Lente anónima

Por Mariana Mota

 

Para enfrentarme a otra de esas emociones que genera una primera vez, hace poco acudí a una subasta. Mi hermano, otro apasionado de la fotografía (y de las personas que encuentran el rumbo de su vida a muy temprana edad), nos comentó del evento. Desde mi casa pedimos un Uber y, aunque el destino quedaba allá en Zapopan, el golpe económico no sería tan fuerte dividido entre cuatro; todos lo agradecimos en silencio, pues cincuenta, cien, doscientos pesos nos salvan la vida últimamente. Algo me dice que no somos los únicos que atesoran cada Benito Juárez o Morelos que le llega al bolsillo.

Las treinta obras lucían profesionales en sus marcos y estaban listas para que el público las disfrutara, con vías de echarle el ojo a aquella por la que pujaría (ellos; nosotros seríamos meros espectadores). ¿Si no supieran que el autor tiene veinte años, lo adivinarían por las imágenes que toma? les pregunté. Dijeron que no. Todos señalamos nuestras favoritas: retratos de niños de la India, paisajes africanos, animales salvajes. Es difícil creer que con veinte años de edad se hayan hecho viajes semejantes; pero al ver la elegancia de la situación, me resultó comprensible. El dinero suele ser un factor que propicia el arte. Y al decir esto me arrepiento de inmediato: se puede hacer arte en el barrio más pobre de la ciudad; pero sí creo que el factor económico influye en la cultura, en la apreciación estética y en la difusión.

El joven artista, con copa en mano, disfrutaba su noche rodeado de familiares y amigos (entre los que figuraban políticos de la zona, abogados, publicistas, benefactores; eso lo supimos más adelante). Mi hermano y yo, al fin cortados con la misma tijera o hechos del mismo papel, lo observamos, tan resuelto a su corta edad, y sentimos nostalgia; una especie de curiosidad. Coincidimos en que a los veinte años nos era impensable ser fotógrafos que recorren el mundo para capturar belleza, pues nuestra urgencia era de un descubrimiento interior: primero me entiendo a mí y después al mundo; primero me quito las telarañas y luego hago figuras con los hilos. Quizás hasta ahora, a nuestros treinta y tantos, lo estamos intentando. Dicen que nunca es tarde.

Se llegó el tiempo de la subasta. Aunque tuvo un comienzo tímido, terminaron por irse todas las piezas en medio de un festivo y generoso alboroto. La fotografía que había llamado mi atención —porque más allá de mostrar la belleza natural de un lugar, contaba una historia— se la llevó una adolescente que no bajó la paleta del aire. No le importaba a cuánto ascendiera el precio: se iría a casa con aquel instante africano que su amigo capturó. Me pregunté cuánto habría querido o podido pujar yo, y definitivamente no superaba los cuatro mil quinientos pesos que ofreció ella. Me contesté que en realidad no me veía adquiriendo una obra de manera pública: prefiero el calor de la privacidad. El caso es que la chica ganó. A veces se pierde; muchas otras ni siquiera se participa. Recordé aquel grito que un hombre de la calle nos echó a mis amigos y a mí, mientras desayunábamos en un modesto restaurante: pinches ricos. Cuán versátil y viajera puede ser esa frase.

Salimos de ahí con muchos temas de conversación, y en casi todos figuraban las palabras dinero, clases sociales, arte, posibilidades. Blof. Resentimiento. Dijeron que se destinarían las ganancias a un albergue para niños: qué bonito. Luego supe que solo un porcentaje: igualmente lindo. Peculiar tema es el precio del arte: a veces lo fija el artista, a veces el público; y muchas pueden ser las razones para adquirirlo: aplauso a un amigo, apoyo a una causa, gozo por la obra, estatus ante un grupo. Cerramos los temas y volvimos a escarbar en nuestras bolsas; a cada uno nos correspondían veinticinco pesos esta vez.