Lente anónima

Por Mariana Mota

Metanfetamina, decisiones de vida, quebrantamiento de la ley, consecuencias. Los Pollos hermanos. Los últimos días esos temas han rondado mis pensamientos, y Hank, Walt, Jessie son personajes que ya se volvieron entrañables para mí. El problema es que, una vez más, llego tarde a la conversación. Así me lo dijeron recientemente sí, sí, Mariana, pero ya se habló de Breaking Bad hace mucho. Aunque las palabras iban en tono de broma, una verdad se asomaba.

Existe una presión latente en cuanto al consumo de entretenimiento y arte. ¿No has leído Cien años de soledad?; Maestra, ¿no conoce a Canserbero?; ¿Nunca has visto House of cards?; ¿No sabes quién ganó el premio Cervantes este año? El tono de esas preguntas parece más acusativo que interrogativo, como si todos tuviéramos la obligación de acercarnos a ese estupendo producto en el momento en que sale al mercado, cuando los “expertos” lo están degustando. Aunque también entiendo que es una manera de expresar sorpresa: ¡cómo puedes perderte esta maravilla que a mí tanto me gusta!

Una de las características que tiene el arte, creo, es la atemporalidad: un cuadro, una película, una novela, una canción va a generar revolución en la persona, sin importar el momento en el que llegue a ella. Y una de las ventajas de la ignorancia artística es que hay todavía más terreno por descubrir: toda esa música que no escuché en mi adolescencia, por obsesionarme con los pobres discos de Mercurio y Flavio César, siguen siendo novedad para mis oídos. Y aunque en un principio me apenaba no saber quién era Kurt Cobain o Jim Morrison, hoy me pasa lo contrario: me emociono cuando escucho nombres desconocidos porque imagino el terreno de posibilidades que aún me falta por explorar. Y toda esa obra de la que me perdí, si en verdad es artística, me va a significar algo similar a aquellos que tuvieron la suerte de acercarse al pastel recién salido del horno.

Hace poco también comprendí lo que podría ser la antítesis de lo que estoy diciendo: productos que deben ser vistos en el momento en que salen, pues fuera de contexto pierden sentido. Durante muchos años supe de una película que reunía a un gran atractivo visual de Hollywood y que, supuestamente, revolucionó por su temática, pero nunca la había visto. Hace una semana vi Entrevista con el vampiro y me pareció ridícula y pretenciosa, pero quizás en su momento no haya sido percibida así. ¿Los productos cambian con el paso del tiempo o uno es el que se transforma? Siempre ha existido esa interrogante y me atrevo a decir que es un poco de ambas.

Quizás el arte también sea una especie de moda: palabras que se cuelgan como collares modernos, opiniones que perfeccionan el rostro. Y si no el arte, al menos la opinión sobre él. Yo siempre me he asumido indiferente a la moda de la apariencia (anticuada, incluso), y ahora me doy cuenta que también de la cultura y del entretenimiento: me gusta utilizar los sentidos a mi propio ritmo. Sin presiones, sin obligaciones; no importa si el mundo ya habló de lo que yo apenas me aventuro a conocer. Aunque reconozco que llegar tarde me priva de ciertos placeres, como el de la conversación, pues cuando algo pasa de moda, ya no es atractivo en el discurso, pues hay nuevas cosas por las cuales discutir. Por cierto, todos tenían razón: Breaking Bad es hermosa literatura visual y finalmente entiendo las razones.