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Todos los sonidos


Omnifón

Por Profesor Roque
Twitter: @mambosatan

En esta mi primera colaboración para este blog, inauguro esta columna bautizada con el nombre de probablemente el primer sintetizador hecho en México: Omnifón, que se podría traducir como “todos los sonidos”. Este artefacto fue inventado en los años sesenta por el ingeniero Raúl Pavón, antecediendo al famoso sintetizador Moog. El nombre de Omnifón y su implicación de “todos los sonidos” sirve de pretexto para que en esta columna se hable de música y las muchas aristas que tiene en nuestra vida. No se trata solo de rock, ya que se pretende abordar otros ritmos, cercanos o alejados, de esa música. En esta ocasión me permito escribir sobre los sellos discográficos.

Generalmente cuando se habla de sellos discográficos en la mayoría de sitios Web o revistas especializadas se contemplan los sellos “legendarios” que han sido semillero de bandas pop o jazz, a saber: 4AD, Chess, Motown, Rough Trade, WARP y otros tan sobados y repetidos en diferentes publicaciones ya sea online o físicas. Siempre se dejan atrás otros géneros porque no encajan dentro del perfil “moderno” de la mayoría de las publicaciones que tienen que ver con la música y, si acaso, mencionan Blue Note por el Jazz y la Deutsche Grammophon como ejemplo de música clásica; pero como este asunto se trata precisamente de música, les pondré algunos sellos que considero interesantes o “curiosos” por la historia detrás de ellos y lo que editaron, siendo posibles santos griales para coleccionistas de cosas raras o melómanos puros.


Choson Raekodoen

omnifon, #HistoriasSinSpoilers

Comenzaré con la Compañía Fonográfica de Corea del Norte, o Choson Raekodoen su nombre en coreano. Aunque me hubiese gustado mas que se llamara “Compañía del Pueblo Trabajador de Corea del Norte” o algo así que tanto les gusta a los regímenes comunistas.

Entre lo poco que he podido investigar acerca del origen de la empresa, dado el carácter cerrado del llamado “País ermitaño”, solo he podido encontrar que posiblemente se fundó en los años 1950s, probablemente después de la Guerra de Corea (1950-1953). Esta difunta empresa probablemente sirvió como vehículo de propaganda política del país asiático a través de canciones tradicionales del folclor coreano y de loas a los dictadores en turno (básicamente solo fueron para el Gran Líder, y el Amado Líder, o sea al fundador de la República Democrática de Corea y su hijo, respectivamente).

Esta idea me parece nada desdeñable dada la inclusión de los títulos de las canciones traducidos al inglés, el idioma del odiado enemigo del pueblo, con lo que fundamento mi hipótesis de que eran más que nada un arma de propaganda, ya que nos vamos a encontrar con encantadores títulos como: “Buenos días al amado líder”, “Las mujeres soldados difunden la semilla de la felicidad”, “Deseándole al líder que tenga buena salud”, y otras linduras por el mismo estilo, además de incluir las ediciones especiales para los festivales de los estudiantes y de la juventud internacional con números musicales tan llegadores, los cuales cito a continuación: “Pyongyang les da la bienvenida”, “El futuro será de los jóvenes y de los estudiantes”. Atención, el conseguir estos discos es más una labor de coleccionistas enfermos que otra cosa, pues el tenerlos sirven más como anécdota que de disfrute auditivo, porque difícilmente creo que alguien goce de los varios volúmenes de la banda del ejercito popular Norcoreano, con joyas encantadoras tales como la “Canción del General Kim Il Sung”, “La canción del General Kim Jong Il” (para que no se quejen de que no existe igualdad), la “Canción del querido camarada Kim Kong Il”.

Entre el cambio de tecnologías y el abandono paulatino del vinil dejando paso al Disco Compacto, sumando las locuras de los amados líderes de la dinastía Kim y su maravillosa idea de probar armas atómicas, lograron que el mundo prestara oídos no a sus canciones pero sí a la amenaza de una guerra nuclear y consiguiendo que fueran bloqueados comercialmente, y con la crisis económica y la hambruna provocada por el bloqueo comercial al gobierno de norcoreano se hizo evidente que mantener una disquera con música que pocos estén dispuestos a comprar no era viable comercialmente y desapareció en los años noventa como manufacturera de vinil y se transformo en fabricante de CDs, ahí es donde dejaron de interesarme. Aunque con el nuevo auge del disco en vinil, no creo descabellado mandar a maquilar vinilos a Pyongyang, si es que sus maquinas aún existen.

Jugoton

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Es 1947, tan solo dos años después de liberar Yugoslavia de la bota nazi, es fundada la que se convertiría en la empresa fonográfica mas grande de la extinta Federación Socialista. Podríamos pensar que por tratarse de un sello derivado de un régimen rojo lo más factible es que fuera otro caso de vehículo de propaganda política, igual que en el caso anterior con Norcorea. Pero Yugoslavia se desmarcó en 1948 de las políticas de Moscú y fue uno de los principales impulsores del llamado movimiento de países no alineados, por lo que gozó de cierta independencia y libertad dentro de sus fronteras. Precisamente por romper con la Unión Soviética en tiempo de la guerra fría es que esta disquera puede resultar interesante a los lectores por dos cosas:

Primero, al no tener acceso al financiamiento soviético se vio obligada a buscar otros mercados, lo que abrió la posibilidad de hacer negocios con el llamado “mundo libre” y el virus del rock que se gestó en EU en los años de la posguerra, junto con otros ritmos “decadentes” pudo entrar a las ondas hertzianas del país balcánico.

Comencemos con el acceso al rock, ese engendro de mal que infectaba a la juventud del mundo y los hacia bailar como posesos. Ni los mas férreos guardianes de la moral pudieron evitar su propagación hacia las fronteras donde el proletariado era el rey, y a finales de los años setenta y principios de los ochenta la juventud yugoslava también bailaba con los compilados de post-punk y new wave que Jugoton editaba, tales como Paket aranžman (Paquete tour) y Artistička radna akcija (Trabajo de Acción Artístico), que mostraban una selección de bandas nacionales que tenían un potencial comercial entre los jóvenes. El primero es considerado el segundo mejor disco de rock de Yugoslavia, además de convertirse en un clásico instantáneo, y aún es influencia para las bandas que han surgido después de la desintegración del país balcánico. La idea era tener bandas de jóvenes en sus veintes, representativas de la escena punk y new wave del país, entre las que sobresale Električni Orgazam, agrupación que hasta la fecha sigue en activo. El segundo disco es una joya a buscar entre los coleccionistas de discos en el mundo.

