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Dentro de una esmeralda


Hipérbole incesante

Por Alejandro Paniagua

Salvador Díaz Mirón, el poeta veracruzano y modernista, fue lo que hoy llamaríamos “un gran hijo de puta, un cabrón”. Tuvo un espíritu rencoroso y un carácter desfachatadamente agrio. Armarla de pedo era su estilo de vida. Fue tan colérico que su libro más importante, Lascas, comienza con el reclamo a unos gringos que publicaron sus poemas con erratas, títulos incorrectos, fragmentos de más y de menos y, por si fuera poco, no le pagaron por la publicación ni un mugre peso, ni un méndigo dólar:

“Una tipografía yankee juntó en un volumen, y luego puso en venta, ciertos cantos de mi cosecha, recogidos de los periódicos; pero lo hizo sin mi consentimiento, sin consultarme siquiera, ni enviarme un céntimo. Perpetró una usurpación, un despojo; se apoderó alevemente de lo ajeno y lo expendió como cosa suya. ¡Buen provecho! Más que el desvergonzado latrocinio, dolióme que la extranjera empresa, provista y asesorada por no sé qué «paisano mío,» recargara, con pecados que no cometí jamás, mi asendereado nombre literario, que ya andaba con pesado fardo. Mis infortunadas composiciones yacen en el haz fraudulento, no sólo plagadas de horribles yerros de imprenta, sino alteradas intencionalmente, y como por malicia de inquina, pues advierto allí grotescos cambios de títulos, al par que nocivas supresiones y añadiduras.”

Cabe mencionar que se imprimieron, en su momento, quince mil ejemplares de Lascas y se vendieron toditos, así de popular era Mirón.

Díaz Mirón fue además una especie de Chuck Norris emocional, ya que enfrentó tribulaciones terribles. Tuvo que vivir separado del amor de su vida e incluso, en un desplante total de brío, asistió a la boda de aquella mujer quien terminó casándose con otro. También se cuenta que ella amaba tanto a Mirón, que al no poder tenerlo, un día le mandó una carta escrita con sangre para hacerle saber que la vida no era nada sin él. Mirón habla de ello en el poema: A Tirsa.

Y un consuelo has escrito a mis penas;

y la tinta consagra el favor,

si es carmín que ha corrido en tus venas

y por mí ha pintado un rubor.

El veracruzano se enfrentó con templanza a una de las situaciones más ásperas para el espíritu: la muerte de su hija de apenas quince años. El suceso se menciona en el poema Venit hesperus:

¡A nobles luchas nada me incita;

conculco y mancho laurel de pro!

El bardo sufre tremenda cuita

echando menos la tortolita

que al aura obscura se le voló.

Díaz Mirón no tenía ninguna mesura frente a sus impulsos de violencia, disparaba su arma a la menor provocación. Durante un juego de damas, el poeta se encabronó tanto porque iba perdiendo que se agarró a balazos con su rival. Durante esta batalla Mirón fue herido en el hombro y su brazo quedó inutilizado por el resto de sus días. Aun con el brazo tullido, Salvador tuvo peleas a muerte con otros varios tipejos. Uno de ellos incluso le dio un madrazo en la cabeza al poeta con un trozo de madera (dicen que la cabellera exorbitante de Mirón amortiguó el golpe y lo salvó de la muerte). Luego de recuperarse y sacudirse las astillas y el polvo de la melena, Súper Mirón persiguió a su agresor y le vació la pistola hasta matarlo.

También se sabe de cierto que el veracruzano fue condenado a cuatro años en la cárcel por matar a quemarropa a un hombre de apellido Wolter, quien murió con el puro aún prendido y enhiesto en la mano. Salvador salió libre mucho antes, debido a sus influencias. A Díaz Mirón le dieron después una sentencia de ocho años por dispararle a un diputado (no lo culpo), pero gracias a un amparo, sólo estuvo algunos meses en prisión. A los 74 años, el vate se peleó con un alumno contestón e irresponsable (tampoco lo culpo) y lo agarró a culatazos hasta que hizo que el joven perdiera el conocimiento. Cuando le erigieron una estatua a Salvador en su tierra, muchos aseguraron que el índice de la figura apuntaba con cinismo hacia el cementerio para hacer saber a los paseantes: “Allí están enterrados todos los que me chingué”.

Pero, en fin, resulta que cuando Mirón no estaba sufriendo los embates de la pinche vida o asesinando a indeseables, se dedicaba a escribir algunos de los textos más bellos de la poesía mexicana. Era tan chingón que el mismísimo Rubén Darío le dedicó un poema para exaltar sus letras.

Una indudable muestra de la calidad literaria del veracruzano es el soneto:  Dentro de una esmeralda. El uso de imágenes intrincadas y de palabras infrecuentes hacen que el soneto parezca una adivinanza gloriosa, un acertijo de alta belleza. El primer cuarteto evidencia, sin duda, lo anterior:

Junto al plátano sueltas, en congoja

de doncella insegura, el broche al sayo.

La fuente ríe, y en el borde gayo

atisbo el tumbo de la veste floja.

¿Y qué carambas significa este revoltijo de hermosura? Simple: Díaz Mirón nos confiesa que anda espiando a una muchacha que desabrocha su vestido junto a un árbol. El “sayo” es una prenda que implica recato, ya que cubre hasta las rodillas de la jovencita. “La fuente ríe” es una imagen que nos describe el sonido del flujo del agua.  El “borde gayo” es una forma poética de decir la “orilla alegre” del río. ¿Y por qué está alegre el torrente? Pues porque es testigo del momento en el cual la joven se desnuda para bañarse en su caudal. El verso “atisbo el tumbo de la veste floja” es el más famoso de Díaz Mirón. Se trata de una aliteración absolutamente musical y exquisita que usa los sonidos de las “tes” y las “bes” para hacer sonar su micro sinfonía erótica. Este verso demuestra el talante y el talento del poeta, quien usa el lenguaje de los dioses para contarnos algo bastante sencillo: que mira mesmerizado el vaivén del vestido que está a punto de caer.

