De principio a film

Por Ro González

Mi primer acercamiento con el ritual de leer el periódico todos los días se lo debo a mi abuelo materno quien, además de haber sido líder sindical, trompetista y zapatero, también ejerció un tiempo como director del diario El Sol del Sur del Bajío, periódico que si bien debía su fama al hecho de ser el gran portavoz de los logros gubernamentales en aquella zona del país, a mí me regaló una excusa para seguir alimentando mis ganas de conocerlo todo más allá de las tiras cómicas del domingo.

En unas vacaciones de verano, creo que fue el de 1983, jugaba solo en la huerta de la parte de atrás de esa misma casa cuando en un altero de periódicos viejos que convivían entre las violetas de mi abuelo, un limonero, un durazno, un aguacate y un papayo, descubrí un ejemplar de la revista Siempre! y otro de la revista Proceso. Recuerdo haber devorado ambas revistas de manera incontrolable hasta que el grito de mi abuela que me llamaba a comer me sacó de mi primer éxtasis periodístico. Había encontrado la verdad.

A partir de ese momento, el periódico —o la noticia impresa— se convirtió en una parte sustancial de mi vida. Quizá era el único niño de quinto grado de mi colegio que compraba el recién nacido (en 1985 cumplía apenas un año) La Jornada en los revisteros de Sanborn´s en lugar de cómics, pero para mí, ser testigo de las noticias de aquel tiempo, encontrar las diferencias con los otros diarios, entender su origen, distinguir a un reportero de otro, a un editorialista de otro, o simplemente perderme en los suplementos culturales, me daba algo que me hacía sentir poderoso: me daba conocimiento.

Al periódico (al concepto de periódico) le debo infinidad de cosas; por ejemplo, El Informador y El Occidental fueron los periódicos de mi niñez y en El Porvenir tomé mis clases de periodismo durante la carrera. En El Norte no me dieron una entrevista de trabajo porque usaba el pelo largo, aretes y vestía de negro, y como no tenía corbatas, el puesto de reportero en la sección Sierra Madre de sociales no sería nunca para mí. A La Jornada le debo su editorial del 19 de septiembre de 1984 que hacía patente algo que yo en mi infancia veía y redescubrí en mi adolescencia: “Entre los mayores estragos que esta [crisis] ha causado se encuentran el desaliento y el cinismo, o la aceptación fatalista de que mientras dure la crisis no vale intentar la corrección de las injusticias y las insuficiencias”. A Proceso le debo a Julio Scherer y su ejemplo, las elegantísimas críticas de Susana Cato —que me hicieron ver el cine a partir de ella con otros ojos— y, aunque debería decir que a Excélsior le debo a Julio Scherer, me quedo con la maravillosa historia que nació de su generosidad rebelde aquel 8 de julio de 1976.

Les platico todo esto porque esta semana vi The Post, la nueva entrega de Steven Spielberg. No voy a gastar caracteres contándoles sobre las grandes actuaciones ni de la casi perfecta ejecución de la cinta. Vayan a verla, no tiene desperdicio. Repasar de la mano de este grupo de dotados uno de los momentos cruciales en la historia mundial del periodismo es, simplemente, una gozada. Es una película hecha con la mano de un neurocirujano, firme, delicada, sin errores. Acá probablemente la notica sería que Meryl Streep, Tom Hanks, Spielberg o John Williams lo hubieran hecho mal pero afortunadamente no sucede así.

Lo que quiero contarles es algo en lo que caí en cuenta. Aquella fascinación y fortaleza que sentí al leer por primera vez Proceso y Siempre! y que me hizo creer que este país, a pesar de su infinita lista de problemas, iba a salir adelante, ya no las siento más.

Descubrí que hoy en día hago con muy poco asombro y a veces mucha de tristeza mi ritual matutino de leer los periódicos, la mayoría satisfechos con replicar ad nauseam la “noticia” de la súper cuenta de Slim en un restaurante de Guadalajara mientras seguimos sin saber de qué vive AMLO. Periódicos que son la versión light de cualquier revista de espectáculos donde la nota más leída es la nueva foto en tetas de cualquier Kardashian. Periódicos que cubren las precampañas de los que aspiran a presidenciarnos, pero de Marichuy no aparece ni su foto. Periódicos que piensan más como negocios antes que cumplir con el compromiso de difundir la información de manera ética sin convertirse en trincheras políticas o de buscar sumarse a la tarea de construir un mejor país. Un país fuerte, informado con la verdad. Pero también veo periodistas que tocaron los hilos del poder y ya no están. Periodistas muertos, desaparecidos, amenazados por cumplir con la misión de decirnos la verdad, de contarnos las historias que nos unen, una verdad que no por voltear para otro lado, se vuelve ausente.

Y todo eso me hace pensar que entonces nosotros, como lectores, deberíamos salir a la defensa de nuestros diarios, de todos los diarios y de todos los periodistas, de ser lectores exigentes con los contenidos, con la ética periodística, y de ser implacables con los gobiernos que los reprimen, porque si atendemos aquella frase que dice que el periodismo es la primera versión de la historia, más nos valdría tomar una postura más activa y más crítica con esa historia que, al final de la película, no es otra más que la nuestra.