 

Otro de las grupos musicales que Jugoton editó y vale la pena mencionar fue Bijelo Dugme (botón blanco), posiblemente el conjunto más famoso en Yugoslavia y que además fue la banda donde Goran Bregovic comenzó sus andanzas en el mundo de la música. Aunque inicialmente fueron una banda más de hard rock, lentamente fueron virando hacia las raíces balcánicas ,lo que impactaría sobre todo en la música de Bregovic.

 

La segunda característica curiosa del sello fue que, al no tener el apoyo propagandístico de Stalin, Tito y sus seguidores tuvieron que buscar otra fuente de propaganda para su revolución social, y qué mejor que la Revolución Mexicana, generadora de infinidad de canciones y de películas que reflejaban esa lucha de pueblo sufrido levantándose hacia el burgués opresor.

Un ejemplo palpable fue la edición del llamado Yu-Mex, una serie de discos de cantantes locales que interpretaban canciones mexicanas de la revolución, gracias al impacto del cine mexicano de la época de oro que les llegó al corazón. Un poco de información acerca de esta serie de discos, que no fue única de Jugoton, ya que muchas otras discográficas yugoslavas se dedicaron a sacar discos de canciones mexicanas, puede ser vista en la pagina http://www.mihamazzini.com/ovitki/default.html que menciona algo de la música mexicana que se escuchó en los años cincuenta en esa parte de Europa Oriental. La aceptación de la música mexicana en Yugoslavia o los estados que nacieron a la posterior desaparición del país no debe resultar extraña, ya que si han escuchado a Goran Bregovic podrán notar que son músicas muy afines.

Con la desaparición de Yugoslavia se vino el ocaso de la disquera que terminó convertida en Croatia Records, y de alguna manera ha continuado editando música rock y algo de Turbo, ese engendro de electrónica, balkan beat y onda grupera: lo juro, ya que tuve la ¿suerte? de ir en un taxi por las calles de Belgrado cuyo conductor tenia su USB llena de Turbo cuando de repente apareció “Su Majestad Mi banda El Mexicano” con su Baile de Caballito mezclado a la perfección con los ritmosfrenéticos del Balkan Beat.

Falcon Records

Falcon records, #HistoriasSinSpoilers

Ya que estamos mencionando la música mexicana y su influencia en otra música no podemos dejar de lado a una leyenda en cuanto a música norteña se refiere, y más cuando se trata del legendario sello texano (Tejano and proud! como dice la raza que vive cruzando el Río Bravo) Falcon Records, fundada en 1948 en McAllen por Don Arnaldo Ramírez (Mr. Falcon). Se trata uno de los dos sellos más influyentes en cuanto a música norteña se refiere, junto con Ideal Records.

Los grupos que grabaron y fueron editados por el sello incluyen tanto mexicanos como texanos, con leyendas mexicanas como Los Alegres de Terán, Carlos y José y el gran Luis Pérez Meza, cuya música y ritmos norteños hacen que imagináramos el norte de México como si de una película del Piporro se tratara. De allende la frontera se editaron discos de verdaderas diosas musicales, como la verdadera reina del Tex Mex: Lydia Mendoza, mejor conocida como La Alondra de la frontera, cantante texana que puso en alto la música mexicana y que logró ser inmortalizada en una estampilla postal de EU, además de serle otorgada la medalla de las artes por el congreso yanqui. Otra reina que tuvo su música en este sello fue Doña Chelo Silva, la reina del arrabal, que empequeñece a Paquita la del Barrio con su música y actitud. Básicamente estamos hablando de un sello de verdadera sangre azul con tantas reinas en su catálogo.

 

Falcon también impulsa de cierta manera la naciente escena chicana, ya que de los años  sesenta y setenta graba a uno de los grupos pioneros de Texas, con un nombre de campeonato: Tortilla Factory, que por desgracia hoy en día están olvidados.

Si uno busca entre los discos editados por este peculiar sello se encontrará sorpresas como Los Chapala Beach Boys, que además de composiciones propias también tocaban covers de los Beatles. La cosecha de rock no se quedo solo ahí, ya que editaron algunos sencillos de los Teen Tops para el mercado estadounidense.

La evolución de la música norteña es bien documentada en la ediciones del virtuoso  del acordeón, el muy añorado Steve Jordan, alias “El Parche”, que incursionó en otros terrenos no tan ajenos a la polka como lo fue el rock. Una de sus actuaciones puede verse en la película que dirigió David Byrne —sí, el cantante de Talking Heads— en True Stories, donde comparte el escenario con Tito Larriva, pionero del punk en EU y mexicano inquieto que ha forjado nombre en el país vecino y su escena independiente.

No puede faltar la nota de leyenda en este sello, ya que así como Factory Records firmó a todas las bandas importantes de Manchester menos a The Smiths, el caso se repite con Falcon Records, a cuyo roster le hicieron falta Mingo Saldívar y el legendario Flaco Jiménez para de esa manera tener a los tres texanos que cambiaron la forma de tocar el acordeón.


Podcast y transmisión en vivo

Algunas canciones del genero chicano pueden ser escuchadas en el podcast del programa Omnifón:

https://www.mixcloud.com/profesor…/omnifon-12-de-junio-2017/

Cada lunes por www.psiconauta.net estaré programando de las 22:00 a las 00:00 horas diferentes géneros musicales que puedes acompañar con la lectura de esta columna.

Facebook: Omnifon

 

 

Instantánea Express 09: ganador

Con la novedad de que por primera vez tenemos un empate, compartimos los textos ganadores de la edición 09 de #InstantáneaExpress.

Instantanea Express 09, #HistoriasSinSpoilers, #InstantáneaExpress

Lo que de veras me intriga es como un dispositivo tan sofisticado como el cerebro humano, capaz de erigir rascacielos y predecir el movimiento de los astros, de componer sinfonías, de cartografiar los genes, de crear inteligencia artificial y hasta de estudiarse y comprenderse puede, por otra parte, ser tan elemental, que viva toda su vida satisfecho con las incidencias del deporte y la farándula.

