Sueños lúcidos

Por Javier Paredes

A manera de inducción al tema

Imaginemos al erudito juez del siglo XII, barbado y reflexivo, debajo de un arco  árabe de herradura, mesándose la barba y murmurando quizá para sí mismo. Averroes tratando de explicar la inmortalidad del alma razona: si el alma es creada tiene un principio por lo tanto tendrá un fin, si el alma no es simple sino compuesta entonces puede conocer la corrupción. ¿Cuál es entonces la naturaleza del alma? La respuesta un tanto desbrozada de detalles —y por ende adulterada—, es que compartimos un solo entendimiento, que es nuestro, a ratos y por partes, y hay una sola alma universal y por ende, ningún pensamiento es propio y exclusivo.

De forma similar lo expresa Borges, en Tlön, Uqbar, Orbius  Tertius:

No existe el concepto de plagio, se ha establecido que todas las obras son obra de un mismo autor, que es intemporal y es anónimo.

Hay una idea aparentemente conexa en las historietas de Hatha Yoga de Editorial Novaro, en la década de los setentas; es el Gran Mudra, de la guionista Dora Gray, la sabiduría universal materializada en la unión mental de todos los grandes intelectuales.

Si todas nuestras ideas corresponden a una sola mente el plagio no existe; esa será una opinión minoritaria sin duda, por lo menos no apta como defensa ante la ley.

Sobre el tema del plagio en sus distintas variedades, existe una interesante monografía de Hélène Maurel-Indart, de 2011, publicada por el Fondo de Cultura Económica, en que se analizan todas sus variantes y sus similitudes con el pastiche, la parodia y el falso análisis, sumamente interesante que sobrepasa la extensión de estas palabras y que apunto de paso para quien quisiera profundizar en el tema.

Ahora sí, a lo que veníamos…

El plagio que sí nos ocupa es el de Mazinger Z, pues es ejemplificativo de la autoría colectiva.

En sus orígenes setenteros, este clásico robot del género Mecha fue un manga[1], que raudo se convirtió en animé el mismo año de su publicación, en 1972. A partir de ese momento, manga y animé tuvieron una vida simultánea aunque algo diversa, con diferencias en trama y rasgos de personajes, así como en la propia línea o dibujo[2].

 

En el mismo decenio, en Japón se realizó la serie de televisión del Super Robot Mach Baron, con notables similitudes con Mazinger; dicho serial sería copiado —suponemos que con nulo pago de derechos— por la película taiwanesa que se distribuyó bajo diversos títulos en Occidente; uno de ellos fue The Iron Man. Tenemos en este momento, dos generaciones de copias u “homenajes”, en el propio país nipón y luego en Taiwan. Vino entonces la tercera: la traducción de la película al tebeo español.

Así fui como conocí a Mazinger Z, a principios de los años ochenta, en su versión taiwanesa traducida al castellano, construido de Tanium Rojo y comandado por Tin-Yu. De forma tardía, hacia 1986, llegó la versión original —digamos canónica— por transmisión televisiva en canal 5.

Ahí no concluye la historia de plagios, los españoles no podían faltar en su afán de emulación y continuaron la trama taiwanesa, estableciendo una serie de historietas con vida propia y con ciertas modificaciones al personaje (entre otras, una extravagante capa verde para el robot).

Debo decir que para mí el verdadero Mazinger fue el primero que conocí, que el Jet Scrander no compite con un Nissan S30 volador y que el Doctor Hell del rojo Mazinger con su barba florida o su melena de llamas es mucho más divertido que el otro Doctor Hell, con su serena y canosa cabellera. Quizá lo único superior en el “original” sea Sayaka y ese sutil erotismo que desprende la serie japonesa.

Al final de cuentas, si una sola mente universal recrea el mundo, ¿Quién es el hombre para definir la originalidad de una obra?


[1] Del historietista Go Nagai.

[2] De esta historia existen numerosas variaciones digamos canónicas, entre otras: el Gran Mazinger y Mazinkaiser.