Hipérbole incesante

Por Alejandro Paniagua

…pero que al final me fascinaron


El Palacio de los sueños de Ismail Kadaré

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En los sueños está contenido todo lo que somos y lo que no seremos nunca, ahí están nuestros vicios y nuestros recatos, la posibilidad y la imposibilidad, nuestros deseos de grandeza o de sometimiento, la figura desnuda de aquellos a quienes deseamos, todo aquello que deseamos que los demás no tengan, aunque lo merezcan; ahí habitan nuestro dios y nuestra nada, allí vive la verdad. En el Palacio de los sueños justamente se analizan y se interpretan los sueños de cada uno de los habitantes de la región.

El imperio que se retrata en la novela es un régimen totalitario tan paranoico e invasivo, que incluso le exige a su población confesar todo aquello que sueñan, con el fin de descubrir si en aquellos sinsentidos hay implícitas conspiraciones o rebeliones para derrocar al Sistema. La novela narra el trayecto de un hombre, Mark-Alem, dentro del Palacio de los sueños, nos cuenta su camino ascendente dentro de la burocracia de la irrealidad, de la ensoñación. Kadaré, el autor, despliega una escritura poderosa y rutilante. Después de todo, Kadaré fue un escritor perseguido, encarcelado, torturado y acusado de traición, pero que, pese a todo, nunca soltó la pluma.

Los restos del día de Kazuo Ishiguro

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Todos aquellos que desean entender grandes conceptos, como la venganza, la compasión, la desdicha o la devoción, están condenados a vivir prisioneros de sus especulaciones, de su afán obsesivo, de su mente que siempre cree estar a punto de llegar a una conclusión. El personaje de la novela, un mayordomo apellidado Stevens, quiere definir la dignidad, implícita en su trabajo, y en ello se le va el vigor. Stevens es también un hombre que antepone su trabajo a todo lo demás: a la vida, la enfermedad y la muerte de su padre; a la oportunidad de revelarle a su jefe que está a punto de ocasionar la debacle de Europa; y, sobre todo, a la posibilidad de encontrar al amor de su vida.

La pregunta que plantea el libro es muy clara: ¿vale la pena ver solamente hacia el frente, hacia un solo objetivo, como si lleváramos anteojeras; o lo mejor es asomarse al paisaje y descubrir qué hay para nosotros allá donde los caminos no son claros o de plano no existen? En este libro de Ishiguro no hay frases que no planteen preguntas, que no generen misericordia o ganas de salvar a los personajes. Se trata de alta, altísima literatura de principio a fin.

El mar de Jules Michelet

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Michelet fue un hombre que de joven solo tenía dos actividades predilectas: pasear por el cementerio y visitar el museo, era un muchacho quien descubrió que en aquellos objetos y personas muertas estaba la esencia de la disciplina más importante de la humanidad: la historia. Michelet tardó más de treinta años en escribir diecinueve hermosos tomos que narran la historia de Francia. El autor fue considerado por la Enciclopedia Británica como el mejor historiador del mundo, sí, pero también el menos confiable; ya que su escritura es totalmente poética, subjetiva, abstracta, literaria y personal (adjetivos que, según la ortodoxia, jamás deben aparecer en un libro de historia). El mar es un libro de madurez, uno de sus últimos trabajos ensayísticos que escribió a los sesenta y tres años.

Los ensayos que lo componen fueron creados con absoluta sabiduría y paz. Hablan del mar, pero hablan de nosotros, de Dios, de la vida, de la vehemencia humana. La imagen de una niña que quiere matar al mar a pedradas, o al menos lastimarlo, sirve para recordarnos que somos ridículamente falibles, vulnerables, que todo en la vida está diseñado para matarnos y que algo, sin duda, lo hará. La imagen de una familia de ballenas que deciden morir juntos encallando en la arena sirve para enseñarnos lo fundamental que es la familia, o la falta de ella. Yo solo he llorado una vez con un texto literario, y ese escrito está incluido en El Mar de Michelet. Un libro mayestático que merece reverencias después de cada punto final.