¡Tanto misterio, tanta complejidad, tantos millones de años de evolución para contentarse con un gol del “Chicharito”!

Manuel Fons | Gedankenexperiment

 

GANADOR: PATRICIA BAÑUELOS

Que la razón no entiende

La Razón del neocórtex juega la final por la copa de la “Supremacía Neurológica” en cascarita pambolera contra Los Primitivos del sistema límbico. Jugadores de ambas escuadras se alinean por color en cada barra del futbolito de madera estufada medidas reglamentarias.

Al silbatazo la bola corre vertiginosa, los defensores del arco neocórtex juegan de color rojo, acomodando pases cortos de múltiples conexiones. Los Primitivos casaca albiazul, se mueven a muñequeo veloz en tonos de  insolentes decibelios.  Marcador uno-cero favor del equipo de La Razón por un tiro de precisión matemática. Los ánimos se calientan en la banca celeste, regresan del descanso crecidos venciendo al arquero escarlata con un  cañonazo  de testosterona bajado con el pecho por  su capitán.

Límbicos mantienen la posesión del esférico. Neocórtex recupera el balón e intenta acomodar por la banda derecha. El cancerbero de la portería de Los Primitivos retiene la bola antes de que el equipo de La Razón pueda rematar con la cabeza. El saque de meta lo gana el jugador de jersey rojo  número diez. Intenta una jugada de pizarrón que choca en el travesaño. Recupera de nuevo y se descuelga inteligentemente hasta la portería contraria. Una chica en minifalda pasa junto a la banca de la defensa neocórtex, el delantero  carmesí en un arrebato de libido anota en su propio arco. Los Primitivos festejan el triunfo cual cavernícolas, asegurando que  aunque Pascal está en lo cierto, la causante del autogol ni estaba tan buena.

 

GANADOR: DANIEL HERNÁNDEZ

El balón no está hecho para detenerse en la red

Cada sábado volvíamos al fin del mundo. Tenían salchichas, cerveza, y futbolitos. Íbamos por las primeras dos cosas y de paso seguíamos jugando.

Nunca usamos más de seis monedas para determinar cuál de los dos era mejor. El resultado emergía como un grito por ahí del cuarto partido. El quinto ya era ejecutor. El sexto, un mito.

Mientras jugábamos, a veces a él se le ocurría entablar argumentos en favor del fútbol. Ora “es la epitome del deporte”, ora “una recreación sana para el espíritu”. Mucho verbo para algo en lo que rara vez se necesita una sola palabra. Yo pateo, tú pateas. Verbo mudo sin predicado.

Lo confronté alguna vez, en un momento de duda, preguntándole si había considerado la posibilidad de que los dos habíamos perdido la cabeza por culpa del juego. Él pensaba que yo hablaba del futbolito, pero yo hablaba del fútbol verdadero. Aunque incluso el fútbol real se siente como rodeado por redes de mentiras.

Lo cierto es que mientras jugábamos al fútbol los sábados, imaginaba que el cansancio me rodeaba a mí también, como una red enorme. La red de todo cuanto lograron quienes han vivido desde hace siglos en la tierra. Toda su sabiduría, lo que han descubierto del mundo, enredado frente a mí. Rebotaba y volvía de esa red, alejándome, como si fuese un balón que es regresado al campo de juego por otros noventa minutos extendidos hasta ser una vida.

La red debía llevarme a algún sitio, pero jamás la seguí.

Elogio a las malas palabras


Buscando a Wakefield

Por Cecilia Magaña

El encanto de una putiza

Recuerdo la primera vez que solté una retahíla de maldiciones contra un niño que había estado molestando a mi primo Joaquín. Yo debía tener unos siete años y, por alguna razón, me tomé my en serio eso de hacerla de paladín de la justicia: le dije hasta de lo que se iba a morir e incluí palabras que no había escuchado de boca de mi madre (que siempre ha preferido groserías menores, como “pinche” ó “pendejo”, cuando alguien se le cerraba en el tráfico) o de mi padre (de cuya boca no escuché nada arriba de “imbécil”). Supongo que todo lo que le solté lo había aprendido en la televisión o en las películas, porque fue mucho y muy subido de tono, tanto que el pobre no supo qué contestar y las palabras bastaron para mandarlo a su casa, con cara de asustado.

Había descubierto el poder de las malas palabras y experimentado, en retrospectiva, mucha vergüenza: temía que alguien fuera a decirle a mis papás. El evento me marcó tanto, que aún recuerdo la expresión del niño, el barco de cemento pintado de amarillo donde se dio el encontronazo, y la sensación caliente en las mejillas.

Regresaron para quedarse

La memoria es una cosa extraña y moldeable, como la plastilina, y hoy en día no sé si aquel niño dejó de molestar a mi primo por todo lo que salió de mi boca, o si coincidió con una de las muchas mudanzas de mi infancia, dejándolo atrás. Lo que sí recuerdo es que además de la culpa, un temor se instaló dentro de mi cuando volví a usar ese lenguaje contra otro chico, en segundo de primaria: el temor a que otros niños no me consideraran una “chica normal”. Recuerdo al niño: nos perseguía con el tubo con el que removían la basura que algún adulto irresponsable (de esos que en los años ochentas no se preocupaban tanto) quemaba en el mismo patio durante el horario escolar. Recuerdo que el niño se llamaba Héctor y me gustaba. Sin embargo, por hacerme la valiente, usé mis palabras y todo se acabó. No estoy segura si lo expulsaron de la escuela (después de todo, nos perseguía con un tubo), o simplemente lo cambiaron (porque la mayoría del salón éramos niñas y el pobre era terriblemente acosado, al punto de tener que armarse, precisamente, con un tubo); lo cierto es que a partir de entonces procuré cuidarme de ser grosera. Al menos hasta que en la adolescencia entré a clases de actuación y las malas palabras volvieron.

Sin embargo, todo se quedaba en el escenario, en los personajes. En mi vida normal yo tenía un lenguaje irreprochable. Hasta que la escritura se convirtió en otro espacio en el que las groserías volvieron a tener lugar. No fue el arte lo que regresó el lenguaje soez a mi vida cotidiana, sino otra vez, un varón. Había entrado al ITESO a estudiar Psicología después de abandonar la UAG, y me encontré a un chavo que había visto de lejos en la prepa y siempre me había gustado. Yo llevaba el cabello corto y él me confundió con una chica que en la preparatoria llevaba el cabello así y era particularmente malhablada. Para no sacarlo de su error, dejé que mi lenguaje se relajara, interpretando primero al personaje y luego dejándome seducir, una vez más, por las malas palabras. “¿Qué pedo con esas fórmulas, Margarita?”, le preguntaba confianzuda a la maestra de Estadística, “¿a quién chingados le importa el puto perro de Pavlov?”, soltaba entre cigarro y cigarro en los jardines itesianos, por primera vez libre después de haber estado en pura escuela represiva.