El segundo cuarteto del soneto deleita por igual:

Y allá, por cima de tus crenchas, hoja

que de vidrio parece al sol de mayo,

toma verde la luz del vivo rayo,

y en una gema colosal te aloja.

La segunda imagen del poema es archi artificiosa y de una finura que se desborda. Las “crenchas” son las dos partes de una cabellera que han sido separadas por una raya. Sobre aquella melena se posa una hoja que parece estar hecha de vidrio y hace que la luz se torne verde al atravesarla. El efecto visual provoca que la mujer parezca estar envuelta en una esmeralda, en una gema colosal. La esmeralda estaba de moda entre las clases altas del porfirismo, Díaz Mirón lo sabía muy bien, ya que el era un psicópata “bon vivant”. Por ello elige la gema verde como base de su texto. Es curioso que el poeta mire a la muchacha, pero nunca intente conquistarla o seducirla. La realidad es que en la poesía modernista importan bastante menos las conquistas eróticas que las victorias verbales y poéticas.

Pero el final del soneto (los dos tercetos) resulta magistral:

Recatos en la virgen son escudos;

y echas en tus encantos, por desnudos,

cauto y rico llover de resplandores.

Despeñas rizos desatando nudos;

y melena sin par cubre primores

y acaricia con puntas pies cual flores.

“Recatos en la virgen son escudos” quiere decir: para la mujer honorable, el recato es su coraza, su medio de protección. Y es que Díaz Mirón también fue un gran misógino y un conservador, eso es evidente. Luego se nos hace saber que la joven deja caer su pelo brillante sobre sus encantos desnudos, como si fuera una lluvia de resplandores. Y finalmente, el cabrón de Díaz Mirón, cierra con una escena maravillosa. La mujer “despeña rizos desatando nudos”, es decir que se quita los listones del cabello chino y lo deja libre. La melena le cubre los senos y el pubis y cae hasta sus pies, la viste por entero, como si la joven fuera la Venus de Botticelli o Daniela Romo en los años ochenta. Entonces, las puntas de los rizos se despeñan hasta el fondo y le acarician los pies como si fueran pétalos de flores. ¡Ah, jijo!

Me parece increíble que un tipo tan ominoso como el buen Salvador Díaz Mirón haya sido capaz de crear poemas de tal factura, pero así es la poesía, embellece hasta la podredumbre.

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Prodigios y Maravillas


Sueños lúcidos

Por Javier Paredes

Maravillarse es un don precioso, pocos sucesos enternecen más que ver maravillarse a un viejo. En sentido contrario, el ánimo se pone contrito ante la impasibilidad de los jóvenes –niños incluso- incapaces ya de sorprenderse.

La maravilla subyace a la filosofía y la literatura, sin poder definir si la primera es una especie de la segunda o si ocurre a la inversa, al fin de cuentas ambas residen en la fantasía.

Como sea, lo prodigioso es de humanos; las rocas, los árboles, la mayoría de los animales son incapaces de sorpresa, pero un pequeño niño –de unos ochos meses– disfrutará cuando pasmosamente el adulto reaparezca, una y otra vez, tras la mantilla.

Lo maravilloso tiene su inventario y sus repositorios –Le Goff dixit-. Incluye lugares y países, animales y seres antropomorfos, monstruos y también objetos inanimados. Lo prodigioso se oculta, cristianamente, en la especie del milagro y se le encuentra en múltiples depósitos, en la Biblia, en el Oriente, en la mitología clásica (en todas las mitologías), en la leyenda medieval y en los sueños.

No pretenderé realizar un repertorio del género, ni siquiera una reseña. El objetivo es más modesto. Lo será ejemplificar las mirabilia en algunos textos clásicos de la literatura antigua, con acaso algún mínimo comentario:

