo departamento, comprobando aliviada que no, no han vuelto.