Las malas palabras me pusieron bajo el reflector, esta vez iluminándome de manera apropiada para conquistar el corazón del chavo, quien después se retorcería de vergüenza cuando me solté como hilo de media frente a sus papás. Trabajar como maestra me enseñó a frenar el torrente de nuevo, y eventualmente, a soltarlo sólo después de ciertas pruebas: como cuando metes el dedo del pie para comprobar la temperatura del agua, antes de sumergirte por completo. Suelo ser muy propia y soltar de pronto una que otra grosería delante de las personas, para dejarme ir si me siento en confianza, porque sí: me gustan las malas palabras. Me encantan. Para mí, han sido armas, pero también rompehielos, han sido el origen de muchas carcajadas y han cumplido también la función de código para conectar con otros que también las aman.

Creo en su poder, como supongo que muchos creen en el Expecto Patronum y aunque a veces todavía siento el calor de la vergüenza en las mejillas o percibo la reprobación de quienes consideran que no solo son vulgares, sino reduccionistas, les aseguro que seguiré usándolas. Después de todo, hay cosas peores que decir una que otra chingadera.

Los autómatas


Sueños lúcidos

Por Javier Paredes

Con precisos dedos sepultó la semilla y la cubrió con un lienzo terroso. La multitud se estrechó en torno al mago, que levantó el paño con cautela. Habían pasado unos segundos solamente, pero del suelo asomaba un brote verde. El espectáculo continuó, a intervalos de cubrir y descubrir, la planta creció y dio sus frutos —dorados mangos— que fueron consumidos por un público maravillado y goloso. Ocurrió en Benares, a mediados del siglo pasado y nos lo relata John A. Keel. La explicación del acto es de una simplicidad que decepciona, algo tienen que ver en éste los amplios ropajes del ejecutante y la oquedad de la semilla que se utiliza para el efecto.

La maravilla de la India tiene su paralelo en el parisino establecimiento de Robert Houdin, donde se mostraba bajo el nombre de L’oranger fantastique; un cítrico que en su propio tiempo —tiempo del sueño, tiempo maravilloso— crecía, florecía y daba fruto. La diferencia no era sólo de especies, sino de técnica. El naranjo era un autómata[1].

Houdin, mecánico acreditado, realizó otros autómatas de singular éxito, los más reconocidos son el Ruiseñor y el Escritor-Dibujante. Es posible que el cuento de Hans Christian Andersen, el Ruiseñor, deba su parte al ingenio mecánico del francés.

Los autómatas han sido un elemento antiguo en la literatura, es conocido que están ya presentes en la Ilíada, en su canto XVIII, que relata como Hefesto tenía a su servicio “veinte trípodes que debían permanecer arrimados a la pared del palacio y tenían ruedas de oro en los pies para que de propio impulso pudieran entrar donde los dioses se congregaban y volver a la casa[2].”

La misma antigüedad clásica nos ha traído el testimonio de los escritos de Herón de Alejandría y la realidad tangible del mecanismo de Antikythera, la primera computadora analógica de que se tenga conocimiento.

La historia del autómata nos lleva a través de —por lo menos— dos senderos diversos; el de la relojería de su mecanismo y el de la imitación de los vivientes. No exploraremos —por ahora— la crónica de los engranajes, los piñones y los escapes, no se hablará por tanto de los logros de Arquitas de Tarento, del kurdo Al-Jazarí o de la Enumeración de las Extrañas Máquinas (Chhi Chhi Mu Lüeh) de Tai Jung, tampoco Leonardo ocupará nuestras indagaciones.

El juego de emulación de lo animado por lo inanimado emparenta al autómata con el Pigmalion de Ovidio, el Golem hebreo y el Frankenstein de Shelley, incluso con el Homúnculo de Paracelso, los omnipresentes zombies o —si se quiere ser menos tétrico— con el Pinocchio de Carlo Colodi; pero dada su carencia de partes móviles, engranajes y muelles, estos personajes no pueden incluirse con propiedad como autómatas de la literatura.

En tales restringidos términos, debe mencionarse como autómata relevante en la historia literaria a la Olimpia de Hoffmann, imaginada en 1817, en El Hombre de Arena, cuya belleza, encorsetada y rígida, cautivó al enamorado Nataniel, tanto como sus ojos fijos, su bailar acompasado y su perfecta interpretación al piano. Mecánico amor que llevaría a la perdición de Nataniel por obra del malvado Coppelius. “Ojos, ojos, ojos de niño, bellos ojos” serán uno de los motivos principales de este cuento tantas veces reseñado.

Otro autómata —que no por real deja de tener un interés literario— es el Jugador de Ajedrez del Barón Von Kempelen, que da título al ensayo de Edgar Allan Poe, obra de 1836, donde intenta explicar el funcionamiento del autómata ajedrecista de Maelzel. Sobre dicho ingenio nos narra El Mosaico Mexicano o Colección de Amenidades Curiosas e Instructivas:

“Revestido el autómata de un rico traje oriental, se hallaba sentado delante de un bufete [una mesilla] que se arrastraba por medio de cuatro rueditas y en su interior estaba encerrada la máquina, y el cilindro que se decía servir para darle movimiento. El Barón comenzaba por montar con grande aparato su autómata, se oían crujir los resortes y resonar como los de una péndula, y entonces se alzaba lentamente el brazo del autómata, avanzaba hasta la pieza que debía tomar, la alzaba y la colocaba sobre la casilla en que debía quedar colocada”.

Allan Poe es más práctico, no sólo describe el autómata, lo ilustra:

“El grabado de esta página da una ligera idea de lo que los ciudadanos de Richmond han podido ver hace unas pocas semanas…A la hora designada para la exhibición se corre la cortina, o se abre una puerta de dos hojas y la máquina rueda a unos doce pies de los espectadores más próximos, entre los cuales y aquella se tiende una cuerda”.

