Autor: Editorial (página 2 de 34)

Además de los descuentos en nuestra #TiendaEnLínea, en compras mayores de $150 el envío tiene 50% de descuento, y gratis en compras mayores de $300.
¿Ya sigues nuestro #Instagram?: http://ift.tt/2DSteK6

Agenda para los últimos días


Inspirado en hechos reales

Por Édgar Adrián Mora

Tal vez para escribir hay que empezar por el principio
y el principio es cambiar nuestra actitud vital,
cambiarla totalmente,
ya lo sabes,
hay que enterrarse un poco para llegar a las raíces.

Luis Rosales,
“Sobre el oficio de escribir”

 

Entre 1959 y 1992 hay más de tres décadas. Pero a ambos años les une algo que resultó transformador para quienes vieron sus vidas sacadas de la normalidad que habían construido hasta esos momentos. En 1959, Anthony Burgess es notificado de que padece un tumor cerebral y los médicos le presagian, con buena fortuna, solo un año de vida. Acosado por la inminencia de la muerte, el célebre autor de La naranja mecánica entra en una fiebre creadora impulsado por una idea altruista: legar a su esposa la suficiente cantidad de libros como para permitirle vivir de manera decorosa el resto de su vida con el producto de los derechos de autor. En Ya viviste lo tuyo (Grijalbo, 1993), su autobiografía iniciada precisamente en el año del anuncio fatal, relata su plan:

Seguí adelante con la tarea de convertirme en escritor profesional de corta duración. El término profesional no está aquí empleado para significar un alto nivel de dedicación y rendimiento: implicaba entonces —como ahora— el desempeño de un oficio o menester con el doble fin de pagar los alquileres del piso y de comprar alcohol. […] El ejercicio de una profesión supone disciplina, lo que en mi caso equivalía a la producción de cinco folios diarios pasados a limpio, incluyendo fines de semana. No tardé en descubrir que, empezando temprano, podía completar la cuota del día antes de que abrieran los pubs. O, si no, siempre había un alborozado periodo nocturno, tras la hora de cierre, para que los vecinos pudieran golpear las paredes en señal de protesta por el febril tecleo de la máquina. Cinco folios diarios arrojan un total de 2027, o, digamos, 2500 al año, apretando un poco la marcha, sin esforzarse demasiado. Lo cual nos da, si las matemáticas no engañan, diez novelas con un promedio de 250 páginas cada una.

De más está señalar que su meta de producción durante ese año febril no llegó a concretarse. En lugar de las diez novelas, alcanzó a escribir solo cinco “y media”, entre las que se encuentran El doctor está enfermo, La semilla anhelada y El derecho a una respuesta. La “media” novela de ese periodo se convertiría después en la obra que Stanley Kubrick recrearía en su magnífica adaptación al cine. A pesar de los presagios terribles, Burgess sobrevivió hasta 1993, año en que falleció a causa de un cáncer de pulmón. La esposa, a quien buscaba proteger de las penurias que su ausencia suponía podrían generarle, murió varios años antes que él.

En 1992, por su parte, Roberto Bolaño recibió la noticia de que padecía una enfermedad hepática que solo podría curarse a través de un trasplante de hígado. Durante once años cargó sobre sí el padecimiento del cual falleció sin que el ansiado donante del órgano hiciera su aparición. A decir de sus propias declaraciones, y a diferencia de Burgess, no tuvo una iluminación frenética que lo impulsara a crear obras destinadas a la manutención de su prole; aunque a la larga la explotación de los trabajos que él consideraba terminados y que entregó a la editorial Anagrama antes de su muerte, se haya mezclado con los beneficios de los manuscritos que los herederos siguen entregando para acrecentar el catálogo de sus obras. En una de las últimas entrevistas que dio para la revista Playboy expone su opinión con respecto de la muerte y de la inminencia de esta en su vida:

Playboy: ¿Qué cosas de su carácter cambió la enfermedad?

Bolaño: Ninguna. Supe que no era inmortal, lo cual, a los treinta y ocho años, ya iba siendo hora de que lo supiera.

Playboy: ¿Qué cosas desea hacer antes de morir?

Bolaño: Ninguna en especial. Bueno, preferiría no morirme, claro. Pero tarde o temprano la distinguida dama llega, el problema es que a veces no es una dama ni mucho menos es distinguida, sino más bien, como dice Nicanor Parra en un poema, es una puta caliente, que es algo que hace dar diente con diente al más pintado.

