De principio a film

Por Rodrigo González


Es innegable el talento de Christopher Nolan como director. El creciente dominio de su técnica y el impecable estilo narrativo en sus películas lo convierten en uno de los directores más innovadores, más celebrados y con una de las filmografías más interesantes para explorar de la última década.

En su última entrega nos regala una avasalladora experiencia filmada en formato IMAX sobre la batalla de Dunkirk en el año de 1940, evento que se convirtió en un parteaguas durante la segunda guerra mundial, pues a raíz de esta evacuación, los aliados lograron salvarse de la aniquilación por parte del ejército alemán, reagruparse y finalmente, cinco años después, ganar la guerra.

Es difícil, sin embargo hacer un análisis cien por ciento objetivo de un proyecto de este tamaño, ya que detrás de él, existen muchos niveles de lectura que son prácticamente imposible de abarcar. Podemos hablar de la manufactura de la que no se puede decir nada malo, con excepción de la chocante musiquita a-lo-Enya del final final, del rigor histórico (o la falta de él) o el mensaje detrás del mensaje en una época como la actual, dónde Brexit es rey y Nolan, veladamente, nos bombardea en un trasfondo sutil con una evacuación de tierra continental europea para refugiarse en la gran isla y poner a los good guys a salvo. Quizá soy yo viendo moros con tranchete, o quizá Nolan es pro Brexit, o quizá la ausencia total de personajes indios en la película provoca que se borre de un plumazo el heroico desempeño durante esa batalla del Royal Indian Army Service Corps y así, en un periplo de dos horas, emerge otra versión de la historia envuelta en la genialidad de un gran director.

Hace algunos meses noté esta tendencia en el cine contemporáneo al hablar de La La Land, en la cual salta de inmediato la ausencia de personajes latinos, letreros en español o cualquier otra referencia a la mayoría hispana que vive en California, sobre todo en Los Ángeles. Ahora la campana vuelve a sonar con Dunkirk y a mi me empieza a parecer como eso, como una tendencia, como una peligrosa purga cultural.

Ahora, estas purgas han existido y existen en todas las sociedades. En las leyes del imperio azteca por ejemplo, uno de los castigos más crueles era aquel que se conocía como la muerte total. No sólo se ejecutaba al criminal, si no que se borraban todos sus registros de vida, sus bienes se incineraban y su familia era desterrada. Se le borraba de la historia para siempre. En Alemania hoy en día, paga con cárcel quien porte una esvástica o realice el saludo Nazi. Una forma tajante de eliminar un comportamiento inaceptable. En Rusia, en la década de 1930 se realizó lo que se conoció como la gran purga o el gran terror, campaña de represión política que eliminó por completo a quien Stalin consideraba que podrían convertirse en oposición. Aproximadamente 400 mil rusos, burgueses, campesinos y miembros del partido comunista murieron, fueron expulsados del país o terminaron sus días en los campos de concentración rusos. Volviendo a Tenochtitlán, el terrible proceso de conquista y vasallaje español arrancó de tajo identidad, lengua, nombres, religión, vida civil, vida espiritual, comercio y convirtió un imperio en un pueblo sumido en la ignorancia durante 300 años. Pueblo que cuando salió de ese proceso no llegó a ningún lugar mejor, pues al termino de la guerra de independencia logró desprenderse de la corona solo para comprarse un nuevo patrón, el español nacido en México.

Puede parecer exagerado comparar eventos como la gran purga en Rusia o la conquista de México con la decisión de un director de quitar o no a un determinado grupo o etnia, pero no lo es. La forma en la que contamos las historias importa y esos detalles (no mexicanos en Los Ángeles, no indios en Dunkirk) no pueden apreciarse únicamente como detalles estéticos de una pieza o como licencias poéticas de sus autores. Desde el lugar donde sabemos de cierto que el cine es memoria y es enseñanza y preservación de la memoria histórica de un pueblo, existe una obligación hacia nosotros mismos de estar alertas sobre las versiones de las historias que contamos y nos cuentan. No vaya a ser que un día las generaciones futuras acepten sin chistar que en México todos somos rubios y vivimos en la Condesa, que Pancho Villa es un personaje de Disney, que el Ché Guevara era un gran revolucionario, que Frida era mejor pintora que Diego o que AMLO sí es un rayito de esperanza.