  • De las serpientes aladas de la Arabia.- Contra cuantos enjambres de serpientes aladas nos envían las marismas de Arabia –cuyo veneno es tan rápido que la muerte sobreviene antes que el dolor de la mordedura- acuden en combate todas las aves, movidas por un fino olfato que las hace aptas para ello.[1] La serpiente alada se parece en su forma a la hidra; sus alas no tienen plumas, sino que se asemejan mucho a las de los murciélagos.[2]
  • Del Basilisco.- El mismo poder lo tiene también la serpiente Basilisco. Nace en la provincia Cirenáica, con un tamaño de no más de doce dedos, una mancha blanca en la cabeza, como adornada con una diadema. Espanta a todas las serpientes con su silbido y no impulsa su cuerpo flexionándolo, como las demás, sino que avanza enhiesta y derecha de medio cuerpo. Mata los arbustos no sólo al tocarlos sino incluso al exhalar su aliento, quema las hierbas y resquebraja las piedras; tal es su poder para el mal.[3]
  • Extraños medios curativos.- Cuando un león está enfermo, nada le causa mejoría. El único remedio contra la enfermedad es devorar un mono.[4]
  • De la equidad de género y sus cuotas.-  Entre los *bieos*, en Libia, un hombre reina sobre los hombres y una mujer sobre las mujeres.[5]
  • Las miniaturas de los ociosos.- Estas son, en efecto, algunas de las maravillosas miniaturas salidas de manos de Mimércides de Mileto y de Calícrates de Lacedemonia. Hicieron unas cuadrigas que podía ocultarse bajo el ala de una mosca y en un grano de sésamo inscribieron con letras doradas un dístico elegíaco. Ninguna persona seria, a mi parecer, puede elogiar ninguna de estas obras. Pues ¿qué otra cosa son una pérdida inútil de tiempo.[6]
  • Honrados como japoneses.- Un hombre de Biblos no se llevará nada que haya encontrado en la calle y que el mismo no haya puesto. No lo consideran un hallazgo, sino una injusticia.[7]
  • La prostitución homenajeada.- Los griegos erigieron en Delfos una estatua a la cortesana Friné sobre una columna muy alta. Pero yo no me atrevería a decir “los griegos” en general…sino, solo, los más incontinentes. La estatua era de oro.[8]
  • Pecilias o los cardúmenes a coro.- En el río Aroanio, que fluye por Feneo existen unos peces que cantan como los tordos; y se les llama “pecilias”.[9]
  • Doble “mal de ojo”.- Hay gente de la misma especie entre los tríbalos y los ilirios, que también embrujan con la mirada y matan a aquellos a los que miran fijamente durante largo tiempo…y lo que es todavía más destacable es que tienen dos pupilas en cada ojo.[10]
  • Los comedores de leche.- Los galactófagos, un pueblo escita… son también los más justos, al tener en común sus bienes y sus mujeres.[11]
  • Matadores de elefantes.- Entre esas tribus nacen unos perros que sobrepasan a las fieras: despedazan toros, arrinconan leones y plantan cara a cuanto tengan en frente…Hemos leído que cuando Alejandro marchaba hacia la India el rey de Albania le envpio dos ejemplares: ante uno de ellos soltaron jabalíes y osos, y sintió tal desprecio que, ofendido por lo ruin de las presas, estaba tendido en el suelo…En cambio el otro, advertido ya por quienes le trajeron el presente, mató a un león…luego, ante la visión de un elefante, dio muestras de sensible alegría. Primero cansó a la bestia con astucia y finalmente, con grande espanto de los circunstantes, la derribó a tierra.[12]
  • El tesoro roído.- En la isla de Giaro, se dice que los ratones se comen el hierro… Afirman también que en el país de los calíbes, en una isla pequeña que se encuentra situada frente al país, el oro es roído de arriba a abajo por una gran cantidad de ellos.[13]
  • La mejor época de su vida.- Se cuenta de uno en Abidos, que se había vuelto loco y había estado yendo al teatro durante muchos días y había permanecido como espectador, como si algunos estuvieran actuando en él, y había dado muestras de aprobación; y cuando se recuperó de la demencia, afirmó que aquel era el tiempo que había vivido con mayor placer.[14]

[1] SOLINO. Collectanea. Las serpientes de Arabia.

[2] HERODOTO. Historias II, 75.

[3] PLINIO. Naturalis Historia VIII, 33.

[4] ELIANO. Varia Historia I, 9.

[5] NICOLAO, citado por Estobeo, Antología IV, 2.

[6] ELIANO. Varia Historia I, 17.

[7] ELIANO. Varia Historia IV, 1.

[8] ELIANO. Varia Historia IX, 32.

[9] FILOSTÉFANO, citado por Ateneo, Sobre ríos curiosos, VIII, 331 d.

[10] ISOGONO, citado por Plinio, Historia Naturalis VII, 16.

[11] NICOLAO, citado por Estobeo, Antología III, 1.

[12] SOLINO. Collectanea. Sobre la naturaleza de los perros.

[13] PSEUDO ARISTÓTELES, Mirabilia, 24-26.

[14] PSEUDO ARISTÓTELES, Mirabilia, 30-31.

 

La última tarde. (In memoriam, Carlos Bustos)


Orilla de letras

Por Rodrigo Chanampe

He decidido escribir esto en segunda persona, como si fuera un mail que abrirías en una de esas mañanas en las que descargabas películas antes de escribir.

Te soy sincero, me cuesta empezar. Creer que en verdad leerás esto. No sé cuál es el inicio correcto. Tal vez, debería aferrarme al orden cronológico y hablar de cómo te conocí a la distancia, cuando desde lejos, ya era perceptible tu enorme generosidad.

Sé que no hay tiempo para desarrollar cada anécdota. Detallar los viajes, los foros compartidos y las  noches sabatinas en donde no necesitábamos más que nuestras risas para que las horas nos resultaran breves.

Ahora, más que nunca, me doy cuenta que además de ser mi maestro, eras una brújula, un pegamento mágico con el poder de mantener unido a los distintos. Prefiero, entonces, encaminar estas palabras hacia el agradecimiento, porque no recuerdo cuántas veces te dije gracias cuando poseías un oído, un físico de oso grizzli al cual abrazar.

Gracias por confiar en mí, por invitarme a un mundo desconocido, por descifrarme y ver en un chico tímido al hombre que desea devorar la vida, ávido de aventuras que siempre le fueron ajenas. Gracias por creer en el valor de mis letras, cuando siempre me han parecido flojas; las de un principiante. Gracias por cada consejo, no sólo a la hora de estructurar historias. En los años más recientes, nuestras charlas se centraban en mujeres, el sentido de escribir y en productos de belleza para mantenernos hermosos como vampiros pertenecientes a una agencia de modelos.

Gracias por las risas cómplices, por esos chistes que sólo nosotros entendíamos y avergonzaban a unos cuantos, gracias por mandar al carajo el pudor y despertar mi lado más endemoniado. Gracias, sobre todo, por ser un padre, también estuviste en los momentos complejos y supiste cuidarme como si fuera tu responsabilidad.


Debería hablar de tu obra, recomendarla. Describir la melancolía y el erotismo de Final de sirenas,  la fauna de horrores que habita en Fantásmica, o la inteligencia de la Espina del mal, pero los que escuchan o leerán esto, tal vez ya saben que eras un buscador, un defensor de la belleza, y un amante del terror como metáfora para comprender el sufrimiento. Sólo la eternidad te hubiera permitido satisfacer tu espíritu curioso.