Lo que me interesa de esta contraposición no es discutir acerca de lo que para cada uno era importante en el momento cuando a ambos se les revela la inminencia de la muerte. Me interesa más una reflexión que debería interesar a aquellos que nos dedicamos (o pretendemos dedicarnos) al arte de la escritura y que quizá sea una pregunta que roza el lugar común (como aquella de los discos que uno se llevaría a una isla desierta o cosas similares): si tuviéramos certeza del momento de nuestra muerte, ¿seguiríamos escribiendo? ¿Cuáles serían las motivaciones para continuar haciéndolo?

En tiempos en donde se requiere un reconocimiento ya forjado y una posibilidad de producción similar a la de un, digamos, Stephen King, pensar en dedicar el tiempo que nos resta a escribir para dejar un legado económico parece más una idea romántica antes que una realidad palpable. Quien se dedique a llenar páginas mientras la “putilla del rubor helado” se acerca, refleja sin asomo de dudas algo que puede llamarse “vocación”, una pulsión que proviene de adentro de las personas y que encuentra en el arte la posibilidad de redimir el tiempo que se ha pasado sobre la Tierra. Pero, quizá me equivoque, el número de personas que dedicarían sus últimas horas a entrecerrar los ojos frente a la pantalla de la computadora no puede ser tan grande como nos gustaría imaginarnos.

De manera personal no tengo respuesta. Ante la desaparición inminente no tengo claro qué papel tendría mi escritura. No me alcanza para discernir la actitud que tomaría ni las acciones que llevaría a cabo. Quizá me alcanzaría la resignación y el abandono: pasar los últimos días postrado mirando películas y leyendo libros postergados a lo largo de la vida. O, como el protagonista de Leaving Las Vegas, tal vez buscaría la energía para impulsar una farra prolongada y mortal; morir como nunca he vivido, como un rockstar. Es probable, también, que en búsqueda de llegar a ese momento en paz (esa idea que nos construimos de la misma) intente reencontrarme con las personas a quienes considere importantes en mi vida y me despida de ellas con una cerveza, un café o una buena comida de por medio. Otra posibilidad es que decida que la discreción sea lo más adecuado y haga mutis de la manera más digna; adelantar el momento fatídico para no enfrentar las expectativas, esperanzas y deseos humanos al acercarse al último umbral.

Pero también cabe la opción de dedicar esos últimos alientos a escribir, a leer (no concibo una actividad sin la otra), a pasear con mi perrita, a besar a mi amada, a dejar que el vaho que se junta en el espejo después del baño desaparezca por sí solo, a escuchar con atención la música que me despertó sensaciones momentáneas y que la prisa no me permitió apreciar en su totalidad, a caminar por lugares en donde nunca lo he hecho.

Lo que al final resulta triste, para mí al menos, es pensar en hacer todas esas cosas solo cuando la Muerte aparece como algo inmediato. Lo que nos hace distintos de los demás seres vivos es la sapiencia de la muerte como algo inevitable; pero en la necedad de concebirnos como seres a semejanza de dioses pensamos que siempre está lejana o que, en soberbia mayúscula, nunca llegará. Solo cuando su sombra se proyecta en nuestra vida de manera nítida nos damos cuenta de lo genial que es, la mayor parte del tiempo, estar vivos. Eso nos permite, por ejemplo, escribir al respecto.

“The Shape of Water” o todos los monstruos, el monstruo.

Cuando empezó el mes de diciembre del año pasado yo apenas aterrizaba en Mérida con la firme idea de descansar por lo menos un mes, pasar tiempo con mi familia, cargar la pila, dejarme envolver por el terrible frío peninsular de 25 °C y esperar que el año arrancara con las chambas habituales. El destino quiso otra cosa y haciendo la historia larga corta, acepté viajar de nuevo a un par de proyectos fuera de la ciudad. Esa pequeña distracción me sacó de la posibilidad de ir al cine y me salvó, de cierta manera, de la ignominia de tener que procesar las fiestas decembrinas —y dejar asomarse la misantropía que me envuelve de verde y rojo en esas fechas—, pero a cambio, me puso en un estado frenético para asistir dos proyectos de campañas publicitarias que, ahora que lo veo con mayor claridad, hacen que siempre se me salga el monstruo.

El monstruo, pienso yo, no es bueno ni malo. Depende de la circunstancia. Sin embargo, es un monstruo. Tiene cara de perro enojado, pero mueve la cola. Grita en los momentos oportunos, pero cuenta chistes. Es impredecible, pero siempre saca la chamba. Un hijo de puta, pues. A mí no me cae mal, pero a lo largo de los años he encontrado que a mucha gente le incomoda muchísimo verme en ese estado. Prefieren el  más humano, más sonriente, más accesible.

