Buscando a Wakefield

Por Cecilia Magaña

Terminar una novela, según algunos, es como un parto: los amigos te felicitan, los cabos se han atado y (en mi caso) hasta mi mamá se pone contenta porque los libros son los únicos nietos que le he dado. Pero (y sí, aquí está el pero), lo que sigue después del brindis y la promesa de comenzar a corregirla, se parece más a una pérdida.

He tenido abortos creativos, claro (venían chuequitos o no llegaron ni a cigoto), pero esa sensación de vacío no se compara con la experiencia de burro sin mecate que actualmente experimento. A solo una semana de terminar una novela, en lugar de seguir festejando o comenzar a darle su primera corrección (como si le fuera a probar ropones para su bautizo), me descubro extrañando a los personajes que la habitaban, sus dilemas (la verdad es que no soy muy buena onda con ellos) y sus pequeñas alegrías (sí, pequeñas, porque pensándolo bien, soy más bien culera).

Hace varios años asistí a un encuentro de cuentistas en FIL con un panel extraordinario: Rosa Montero y Rubem Fonseca (había otros tres, pero los eclipsaron) y me recuerdo, tímida y nerviosa, después de haber terminado mi primera novela, levantando la mano para preguntar si alguna vez habían experimentado bloqueo de escritor al finalizar un proyecto y cómo lo habían superado. Rubem fue quien contestó y dijo: “los escritores profesionales no podemos tener bloqueo, yo, por lo pronto, no lo he experimentado”, y ambos se rieron.

Me molesté tanto que salí de la sala y en lugar de comprar el ejemplar de Fonseca me lo robé y se lo llevé a firmar al muy cabrón. Hoy ya no robo libros (lo juro), me acuerdo de eso y quiero pensar que era una ironía y una ficción. Que no podían asumirlo nomás por no perder rostro.

Es por eso que, aprovechando para lloriquear un poco, he decidido usar esta columna para hablar del tema: yo sí he experimentado el bloqueo de escritor y es natural. Si hay alguien allá afuera que, como yo, está apenas entrando a esta etapa del proceso creativo, es importante saber que sí se sale del hoyo, nomás hay que tener paciencia.

Por lo pronto, aquí les comparto algunos consejos que no son míos, sino de varios maestros a quienes también les he dado lata cuando me encuentro en estos apuros: Mario Heredia, Luis Fernando Ortega, Jorge Esquinca, Andrés Acosta y Javier Rizzo:

  1. Tómatelo a la ligera, no coartes ideas aunque parezcan un poco tontas.
  2. Lo escribas de inicio te parecerá malo e insípido pero igual escribe, porque en algún momento sentirás de nuevo ese tirón y te verás involucrado en otra historia.
  3. Es momento de nutrirte: lee, ve series, viaja.
  4. Corrige: la distancia sana que uno tiene al haber soltado a los personajes, es buena para ser más objetivos y darle su manita de gato al niño.
  5. Aprovecha para ver qué diablos estás haciendo con tus otros proyectos: ¿esos libros que están muy bien guardados en una carpeta de tu escritorio, qué? ¿hay algo que puedas concursar? ¿mandar a un editor? ¿autopublicar? ¿borrar definitivamente de ahí o retomar?
  6. Vive y recupera un poquito del tiempo que le dedicaste a tus vidas imaginarias.