Hipérbole incesante

Por Alejandro Paniagua

Me resulta fascinante cuando mis textos literarios surgen a partir de elementos insólitos o insospechados, como un ejemplar de los noventa de El Libro Vaquero, una receta médica de mi abuela, el instructivo del Monopolio, un cerdo atropellado en la carretera, o incluso, la pornografía. También es cierto que mucho ayuda mi paranoia, la imaginería desbordada, cierta desesperación constante y mi desorden obsesivo compulsivo. Pero el asunto es que gracias a la pornografía se me han ocurrido ideas que finalmente se convirtieron en cuentos o capítulos de una novela.

Recuerdo muy bien, por ejemplo, que una noche, mientras miraba en el monitor de la computadora a una mujer de cabello chino siendo penetrada por un hombre de rasgos hispanos, sentí mucha angustia. La muchacha del video tenía en la espalda un enorme tatuaje. Se trataba de un dragón. Sólo se podía ver la parte media de la bestia mítica. La cabeza y la cola seguro estaban al frente, tal vez en su abdomen, tal vez en su pubis. Entonces pensé que también era posible que el tatuaje representara algo tétrico o grotesco. A lo mejor se trataba en realidad de un dragón circular, un dragón cuyo cuerpo era una circunferencia cerrada, es decir, que no tenía cola ni cabeza.

Podía ser un monstruo circular que representara el infinito, o un ciclo de cultivo en alguna cultura milenaria, un dragón terrorífico que al verlo causaría repulsión. Una bestia que sufriría constantemente, ya que al intentar arrojar fuego, sólo conseguiría que las llamas dieran vueltas dentro de su cuerpo, quemándole los órganos internos, los cuales tras ser calcinados aparecerían de nuevo, intactos, en cuestión de segundos. Como si aquel quemarse y reponerse fuera un castigo, como si el dragón fuera un infierno orgánico, vivo, un averno con alma, que respiraba y que pudo hallar, con el tiempo, la forma de andar, de moverse, que incluso pudo aprender a asir las cosas, apretarlas hasta deshacerlas. Sin que nadie supiera que aquel triturar no era una agresión, sino un modo de comunicar su angustia, su desdicha. Preferí apagar la computadora. No quería ver de frente al ser horripilante.

En otra ocasión vi el video de un hombre manoseando bruscamente a una mujer que usaba medias de red. La mujer hacía unos ruidos exagerados y falsos de gozo. El tipo entonces rasgaba las medias con fuerza y penetraba a su compañera. Ella daba de gritos. Sus alaridos iban acompañados de gestos histriónicos. En medio del éxtasis, la mujer desgarraba del todo sus medias para arrancarlas después. Luego las lanzaba por el aire. Yo pensé que en ese instante la mujer se había convertido en un pescador fantástico y demencial, quien lanzaba pequeñas redes para atrapar sus propios gritos. Pensé que se trataba de un pescador de lo etéreo, cuya intención era sacar del aire a sus alaridos más grandes, a los más estrepitosos, los de mayor volumen, para así poder vanagloriarse del tamaño y la intensidad de sus presas, o tal vez para disecarlas, clavarlas en bases de madera y adornar las paredes de su casa.

Otro ejemplo de pornografía inspiradora, ocurrió mientras veía a un hombre sin mano recibiendo sexo oral de una pelirroja. La joven tenía los senos pequeños. Él tomaba la parte trasera de la cabeza de la mujer y la obligaba a tragar con furia su pene, una y otra vez. La muchacha hacía unos ruidos como de quien se ahoga sin remedio. Saliva, sudor y líquido seminal escurrieron en abundancia por su barbilla. Ella se ponía de pie súbitamente e iba a sentarse sobre el sofá. Abría sus piernas con desfachatez. El hombre entonces la penetraba usando su muñón, sin ninguna delicadeza. Su antebrazo entraba con furia a la vagina de su compañera. La mujer se retorcía de placer. Yo entonces pensé que la pelirroja se había convertido en la mano del hombre, se había transformado, por medio de un proceso místico, en la mano perdida del individuo. Me imaginé luego que si otro sujeto manco penetrara a otra joven pelirroja y éstas se abrazaran, sería como si los tipos se tomaran de las manos. Concluí que era probable, debido a la simbiosis, que cuando los dos hombres se pusieran nerviosos, las mujeres sudaran, como lo hacen las palmas de los inquietos o los sobresaltados. Hasta era probable que una pitonisa pudiera leer los pliegues en el cuerpo de ambas mujeres como si fueran las líneas de una mano, y augurara para ambos individuos un futuro de remordimientos, de empresas fallidas, de desengaños amorosos o infidelidades, de enfermedades dolorosísimas, de eventos funestos que al final se tornarían en aprendizajes.

El último caso fue simple, pero contundente. Mientras veía un video de pornografía amateur, el monitor de mi computadora se congeló. Un tono agudo se escuchaba a través de las bocinas. La pantalla se puso por entero azulada. Algunas palabras en inglés aparecieron de pronto. Golpeé varias teclas, oprimí los botones del ratón, pero el video que veía antes no se reanudaba. No me quedó otro remedio que masturbarme mirando aquellos textos sobre el fondo azul, no hubo otra solución más que provocarme placer escuchando el zumbido agudo que no tenía fin.

Es de verdad sorprendente que incluso en las actividades triviales u onanísticas, la literatura sabe abrirse camino.