Inspirado en hechos reales

Por Édgar Adrián Mora

Uno de los temas más recurrentes en las autobiografías de varios escritores del siglo XX tiene que ver con las experiencias que la guerra (o las guerras; más aún las Grandes Guerras) dejaron impresas en su escritura. En este sentido, las memorias de aquellos que vivieron la Guerra Civil Española, la Segunda Guerra Mundial o las guerras civiles al interior de sus países han generado una buena andanada de textos en los cuales se refleja la manera en cómo los conflictos armados impactan en el estilo, la poética y la forma de ver el mundo de quienes han padecido estos hechos históricos. En México la experiencia armada de la Revolución, por ejemplo, generó toda una serie de obras que hoy se conciben incluso como un periodo en la historia de la literatura nacional; una “corriente” desigual, pues igual cabe Martín Luis Guzmán o Nellie Campobello que las memorias de Emilio Portes Gil y demás generalotes en búsqueda de justificar sus acciones político-militares.

Otra vertiente de esa escritura transita por la experiencia que representa vivir en un país ocupado por una fuerza extranjera, o cuya influencia es tan grande que modifica las condiciones de creación de sus habitantes. Tal vez Milan Kundera sea uno de los autores quien más ha abordado esta cuestión a lo largo de su obra. La presencia rusa en la Europa del Este ha dado muchas de las mejores páginas de la literatura universal; la manera en cómo la hegemonía soviética impuso una forma de concebir el mundo y el arte, posterior al triunfo de los aliados en la Segunda Guerra, se filtra de manera nostálgica y como denuncia por las páginas de escritores varios.

Agota Kristof, en su testimonio autobiográfico que titula La analfabeta, es una de esas voces. Cuando se habla de autobiografía se tiende a pensar en mamotretos gruesísimos que son proporcionales al ego del recordador o a la influencia que los demás consideran que generó su obra. A Kristof le bastan unas cuantas páginas para describir su propia experiencia como refugiada que, tras el fracaso de la Revolución húngara en 1956, decide, junto con su esposo y su pequeña hija atravesar fronteras para refugiarse en Suiza, lugar en donde sobrevivirá como trabajadora de una fábrica y desde donde comenzará, después de aprender francés, a escribir relatos y obras de teatro en ese idioma.

De hecho, el título de su testimonio refiere precisamente a la sensación que implicó para ella darse cuenta de que, después de ser una escritora emergente en su país, se convirtió en una analfabeta (alguien que no leía ni escribía) en el idioma del lugar que le otorgó refugio.

Los capítulos breves que conforman ese testimonio son narraciones de cómo se contagia de la lectura a partir de la profesión como docente particular de su padre en su país natal, de ahí a la manera en cómo inventaba historias para atormentar a su hermano menor, la forma en cómo el abuelo la presume con tremendo orgullo leyendo en público en voz alta.

Después de eso viene la experiencia de la ocupación. La forma en cómo los soviéticos imponen en los territorios asociados a su campo la obligatoriedad de aprender la lengua, la historia, la identidad. Dice:

Al principio, no había más que una sola lengua. Los objetos, las cosas, los sentimientos, los colores, los sueños, las cartas, los libros, los diarios, estaban en esa lengua.

Yo no podía imaginar que pudiera existir otra lengua, que un ser humano pudiera pronunciar una palabra que yo no comprendiera.

Su experiencia con el ruso es árida. Representa una lengua enemiga. La lengua de la imposición, de la transformación a fuerza de la manera de concebir y de estar en el mundo. Frente a esa obligatoriedad lo que se establece es una resistencia férrea, que siempre tiene que ceder mínimamente merced a las sanciones establecidas por los ocupantes. La lengua es parte de esa necesidad de imponerse al otro, obligarlo a aprender lo que se reconoce ajeno.

