Hipérbole incesante

Por Alejandro Paniagua


En mi vida, por algún motivo inexpugnable, el mundo de las alucinaciones y el de la adivinación están totalmente interconectados. Hoy quiero contar la primera evidencia de ello.

Es pertinente resaltar que no sólo existen alucinaciones visuales, también las hay auditivas, táctiles, aromáticas y hasta relacionadas con los sabores. Leí alguna vez sobre un psicótico de apenas doce años que vivía en un hospital de Sonora. El chiquillo alucinaba que todo lo que comía tenía el mismo sabor de la Emulsión de Scott (pobre).

Hace casi veinte años me presentaron a un tipo apodado el Chamanito, era un hombre que padecía esquizofrenia y que leía el Tarot. Usaba siempre una playera de la extinta compañía llamada “Luz y Fuerza”, yo pensé que aquello resultaba irónico, ya que eran la “Tiniebla y la Debilidad” las que reinaban en su vida. La oscuridad de la demencia, por supuesto, y la flaqueza de su cuerpo demacrado y huesudo.  El Chamanito decía que su historia personal estaba llena de contrastes, contaba que, por un lado, alguna vez intentó apuñalar a su padre y, por otro, vendió durante años cuchillos de puerta en puerta.

Una mañana de abril, el loco me hizo una lectura con su Tarot de Marsella. Su estilo de adivinación era breve y contundente: sólo tiraba tres cartas. Las mías fueron: el Ermitaño (arcano mayor número nueve), el tres de oros y el dos de copas. Mi desquiciado tarotista me habló primero del Ermitaño: una figura solitaria y sabia, ligada al sendero espiritual. Me dijo que aquel hombre era mi Maestro, o lo sería algún día. Lo extraordinario comenzó con las siguientes cartas, el Chamanito no veía ni las copas ni los oros, más bien alucinaba el nombre y la imagen de aquellas láminas.

Aseguró que una de ellas era La Casa, el problema es que ese arquetipo no existe en ningún Tarot clásico, la carta era un espejismo producido por su derruida mente. Pero no sólo alucinaba las cartas, también alucinaba su significado y su interpretación dentro de cada tirada. Me describió la carta fantasmal, se trataba de una vieja casona con paredes azules y sin techo que estaba sostenida por dos caballos negros. Yo pensé dos ideas que aún hoy me hacen estremecer: que en el mundo donde existía esa casa disparatada, las personas no vivían en barrios, sino que habitaban en estampidas; y que los residentes de aquellos hogares podaban crines como si fueran pastos. Además, estuve seguro de que alguna de las voces en la cabeza del Chamanito sonaba justo como un relincho.

El adivino compartió conmigo su preocupación debido a que la carta de La Casa había salido invertida. La tercera lámina que me describió se llamaba El Abismo. Y mostraba a un adolescente de rostro sereno que caía por un desfiladero aparentemente interminable. De un lado del despeñadero se precipitaba una descomunal cascada y, del otro, crecían cientos de miles de plantas y flores. Yo pensé que el rostro de serenidad del adolescente se debía justo a la duración de su caída, y es que luego de horas de descenso, cualquiera terminaría por serenarse, por aceptar su nuevo domicilio hecho de aire. Además, el agua de la cascada y las plantas cercanas permitirían mantenerse vivo por años. Y así, hasta se podría hacer una vida medianamente normal a lo largo del despeñamiento: dormir cada noche durante kilómetros, ejercitarse haciendo piruetas aéreas, reflexionar si la existencia implica una caída libre o un declive impuesto por la sociedad; en algún punto el individuo terminaría incluso por masturbarse viendo el paso de las rocas.

La carta del Abismo también estaba invertida. El Chamanito me miró sin parpadear, aseguró que la tirada indicaba que un día el Maestro más determinante de mi existencia moriría en mi casa. Lo escalofriante es que tuvo razón: mi maestro budista, Lama Yeshe, falleció en mi casa. Él eligió morir ahí.

Al parecer el Chamanito también alucinaba la precisión de sus augurios.

Por tanto, yo añadiría a mi premisa inicial otras dos aseveraciones: también existen las alucinaciones ideológicas y hasta las metafísicas.