Orilla de letras

Por Rodrigo Chanampe

Relacionistas públicos, gente del mundo de la moda y el cine, trabajadores de la industria automotriz, contables, abogados, artistas, ejecutivos, militares, incluso un jockey irlandés. Casi todas los oficios y profesiones confluyen en el sistema de transporte subterráneo de Tokio. Allí, los vagones no sólo desplazan cuerpos apiñados; dentro de cada anatomía hay millones de ilusiones.

Me gusta planear. Adoro hacerlo. Tal vez se relacione con la idea de dominar el tiempo, diseccionarlo y acomodar las actividades en horas con forma de cajón. Me resulta complejo el aventurarme a los días sin la agenda bajo el brazo. Supongo que comparto este sentimiento con otras personas, en especial aquellas demasiado ocupadas; esas para las que cada minuto es importante y no les da igual si un tren pasa a las 08:15 u 08:17.

Pero si algo nos deja en claro Underground, de Haruki Murakami, es que cualquier idea de lo que es nuestra vida se desvanece en segundos. Por más organizados que seamos, nunca incluiremos en nuestra lista de pendientes escapar de un atentado. Nadie se va a dormir pensando que al otro día estará junto a una bolsa que contiene gas sarín. Con la cabeza sobre la almohada,  la mayoría se preocupa por las juntas con el jefe, los fracasos amorosos, el trabajo acumulado, los hijos, y aquellos sueños dejados atrás en pos de la prosperidad. Pocos imaginan los colores de la bomba, a los dementes, a quienes dibujan perfectos esquemas para aniquilar.

Underground

Esta obra se encarga de recopilar testimonios del ataque ocurrido en el Subterráneo de Tokio en 1995. Doce personas murieron al estar expuesta al gas sarín, además, miles resultaron heridas y con graves consecuencias. La secta Aum fue la responsable.

El texto es entrañable porque Murakami no se acerca a los afectados sólo para conocer un punto de vista, los vuelve personajes, la nostálgica pluma del japonés crea un marco para aproximarnos a quienes padecieron el atentado. Al autor le preocupa adentrarse a sus vidas. Cada testimonio abre con un perfil de la víctima, trazos de su ayer y así los aleja de las frías estadísticas y las imágenes repetidas en los medios de comunicación. También hacia la parte final del texto, hay espacio para la voz del fanatismo, los culpables tratan de justificar el porqué de sus actos y la locura asoma en un intento por esbozar sentidos.

Insoportables dolores de cabeza, pérdida de la memoria, complicaciones en la vista, un cansancio eterno y semanas o meses para recuperar el ritmo laboral son las principales secuelas tras el atentado. Sin embargo, en los relatos palpita el miedo enraizado, la imposibilidad de retornar a la vida previa a la tragedia, como si el veinte de marzo de 1995 los hubiera arrojado hacia una dimensión sin respuestas. También en sus palabras hay necesidad de justicia, venganza, llevar hasta la muerte a los responsables o someterlos a los efectos del gas. Se refleja así, como un acto de este tipo provoca el nacimiento de nuestro peor yo.

Hay quienes perdieron seres queridos, algunos cambiaron de empleo y otros se divorciaron, como si el atentado fuera el pretexto ideal para rearmar sus vidas. Pero uno de los relatos más conmovedores es el de los hermanos Akashi. Tatsuo, un hombre de treinta y siete años, vio cómo su vida se modificó por completo cuando su hermana menor padeció los efectos del gas. Shizuko, de treinta y uno, cayó en coma y al principio sus posibilidades de sobrevivir eran escasas. Tras despertar, ella era un ser distinto. Parecía que el pasado había sido desterrado de su mente, además de las grandes dificultades para mover su cuerpo y articular palabras. Lo bello de la historia, es cómo Murakami expone la dedicación de Tatsuo. Su plena confianza en la rehabilitación de su hermana, la devoción para traerla de regreso a esa época previa al sarín. Además, el autor pidió entrevistarse con Shizuko y logró percibir a la chica de antes,  intuyó esa necesidad de volver y superar la frontera de sus músculos.

De su encuentro con la mujer, Murakami rescata una reflexión sobre sus propias capacidades “¿Qué significa estar vivo? Si yo estuviera en la piel de Shizuko, ¿tendría su misma fuerza de voluntad, esa fuerza imprescindible para seguir vivo? ¿Tendría su coraje, su perseverancia, su determinación? ¿Podría tomar la mano de alguien con esa misma calidez?, ¿Me salvaría el amor de los demás? No lo sé, sinceramente no estoy seguro”.

Es tiempo de finalizar. En una hora cenaré. Luego un poco de televisión. Restará leer y los minutos del calculado insomnio. Mañana, despertar a las ocho, desayuno y revisar los guiones de mis alumnos. Hasta las cuatro de la tarde hay actividades establecidas, sería genial si pudiera llenar la tarde de una vez. Pero momento, qué tal si hay un incendio, o alguna extraña secta decide volar una avenida en mil pedazos. Qué tal si al caminar por Chapultepec, un fanático desvía su camión y aplasta a todos los peatones. Dos décadas después del atentado de Tokio, la posibilidad de una tragedia sigue presente, de hecho cada vez más. Tal vez, Guadalajara, tan ciudad y tan pueblo, aún está distante del terrorismo cosmopolita. Pero por lo pronto, pondré en mi agenda, en cada hora, un espacio para el posible atentado, lo tendré presente. Debo hacerlo. Así, al momento de aspirar el gas, trataré de recordar los mejores instantes de esta vida, pensaré en la familia, en lo que se va, en los besos ausentes, en la idea de aferrarme a este lado de la realidad. Me aterra la idea de que la Muerte me tome por sorpresa, así, sin la delicadeza de confirmar la cita.