Inspirado en hechos reales

Por Édgar Adrián Mora 

Pero muchos no pueden tolerar que un poeta haya alcanzado, como fruto de su obra publicada en todas partes, el decoro material que merecen todos los escritores, todos los músicos, todos los pintores. Los anacrónicos escribientes reaccionarios, que piden a cada instante honores para Goethe, le niegan a los poetas el derecho a la vida. El hecho de que yo tenga un automóvil los saca particularmente de quicio. Según ellos, el automóvil debe ser exclusividad de los comerciantes, de los gerentes de prostíbulos, de los usureros y de los tramposos.

Pablo Neruda, Confieso que he vivido

Existe en mi educación sentimental, esa construcción arbitraria de experiencias vitales que rigen nuestro comportamiento, una serie de autores que me deslumbraron en mis años de preparatoria y universidad. Lo que leía, y que sigo leyendo aunque la distancia crítica sea más metiche actualmente, me revelaba el mundo como una verdad cuya evidencia no se quería asumir. Hablo de autores como Eduardo Galeano, Mario Benedetti, Rodolfo Walsh, Milan Kundera, Jaime Sabines, entre otros.

Para mí resulta doloroso, y perdón por el uso del adjetivo, pero creo que esa es la palabra que describe el sobresalto cardíaco que experimento, ver cómo tales nombres se han convertido, para un conjunto de lectores, en motivo de burla debido al supuesto anacronismo de su obra. A la mayoría se le acusa de cursis, de malos poetas o narradores, de manipuladores de la Historia, de simuladores. La sensación de oprobio se me pasa cuando confirmo que tales opiniones, generalmente alimentadas por el veneno y el esnobismo que caracteriza a nuestra vertiginosa época, no borran ni un ápice de las marcas y la memoria que la lectura de los textos de estos artistas dejaron en mí.

Algo similar se ha intentado con uno de los escritores que también forman parte de esa constelación de referencias que inicia como idealismo irreflexivo en la adolescencia pero que evoluciona en admiración crítica de lo que consiguieron al construir arte: Pablo Neruda. Si bien el reconocimiento popular al trabajo del poeta refiere a uno de los libros más leídos del mundo, Veinte poemas de amor y una canción desesperada, el conjunto de su obra refleja la versión lírica de un hombre que fue, según la concepción de Ortega y Gasset, producto, reflejo y voz de su circunstancia. Es imposible no reconocer el tremendo trabajo que implicó escribir algo como Canto general, esa épica de la historia latinoamericana que, a manera de la obra homérica para el contexto helénico, intenta ubicar los orígenes de eso que fuimos y en lo que nos convertimos conforme los años transitaron por lo que Martí denominó Nuestra América.

Asomarse a Confieso que he vivido, la autobiografía del Premio Nobel chileno, es acudir a un lugar privilegiado en la historia del siglo XX. Y a una historia que generalmente es desplazada por la reconstrucción del discurso de eso que falazmente se llama Historia Universal. Su autobiografía es una historia interesantísima, engrosada por la vocación lírica de la que es imposible pedirle que se desate. La poesía salpica la descripción de sus andanzas aquí y allá. Utiliza puntuación para aludir e invocar el ritmo de la lírica. Por ejemplo:

…Han pasado unos cuantos años desde que ingresé al partido… Estoy contento… Los comunistas hacen una buena familia… Tienen el pellejo curtido y el corazón templado… Por todas partes reciben palos… Palos exclusivos para ellos… Vivan los espiritistas, los monarquistas, los aberrantes, los criminales de varios grados… Viva la filosofía con humo pero sin esqueletos… Viva el perro que ladra y que muerde, vivan los astrólogos libidinosos, viva la pornografía, viva el cinismo, viva el camarón, viva todo el mundo, menos los comunistas… Vivan los cinturones de castidad, vivan los conservadores que no se lavan los pies ideológicamente desde hace quinientos años… Vivan los piojos de las poblaciones miserables, viva la fosa común gratuita, viva el anarcocapitalismo, viva Rilke, viva André Gide con su corydoncito, viva cualquier misticismo… Todo está bien… Todos son heroicos… Todos los periódicos deben salir… Todos pueden publicarse… Menos los comunistas…

Por las páginas de este testimonio desfilan nombres que sólo se han visto impresos en libros considerados parte de la historia de la literatura y el arte: Federico García Lorca, Rafael Alberti, David Alfaro Siqueiros, Vicente Huidobro, César Vallejo, Louis Aragon, Gabriela Mistral, el bromista Julian Huxley (hermano de Aldous), Miguel Ángel Asturias, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Octavio Paz; una nómina que crece conforme Neruda acumula años y kilómetros en su haber.

Peregrino del mundo, acudimos a sus experiencias en lugares tan improbables como Ceilán, Hong Kong, Tailandia en sus primeros años como representante diplomático del gobierno reformista de Pedro Aguirre Cerda y a otros que se ponen en el mapa del mundo a partir del combate y victoria a medias en contra del fascismo: España, Francia, Turquía, China, Japón, la URSS, Corea. Aunque muchas de sus páginas más claras, más transparentes tienen que ver con América Latina: sus paseos en México con un momentáneamente liberado David Alfaro Siqueiros, el paso por las cordilleras para escapar de la persecución del gobierno militar de su país, la relación tirante con Argentina, el recital en Nueva York, su visita casi clandestina a Guatemala, su negativa de pisar la Venezuela del tirano Vicente Gómez.

