Inspirado en hechos reales

Por Édgar Adrián Mora

Esta disciplina, que me parece admirable, la he aplicado yo a mis datos biográficos con excelentes resultados. Ahora no sólo tengo un buen currículum, sino la impresión de que mi vida ha sido una serie de éxitos.

Jorge Ibargüengoitia, “El arte de escribir biografías”

En una cena a deshoras durante una feria del libro, los escritores Iván Farías, Gerardo Horacio Porcayo, Jaime Mesa y yo llegamos, tras los vericuetos de la conversación, a las adaptaciones que se han hecho para el cine de la obra de Jorge Ibargüengoitia. Desde mi perspectiva, el éxito de tales obras no alcanzan las alturas de las novelas en las cuales fueron inspiradas. Ni Maten al león (José Estrada, 1977), ni Estas ruinas que ves (Julián Pastor, 1979), ni Dos crímenes (Roberto Sneider, 1994) consiguen transmitir el humor cáustico que el novelista imprimió a las novelas en las cuales se basaron tales filmes. Hay una pérdida que puede remitir, quizá, a una de las partes fundamentales de su obra: la descripción de los ambientes y los personajes que se hacen a través de la escritura y que, en la concepción audiovisual, quedan en deuda.

Más allá de este juicio, debatible por supuesto, lo que en mí quedó fue una reflexión acerca de la posibilidad de utilizar la propia vida para enriquecer la obra escritural de un autor. Ibargüengoitia es quizá el máximo exponente mexicano de eso que hoy se denomina autoficción y que no es más que la ruptura entre la “verdad” existente entre el testimonio de la propia vida y la “ficción” que a partir de ésta se puede construir. A pesar de que el término nació desde los años setenta, es a últimas fechas que ha tenido mayor auge. Sobre esto, escritores como Javier Marías afirman: “No son autobiografías, no son diarios, no son memorias, no son actas notariales, no son biografías, no son ensayos novelados, no son novelas puras donde todo es imaginación. Pero también son todo eso. Es literatura. Son novelas. Porque ella [la literatura] lo asimila todo”.

Ibargüengoitia

El Yo utilizado por Ibargüengoitia no está presente sólo en su obra de ficción “pura”, como en su genial compilación de cuentos La ley de Herodes (Joaquín Mortiz, 1967) en donde la cercanía y complicidad de los narradores de las historias nos hacen confundir la voz de lo ficticio con la figura rechoncha y bonachona del guanajuatense, sino en extensión más afortunada, desde mi perspectiva, a las crónicas, artículos y textos periodísticos esparcidos en múltiples antologías rescatadas por editoriales como Vuelta o la propia Joaquín Mortiz. Hay en esos textos un atisbo de la personalidad “real” del autor que se confunde, de manera irremediable, con la sensación de estar leyendo algo producto de la imaginación. La teoría que construye Ibargüengoitia al respecto queda claro en textos como “El arte de escribir biografías” incluido en Viajes por la América ignota (Joaquin Mortiz, 1972) en donde afirma cosas como:

Si no ha sido uno aventurero, ni ha llegado a académico de la Lengua, puede uno poner que fue “Fundador del Grupo Basfumista”, aunque dicho grupo no haya tenido más distinción que la de no producir ningún fruto —esto nadie lo sabe—; en cambio, no es conveniente poner “ha sido recomendado de…”, o bien “es pariente de…”, o peor “fue compañero de banca de…”. Todas estas son cláusulas suicidas.

Contrasta ese tratamiento lúdico con los textos que se reconocen como abiertamente autobiográficos, en donde la pulsión de la verdad debilitan el humor y la transgresión que emanan el resto de sus textos. Por ejemplo, en “Jorge Ibargüengoitia dice de sí mismo”, incluido en Instrucciones para vivir en México (Joaquín Mortiz, 1990) el tono del texto raya en la solemnidad:

El éxito de Los relámpagos de agosto ha sido más prolongado que estruendoso. No me permitió ganar dinerales pero cambió mi vida, porque me hizo comprender que el medio de comunicación adecuado para un hombre insociable como yo es la prosa narrativa: no tiene uno que convencer a actores ni a empresarios, se llega directo al lector, sin intermediarios, en silencio, por medio de hojas escritas que el otro lee cuando quiere, como quiere, de un tirón o en ratitos y si no quiere no las lee, sin ofender a nadie —en el comercio de libros no hay nada comparable a los ronquidos en la noche de estreno.