Luego de una prolija descripción del aparato —y del aparato protocolario que lo rodeaba— Poe analiza el caso, con la misma lógica impecable del detective Auguste Dupin y concluye no solamente que el ingenio es movido por una persona, sino cómo y dónde se oculta y quién es esa persona, que él identifica como un tal Schlumberger, miembro del séquito de Maelzel[1]. El análisis de Poe es de una precisión admirable, considerando los tiempos de respuesta, las probabilidades de triunfo y la conducta gestual del autómata, entre otros factores. Su lectura no tiene desperdicio e ilustra el alcance de la lógica aún desprovista de cualquier comprobación experimental.

No quisiera cerrar esta breve relación de autómatas en obras de ficción, sin mencionar, así sea de paso, a La Casa de Vapor, de Julio Verne, del año 1880, novela de aventuras que tiene como gadget detonante de la trama la existencia de un artilugio, a medio camino entre una casa rodante y un elefante mecánico.

De manera adicional, existe un libro reciente, que debe recomendarse, la Teoría e Historia del Hombre Artificial, de Alonso Burgos, publicado por la económica Editorial Akal en 2017. Su lectura —más allá de los ciborgs y los super humanos— nos pone ante la cuestión de si, en el fondo, sólo somos autómatas que saben rezar y cómo alguna vez dijo Borges, tan limitados que ignoramos cuál será el rostro con el que Dios nos mira.


[1] Vale precisar un poco el término, el autómata –en la segunda acepción de la Academia– es una máquina que imita la figura y movimientos de un ser animado. Concedamos con Aristóteles que las plantas tienen un ánima vegetal y admitiremos en esta definición a los naranjos mecánicos (con perdón de Anthony Burguess). También es conveniente señalar que autómata y robot no son términos intercambiables, diríamos ahora que el autómata tendería a ser analógico, mientras que el robot es más propiamente digital.

[2] A estos trípodes habría que agregar dos doncellas de oro “que eran semejantes a vivientes jóvenes, pues tenían inteligencia, voz y fuerza, y hallábanse ejercitadas en las obras propias de los inmortales dioses”.

[3] El jugador de ajedrez, originariamente de Von Kempelen fue transferido a Maelzel —en cuyo poder lo conoció Allan Poe—. En fecha posterior, el ingenio fue vendido a John Mitchely, quien lo donó a un museo en Filadelfia, lugar donde a la postre fue consumido por un incendio.

Mi Ilíada


Hipérbole incesante

Por Alejandro Paniagua

La Ilíada de Homero me obsesiona. Es un libro que ha determinado enormemente lo que soy. Tengo la versión percudida de Porrúa, la de Austral, la chingona de Cátedra, la de la UNAM (traducida ni más ni menos que por Rubén Bonifaz Nuño), la horrible de Fontana, la irrelevante de Gandhi y hasta la de Alianza. Hace poco volvieron a vender la Biblioteca Clásica de Gredos en puestos de periódicos y yo aparté mi ejemplar de la Ilíada en dos locales cercanos y además la compré, por pura paranoia de perderla, en otro más que la tuvo a primera hora. Así que terminé con dos tomos sobrantes.

Muchas veces vuelvo a la Ilíada, soy como un anti-Odiseo que regresa y regresa, una y otra vez a la guerra de Troya. Este año, qué gran dicha, volví a los muros “impenetrables” de la ciudad, acompañado de la mera banda de los aqueos.

Una de las mejores partes de la Ilíada es su arranque. Para muchos, el inicio del libro representa los mejores versos de la poesía universal:

“La cólera canta, oh diosa, del Pelida Aquiles,

maldita, que causó a los aqueos incontables dolores

y precipitó al Hades muchas valientes vidas”.

Al buen Aquiles se le llama Pelida porque es hijo de Peleo. Me encanta que, a partir de ese concepto, en México, los cultos carrilleros se llaman entre sí: Pelonidas, Chingadidas y hasta Putidas.

Uno de los pasajes de la obra de Homero que siempre me hace estremecer sucede en el Canto V, cuando el simple mortal Diomedes hiere a la elevada diosa Afrodita.

“Y cuando la alcanzó (a Afrodita), tras acosarla entre la densa multitud,

entonces el hijo del magnánimo Tideo (Diomedes) se estiró,

saltó con la aguda lanza y la hirió en el extremo de la mano delicada.”

Un hombre haciendo sangrar a un Dios me parece una idea temeraria y sumamente estética. Siempre que leo el pasaje termino pensando de qué otras maneras podríamos los hombres afectar a los dioses. ¿Será posible hacer reír a una divinidad, o hacerla cambiar de opinión, o masturbarla, provocarle una jaqueca, hacerla llorar, jugar Turista Mundial con ella, traicionarla, estafarla por una fuerte suma de dinero, acosarla sin compasión en la pista de los carritos chocones, ir de compras con ella y preguntarle si nos vemos gordos o gordas con unos pantalones de mezclilla, ver una serie de Netflix sin ella y luego simular sorpresa cuando miremos los episodios a su lado, envenenarla poco a poco, sacarle la lengua, recetarle un ibuprofeno o un antiepiléptico, ganarle jugando a Las Traes, sugerirle con discreción que tiene un moco en la nariz, hacerle un amarre, acribillarla, sacarle los ojos, pedirle que corrija el estilo y la ortografía de nuestra nueva novela, o incluso secuestrarla, cortarle un dedo y pedir un rescate por ella? No lo sé.

Uno de los personajes del poema que más me fascina es Menelao, el cornudo por excelencia, el mítico hombre engañado. De hecho, la Guerra de Troya comienza por su culpa. Helena, la mujer más bella del universo y esposa de Menelao, es seducida y raptada por el pinche Paris, troyano galán y bastante mamón. Los griegos entran en guerra con los troyanos, ya que quieren recuperar a Helena. Siempre que Menelao aparece en el poema, yo pienso en aquella feísima canción, cuyo coro asegura: “Y que no me digan en la esquina: el Venao, el Venao”, sólo que en mi cabeza, la pienso de esta forma: “Y que no me digan en la esquina: Menelao, Menelao”.