Me doy cuenta también que este asunto de los monstruos internos es una generalidad: todos tenemos uno y más o menos con cierta frecuencia lo dejamos salir a pasear libremente aun sabiendo las consecuencias que implica. Yo respeto mucho esos momentos en las personas. La vida que vivimos, honestamente no da para menos.

Pero una vez terminado el arranque prematuro del 2018, regreso a casa y finalmente puedo ir al cine. Me toca ver The Shape of Water (Guillermo del Toro, 2017). Aquí, Signore del Toro nos regala una pieza acuática de una belleza perturbadora. Podría hablar ahora de todas las bondades estéticas, la perfección de la técnica, la meticulosidad jazzera del soundtrack, los homenajes escondidos, las referencias, pero como todo eso es subjetivo y responde a lo que cada uno considera bueno o acertado (ya hay hasta quien lo acusó de plagio, ¡ja!) me quedo con una sola cosa: el monstruo.

Y es que del Toro, con una mano con más de 25 años creándolos, perfeccionándolos y compartiéndolos, y un ojo que sabe verlos y contarlos, nos dice que está bien añorar, tener, querer ser, amar un monstruo. Nos dice cuán necesarios son para separarnos de la caótica marea de mierda de este mundo, nos cuenta de sus poderes de sanación, de la compasión de la que se alimentan, de la irreductible fuerza amorosa que motiva sus acciones. De alguna manera, nos enseña a amar a los monstruos ajenos, y con eso nos señala lo importante que es amar los propios, procurarlos, alimentarlos, escucharlos, aprender de ellos.

Miro en el calendario los meses por venir y siento un desconsuelo mayúsculo en los pantanos más profundos de mi alma. Mis oídos sangran con la canción del movimiento naranja. Los planteamientos de las sabandijas que van a gobernarnos a partir de diciembre cada día me parecen más descarados y ofensivos. Los que se hacen llamar independientes solo porque renunciaron a sus mafias cuando no les dieron lo que quería me parecen los peores de todos. Llamo a mi monstruo interior, lo convoco, le pido ayuda. Mi monstruo me dice que él se encarga, que todo va a estar bien. Que esa monstruosidad llamada política mexicana tiene sus días contados.

Con esa certeza, me dispongo a disfrutar de este invierno peninsular. Leo el periódico: al precandidato del PAN a la alcaldía de Mérida lo detienen en el retén por conducir en estado de ebriedad. Eso sí: los monstruos no deberían manejar. Punto.

Gisela y el lenguaje de los cumpleaños


Los lenguajes de Gisela

Por Jazz Noire

Enero es el mes del cumpleaños de Gisela, y más que navidad o año nuevo (menciones que se hacen por proximidad de fechas), es el día que suele esperar con más ansias. No porque haya una celebración especial o estrafalaria detrás de sus planes cada año, sino solo por el sentimiento único que le despierta; como si de pronto, en ese día, tuviera el derecho de ser visible ante el mundo, mismo que no se le permite en otras ocasiones. Para ella, hay algo mágico en la fecha, aunque para el resto del mundo sea otro día más para arrancar del calendario; horrible si cae en un lunes, más digerible si es en un fin de semana.

Desde siempre ha sido así, sentir que ese único día al año hay un imán encima suyo que atrae las miradas, las sonrisas, las felicitaciones de todos con quienes se cruza, como si todo el mundo, al verla, lo supiera. Por supuesto, más allá de hacer realidad la idea absurda de andar con un letrero de “Hoy es mi cumpleaños” por la calle, es imposible, pero la sensación de que es así prevalece, aun cuando siempre han existido los días malos y el cumpleaños no es uno que pueda escaparse de esas malas rachas, ni aunque el sentimiento catastrófico (y exagerado) aumente los detalles que en otros días serían insignificantes, detalles en ambos sentidos, buenos y malos: un cumpleaños en el que esperas la visita sorpresa de unos amigos (quien sabe por qué), pero nadie se aparece ante tu puerta y sientes que tu día te ha traicionado. Otro en el que nadie de tu familia te felicita por la mañana, pero que se ve mejorado en la escuela, cuando tus amigos te cantan “Feliz cumpleaños” en el receso con un Pingüino sobre el que hay un par de cerillos encendidos y se unen extraños de otros salones a la celebración. Uno más en el que por fin se cumple tu deseo de que alguien te prepare una fiesta sorpresa…