Guardaré para nosotros gran parte de lo que vivimos, no lo expondré en este foro y tampoco me encargaré de escribirlo más adelante. Pero ahora, permíteme compartir nuestra última tarde juntos. Aquella en la que estabas acostado en la habitación de un hospital, era un lunes y al día siguiente irías al quirófano para despedirte de tu estómago a cambio de un futuro.

Ingresé al cuarto y estabas solo, leyendo un libro de Conolly. Permanecimos en silencio, como si no nos importara quebrarlo para estar cómodos. Tras un rato, abandonaste la lectura y me viste de una forma distinta; nunca había notado en ti esos ojos. Eran más profundos, como si estuvieran vestidos con saco y corbata, despojados de su cotidiana travesura.

Pediste me acercara a la cama y me tomaste de la mano. Antes de que pudiera bromear, dejaste escapar una frase para mi historia, una que nunca voy a olvidar: “Algunas puertas hay que cruzarlas solo”, sentenciaste, y luego una ligera sonrisa se asomó en tu rostro. Me di cuenta, que aún en tu dolor, en la debilidad, tratabas de darme fuerza, de hacerme ver que no necesitaba acompañantes para afrontar esa otra muerte que vendría más tarde. No hice más que enmudecer, impactado ante el momento, hasta que alguien abrió la puerta y nos arrancó de la solemnidad.

Esa noche, en tu habitación, ensuciamos con desfachatez la pulcritud del hospital y supimos olvidarnos de la enfermedad, de la muerte a la que no le permitimos ser parte de la velada. Cuando fue tiempo de la despedida, para cada quien tenías algunas palabras, algún consejo o encargo por si el quirófano te jugaba alguna mala pasada. A mí no me pediste nada, más bien les solicitase a los demás que se ocuparan de mí, que celebraran mi cumpleaños. Quizá para ti, siempre he sido un niño que necesita cuidados.

De camino a casa, conduciendo, me atreví a pensar en la posibilidad de que aquella había sido nuestra última charla. Soy un fatalista. Por suerte, sobreviviste al quirófano, pero ya no pude volver a verte, cuando el viernes siguiente, tras tu recuperación, quise visitarte, un dolor más agudo provocó que te acomodaran en un sueño del cual no despertarías.


A un año, he sido despojado de dos padres y me corresponde crecer a golpes, sin guías, sin maestros con respuestas. Hoy el viento de noviembre trae consigo los aromas de invierno; perfumes similares a los de ese miércoles nueve de noviembre, cuando la noticia de tu partida era tan dolorosa como confusa.

Sé que no quisieras más lágrimas, que nos regañarías, siempre has preferido las carcajadas. Dirías que no desperdicie páginas en ti, te escucho aconsejándome: “péguele como los grandes”, “triunfe”. Sin embargo, en estas fechas tu ausencia es más notoria y déjanos, aunque te moleste, volver a ti.

Tomaré esa obra tuya titulada El libro que resucitaba a los muertos. Ahí en donde reflejas tu amor a la literatura, a tus autores favoritos y esa fascinación por los días finales. He pensado en leerla otra vez, no sólo para disfrutar de tu compromiso estético, las metáforas o esas comparaciones que esquivan con elegancia los lugares comunes. Voy a leerlo con una intención firme, por primera vez me permitiré creer, buscaré entre sus líneas una señal, la frase justa, el secreto. ¿Habrá allí algún conjuro, una fórmula encriptada? ¿Será el verdadero libro para regresar de la muerte? Para tenerte aquí.

Por ahora, en lo que descifro el enigma, me resta quedarme con nuestros recuerdos de los días dibujados por tu imaginación y esa capacidad de entregarte a quien decidías apoyar.

Te habré citado más de cincuenta veces en este año, la frase “Como decía Carlos”, se desliza constantemente en mis labios. Habré copiado tu ritmo, tu música al hablar, robado tus bromas, contado mal las aventuras que en ti se hubieran escuchado más divertidas. No hay una intención perversa en ello, sé que lo sabes; es absurdo apropiarse de ti, creerme especial, sólo deseo mantenerte aquí un rato más, sentirte parte de una manada que amenaza con extinguirse sin un líder.

Viene aquí el agradecimiento final, por ser mi amigo, abrirme las puertas de tu casa, del mundo literario, confiar en mis palabras y, sobre todo, por quererme como a un hijo. En estos días, he podido constatar el amor de tu madre y el de tu hermano. Ambos te necesitan como nunca y aún desean verte pasear cerca de la casa, ansían el saludo en las mañanas, tu compañía, la tranquilidad para resolver cualquier problema, y, también, esas falsas discusiones que en el fondo esconden un amor que no se atreve a manifestarse de forma directa.

Me ha hecho falta tu locura en este año, acompañarte a comprar adornos  para Halloween, contarte mis novelas siempre inconclusas, mis relaciones fallidas, escucharte cansado pero al mismo tiempo con el ánimo de escribir esa obra que al fin te represente por completo. Nos hicieron falta más viajes, visitas a barberías y a ese table dance al que acudiríamos sólo con el fin de que nos trataran como verdaderos dandis. Te extraño y supongo nunca dejaré de hacerlo. Tal vez el correr de los días me permita transformar el dolor en una dulce añoranza, esa que se permite ocultar los finales siempre trágicos. Por ahora, te cuento que aún tengo miedo, mucho, como el de los niños cuando la luz se apaga. Aún me cuesta cruzar algunas puertas solo, en especial aquellas que son la entrada hacia un camino sombrío. Por eso, déjame tomarte de la mano y acudir a tu recuerdo cuando el terror me paralice, cuando no tenga ni idea de qué se trata todo esto a lo que llamamos vivir.