Menelao es ninguneado constantemente en el libro:  por su hermano, Agamenón, por Paris, por los otros aqueos, por su esposa, por el mismo Homero. Todos lo menosprecian, a pesar de su magnífico desempeño en la guerra (se bate a duelo con Paris y casi se lo chinga; recupera el cuerpo de Patroclo, el chile de Aquiles; es el primer aqueo que tiene el valor para ofrecerse como voluntario en un duelo contra Héctor). Nunca he comprendido por qué lo menosprecian tanto. La palabra “Menelao” es tan insignificante que incluso, cuando yo escribí en la universidad un ensayo sobre este personaje, el corrector de Word sustituyó, sin avisarme, cincuenta y siete veces el término: “Menelao”, por el imperativo guapachoso: “Menéalo”. Pobre hombre, de verdad.

Otro momento que me pone la piel chinita sucede en el Canto XXI, cuando Aquiles lucha contra un río que tiene vida, conciencia y habilidad de combate.

“Y el río atacó a Aquiles, alzándose impetuoso y turbulento…

… Y la brillante ola del río, acrecido por las aguas del cielo

se elevaba enhiesta y estaba a punto de destrozar a Aquiles”.

Mientras leía estas líneas me hice unas preguntas que me parecieron muy bellas: cuando un río es herido, ¿sangra piedras?, ¿o sangra peces? En el caso del río de la Ilíada, quizá su sangre estaba conformada por los despojos de los muertos que fueron arrojados a sus aguas. Después seguí divagando sobre el tema y me imaginé a un río que, de pronto, cobra vida y se da el tiempo de reflexionar acerca de la existencia del universo, acerca de las aguas que conforman su cuerpo, y acerca de lo volubles, cambiantes e impredecibles que somos los hombres. Estuve seguro de que aquel flujo viviente terminaría por concluir lo que sigue: Un río no puede bañar dos veces, con sus aguas, a un mismo hombre.

En el Canto XIX, Janto, el caballo y amigo bronco de Aquiles, le advierte al héroe sobre su futura muerte en la guerra de Troya. El augurio es este:

“Tu destino será sucumbir por la fuerza ante un dios y ante un hombre”.

Yo pensé, después de leer la sentencia, que sería muy chingón que una diosa dotara de voz humana a mi perrita para que predijera mi futuro y me hiciera saber, por ejemplo, qué concursos literarios podría ganar y cuáles de plano, no. Y ya poniéndonos muy animistas, estaría increíble que mi PlayStation 4 me dijera qué juegos de video me van a gustar y cuáles no, para evitarme gastos innecesarios.

El final de la Ilíada siempre me ha parecido un tanto anticlimático, (spoiler alert) en los últimos versos del poema se narran simplemente los funerales de Héctor, el mejor combatiente troyano, quien muere a manos de Aquiles. Pero no sabemos más de la guerra ni de los otros personajes. No se hace referencia a la última batalla de Troya, ni se nos cuenta la muerte de Aquiles por una flecha clavada directamente en su infame tendón. Ni siquiera sale el Caballo de Troya. Así que siempre que lo leo me invento en la cabeza mi propio desenlace.

Esta vez no fue la excepción.

En mi mente todo acabó con una terrible batalla estilo King Kong vs. Godzilla, sólo que protagonizada por la terrible Escila y el bestial Caribdis. Uno atacaba con sus remolinos a su rival y la otra contraatacaba con sus aullidos supersónicos. Mientras los monstruos se daban de golpazos, los aqueos y los troyanos corrían despavoridos para no perecer aplastados. Debido a la fuerza de sus madrazos y de sus revolcones, las bestias terminaban por derrumbar los muros de la ciudad y por destrozar las naves griegas. A los combatientes de ambos bandos no les quedó otro remedio que trabajar juntos. Construyeron entonces el Caballo de Troya, pero ya no como un artífice engañoso, sino como un precario robot gigante, estilo Mazinger Z o los Power Rangers, que fue capaz de matar a los monstruos y hacer que la oscuridad cubriera sus ojos. Sonreí al pensar que ese sí hubiera sido un final épico e inesperado para el poema de Homero.

Sólo quiero ser normal


Saca el diván

Por Edna Montes

¿Quién les dijo que me escogieran a mí? Poderes extraordinarios, habilidades más allá de tus sueños, la capacidad de salvar al mundo… ¡patrañas! Lo importante es el aburrido trabajo de oficina durante ocho horas cada día, no tener que preocuparte por cuál de tus seres queridos será la próxima víctima de estos “dones”. Es que llega al punto en que uno no puede ni lavarse los dientes a gusto.

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Porque, claro, si tu vida se vuelve fantástica lo que tenías en mente era pegarle al premio mayor de la lotería o mínimo volverte influencer y ganarte la vida a base de selfies. Nada de ir salvando niños indefensos en zona de guerra o detener la invasión alienígena en turno. La lista de calamidades posibles continúa en aumento a cada minuto, al menos cuando eres normal sabes donde están los límites. Entiendes lo que se espera de ti, o mejor aún: que ya nadie espera nada de ti.

¿Necesitan que salve el mundo? ¡Pues no! Que se rasque con sus uñas.

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Este mecanismo narrativo es común en la Fantasía y la Ciencia Ficción, se trata de un punto decisivo en el que nuestro protagonista debe aceptar el cambio inevitable en su vida. Los nuevos poderes o misiones van tan ligados a su ser que le es imposible deslindarse de ellos. Por ende, todo aquello que conoce debe modificarse también. El nivel varía desde la sencilla comprensión de que la cotidianidad como la concibe ya no existe hasta la muerte de un ser amado. Creo que ese nivel de shock haría desertar a cualquiera.

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Luego de fracasar miserablemente en fingir normalidad, (seamos sinceros, ya no hay marcha atrás) viene la epifanía: no todo gira a tu alrededor. Es terrible que sufras, pero tanto los héroes como los elegidos puede aprender una gran lección de madurez de la gente “ordinaria”. Sin importar tu azote, es hora de crecer, dejar de lado tus problemas y hacer una diferencia.

Esta fórmula ya es un cliché, no obstante, nos encanta. Quizá porque nos recuerda que ninguna vida es “normal” ni ordinaria, todos podemos ser los protagonistas de nuestra propia historia y volverla épica. Todo es cosa de imaginar más y mejor.

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Canción:


Recapitulando:

Sólo quiero ser normal
Fórmula:

El protagonista recibe poderes o una responsabilidad extraordinaria/Ese don destruye los elementos cotidianos de su vida/ Tiene una crisis en la que desea volver a ser “normal”/ Renuncia temporalmente a sus nuevas responsabilidades/ Descubre la importancia de sus poderes/ Los acepta e incorpora a su vida/ Salva el día.