A veces Gisela se pregunta si ese sentimiento de querer ser el centro de atención en su cumpleaños (cuando no es parte de su naturaleza habitual) solo lo experimenta ella o es de esa clase de sentimientos tan humanos y comunes como la necesidad de respirar. Y es tan así, de creer esta fecha tan especial, que la idea de celebrar la ocasión en otro día, por más cercano que este sea, hace desaparecer la magia: no se siente igual, no es la misma emoción, no es la misma visibilidad e importancia ante el mundo. Ideas raras, sin duda, pero que se mantendrán y serán justamente el motor que le haga esperar a Gisela cada 18 de enero con entusiasmo y expectación, ya que, sin importar si el día finaliza con buenos o malos detalles, es solo una vez cada año.

 

Geografías fantásticas


Sueños lúcidos

Por Javier Paredes

A la edad de 59 años un prelado sueco es recibido en el convento de Santa Brígida, en Roma.  Su título es meramente honorífico, simbólico, pues en Suecia impera la religión de Lutero. Anteriormente, el obispo había participado en el Concilio Tridentino, en premio a sus servicios recibió una pensión papal. Era conocido como Olao Magno y nos legó, entre otras obras, veintidós libros de historia de los pueblos nórdicos y la Carta Marina.

El mapa en cuestión, impreso en 1539, es una luminosa maravilla en nueve paneles de más de dos metros cuadrados cada uno de ellos[1] que contienen numerosos monstruos marinos, algunos enteramente fabulosos, otros simples exageraciones, hiperbólicos ensueños, de animales reales. Cetáceos inmensos y cornudos, serpientes y gusanos de mar forman parte del elenco que adorna la Carta, misteriosos seres que reciben comentario en los libros 21 y 22 de la Historia de Gentibus Septentrionalis.

De este mapa solo existen dos ejemplares conocidos, uno en Austria, el otro en Suecia; se creyó perdido durante muchos años. Prodigiosa como es, la Carta encuentra paralelo en otros mapas que ahora consideramos fantásticos, pero que en otra época se tuvieron por ciertos. El más destacable es el contenido en el Liber Chronicarum, denominado en español Libro de las Crónicas de Núrenberg, que pretende ser una historia exhaustiva del mundo desde su creación.

El mapa de las Crónicas es igualmente precioso en el detalle y nos remite a criaturas como las gorgadas, mujeres cubiertas de pelo y también a hombres con dos caras, una humana por el frente y otra de perro por la espalda. Las Crónicas se imprimieron en alemán y latín en la infancia de la imprenta, son incunables y algo menos raros que la Carta Marina. Se supone la existencia de algunos cientos de ejemplares de sus diversas ediciones.

Ambas obras, la Carta y la Crónica, son comentadas en el Atlas Fantasma, de Edward Brooke- Hitching[2], cuyas páginas encierran anecdóticas reseñas de errores, mitos y falsificaciones geográficas. Aunado al valor textual, las ilustraciones de este libro son de gran fineza y vienen directamente de coloridos mapas antiguos.

Es casi innecesario mencionar que los seres y lugares fantásticos no son exclusivos de la Antigüedad ni de la Edad Media, el Atlas Fantasma describe la expedición del navío mexicano Justo Sierra, en el 2009, hacia la Isla Bermeja, la cual nunca fue encontrada. Hecho que generó conspiranóicas teorías sobre la desaparición de la ínsula, perpetrada por norteamericanos en beneficio de petroleros intereses.

Existen además otras formas de geografía imaginaria que apuntan a creaciones de la literatura y el arte, a los mundos fabulados para nuestro solaz o tortura. Una de ellas, destacable por la belleza de sus ilustraciones es el que nos descubre la obra pictórica de Andrew DeGraff, Trazado, un Atlas Literario[3], editado en 2016.

Trazado es un libro ejemplar, que en escasas 126 páginas incluye el mapa de la isla de Robinson Crusoe, con su brumoso valle y sus verdes peñascos; el croquis del Pequod de Moby Dick; la ruta de Phileas Fogg, en su viaje de ochenta días alrededor del mundo; los pasos de Hamlet en Elsinor y la abismal Biblioteca de Babel, de Jorge Luis Borges.