Orfandad, orfandad everywhere


Saca el diván

Por Edna Montes

Necesitas pensar en una trama creativa, algo diferente, que llame a la aventura. Tras un beso de las musas la idea millonaria viene a ti: debe tener huérfanos. Son terribles noticias para los padres, desde luego, aunque los personajes ya deberían saber a lo que se atienen. Necesitan traumas, mientras más profundos mejor, todo por el bien de la simetría literaria. Primer paso: quitar de en medio a los progenitores, puntos extra por crueldad.

huérfanos

Edward Scissorhands (1990)

El recurso es versátil y útil para, casi, cualquier faceta humana que el autor decida mostrar. Las variantes son infinitas cuando se trata de la orfandad. El pequeño que es adoptado por padres amorosos quienes lo restablecen luego de una paciente lucha con la bandera del amor; Las personas terribles que adoptan para maltratar y explotar a los niños; Los engendros de Satán adoptados por una familia ingenua; Aquellos que nunca son acogidos y terminan resentidos contra la humanidad o quienes a pesar de las desdichas se construyen un final satisfactorio. Todo se vale, de verdad TODO ¡Hasta huérfanos educados por simios!

huérfanos

Tarzan (1999)

Al igual que Dickens, no nos cansamos de los huérfanos. Una buena parte de la literatura infantil y juvenil no existiría si los dejamos de lado. Para ser uno no es indispensable que los padres estén muertos, el abandono es igual de funcional y efectivo (en las letras y en la vida real); de hecho, es uno de los miedos más primitivos del ser humano, una de las heridas más punzantes. Aunque, desde el lado brillante, sobreponerse a él es una de las victorias más grandes del espíritu humano. Volver a confiar, crear lazos; construir nosotros mismos lo que el azar o la injusticia del creador nos negó.

huérfanos

Orphan (2009)

Todos hemos deseado partir hacia la aventura sin que nada nos lo impida, por eso creamos lazos con los personajes huérfanos. Ellos tienen esa infinita libertad que la mayoría de nosotros no. Además, tienen la agridulce capacidad de recordarnos lo que sí tenemos y lo afortunados que somos en la vida. Si no, nos ayudan a creer que todo puede mejorar, que las familias son mucho más que sangre en común; los lazos se crean más por amor y respeto que por genética.

huérfanos

Supernatural (2005-)

Hay historias y recursos literarios que nunca pasan de moda justo porque, sin importar lo mucho que las usemos, su capacidad de conmovernos no decae. Identificarse con los personajes es también una forma de sanar. Eso lo sabemos desde la primera vez que reunimos a la tribu junto a una fogata para contar leyendas y mitos.


Canción:

Orphans- Beck:


Recapitulando:

Huérfanos

Fórmula:

El protagonista pierde a sus padres (por muerte o abandono) /Se ve obligado a enfrentar la vida solo o es adoptado/ Comienza sus aventuras/ Se encuentra con amigos y otras personas con las cuales construir un núcleo familiar o se queda solitario y eso lo vuelve malvado/ El desenlace siempre depende de la forma en que el protagonista enfrente las circunstancias de su vida.

Como lo viste en:

Fotografía: Katie Chase / Unsplash

Este libro sí es una pipa


Conversación con Joaquín Peón Íñiguez, autor de Ciudad Pantano


1.¿Desde hace cuánto escribes?

A los catorce años fui parte de una banda de rock. Sólo sabíamos tocar un cover de Nirvana, que yo interpretaba a destiempo, pero eso no me detuvo de escribir letras para un centenar de canciones. Pronto caí en cuenta de que mi futuro en el rock era tan alentador como mi futuro en la invención de la rueda, y di el salto a la literatura. Desde los quince hasta la fecha, escribo varias horas al día.

2.¿De dónde nace el deseo de hacer una obra paródica?

¿Cómo ser crítico? Esa pregunta orienta mi escritura desde la prepa y pienso problematizarla hasta el último de mis días. Esta búsqueda, que me condujo a escribir y publicar sendas pendejadas, implica una responsabilidad indeseable, pues no existe crítica sin juicio. ¿Y quién soy yo para andar juzgando? Sucede, además, que desde niño, cuando quería ser caricaturista, tengo una fascinación por el humor. Caí en cuenta de que el humor es una puesta en práctica del pensamiento crítico, y me puse a jugar al libro de parodias.

3.¿Qué obras consideras que te han influido para escribir este estilo de literatura?

Leer a Cabrera Infante fue determinante. No estoy seguro de cómo suceda la escritura,  el éxtasis de las influencias, pero admiro a Gombrowicz, Del Paso, Kennedy Toole, entre otros. Siempre regresaré a Kafka, Calvino, Perec, Dostoyevski. A Tavares me hubiera gustado leerlo antes de empezar el libro, pero no lo hice sino hasta meses después de terminarlo. Los autores mexicanos del siglo XXI que más me marcaron: Sun Ra, el Wu Tang Clan y Celia Cruz. Y, bueno, se trata de parodias, cada texto atiende al autor que está parodiando.

4.¿Cómo viene a ti la forma lúdica de escribir? ¿Es espontánea o es todo un proceso meditado y calculado?

Ambas. Sí, lo pienso mucho, cada palabra se vuelve una decisión y yo me conflictúo hasta eligiendo entre jalapeños enlatados en el súper. Inventé un proceso a la medida de las parodias. Incluía, por ejemplo, identificar el campo semántico en que se mueve cada autor parodiado. Sin embargo, también es un relajo y como tal, es espontáneo.

Joaquín Peón Íñiguez

5.¿Cómo logras que las realidades presentadas en los cuentos funcionen como parodias?

El desafío es que en México la realidad supera a las parodias. El hecho de que Javier Duarte y sus cómplices inyectaran agua, en vez de medicina, a niños enfermos de cáncer, es un hecho digno de Ciudad Pantano, y sin embargo es cotidiano, lo asumimos como normal. Ibargüengoitia, entre otros, demostró que una representación caricaturesca puede ser más cercana a la realidad que una representación realista.

