Inspirado en hechos reales

Por Édgar Adrián Mora

Los escritores viven en casas que construyen otras personas.
Neil Gaiman

En fechas recientes me he dado a la tarea, no me pregunten por qué, de leer biografías y autobiografías. Me llaman más la atención las últimas. De hecho, la colaboración que entrego en este blog de Paraíso Perdido está dedicada siempre a las impresiones que me quedan después de leer alguno de estos testimonios en primera persona.

No me interesa, en este espacio al menos, alimentar la discusión con respecto de la reelaboración que desde la ficción se hace al contar la propia historia. Recordar es mentir un poco (o un mucho), siempre. Y de eso no escapa nadie. Ni siquiera los escritores que se pretenden más rigurosos con la documentación de su propia vida; ese rasgo, incluso, puede considerarse como parte de su poética y, en ese sentido, herramienta de ficción. Lo que me interesa es, previsiblemente, la historia que se cuenta (que acá, en adaptación de la connotación angloparlante, sería la Historia también; esa es otra reflexión que deberemos apuntar en los pendientes). Me atraen, por tanto, los hechos que ocurren en eso que llamamos “realidad”, vivencia tangible, espacio-tiempo documentado y cargado de evidencias.

En este sentido, la autobiografía no debería confundirse con lo que hoy, en esa manía por lo novedoso que la posmodernidad nos ha vendido, se llama autoficción. Uno pretende contar una versión de la verdad histórica. La otra abreva de fragmentos episódicos de la biografía para construir verosimilitud ficticia. Y he aquí otro tema pendiente. A pesar de venderse como algo en suma novedoso, la autoficción, como recurso literario tiene una larga historia.

Desde los ecos del narrador testigo utilizado por numerosos autores de relato policíaco y fantástico, hasta las fabulaciones contadas en primera persona por Jorge Luis Borges, por ejemplo, y que incluyen la participación de personajes que cruzan de la “realidad” hacia la ficción. Su amigo Bioy, por ejemplo.

Aunque, creo, el ejemplo de adelantado a la autoficción en nuestro idioma es, sin duda, Jorge Ibargüengoitia. No en sus novelas, sino en sus crónicas y artículos periodísticos. La naturaleza de tales relatos generó incluso la duda de sus compiladores post mortem que ubicaron narraciones como “Revolución en el jardín”, “Viaje por la América ignota” y “Los Caporetto ya no viven aquí” dentro de sus textos periodísticos. Ibargüengoitia merece, a la luz de esos textos, una entrada dedicada en exclusiva a su papel como Padre Precursor de la Patria Autoficticia (ante la susceptibilidad contemporánea me permito aclarar el sentido irónico y referencial de esta frase. No vaya a ser…).

Ibargüengoitia es el ejemplo de que no es necesario escribir autobiografías para relatar la propia vida. Que es decir, aquellas partes que los escritores quieren que se conozcan (es quizá en la autobiografía donde se ejerce la censura más feroz). No es necesario dedicar tiempo en el crepúsculo vital para recrear la memoria. A veces se puede hacer en otros espacios. El periodismo, como Ibargüengoitia; o las introducciones a los libros como lo hace Neil Gaiman.

Neil Gaiman

Casi todos los libros de Gaiman incluyen flashazos de la manera en cómo su vida se refleja en su obra. De qué estaba haciendo cuando escribió tal relato; quiénes fueron las personas que lo acompañaron, cómo se dio el proceso de convencimiento al agente literario o al editor para que determinada creación se publicara.

Sirve también, como oportunidad para mostrar autocrítica con respecto del propio trabajo. En el primer volumen de The Sandman, por ejemplo, anota en el “Epílogo”, después de relatar el proceso de escritura y conformación del equipo de ese primer arco narrativo (Preludios y nocturnos):

Releyendo estas historias, ahora debo confesar, que a muchas de ellas las encuentro torpes y desgarbadas, a pesar de que incluso las más vergonzosas de ellas poseen algo: una frase, tal vez, o una idea, o una imagen de la que aún sigo orgulloso. Pero en ellas es donde la historia comienza, y las semillas de mucho de lo que ha venido después —y mucho de lo que aún está por venir— fueron sembradas en este libro.

Esta posibilidad de hablar de la propia vida, que para Gaiman es mostrar el proceso de escritura (o relatarnos otro tipo de ficción), es un rasgo sobresaliente de su conjunto de relatos Material sensible (Salamandra, 2016), en donde declara incluso que el impulso por escribir una especie de nota contextual y explicativa de cada uno de los cuentos incluidos en el libro responde a su propia afición por leer este tipo de textos en otros autores.

Mis colecciones preferidas no sólo me ofrecían cuentos, también me explicaban cosas que desconocía sobre los relatos del libro y el arte de la escritura. Respetaba a los autores que no escribían introducciones, pero nunca me gustaban tanto como los que conseguían que me diera cuenta de que cada uno de los relatos de la antología estaba escrito, conformado palabra por palabra, por un ser humano que pensaba, respiraba, caminaba y, probablemente, incluso cantaba en la ducha, como yo.

“Nosotros, los escritores, que vivimos de la ficción, formamos parte de un continuo que incluye todo lo que hemos visto y oído y, más importante aún, todo lo que hemos leído”, escribe en otra parte de la introducción. De esta manera, Gaiman apunta algo que nos parece una perogrullada pero que, visto más de cerca, es necesario considerar de vez en cuando: la literatura proviene de la vida, incluso aquella que parecer querer negarla y que ambiciona reconstruirla por completo (complejo de Dios, trastorno narcisista; esto comprendido desde la ficción, no se entienda otra cosa).

Ese conjunto de introducciones, prólogos, epílogos, notas e, incluso, pláticas y conferencias, configuran el corpus para entender los mecanismos de escritura de uno de los autores más prolíficos e interesantes de nuestra época. Desnuda también algo que queda implícito en las declaraciones que realiza en esos pequeños textos: la autobiografía de un escritor interesa por lo que pueda decirnos con respecto de la escritura más que de su experiencia vital. Aunque las dos cosas vayan unidas de manera indisoluble. Y donde lectura es, también, parte de la escritura. Al menos para mí eso es claro. Concluyo con un ejemplo:

Construimos las historias en nuestra mente. Seleccionamos las palabras, les otorgamos poder y miramos a través de otros ojos, y de ese modo vemos y experimentamos lo que ven otras personas. Y yo me pregunto: ¿son los relatos de ficción lugares seguros? Y entonces dudo: ¿deberían serlo? Después de leer algunas de las historias que leí de niño desee no habérmelas encontrado nunca, porque no estaba preparado para asimilarlas y me perturbaron: historias que hablaban de desamparo, en las que aparecían personas a las que se ridiculizaba, o mutilaba, donde los adultos se sentían vulnerables y los padres no eran de ninguna ayuda. Me inquietaron y aparecieron en mis pesadillas y en mis ensoñaciones, me preocuparon y me perturbaron profundamente, pero también me enseñaron que, si iba a leer historias de ficción, a veces sólo me sería posible descubrir mi zona de confort saliendo de ella; y ahora, como adulto, no eliminaría la experiencia de haberlas leído aunque pudiera hacerlo.