Sueños lúcidos

Por Javier Paredes

Maravillarse es un don precioso, pocos sucesos enternecen más que ver maravillarse a un viejo. En sentido contrario, el ánimo se pone contrito ante la impasibilidad de los jóvenes –niños incluso- incapaces ya de sorprenderse.

La maravilla subyace a la filosofía y la literatura, sin poder definir si la primera es una especie de la segunda o si ocurre a la inversa, al fin de cuentas ambas residen en la fantasía.

Como sea, lo prodigioso es de humanos; las rocas, los árboles, la mayoría de los animales son incapaces de sorpresa, pero un pequeño niño –de unos ochos meses– disfrutará cuando pasmosamente el adulto reaparezca, una y otra vez, tras la mantilla.

Lo maravilloso tiene su inventario y sus repositorios –Le Goff dixit-. Incluye lugares y países, animales y seres antropomorfos, monstruos y también objetos inanimados. Lo prodigioso se oculta, cristianamente, en la especie del milagro y se le encuentra en múltiples depósitos, en la Biblia, en el Oriente, en la mitología clásica (en todas las mitologías), en la leyenda medieval y en los sueños.

No pretenderé realizar un repertorio del género, ni siquiera una reseña. El objetivo es más modesto. Lo será ejemplificar las mirabilia en algunos textos clásicos de la literatura antigua, con acaso algún mínimo comentario:

  • De las serpientes aladas de la Arabia.- Contra cuantos enjambres de serpientes aladas nos envían las marismas de Arabia –cuyo veneno es tan rápido que la muerte sobreviene antes que el dolor de la mordedura- acuden en combate todas las aves, movidas por un fino olfato que las hace aptas para ello.[1] La serpiente alada se parece en su forma a la hidra; sus alas no tienen plumas, sino que se asemejan mucho a las de los murciélagos.[2]
  • Del Basilisco.- El mismo poder lo tiene también la serpiente Basilisco. Nace en la provincia Cirenáica, con un tamaño de no más de doce dedos, una mancha blanca en la cabeza, como adornada con una diadema. Espanta a todas las serpientes con su silbido y no impulsa su cuerpo flexionándolo, como las demás, sino que avanza enhiesta y derecha de medio cuerpo. Mata los arbustos no sólo al tocarlos sino incluso al exhalar su aliento, quema las hierbas y resquebraja las piedras; tal es su poder para el mal.[3]
  • Extraños medios curativos.- Cuando un león está enfermo, nada le causa mejoría. El único remedio contra la enfermedad es devorar un mono.[4]
  • De la equidad de género y sus cuotas.-  Entre los *bieos*, en Libia, un hombre reina sobre los hombres y una mujer sobre las mujeres.[5]
  • Las miniaturas de los ociosos.- Estas son, en efecto, algunas de las maravillosas miniaturas salidas de manos de Mimércides de Mileto y de Calícrates de Lacedemonia. Hicieron unas cuadrigas que podía ocultarse bajo el ala de una mosca y en un grano de sésamo inscribieron con letras doradas un dístico elegíaco. Ninguna persona seria, a mi parecer, puede elogiar ninguna de estas obras. Pues ¿qué otra cosa son una pérdida inútil de tiempo.[6]
  • Honrados como japoneses.- Un hombre de Biblos no se llevará nada que haya encontrado en la calle y que el mismo no haya puesto. No lo consideran un hallazgo, sino una injusticia.[7]
  • La prostitución homenajeada.- Los griegos erigieron en Delfos una estatua a la cortesana Friné sobre una columna muy alta. Pero yo no me atrevería a decir “los griegos” en general…sino, solo, los más incontinentes. La estatua era de oro.[8]
  • Pecilias o los cardúmenes a coro.- En el río Aroanio, que fluye por Feneo existen unos peces que cantan como los tordos; y se les llama “pecilias”.[9]
  • Doble “mal de ojo”.- Hay gente de la misma especie entre los tríbalos y los ilirios, que también embrujan con la mirada y matan a aquellos a los que miran fijamente durante largo tiempo…y lo que es todavía más destacable es que tienen dos pupilas en cada ojo.[10]
  • Los comedores de leche.- Los galactófagos, un pueblo escita… son también los más justos, al tener en común sus bienes y sus mujeres.[11]
  • Matadores de elefantes.- Entre esas tribus nacen unos perros que sobrepasan a las fieras: despedazan toros, arrinconan leones y plantan cara a cuanto tengan en frente…Hemos leído que cuando Alejandro marchaba hacia la India el rey de Albania le envpio dos ejemplares: ante uno de ellos soltaron jabalíes y osos, y sintió tal desprecio que, ofendido por lo ruin de las presas, estaba tendido en el suelo…En cambio el otro, advertido ya por quienes le trajeron el presente, mató a un león…luego, ante la visión de un elefante, dio muestras de sensible alegría. Primero cansó a la bestia con astucia y finalmente, con grande espanto de los circunstantes, la derribó a tierra.[12]
  • El tesoro roído.- En la isla de Giaro, se dice que los ratones se comen el hierro… Afirman también que en el país de los calíbes, en una isla pequeña que se encuentra situada frente al país, el oro es roído de arriba a abajo por una gran cantidad de ellos.[13]
  • La mejor época de su vida.- Se cuenta de uno en Abidos, que se había vuelto loco y había estado yendo al teatro durante muchos días y había permanecido como espectador, como si algunos estuvieran actuando en él, y había dado muestras de aprobación; y cuando se recuperó de la demencia, afirmó que aquel era el tiempo que había vivido con mayor placer.[14]

[1] SOLINO. Collectanea. Las serpientes de Arabia.

[2] HERODOTO. Historias II, 75.

[3] PLINIO. Naturalis Historia VIII, 33.

[4] ELIANO. Varia Historia I, 9.

[5] NICOLAO, citado por Estobeo, Antología IV, 2.

[6] ELIANO. Varia Historia I, 17.

[7] ELIANO. Varia Historia IV, 1.

[8] ELIANO. Varia Historia IX, 32.

[9] FILOSTÉFANO, citado por Ateneo, Sobre ríos curiosos, VIII, 331 d.

[10] ISOGONO, citado por Plinio, Historia Naturalis VII, 16.

[11] NICOLAO, citado por Estobeo, Antología III, 1.

[12] SOLINO. Collectanea. Sobre la naturaleza de los perros.

[13] PSEUDO ARISTÓTELES, Mirabilia, 24-26.

[14] PSEUDO ARISTÓTELES, Mirabilia, 30-31.