A pesar de que la última frase del párrafo delata su estilo humorístico, no es comparable a otras joyas de su producción autobiográfica (o autoficcional, ahí está el tema para debate de posgraduados) como la relatoría que hace de la odisea que vivió al acudir a Cuba a recoger el monto del premio Casa de las Américas que ganó en 1964 por su novela Los relámpagos de agosto, y que tituló “Revolución en el jardín”, un texto disfrazado de crónica costumbrista pero que, tras una lectura atenta, se desnuda como una visión crítica y sin concesiones a lo que se construía durante los primeros años del proceso de la Revolución Cubana. Cuenta en primera persona:

Yo era celebridad en Cuba. En los diez días que estuve en La Habana me hicieron catorce entrevistas periodísticas. Catorce veces me preguntaron de qué trataba mi novela, por qué la escribí y qué opinaba de la Revolución Cubana. Las entrevistas no tenían por objeto informar a los cubanos de mis procedimientos literarios, ni de mis aspiraciones, sino simplemente informar que había un escritor muy importante, que se llamaba Jorge Ibargüengoitia, que estaba admirado con la Revolución Cubana. Los entrevistantes eran unos negros y otros blancos. Los negros me contaban que pasaban los domingos en los clubes que antes eran de los ricos, los blancos que venían con negros me decían: “él antes no tenía oportunidades, y mírelo ahora”. Los blancos que venían con blancos hablaban de literatura.

En los tiempos que corren, quizá Ibargüengoitia sería víctima de los linchamientos que ha establecido la censura terrible de la corrección política. Sus juicios abordan por igual temas como la falta de educación de las clases bajas, la pretensión ridícula de las clases altas, los estereotipos asociados a la naturaleza femenina, la simulación que se lleva a cabo en las aulas universitarias, la falsedad del prestigio que implica muchas veces “estudiar (y enseñar) en el extranjero”, la corrupción leonina de la clase gobernante, la crítica sin cortapisas al régimen de partido único, lo absurdo de la vida cotidiana.

El Yo es parte irrenunciable de su estilo. Leer sus textos periodísticos es internarse en un territorio en donde es imposible no terminar de leerlos sin tener la firme convicción de conocer un poco más al que lo que escribió que aquello que ha descrito. Es un placer tremendo acercarse a temas como la historia patria o el caos que desde entonces ya prefiguraba una monstruosa ciudad de México a través de los ojos y las anécdotas de un escritor que requiere, quizá aludiendo al primer párrafo de este texto, la posibilidad de ser convertido en protagonista de una biopic delirante. Aunque quizá esa adaptación de su vida dé como resultado un fracaso de traducción similar al que han sufrido sus obras narrativas.

Leo cada vez más acerca de la tendencia impulsada por la autoficción y de cómo responde a la necesidad de los lectores por acercarse a la verdad y a las historias “reales”. A mí me parece un ejercicio que responde, más bien, a la vanidad y el individualismo que priva en nuestros tiempos. Ejercicios que, a riesgo de ser lapidado, la mayoría son de un tedio difícil de soportar. Cuando eso me ocurre con algún texto de moda que alude a tal estrategia, siempre retorno a Ibargüengoitia. Encuentro más placer en que el ilustre cuevanense me relate el pleito que ha tenido con sus vecinos porque a uno de ellos le gusta escuchar cumbias a volumen inmoderado, que asomarme a las tinieblas y neurosis de escritores atormentados por sus contribuciones a la historia de la Literatura.

Hablar de sí mismo no es nada nuevo. Pero hacerlo y conseguir que el lector termine con los abdominales adoloridos por las risas que le provocó a lo largo de la lectura es algo que muy pocos pueden conseguir. En México, Ibargüengoitia es el más grande entre quienes lo han hecho.