Aparece ahí la Historia, esa serie de héroes y circunstancias que parecen ubicarse aparte del desarrollo del arte pero que no es sino otra de sus facetas de creación: aparece Fidel Castro, Salvador Allende, Stalin (de quien se deslindaría a medias: La íntima tragedia para nosotros los comunistas fue darnos cuenta de que, en diversos aspectos del problema Stalin, el enemigo tenía razón), Eduardo Frei, Pandit Jawāharlāl Nehru, el dictador Ubico, Ernesto Guevara. Como si fuera una especie de Midnight in Paris (Woody Allen, 2011), el lector mira (lee) pasar a una serie de personajes que sólo existían como referencia de los denominados “grandes hechos históricos”.

Pero más allá de esos deslumbrantes flashes, se encuentran las anécdotas simples que Neruda, con talento de narrador nato, va contando de manera intermitente y bien distribuida. Gente del pueblo, cómplices de borracheras, compañeros de desgracias. Existe en esos pequeños relatos una dosis de intento de comprensión del mundo que desentona con el cinismo, la corrección política y la velocidad de nuestro tiempo.

Sobreviven conceptos y valores que hoy se ubican en la bodega de desuso y que rara vez son convertidos en trending topic por las redes sociales, actuales hogueras de las vanidades: la ternura, la solidaridad, la empatía y, llanamente, el amor. Hoy todo eso se resume en palabras como cursilería. Para el lector contemporáneo promedio, acostumbrado a reír por microsegundos ante las ocurrencias de los tuitstars, esto carecería de importancia:

De tantos encuentros entre mi poesía y la policía, de todos estos episodios y de otros que no contaré por repetidos, y de otros que a mí no me pasaron, sino a muchos que ya no podrán contarlo, me queda sin embargo una fe absoluta en el destino humano, una convicción cada vez más consciente de que nos acercamos a una gran ternura. Escribo conociendo que sobre nuestras cabezas, sobre todas las cabezas, existe el peligro de la bomba, de la catástrofe nuclear que no dejaría nadie ni nada sobre la tierra. Pues bien, esto no altera mi esperanza. En este minuto crítico, en este parpadeo de agonía, sabemos que entraría la luz definitiva por los ojos entreabiertos. Nos entenderemos todos. Progresaremos juntos. Y esta esperanza es irrevocable.

Quizá esa sensación de vivir al borde del exterminio es lo que nos ha vuelto tan cínicos, tan faltos de compromiso, tan volátiles. No hemos vivido la guerra como una sensación cercana. A pesar de que las violencias contemporáneas están demostrando ser más mortíferas. Para Neruda lo que sobrevive al final es la poesía. Y la poesía debe encontrar el equilibrio, como la narrativa, como todas las artes. Un equilibrio que no es fácil de vislumbrar o alcanzar.

El poeta que no sea realista va muerto. Pero el poeta que sea sólo realista va muerto también. El poeta que sea sólo irracional será entendido sólo por su persona y por su amada, y esto es bastante triste. El poeta que sea sólo un racionalista, será entendido hasta por los asnos, y esto es también sumamente triste. Para tales ecuaciones no hay cifras en el tablero, no hay ingredientes decretados por Dios ni por el Diablo, sino que estos dos personajes importantísimos mantienen una lucha dentro de la poesía, y en esta batalla vence uno y vence otro, pero la poesía no puede quedar derrotada.

La autobiografía de Neruda concluye con el testimonio que deja, dolorosamente, sobre el golpe de Estado que ha depuesto al presidente Salvador Allende por quien el Neruda candidato presidencial ha declinado. Se ciernen las sombras del militarismo sobre la patria del poeta más famoso de América Latina y, aún en esa cama de enfermo terminal (tenía un avanzado cáncer de próstata), la aventura y las conspiraciones lo continúan persiguiendo: algunas versiones contemporáneas afirman que el poeta fue envenenado con una bacteria modificada genéticamente e inoculada por un doctor inexistente en los registros que sería, según algunos, un famoso agente de la CIA. Otros afirman que murió apenas unos días después del golpe por el dolor de ver caer lo que él consideraba la esperanza de una nueva oportunidad para su patria. Al parecer no hay consenso sobre la causa de su muerte. Pero sí lo hay sobre la grandeza de su vida y de su obra. Sobre su confesión de culpabilidad de haber sido un hombre digno de su circunstancia. Sobre su profundo credo.

Vamos, poema de amor, levántate de entre los vidrios rotos, que ha llegado la hora de cantar.

Ayúdame, poema de amor, a restablecer la integridad, a cantar sobre el dolor.

Es verdad que el mundo no se limpia de guerra, no se lava de sangre, no se corrige del odio. Es verdad.

Pero es igualmente verdad que nos acercamos a una evidencia: los violentos se reflejan en el espejo del mundo y su rostro no es hermoso ni para ellos mismos.

Y sigo creyendo en la posibilidad del amor. Tengo la certidumbre del entendimiento entre los seres humanos, logrado sobre los dolores, sobre la sangre y sobre los cristales quebrados.