Para que funcionen como parodias, debe haber una distorsión discursiva y estética entre el hipotexto y el hipertexto. Deben, además, como intuye Linda Hutcheon, desnaturalizar los valores y poner en jaque a las políticas de representación.

6.¿Hay personajes, escenarios o elementos que te cuesten trabajo parodiarlos?

Sí. Digamos que parodiar a Sábato y a Fernando Vallejo fue fácil en comparación con parodiar a Borges y a Rulfo. No creo que todos los textos alcancen su consecución como parodias de otros textos, aunque quizás sí lo hagan como alguna especie de hipertexto, como híbrido desmadroso o como parodia de otros elementos constitutivos de nuestra realidad.

7.En los cuentos hay personajes de todo tipo, pero el carácter crítico y sarcástico suele predominar en ellos. ¿Crees que hay algo de ti que se reflejo en esto?

Seguro. Estoy disperso en todo el libro. Escribir parodias también se presta a reírse de uno mismo, pues los horrores del mundo se reflejan en el individuo, y viceversa. Además, todos somos ridículos hasta que se demuestre lo contrario.

8.¿Cómo crees que vivirías tú si habitaras en Ciudad Pantano?

Si yo viviera en Ciudad Pantano, sería la misma caricatura que soy, pero con algunos de mis rasgos patéticos más pronunciados.

9.En la obra, todos los cuentos se desarrollan en Ciudad Pantano, ¿crees que podría llegar a ser una novela?

Este libro sí es una pipa.

Mamá y yo y Maya Angelou


Por Nora de la Cruz

Tengo mala memoria, pero voy a recordar esto: era 17 de junio, yo había pasado un año fuera del DF —ya ni era DF— y cruzaba a prisa la Alameda. Iba a Bellas Artes a encontrarme con mi madre, a quien no había visto en poco más de tres años. Tenía la boca seca y no podía dejar de abrir y cerrar las manos mientras caminaba. Temía encontrarla, pero también temía no encontrarla. Hay momentos así.

En cuanto me acerqué a la entrada del palacio la reconocí. Miraba al frente, nerviosa. Llevaba un vestido blanco, y un saco beige; la falda tenía tanto vuelo que se habría abierto como una flor si hubiera habido viento. Mi mamá siempre parecerá una jovencita, pensé, por su silueta pequeña y femenina, por el fleco que cae suave sobre su frente, por sus ojos asustados. Cuando estuve junto a ella noté que era unos centímetros más pequeña que yo, incluso con sus taconcitos cortos y recatados. Ella volteó de pronto, sorprendida.

—No te reconocí.

—¿Por qué?

—No sé. Te ves adulta.

Los detalles de nuestro distanciamiento y los de esa tarde no vienen a cuento. Nadie los entendería, de cualquier modo, como no los entendemos ni siquiera mi madre y yo. Pero traigo esta historia a cuento porque, a pesar de que hubo muchas personas que me aconsejaron reencontrarme con ella, no hubo a nadie a quien supiera oír hasta que llegó a mis oídos la voz paciente y tibia de Maya Angelou.

Cada mes recibo la notificación del libro que se discutirá en el club de lectura feminista fundado por Emma Watson. Es una buena forma de obtener recomendaciones de libros accesibles orientados a reflexionar sobre el género. Aunque indudablemente sus elecciones están determinadas por los límites del idioma y el mercado —se leen, sobre todo, lo que podríamos considerar novedades— suelen proponer títulos interesantes. De Angelou había leído sólo algunos poemas y las primeras páginas de I know why the caged bird sings. Sabía muy poco sobre su historia: apenas lo que se puede inferir de las circunstancias en las que crece una niña pobre de raza negra que es criada por su abuela en el sur de los Estados Unidos en una época aún menos tolerante que la nuestra. Pero me detuve porque muy pronto en esa primera autobiografía se presenta un dato importante: a Maya Angelou la abandonó su madre, y aunque esto no se decía con amargura no quise ahondar en ello. No pude.

Sin embargo, Watson propuso leer Me and Mom and Me y yo lo encontré por casualidad en la biblioteca pública, en pasta blanda y en audiolibro. Me llevé los dos. Puse el primer disco en la computadora y abrí el libro para seguir las palabras de la autora. La presentación tenía algo de conmovedor: This is the audiobook of Me and Mom and Me, by Maya Angelou, and I am Maya Angelou. En ese I am había más convicción y potencia que en muchas de las cosas que he leído. Entonces entregué mi confianza plena y a cambio Maya me entregó un secreto que yo había olvidado. Sin entrar en detalles, la verdad era ésta: si somos mujeres, nuestras madres no son sólo nuestras madres, también son nuestras hermanas. De ellas recibimos la enseñanza más valiosa que podemos encontrar para cruzar un mundo fabricado ergonómicamente para los hombres: la sororidad. Porque Angelou no recordaba con amargura el abandono de su madre, lo que relata es, en realidad, su reencuentro, años más tarde, cuando ya es una adolescente y su madre, una mujer madura, no la joven que no estaba lista para criar a dos niños.

Las anécdotas son lo de menos, aunque todas ellas son poderosas y emotivas; lo más relevante en el libro es la capacidad de volver la mirada a la madre como mujer, pero sobre todo como aliada. Eso son todas las madres con sus hijas, consciente o inconscientemente, y mucho más allá de la abnegación: nuestras madres son las primeras cómplices que nos permiten avanzar un tramo más en el camino hacia las libertades que ellas y sus madres no tuvieron. Maya Angelou me contó su historia con su voz de árbol paciente y me devolvió un lazo que no se destruye nunca, el de un amor tan libre que no se llama a sí mismo sacrificio. Este libro me devolvió una verdad simple: mamá es mujer, y a esa alianza no hay forma de volverle la espalda, pero no por una obligación judeocristiana, sino por empatía básica. Porque mamá es mujer y, como mujer, ahora entiendo lo difícil que es eso.

