Saca el diván

Por Edna Montes

La idea se te escapa. Estás ahí, escribiendo esa obra maestra distópica, histórica o ucrónica pero algo le falta. Se trata de la prueba perfecta de que ese régimen dictatorial, genocida, represor y violento es el Mal Encarnado. ¿Cómo mostrarlo en toda su atrocidad? De pronto, una benevolente musa susurra en tu oído. ¡Claro! ¿Por qué no se te había ocurrido antes? Lo peor en el mundo mundial:

¡Una quema de libros!

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Si uno considera que los escritores son… bueno, escritores, es más fácil perdonarles esa pequeña distorsión en sus prioridades. *Inserte pancarta con frases incendiarias del tipo “no puedes matar las ideas” aquí*. Además, en honor a la verdad, las dictaduras reales son muy afectas a este tipo de censura (a todas los tipos, de hecho).

El primer caso histórico registrado data del 2240 a.C. cuando el archivo del imperio de Ebla (parte de lo que actualmente es Siria, Líbano y Turquía) fue destruido por sus enemigos. Irónicamente, las tablillas de arcilla en el recinto se fortalecieron con el fuego. Es por eso que algunos ejemplares han sobrevivido lo suficiente para reposar en museos hoy en día. Probablemente las quemas de libros más populares son las realizadas por el régimen Nazi en la Segunda Guerra Mundial o las de la Inquisición (su segunda actividad favorita después de quemar personas), pero no son, ni por asomo las únicas. Si no me creen, pueden consultar esta ilustrativa lista.

Uno puede imaginarse lo que pasa por la cabeza del líder en turno: (Léase en tono maquiavélico) “¿Gente que piensa diferente? ¡No si quemo esto! Muajajajajaja.” Lanzan el ejemplar al fuego y ¡magia! la opinión de todos cambia al instante para alinearse con ellos. Final (in)feliz. NO. De hecho eso jamás ocurre, los disidentes siguen allí y no piensan rendirse. Un gobierno represivo es incapaz de matar ideas, por mucho que lo intente con todas sus fuerzas.

La persistencia de los pensamientos e ideales plasmados en una obra literaria es, quizás, una de las cosas que más enorgullecen a sus creadores. Esa resiliencia callada gracias a la cual hoy leemos al Marqués de Sade, George Orwell, Rubem Fonseca, DH Lawrence, Gustave Flaubert o Salman Rushdie, entre otros, con harto placer. Algún gobierno los prohibió y perdió la batalla.

En plena era de la cultura digital nos parece que las obras literarias se resguardan con mayor facilidad, se trata de una falsa seguridad. Pensemos en un terrible apagón, incluso en los temidos hackers y virus. Lo analógico tendría muchas ventajas ante esas eventualidades.

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Más allá de formatos y tecnologías, el libro es un símbolo. Se trata de la belleza, la posibilidad y el esfuerzo. De la magia que escondida entre portada y contraportada. Un artilugio noble que vuelve inmortales a las ideas que contiene, supongo que por ello para los autores es una de las mejores formas de representar la barbarie y la represión.

Perdónenos, somos raritos pero chidos. 😉

Canción:


Recapitulando:

Quema de libros

Fórmula:

Un régimen dictatorial y opresivo toma el control/ recurre a la quema de libros para reafirmar su autoridad/Los héroes se mantienen firmes en su oposición/Algunos de ellos incluso rescatan los libros de alguna manera.

Como lo viste en:

  • Library War (Anime, Fuji TV, 2008)
  • Full Metal Alchemist (Anime, Bones, 2004)
  • Indiana Jones y la última cruzada (Película, Steven Spielberg, 1989)
  • Footloose (Película, Herbert Ross, 1984)
  • Fahrenheit 451 (Libro, Ray Bradbury, 1953)
  • La ladrona de libros (Libro, Markus Zusak, 2005)
  • Dioses Menores (Libro, Terry Pratchett, 1992)
  • Assassin’s Creed (Video juego, Ubisoft, 2007)
  • Avatar: La leyenda de Aang (Caricatura, Nickelodeon, 2005-2008)

    Fotografía superior: Anastasia Zhenina