El autor de Trazado, Andrew DeGraff, nos ha obsequiado con una pluralidad de libros de similar factura y temática, tal es el caso de Cinemaps, en que retrata  la jungla de Depredador, los viajes de Indiana Jones y las montañas de los reinos de Tolkien.

No podríamos concluir esta brevísima relación, sin considerar a la conocida Enciclopedia de las cosas que nunca existieron, de Michael Page[4], que destina su capítulo III al País de las Maravillas,  donde trae a nuestro conocimiento lugares como Vinolandia, la Montaña de las Delicias, el Valhalla y Xanadú, sitios gratamente descritos y extraídos de la leyenda, el folklore y la literatura, con amenas ilustraciones de Robert Ingpen.

Quedan fuera del alcance de esta enumeración las cartas náuticas y portolanas de reyes navegantes, los atlas bizantinos, los mapas islámicos y los del imperio chino. Es —desde luego— labor imposible recrear un mapa de todos los mapas de la fantasía.


[1] 1.25 por 1.70 metros.

[2] De editorial Blume, apócrifamente datada en el año 2018.

[3]El título original es Plotted: A Literary Atlas.

[4] Publicada por editorial Anaya en 1986 y reeditada en 2003.

A mi ex, quien sonríe junto a su esposa

El semestre pasado, para mostrar a mis alumnos la manera en la que las imágenes transmiten sentimientos intensos en un poema, llevé a clase un texto de Anne Sexton: “For my lover returning to his wife”. Debo decir que no fue el éxito que yo esperaba; mis alumnas, quince años menores que yo y ya casadas, pensaron que era un insulto, mientras que los varones creyeron reconocer a una mujer celosa que hablaba desde el despecho. Conversamos sobre las imágenes, pero no alcancé a decir que el poema es en realidad sobre la esposa, que sí, la emoción que se expresa es algo que llamaríamos celos, y que no se trata para nada del amante. Él, en este caso, es lo de menos.

Pienso en ese poema cada vez que ante mí aparece la fotografía sonriente de mis ex con sus esposas. En ellos miro el paso del tiempo y en ellas mi propio estatismo. Sus ojos siempre arden con la tibia llama del amor prudente, todo el mundo gira alrededor de ellas, sus hijos crecen en sus cuerpos y luego ellas los crían con suavidad y alegría. Veo sus cabelleras limpias y brillantes, sus muslos de agua y tierra, de diosas milenarias. Entiendo que los celos no siempre están hechos de lo que otro tiene, sino sobre todo de lo que otro es: semejante a un dios me parece… Semejantes a diosas me parecen las mujeres que muy pronto entendieron algo que yo no sé; las miro desde el umbral de ese misterio y me convenzo, como Anne Sexton, de mi fragilidad y mi extrañeza. A mis alumnas, jóvenes esposas, les pareció particularmente odioso que la voz poética se calificara como un lujo y comparara a la esposa con una olla de hierro forjado. No vieron, en cambio, que Sexton usa las imágenes de lo momentáneo y lo raro en primera persona y reserva para la esposa todo lo que significa fuerza, creación, vitalidad. Al final, ella es la inmensidad misma: “she’s all there”, dice Sexton al principio. Mis jóvenes alumnas no lo entienden, claro, pero yo sí, después de años observando al resto de las aves cruzar el cielo hacia la vida mientras yo me congelo en el invierno de mi aleteo torpe y solitario.


A mi amante, quien regresa a su esposa

 Allí está toda ella.
Cuidadosamente fundida para ti
y forjada de tu niñez,
forjada de tus cien antiguallas favoritas.Ha estado allí desde siempre, querido.
Es, además, exquisita.
Juego pirotécnico en las aburridas medianías de febrero
y tan real como una olla de fierro fundido.Enfrentémoslo, he sido momentánea.
Un lujo. Una lancha rojo encendido en la bahía.
Mi pelo elevándose como humo por la ventanilla del coche.
Almeja fuera de temporada.Ella es más que eso. Es tu tener que tener,
ha cultivado tu crecimiento práctico y tropical.
No es un experimento. Es toda armonía.
Cuida de los remos y de las horquillas de los remos del
bote,puso flores silvestres sobre la ventana, en el desayuno,
se sienta tras su rueda de alfarera a mediodía,
ha sacado adelante tres niños bajo la luna,
tres querubines pintados por Miguel Ángel,y lo ha hecho con las piernas bien abiertas
en los terribles meses en capilla.
Si volteas hacia arriba, allí reposan tus hijos
como delicados globos contra el techo.