Instagram, el wiki libro de imágenes


Lente anónima

Por Mariana Mota

Sin importar las películas, libros o historias que consuma, no puedo imaginar con detalle las obsesiones que tuvieron mis antepasados en su día a día: al despertarse, a la hora de la comida, mientras se encerraban en el baño, durante una conversación, minutos antes de dormir. Quizás, como también ocurre ahora, pensaban en la trascendencia o felicidad. Quizás en el miedo, la envidia, la calma, el anhelo. Pero mi duda no va hacia lo abstracto de esas palabrotas, sino a algo más concreto: ¿habrá existido en tiempos antiguos un objeto que reuniera todas esas emociones, y que fomentara en el hombre la obsesión de enfrentarse a ellas constantemente, cada cinco minutos? Hoy, me queda claro, ese objeto es el celular. Y si delimito un poco más diría que las redes sociales.

Posiblemente todos tenemos una que nos vuelve más débiles, y en mi caso es Instagram: el gran Olimpo visual. En esa aplicación encuentro la utopía de la belleza constante y permanente. Gracias a la tecnología y a la inmediatez, todos somos aspirantes a fotógrafos y videógrafos, pero no se trata, en mi caso, de seguir a cualquiera que componga imágenes más o menos lindas: se trata de estilos de vida, aspiraciones, inspiraciones, posibilidades. Instagram es otra gran ficción de la que somos meros espectadores que se van involucrando con las historias que consumen. Cada cuenta es un universo de cuentos que nos contamos unos a otros sin necesidad de utilizar palabras.

Hace poco mi roomie, que solía decirme que paso mucho tiempo en la aplicación, llegó muy contenta a confirmarme que Instagram era una maravilla, pues en su clase de cocina le sugirieron algunas cuentas de chefs de todo el mundo. Hasta entonces, creo, entendió mi relación con ese infinito aparador visual.

¡Claro! Para mí no se trata de abrir una cuenta, seguir a los amigos e intercambiar cada momento del día (para eso está Whatsapp o Facebook; y como me acaba de decir un amigo, cada vez se pone más aburrida); tampoco se trata de seguir a artistas famosos que, al igual que algunos de nuestros contactos, utilizan la herramienta a manera de egoteca para mostrar si están en el gimnasio, en el restaurante de moda o en la fiesta (lo hice: un día por morbo busqué a esas estrellitas de televisa que fueron mis ídolos en la pubertad, y concluí que a las estrellas es mejor verlas de lejos para que no pierdan su brillo).

Se trata de buscar fotógrafos, videógrafos, tatuadores, pintores, decoradores, viajeros, poetas, arquitectos, chefs, alfareros, carpinteros, diseñadores; o incluso sí, un amigo cercano, que con sus apasionantes ficciones diarias fomenten nuestras obsesivas aspiraciones.

Ahora que termino de escribir esto, se me ocurre una evidente respuesta a esa pregunta con la que inicié: ¡un libro! Creo que la ficción —las historias en general— es lo que desde siempre nos ha alimentado la adicción de querer estar aquí y allá; de meternos en la vida de los otros, de vernos reflejados en espejos que no nos gustan, de aspirar a lo que no tenemos. Solo que nosotros, con las redes sociales, tenemos algo de lo que ellos carecían: la posibilidad de ser parte de esas historias y de que los demás se reflejen en las nuestras. Es como si entre todos estuviéramos leyendo, y al mismo tiempo escribiendo, la enorme historia de un mismo libro de manera visual.

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Jorge Ibargüengoitia o el arte de no escribir autobiografías


Inspirado en hechos reales

Por Édgar Adrián Mora

Esta disciplina, que me parece admirable, la he aplicado yo a mis datos biográficos con excelentes resultados. Ahora no sólo tengo un buen currículum, sino la impresión de que mi vida ha sido una serie de éxitos.

Jorge Ibargüengoitia, “El arte de escribir biografías”

En una cena a deshoras durante una feria del libro, los escritores Iván Farías, Gerardo Horacio Porcayo, Jaime Mesa y yo llegamos, tras los vericuetos de la conversación, a las adaptaciones que se han hecho para el cine de la obra de Jorge Ibargüengoitia. Desde mi perspectiva, el éxito de tales obras no alcanzan las alturas de las novelas en las cuales fueron inspiradas. Ni Maten al león (José Estrada, 1977), ni Estas ruinas que ves (Julián Pastor, 1979), ni Dos crímenes (Roberto Sneider, 1994) consiguen transmitir el humor cáustico que el novelista imprimió a las novelas en las cuales se basaron tales filmes. Hay una pérdida que puede remitir, quizá, a una de las partes fundamentales de su obra: la descripción de los ambientes y los personajes que se hacen a través de la escritura y que, en la concepción audiovisual, quedan en deuda.

Más allá de este juicio, debatible por supuesto, lo que en mí quedó fue una reflexión acerca de la posibilidad de utilizar la propia vida para enriquecer la obra escritural de un autor. Ibargüengoitia es quizá el máximo exponente mexicano de eso que hoy se denomina autoficción y que no es más que la ruptura entre la “verdad” existente entre el testimonio de la propia vida y la “ficción” que a partir de ésta se puede construir. A pesar de que el término nació desde los años setenta, es a últimas fechas que ha tenido mayor auge. Sobre esto, escritores como Javier Marías afirman: “No son autobiografías, no son diarios, no son memorias, no son actas notariales, no son biografías, no son ensayos novelados, no son novelas puras donde todo es imaginación. Pero también son todo eso. Es literatura. Son novelas. Porque ella [la literatura] lo asimila todo”.