Como lo viste en:
  • Bleach (Anime, Studio Pierrot, 2004-2012)
  • Neon Genesis Evangelion (Anime, Gainax, 1995-1996)
  • Basilik (Anime, Gonzo, 2005)
  • Casi todos los comics de superheroes
  • The Dresden Files (Libros, Jim Butcher, 2000 a la fecha)
  • El Señor de los Anillos (Libro, JRR Tolkien, 1955)
  • Practical Magic (Película, Griffin Dunne, 1998)

Andrés Neuman: certezas y dudas


Orilla de letras

Por Rodrigo Chanampe

Neuman, #HistoriasSinSpoilers

No sé por qué intento respirar tu rastro cuando la lluvia perfuma el polvo, ansioso de encadenarte a mis pulmones. No sé por qué convoco al pasado, si estoy seguro que es un inválido sin ruedas. No sé por qué acaricio a los gatos como si buscara un secreto medieval en sus ronroneos. No sé por qué desconfío de los dioses, necio a darme cuenta que son tan necesarios como las caricias de un mentiroso amante. No sé por qué insisto en escribir, edificar párrafos endebles sin inquilinos.

En su poemario, No sé por qué, Andrés Neuman ejecuta un juego reflexivo y se aventura a cazar respuestas. No sé por qué venero la pornografía, es el verso inaugural del texto. Aquí el autor, descubre la fascinación por el salvajismo, la seguridad que brinda la distancia y el placer tan cómodo encontrado en la soledad.

En otro poema, afirma que las urnas funerarias son grandes ceniceros. Neuman se reclama su pasión por el cigarrillo a pesar de ver a su madre morir de cáncer, me desprecio cada día por no salvarla en mí. Así, la obra regala grandes sentencias y en ellas se revela un escritor que apenas a sus cuarenta años posee la experiencia de un mago de blancas barbas. Los poemas son un partido de tenis en donde el saque presenta la interrogante y la solución será ese punto ganador al que le aplaudimos con la boca abierta.

Para Andrés, hacer el amor no es broma, aunque se pregunta por qué reímos al entregarnos al otro, ¿será por las posturas carentes de elegancia?; pero al mismo tiempo, sabe que en el acto rozamos con la punta del pie un paraíso.

Neuman también indaga sobre la insistencia de las lagartijas, el desequilibrio de los cuadros, la utilidad de las comas, el tiempo perdido en internet y los besos enjaulados en la humedad de los labios. También se sorprende al darse cuenta que lloramos mejor con las películas/que con el argumento de la vida propia. Sin duda, es más fácil ser espectador que personaje; cuando las lágrimas son nuestras, resultan sobreactuadas o demasiado contenidas, sin la práctica de los grandes histriones.

Pero así como se cuestiona el llanto, hay un poema impactante, tal vez uno de los mejores de la obra. No sé por qué me río si me consta la muerte. Ante esto plantea tres hipótesis: reírse es un método exorcista, la risa es un buen truco/para que el cadáver desaparezca del escenario y reírse/es agradecimiento/celebración de los ausentes/que alguna vez también se divertían. Esta última, me resulta la más gratificante, con nuestras bromas los fallecidos cobran vida, recordamos su esencia, la mirada encendida al ser parte de una carcajada galopante. La risa como escudo indestructible, como música que acompaña a todas las vidas desde el inicio de los tiempos.

Para el ocaso de la obra, aparece un cuervo que persigue al autor y él tampoco sabe el porqué. Es el mismo, nos cuenta, que oscureció el verano de Van Gogh, ese de Poe graznando nunca más nunca más. Al ave, Neuman le pide durar un poco más un poco más un poco. Aunque sin especificar el para qué de la demanda, al final del libro nos es bastante clara la misión del autor: mientras esté con nosotros, nos compartirá verdades vestidas de dudas; el argentino es un explorador y bucea para resolver misterios.

No sé por qué, Andrés, encuentro en tu poesía tantas certezas, motivación, el goce de encerrarme en un libro y no salir de ahí. No sé por qué, Andrés, aún creo en el amor, en el mundo mejor que soñaron nuestros padres, en la alegría, en festejar cumpleaños y abrazar a los seres que nos reparan el corazón; no sé por qué aún espero los besos que anhelan eternidad como si desconociera la fugacidad de la belleza. No sé por qué, Andrés, a pesar de tantos golpes, aún no me enfermo de cinismo; será que la sonrisa me es útil para espantar a la gramática torturadora, al cansancio, a esas mujeres que, como diría Girondo, no saben volar; pero en especial, la mueca me sirve para engañar a los cuervos, aquellos que cuentan nuestras horas.

 

Tres momentos de oscuridad


De la música y sus asuntos

Por Luis Martín Ulloa

1. Hace unos días, junio 2017

Estoy leyendo acostado en mi cama, la noche nublada me ha hecho sacar por fin el cobertor. También traigo puestos los audífonos oyendo una lista del Spotify, porque quería dormir pronto y la música me arrulla. Y además porque el libro no amerita tanta atención. Ya es tarde, siento que estoy a punto de cabecear, pero el ruido repentino de la lluvia me despabila. Empieza suave, con un preámbulo de relativa calma, pero va subiendo poco a poco de intensidad hasta ser una tormenta, con el viento cimbrando la puerta de mi balcón. Apenas estoy diciendo “ojalá no se vaya la…”, cuando tras un estruendo en la calle, se apaga el foco y me quedo en completa oscuridad, en suspenso, con el libro en las manos. El instante coincide con el fin de una canción y los breves segundos antes iniciar otra. Y enseguida se escucha la voz grave, profunda, de Antony (hoy Anohni) cantando Hope there’s someone who’ll take care of me, when I die, will I go. Me da un escalofrío, aunque esté bien abrigado.