También los ha cargado por el pasillo
tras la cena, la cabeza reclinada hacia ella,
dos piernas protestando —de persona a persona—
la cara sonrojada por la canción y su pequeño sueño.

Te regreso tu corazón.
Te doy permiso—

para el detonador dentro de ella, palpitando
furioso entre la mugre, para la perra que es
y el entierro de su herida
—para el entierro de su herida viva, roja, pequeña—

para la llama pálida que flamea bajo sus costillas,
para el marinero ebrio que aguarda en su pulso izquierdo,
para la rodilla de madre, las medias,
las ligas, para la llamada

—curiosa llamada
cuando horadas entre brazos y pechos
y desatas la cinta naranja de su pelo
y respondes a la llamada, curiosa llamada.

Es tan singular y tan desnuda.
Es la suma de ti y de tus sueños.
Súbela como a un monumento, paso a paso.
Es sólida.

Yo, en cambio, soy una acuarela.
Me deslavo.

El cine como rescate

Por Rodrigo Chanampe

Otro año complejo en lo personal, pero que me sirve para confirmar que el cine siempre está ahí como un lugar de refugio, eso que tan bien supo mostrar Woody Allen en La rosa púrpura del Cairo. Aquí, las doce películas que más disfruté en este periodo y que fueron estrenadas en las salas de Guadalajara durante 2017.

 

1.- Animales Nocturnos

Dirección y guion: Tom Ford

Relato contundente. Venganza sutil. A través de su narración, Ford nos envuelve en una cinta impactante en lo visual y que apuesta a la estructura de una historia dentro de otra. Amy Adams interpreta a la dueña de una galería de arte que parece tener la vida perfecta. Al recibir la nueva novela de su expareja, se involucra en una narración tan violenta como el amor más desgarrador. Cada elemento de la ficción que ella lee, es el símbolo de una relación rota, de lo que pudo ser. Filme recomendado para escritores, para amantes de la literatura y para aquellos que anhelan la revancha perfecta.

 

2.- La La Land

Dirección y guion: Damien Chazelle

Consagración de un director. A pesar de su juventud, Chazelle demuestra con esta cinta ser un realizador atrevido que deja en claro su pasión por la música. Para muchos es una película sobrevalorada, sin embargo, cuenta con todos los elementos que la colocan en ese escalón de clásico moderno. Abreva de la historia del cine y, a pesar de su simpleza temática, ejemplifica una verdad: los sueños requieren un sacrificio. Ni el canto ni el baile esconden que todo es efímero. Las estrellas solo nos engañan y no brillan por nosotros.

 

3.- Manchester Junto al Mar

Dirección y guion: Kenneth Lonergan

Quizá uno de los mejores dramas en los últimos años. Casey Affleck interpreta con maestría a un hombre marcado por la tragedia que debe hacerse cargo de su sobrino.  El relato nos demuestra, sin recurrir a la exageración, que hay eventos que nos borran la sonrisa para siempre. Los silencios, las palabras justas, diálogos precisos y actuaciones entrañables construyen un filme cruel porque es real, porque no se permite los mecanismos del cine para rescatar a un protagonista desecho.

 

4.- Logan

Dirección y guion: James Mangold

Sorprendente cierre para un personaje que nos ha acompañado por años. Mangold realiza una cinta valiente, con un Wolverine en decadencia pero dispuesto al sacrificio. Un argumento que habla de la vejez, la paternidad y la necesidad de entregarnos a los seres que amamos. En ningún aspecto el relato es condescendiente y Mangold desde un inicio deseaba una pantalla repleta de sangre.  Hacia el final, las lágrimas se encargan de diluir la abundancia del rojo.

 

5.- Voraz

Dirección y guion: Julia Ducournau

Una película que trasciende la historia de una estudiante de veterinaria en su transformación hacia el canibalismo. El relato prefiere obviar la exageración de elementos gore para centrarse en la búsqueda de la identidad. Voraz expone lo doloroso que puede resultar la aceptación de quienes somos. Es un retrato de la constante lucha entre los instintos y la razón. ¿Es posible escapar de nuestro destino, de lo que llevamos en los genes?

 

6.- Yo, Daniel Blake

Dirección: Ken Loach
Guion: Paul Laverty

Es sencillo entender el porqué fue merecedora de la Palma de Oro en 2016. Un filme necesario para nuestros tiempos de injusticia social. Daniel Blake, un carpintero de la tercera edad, nos enseña el valor de respetarnos. Un personaje con el que pronto hacemos empatía ante los obstáculos propuestos por un sistema que le impide trabajar. Loach sigue el camino de su cine comprometido y honesto. Desde el título comprendemos la intención: todos somos Daniel Blake, todos somos víctimas de un sistema que nos desecha y de absurdos procesos burocráticos. Todos somos seres que lo perdemos todo cuando entregamos la dignidad.

