Por Nora de la Cruz

Todos podemos reconocer una obra maestra, y algunas de ellas serán determinantes en nuestra concepción del mundo y de la belleza. Pero si somos sinceros, los libros que podemos llamar favoritos, los cercanos a nuestro corazón, lo son por razones que van más allá de su calidad. Se trata de lo que nos dijeron de nosotros mismos en determinado momento de nuestras vidas.

Hace algunos años, mientras escribía una tesis, me sentía sumida en el desastre. Tenía varios empleos sin futuro, me daba miedo la ciudad con su violencia, ninguna oportunidad se avizoraba. Mi tutora es una autoridad en la materia, pero además una mujer increíblemente generosa que me recibía en su casa y luego de entregarme sus observaciones escuchaba mis preocupaciones y me aconsejaba. A sus años tenía toda la experiencia para ser crítica, pero en sus consejos siempre había lugar para la esperanza. Una tarde en la que yo me sentía particularmente pesimista, me habló de Vuelo nocturno. No existen milagros, me dijo, solo fuerzas que uno pone en marcha.

Caminé hacia la Gandhi, muy cerca de la casa de la profesora, y encontré la novela enseguida. Es muy breve y sencilla, se lee tan fácilmente como El Principito, la obra más célebre de Antoine de Saint-Exupéry, su autor. Cuenta la tensión que representaba, en los inicios los vuelos nocturnos comerciales, la ida y vuelta de los pilotos que se dirigían de Europa a América del Sur para entregar el correo. La experiencia de sobrevolar esos territorios, con lo imponente de la naturaleza y lo minúsculo de la vida humana puestos en su justa proporción, eran algo con lo que el novelista estaba familiarizado, al ser él mismo un piloto. Eso es evidente en sus descripciones, inteligentes y a la vez delicadas, que nos transmiten el sentido de aventura y la sensación de poder, pero también el asombro.

Los personajes centrales del relato, el aviador Fabien y su jefe Riviére, son héroes modernos; enfrentan el miedo y consiguen una proeza que, sin embargo, pasa casi inadvertida, tal vez porque la realizan a diario: cada noche son responsables de cruzar la oscuridad, entregar los correos y volver, Fabien desde el cielo, en un avión, y Riviére en tierra, en una sala de controles. Cuando algo falla son la misión y una vida lo que está en juego, por eso todos sus sentidos están involucrados en ello a tal grado que el resto de su existencia está en suspenso: no hay nada más importante que mirar el cielo. Los aviadores y los técnicos invierten todo su tiempo en la intranquilidad del vuelo y solo tienen un breve descanso cuando el correo es entregado y el piloto vuelve a Europa. Pero la paz dura poco: la noche siguiente saldrán otros vuelos porque, como Riviére sabe, no existe la llegada definitiva de todos los correos.

La tensión permanente de Fabien, que lucha contra el peligro, y de Riviére, que vigila protectoramente su viaje, con la impotencia de hacerlo desde una lejana orilla es, como El Principito, una alegoría de la vida. Para Antoine de Saint-Exupéry, se trata de una lucha incesante contra la adversidad, movida por el sentido del deber, y cuya recompensa es, justamente, su cumplimiento. El taciturno Riviére, después de cuarenta años de trabajo, se detiene por un momento a pensar que su vida ha sido eso, solo eso, pero no lo piensa con amargura, sino con la satisfacción de quien mira la obra que produjo con paciencia y oficio. Fabien, varado en la oscuridad en medio de la nada, con un avión descompuesto, solo y aparentemente perdido, teme, pero no sabe rendirse. Necesita encontrar la manera de poner en marcha el motor y para ello necesita salvarse del miedo.

La vida es también saber que no es posible quedarse mucho tiempo en ningún sitio del alma: ni en la alegría ni en el temor ni en la paz ni en la frustración. No existe la llegada definitiva de todos los correos, eso que llamamos la estabilidad no es más que un espejismo: no hay milagro. Pero hay un motor que vuelve a andar en medio de la noche en el desierto: es la vida que falla o triunfa, pero nunca se detiene.