 

2. Algún día de abril de 2003

Entro al Museo Tamayo, pocos minutos antes de que cierren. Está la exposición de Douglas Gordon. Paso rápido (pero no tanto) por las salas, para alcanzar a ver todo antes de que me saquen. Avanzo por una y otra, y no me encuentro a nadie. Creo que soy el único visitante en ese momento. De pronto en una vuelta, hay un salón cuya entrada está cubierta por una cortina oscura. Me asomo y enseguida se prende una luz: una flecha me indica avanzar hasta el fondo el salón donde está pegada a la pared una hoja que es, supongo, la ficha de la pieza que estará en algún rincón por allí. Pero no hay nada. Empiezo a leer el párrafo, que se llama precisamente “30 seconds text”. Explica que un doctor en 1905 hizo un experimento donde trató de hablar con las cabezas de algunos hombres que habían muerto en la guillotina. Después de varios intentos, concluyó que después de separar la cabeza del cuerpo, ésta podía abrir de nuevo los ojos y mirarlo efectivamente por un lapso de 25 a 30 segundos. Justo cuando leo que ése es el lapso en que espera el artista sea leído el texto presente, se apaga la luz en el salón. Busco a tientas, con los brazos extendidos hacia adelante, la salida. Siento que se me erizan los vellos de los brazos.

 

3. Algún día de agosto de 1994

Como nadie de su familia quiso acompañarlo, yo voy con un amigo a la exhumación de su padre. Hay un problema, una confusión de cuerpos o fechas, o con la propiedad del terreno donde está, y es indispensable desenterrar el ataúd. Llegamos a la oficina del panteón, donde ya están listos los dos trabajadores que se encargarán de la tarea. Nos preguntan repetidamente si nomás vamos nosotros. Por fin llegamos a la fosa, que ya tiene toda la tierra retirada y sólo se ven las lozas. Pero ellos realizan su labor en varias etapas, no sé si realmente por las razones que arguyen (“no es bueno que salgan así de repente todos los humores”) o porque no quieren fatigarse. Desde el momento en que empiezan a retirar las lozas, el corazón se me acelera. La verdad es que no sé si pueda soportar el proceso completo. Pero sí, en parte por solidaridad con mi amigo y en parte, claro, por el morbo tremendo que me da presenciarlo todo. Aguanto cuando sacan el ataúd y lo colocan así sobre el pasto, en la superficie. “Ahorita volvemos”. Nosotros nos quedamos en completo silencio, sin poder apartar la vista de la caja metálica oxidada, descarapelada. Aguanto cuando regresan los panteoneros y por fin lo abren. No nos quitan la vista de encima, “no, pues la gente no aguanta todo esto, hasta se desmayan”, nos dicen admirados. Aguanto cuando vemos el cráneo descubierto, desnudo, totalmente negro, como si fuera de carbón o de obsidiana. Cuando seguimos la línea del cuerpo y descubrimos que parece que se va blanqueando, que en algunas partes de lo que eran las piernas aún hay pedazos de algo adherido a la tela húmeda. Cuando (el culmen de la osadía) deben comprobar que esté allí el aparato que sustituyó en vida su rodilla. Pero cuando retiran la tela empapada y dejan al aire los restos, llega una ráfaga que arranca y esparce un olor que no puedo describir (aún ahora). Y entonces sí me retiro algunos metros.

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Netflix: de la palabra amor y sus derivados


Lente anónima

Por Mariana Mota

Acuñar el término amante exclusivamente a las personas quizás sea un poco reduccionista. Y, por otro lado, dicen que el excesivo uso de la palabra cae en la exageración y el absurdo: el amor es privilegio para personas, o seres vivos; no para objetos. Uno no ama los frijoles, la montaña o los vestidos; pero sí al papá o a la esposa. Y ya no digamos cuando saltamos de una expresión simplona como amo Netflix a una enfermiza como Netflix es mi amante. Yo soy otra de esas tantas enfermas que así lo dirían.

Algunos incluso se apropian de la carga activa de la relación al decir soy amante de los tacos, como si fueran ellos, los individuos, quienes brindan el placer al alimento; a mí me parece que funciona al revés: hacerla mi amante significa que es ella, la plataforma digital en este caso, quien me satisface a mí, mientras que yo pasivamente me dedico a recibir. Evito hacer planes en el exterior, me desvelo, disminuyo mi tiempo de productividad; todo porque sé que algo en ella me va a erizar la piel, o me va a acelerar el pulso, o al menos me va a entretener: efectos que provoca un amante en su amado.

Y como cualquier relación basada en el placer, existen ciertas rutinas sagradas que funcionan distintamente para cada tipología: solteros (que son completamente libres en la elección de su programación y que quizás pasen un tiempo excesivo en la plataforma), casados/arrejuntados (que, aunque puedan seguir programas de manera individual en sus tiempos libres, generalmente se aplastan en la cama o en el sillón juntos, van comentando lo que observan y hacen pausas para los besitos y caricias), roomies (que gozan de la individualidad sin remordimiento y la mezclan con la compañía ocasional o frecuente y recomendaciones del otro). Y como buen amante, también provoca remordimientos: cuando la elección fue azarosa y terrible, o cuando se invierte más tiempo buscando que viendo.

Además de ese ritual sagrado que se genera en el espacio donde reposa la televisión o la computadora, hay relaciones muy íntimas con la pantalla de cada aparato: el universo de posibilidades es tan vasto que, aunque en seis días me puedo echar una temporada completa de una serie que acaban de subir, un par de días después suben trece capítulos más de aquella otra que me eché hace seis meses y cuya historia ya no tenía tan fresca.

Una y otra van desfilando las temporadas (y películas y documentales, por supuesto). Ahorita, por ejemplo, me divierte la quinta temporada de Orange is the new black, y me fascina la primera de Mr. Selfridge (que ya tiene cuatro temporadas pero que apenas descubrí.¡Largo camino por recorrer!). Y mi espíritu ansioso espera la tercera de How to get away with murder, la cuarta de Bates Motel, la segunda de Jessica Jones, la tercera de The affaire, la séptima de The walking dead. Y prefiero dejarme sorprender cuando encienda la televisión y vea las palabras mágicas: nuevos episodios; contrario a muchos que investigan y saben si esas temporadas tan esperadas llegarán, o si el rating no dio para eso. El factor sorpresa aumenta la satisfacción.

El festival de Cannes podrá iniciar guerra contra Netflix, y tendrá sus razones válidas, pero de que es un mejor amante el formato digital, inmediato, multi-sala e igualmente internacional, lo es. Para mí sí, y creo que para otros tantos millones de personas también. Y ya le estoy echando el ojo a HBO: ¡las posibilidades se multiplican y un tiempo valioso escurre en mi sillón!

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