 

7.-¡Huye!

Dirección y guion: Jordan Peele

Excelente ópera prima de un director que promete convertirse en un referente. El mayor acierto es la paciencia para la construcción del misterio. Un simple encuentro con los padres de la novia inserta al protagonista afroamericano en una pesadilla. Abordar el tema del racismo eleva a la película a otro nivel.  Peele crea una obra que va más allá de un personaje que desea escapar ante su trágico final. Un relato incómodo porque Estados Unidos aún no huye del fantasma de su pasado, de la esclavitud, de años de dominio que siguen presentes en una sociedad capaz de entregarle el poder a esperpentos como Donald Trump.

 

8.- Dunkerque

Dirección y guion: Christopher Nolan

Si en algo se destaca el director de El caballero de la noche, es por su capacidad de moldear argumentos despojados de la linealidad. Atrevido en la estructura, el filme divide la épica batalla de la Segunda Guerra Mundial en tres tiempos y espacios: aire, mar y tierra. En cada uno de ellos plantea la presencia del terrible miedo cuando solo se desea sobrevivir. Su diseño sonoro y visual la rescata de su tono patriotero. Ejercicio fílmico casi perfecto.

 

9.- Paterson

Dirección y guion: Jim Jarmusch

Una obra hermosa en donde cada cuadro es un verso. La película habla de los pequeños instantes, de hallar la poesía en lo cotidiano. Jarmusch nos muestra que en la mirada atenta a nuestro entorno, está la salvación para comprender que este mundo tiene detalles preciosos dentro de su máscara de crueldad. La interpretación de Adam Driver es deliciosa y aquí se le nota cómodo. Paterson es una de esas cintas en donde aparentemente no pasa nada, pero en realidad transcurre la vida misma.

 

10.- El seductor

Dirección: Sofia Coppola
Guion: Thomas Cullinan

Con cintas como esta, Sofia manifiesta que no requiere de su apellido para demostrar su valía como directora. Un filme de época, pero con la particular visión de la neoyorquina. La historia se centra en la Guerra Civil de los Estados Unidos, mujeres de diferentes edades se enfrentan a un hombre extraño que rompe la calma de una escuela para señoritas. Un enemigo el cual se irá convirtiendo en alguien a quien seducir.  Es un retrato de las diferentes armas con las que cuenta el género femenino para defenderse de una posible amenaza: la experiencia, la empatía, el romance, la sexualidad. Es una belleza por la atención al detalle. Su brevedad, como todo en la vida, nos deja con ganas de más.

 

11.- Blade Runner 2049

Dirección: Denis Villeneuve
Guion: Hampton Fancher

Más aclamada por la crítica que por la taquilla, esta nueva entrega del mundo de los replicantes mantiene el cuestionamiento esencial sobre lo qué nos hace humanos. Elegante, de fotografía cuidada y un ritmo pausado que es casi un manifiesto: un blockbuster no debe editarse necesariamente como un videojuego y los momentos climáticos pueden ser escasos pero sustanciales. Al tema de la diferenciación entre humanos y máquinas, se agrega la idea de siempre creernos únicos. La ilusión como motor. La necesidad de aferrarnos a un ideal para sostener nuestra existencia.

 

12.-Perfectos desconocidos

Dirección y guion: Alex de la Iglesia

Como en toda su filmografía, la irreverencia y el atrevimiento forman parte de esta cinta del director español. El mayor acierto es introducirnos a la vida de tres parejas y un amigo de las mismas. Una simple cena se convierte en un interesante juego cuando deciden que los mensajes y llamadas recibidos esa noche serán expuestos al resto del grupo. Nos acercamos a un muestrario de vidas ocultas, de prejuicios, de falta de comunicación entre las parejas que nos empuja hacia la desesperanza, a entender que la única certeza en este mundo es la decepción y el engaño. La ignorancia es una bendición,  es la premisa que se asoma tras salir de la sala.


