De principio a film

Por Rodrigo González

Cine solo

Me gusta ir solo al cine por una simple razón: el bote de palomitas es todo mío. Sólo mío. Por más que creo en el amoroso acto de compartir, soy muy feliz teniendo para mi la dotación completa, la fila completa o, cuando tengo suerte, la sala completa. No encuentro nada más placentero que entrar a una sala que no tiene gente y mi lugar está rodeado de hermosas butacas vacías y el sonido del aire acondicionado me da la bienvenida.

Fui a ver Alien Covenant en circunstancias similares. Entré con miedo no por Alien, si no por Ridley. Prometeus me había dejado entre el fastidio y el desencanto pero, qué se le va a hacer: es Alien, es Ridley Scott, es tarea.

La sala sola, y Alien bien. Tuvo la gracia de regresarme por momentos a aquella primera sensación de terror y de descubrimiento paulatino del miedo. Del miedo a no saber y cuando sabemos, ya no hay nada qué hacer porque todo está perdido.

Entonces cuando salgo de la sala pienso en los Aliens alrededor mío. Pienso que vivimos en un país que tiene monstruos acechándonos todo el tiempo, conviviendo con nosotros, siendo ellos por el puro gusto de ser los agentes de destrucción y de caos. Empiezo a encontrar similitudes en nuestra política y esas esporas que al respirarlas te convierten en la incubadora de un agente de maldad y de barbarie.

Pienso que estamos muy jodidos, que habría que quemar la nave para tener una débil esperanza de sobrevivir, y luego me doy cuenta que no hay esperanza porque quemar la nave significa no sobrevivir en absoluto. Pienso que entonces deberíamos armarnos de valor y armarnos con lo que tengamos a la mano, e ir a destruir Aliens en un acto de suprema justicia. Destruirles sus aviones privados y sus privilegios, sus fueros, sus dietas. Dar al traste con sus curules, sus palacios de gobiernos, sus choferes, sus cuentas en el extranjero. Quemar de una buena vez todos los cabildos y los institutos, partir a la mitad y sin clemencia todos los órganos descentralizados de gobierno. Lanzar al vacío absoluto y de paso al olvido más negro, toda nuestra historia y empezar de cero. Así, suspendidos en la gracia de ese lugar donde nadie puede escucharnos gritar, quizá podríamos escribirnos una historia distinta.

Alien

Pero la realidad es otra. De regreso del cine, caminando, tengo que mentarle la madre al conductor que no respeta el cruce peatonal, y ante un amague de pulcra violencia le digo, con golpes en el cofre, que un día su imbecilidad lo va a matar y que muchos más seremos muy felices por ello. Sigo caminando, aunque sólo para darme cuenta que el Alien ya está en nosotros.

El Alien somos todos y todos somos capaces de ser rapaces, implacables, corruptos y asesinos. Me doy un poco de vergüenza, es verdad, pero luego veo a la patrulla de la policía estatal pasarse el alto, al agente de tránsito aceptando un par de billetes del trailero que usó una avenida que no debía y así se evita la multa; recuerdo que me acaban de contar que se perdieron 2 millones de pesos de un fondo estatal dedicado a la cultura, que conozco quien vende medicinas en su casa que se roba de los hospitales del sector salud, que el gobierno compra software para espiar los teléfonos de cualquiera, que conozco a quien ha considerado seriamente falsificar una constancia de residencia para poder entrar a un concurso de guiones, y que conozco a quien lo ha hecho y ha ganado… y son tantos esos pequeños monstruos que aparecen cerca de mi, que me queda claro que todos, políticos o no, funcionarios o no, ya respiramos de esa espora, y en mayor o menor medida, ya nos comió el Alien.

Y pienso que si yo ya lo soy, por lo menos quiero decir la verdad al respecto. En una de esas y me alcanza, en mi ejercicio de autoconocimiento, para hacer un Alien meets LaLa Land y ya entrados en gastos cinematográficos, le damos un giro a la historia.