Nadie conoce la lengua rusa. Los profesores que enseñan lenguas extranjeras —alemán, francés, inglés— siguen cursos acelerados de ruso durante algunos meses. Pero no conocen realmente esta lengua y no tienen ganas de enseñarla. Y, de todos modos, los alumnos tampoco tienen ningunas ganas de aprenderla.

Asistimos aquí a un sabotaje intelectual nacional, a una resistencia pasiva natural, no concertada, pero muy evidente.

Con la misma falta de entusiasmo son enseñadas y aprendidas la geografía, la historia y la literatura de la Unión Soviética. De las escuelas sale una generación de ignorantes. 

La situación se hace insoportable para espíritus ilustrados y críticos como el de Kristof. Es ahí en donde descubre la tiranía de llegar a un sitio en donde la comunicación se trunca, en donde la posibilidad de conocer y comprender al otro se ve interferida por el desconocimiento del idioma. La llegada a Suiza, a través de bosques y con la ayuda de un “pastor de refugiados” se convierte en un hecho que, en la memoria, se convierte en algo borroso y cuyo recuerdo se pierde en la bruma del dolor de la pérdida.

Agota Kristof

Curiosamente, son pocos los recuerdos que conservo de todo aquello. Es como si todo hubiera sucedido en un sueño o en otra vida. Como si mi memoria se negara a recordar ese momento en el que perdí una gran parte de mi vida.

Me dejé en Hungría mi diario de escritura secreta, y también mis primeros poemas. También dejé a mis hermanos, mis padres; sin avisarles, son despedirme de ellos, sin decirles adiós. Pero sobre todo, ese día, ese día de finales de noviembre del año 1956, perdí definitivamente mi pertenencia a un pueblo.

Los primeros años del destierro son de carencias. De trabajo mecánico en una fábrica, actividad que debido a su monotonía le permite comenzar a escribir poemas. Por la noche llega a su habitación y comienza la escritura de narraciones. Pero todavía en su idioma. La revelación de ser una analfabeta, la orilla a aprender el idioma francés, a pesar de considerarla, como al ruso, una lengua enemiga. “Está matando a mi propia lengua”, acusa en algún momento.

Cinco años después de haber llegado a Suiza, hablo francés, pero no lo leo. Me he convertido en una analfabeta. Yo, la que sabía leer cuando tenía cuatro años.

Conozco las palabras. Cuando las leo, no las reconozco. Las letras no corresponden a nada. El húngaro es una lengua fonética; el francés, todo lo contrario. […]

Yo también empiezo, empiezo de nuevo a ir a la escuela. A los veintiséis años me inscribo en los cursos de verano de la Universidad de Neuchâtel, para aprender a leer. Son cursos de francés para estudiantes extranjeros. Hay ingleses, americanos, alemanes, japoneses, suizos alemanes. El examen de ingreso es un examen escrito. Un desastre, me ponen con los principiantes.

Después de varios años, la historia de Kristof tendrá un final feliz: su novela El gran cuaderno, será un gran éxito de crítica y ventas. Tendrá traducciones a más de treinta idiomas, algunos de ellos considerados antaño “lenguas enemigas” por la autora. Después de vagar por el mundo físico de la Europa de mediados del siglo XX y por el mundo de la diversidad de lenguas de ese espacio geográfico, las memorias de Kristof concluyen con una declaración que puede considerarse manifiesto inspirador:

Sé leer, de nuevo sé leer. Puedo leer a Victor Hugo, Rousseau, Voltaire, Sartre, Camus, Michaux, Francis Ponge, Sade, todo lo que quiera leer en francés y también a autores no franceses, pero traducidos, como Faulkner, Steinbeck, Hemingway. Todo está lleno de libros, de libros comprensibles, por fin, también para mí. […]

Sé que nunca escribiré el francés como lo escriben los escritores franceses de nacimiento, pero lo escribiré como pueda, lo mejor que pueda.

No he escogido esta lengua. Me ha sido impuesta por el destino, por la suerte, por las circunstancias.

Estoy obligada a escribir en francés. Es un desafío.

El desafío de una analfabeta.