Ibargüengoitia

El Yo utilizado por Ibargüengoitia no está presente sólo en su obra de ficción “pura”, como en su genial compilación de cuentos La ley de Herodes (Joaquín Mortiz, 1967) en donde la cercanía y complicidad de los narradores de las historias nos hacen confundir la voz de lo ficticio con la figura rechoncha y bonachona del guanajuatense, sino en extensión más afortunada, desde mi perspectiva, a las crónicas, artículos y textos periodísticos esparcidos en múltiples antologías rescatadas por editoriales como Vuelta o la propia Joaquín Mortiz. Hay en esos textos un atisbo de la personalidad “real” del autor que se confunde, de manera irremediable, con la sensación de estar leyendo algo producto de la imaginación. La teoría que construye Ibargüengoitia al respecto queda claro en textos como “El arte de escribir biografías” incluido en Viajes por la América ignota (Joaquin Mortiz, 1972) en donde afirma cosas como:

Si no ha sido uno aventurero, ni ha llegado a académico de la Lengua, puede uno poner que fue “Fundador del Grupo Basfumista”, aunque dicho grupo no haya tenido más distinción que la de no producir ningún fruto —esto nadie lo sabe—; en cambio, no es conveniente poner “ha sido recomendado de…”, o bien “es pariente de…”, o peor “fue compañero de banca de…”. Todas estas son cláusulas suicidas.

Contrasta ese tratamiento lúdico con los textos que se reconocen como abiertamente autobiográficos, en donde la pulsión de la verdad debilitan el humor y la transgresión que emanan el resto de sus textos. Por ejemplo, en “Jorge Ibargüengoitia dice de sí mismo”, incluido en Instrucciones para vivir en México (Joaquín Mortiz, 1990) el tono del texto raya en la solemnidad:

El éxito de Los relámpagos de agosto ha sido más prolongado que estruendoso. No me permitió ganar dinerales pero cambió mi vida, porque me hizo comprender que el medio de comunicación adecuado para un hombre insociable como yo es la prosa narrativa: no tiene uno que convencer a actores ni a empresarios, se llega directo al lector, sin intermediarios, en silencio, por medio de hojas escritas que el otro lee cuando quiere, como quiere, de un tirón o en ratitos y si no quiere no las lee, sin ofender a nadie —en el comercio de libros no hay nada comparable a los ronquidos en la noche de estreno.

A pesar de que la última frase del párrafo delata su estilo humorístico, no es comparable a otras joyas de su producción autobiográfica (o autoficcional, ahí está el tema para debate de posgraduados) como la relatoría que hace de la odisea que vivió al acudir a Cuba a recoger el monto del premio Casa de las Américas que ganó en 1964 por su novela Los relámpagos de agosto, y que tituló “Revolución en el jardín”, un texto disfrazado de crónica costumbrista pero que, tras una lectura atenta, se desnuda como una visión crítica y sin concesiones a lo que se construía durante los primeros años del proceso de la Revolución Cubana. Cuenta en primera persona:

Yo era celebridad en Cuba. En los diez días que estuve en La Habana me hicieron catorce entrevistas periodísticas. Catorce veces me preguntaron de qué trataba mi novela, por qué la escribí y qué opinaba de la Revolución Cubana. Las entrevistas no tenían por objeto informar a los cubanos de mis procedimientos literarios, ni de mis aspiraciones, sino simplemente informar que había un escritor muy importante, que se llamaba Jorge Ibargüengoitia, que estaba admirado con la Revolución Cubana. Los entrevistantes eran unos negros y otros blancos. Los negros me contaban que pasaban los domingos en los clubes que antes eran de los ricos, los blancos que venían con negros me decían: “él antes no tenía oportunidades, y mírelo ahora”. Los blancos que venían con blancos hablaban de literatura.

En los tiempos que corren, quizá Ibargüengoitia sería víctima de los linchamientos que ha establecido la censura terrible de la corrección política. Sus juicios abordan por igual temas como la falta de educación de las clases bajas, la pretensión ridícula de las clases altas, los estereotipos asociados a la naturaleza femenina, la simulación que se lleva a cabo en las aulas universitarias, la falsedad del prestigio que implica muchas veces “estudiar (y enseñar) en el extranjero”, la corrupción leonina de la clase gobernante, la crítica sin cortapisas al régimen de partido único, lo absurdo de la vida cotidiana.

El Yo es parte irrenunciable de su estilo. Leer sus textos periodísticos es internarse en un territorio en donde es imposible no terminar de leerlos sin tener la firme convicción de conocer un poco más al que lo que escribió que aquello que ha descrito. Es un placer tremendo acercarse a temas como la historia patria o el caos que desde entonces ya prefiguraba una monstruosa ciudad de México a través de los ojos y las anécdotas de un escritor que requiere, quizá aludiendo al primer párrafo de este texto, la posibilidad de ser convertido en protagonista de una biopic delirante. Aunque quizá esa adaptación de su vida dé como resultado un fracaso de traducción similar al que han sufrido sus obras narrativas.

Leo cada vez más acerca de la tendencia impulsada por la autoficción y de cómo responde a la necesidad de los lectores por acercarse a la verdad y a las historias “reales”. A mí me parece un ejercicio que responde, más bien, a la vanidad y el individualismo que priva en nuestros tiempos. Ejercicios que, a riesgo de ser lapidado, la mayoría son de un tedio difícil de soportar. Cuando eso me ocurre con algún texto de moda que alude a tal estrategia, siempre retorno a Ibargüengoitia. Encuentro más placer en que el ilustre cuevanense me relate el pleito que ha tenido con sus vecinos porque a uno de ellos le gusta escuchar cumbias a volumen inmoderado, que asomarme a las tinieblas y neurosis de escritores atormentados por sus contribuciones a la historia de la Literatura.

Hablar de sí mismo no es nada nuevo. Pero hacerlo y conseguir que el lector termine con los abdominales adoloridos por las risas que le provocó a lo largo de la lectura es algo que muy pocos pueden conseguir. En México, Ibargüengoitia es el más grande entre quienes lo han hecho.

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