Fotografía: Kosta Bratsos / Unsplash

Lista negra III

La oscuridad de la calle es rota por un farol al fondo del callejón. Son casi las diez de la noche, y en ese paraje solitario se encuentran dos hombres. ¿Detective Castilla? Dice uno de ellos dándole la mano. Agente investigador, responde, recuerde que le dije que en México no existen los detectives. ¿Por qué propuso este lugar, ingeniero, frente al edificio embrujado? Agrega el agente después de un par de minutos de silencio incómodo. Trabajo aquí a unos metros, confiesa, pero usted fue quien me dijo que le urgía verme. Necesito información, responde Castilla. ¿Más? Ya le dije todo lo que sé respecto a los escritores asesinados. Algo me dice, responde el hombre en gabardina, que aún no me lo ha contado todo.

Bien, dice el ingeniero, ¿qué necesita saber? Lo que ha visto u oído, aquello que pueda darnos pistas sobre el asesino, finaliza Castilla esperando que con eso sea suficiente. Bien, dice el ingeniero, en estos meses vi sobre los agentes del FBI que a finales de los setentas acuñaron el término “asesino serial” a través de una serie de entrevistas a psicópatas capturados. Se escucha interesante, dice el agente Nepomuceno. Se llama Mindhunter, es una serie que se estrenó este año en Netflix. Es una historia de ficción basada en las entrevistas reales que hicieron Robert K. Ressler y John E. Douglas. Además de la narrativa original, el ambiente y la interpretación de estos asesinos hacen de esta serie lo mejor que vi este año.

Algo sé de asesinos seriales, le dice el agente investigador, ocultando el hecho que en su carrera ha atrapado ya a dos en la urbe tapatía. El ingeniero no se da por enterado y prosigue su charla. Este año me apliqué, tenía una charla en el Festival Fóbica sobre ese tema, así que me propuse ver toda la serie de Bates Motel de un jalón, las cinco temporadas. Debo decir que me fascinó, aunque al principio fue desconcertante esta especie de adaptación de la historia en un contexto más actual que el de la novela original, la forma en que uno ve evolucionar al personaje principal, pasando de un niño tímido al terrible asesino, hace de esta serie una joya.

Pero no solo me quedé allí, volví a ver la primera temporada de Hannibal. En esta lo que me parece mejor es la estética visual de cada asesinato y la forma en que vemos al doctor Lecter manipular al agente especial Will Graham para llevarlo a la locura.

 

También volví a ver un par de temporadas de Dexter, uno de los pocos casos donde creo que la serie es mucho, pero mucho mejor que los libros de la cual surgió.

¿Y me va a decir que solo ve series de asesinos? Eso lo hace a usted un sospechoso. No, bueno, veo varias de las que la gente va recomendando, o se estrenan, o se ponen de moda. Pero pensé que querría hablar de asesinos solamente. ¿De escritores que puede decirme? Le pregunta el agente Castilla. Pues tengo muy presente la serie The Affair, que empecé a ver casi al final del año pasado. La primera temporada fue brillante, aunque en la segunda cae un poco el ritmo. Pero hacia el final de esta se vuelven a amarrar los distintos hilos narrativos, en un experimento que me parece interesante, incluso como estructura para una novela. Me queda aún ver la tercera.

¿Y a poco se la pasa viendo televisión? Pregunta el agente. Vamos, necesito más información que esa. No, claro que no. Trato de leer de todo, pero tengo una cuota anual de libros policiacos y de género negro que me gusta cumplir. Puedo mencionarle el libro México Noir, antologado y editado por Iván Farías, que se componen de 27 relatos que van desde detectives hasta historias de crímenes. Una buena muestra de lo que se hace actualmente, que además permite hacer un mapa mental de los escritores que en este momento se dedican al género.

También leí el libro Chinola Kid de Hilario Peña. Este es la historia de un matón de Tijuana que termina siendo el sheriff de un pueblo. Tiene de todo: balazos, mujeres fatales, traiciones y narcos.

En mis lecturas del año sobresalió el libro de Juan Pablo Villalobos: No voy a pedirle a nadie que me crea. Me pareció divertido, inteligente y confirma por que hablan todos de él.

Otro libro que me fascinó fue Los atacantes de Alberto Chimal, cuyos cuentos versan sobre la modernidad, los hackers y otras historias cuyos personajes se sienten perseguidos. Lo considero uno de los primeros que se pueden englobar en la “ficción informática”.

No mame, responde el agente Castilla, no empiece con fumadas, siga hablando. Disculpe, como escritor debo de leer lo que me pueda ayudar en lo teórico. Por ejemplo el libro Como dibujar una novela de Martin Solares. No solo expone una novedosa forma de entender la narrativa, sino de plantearse qué es lo que se va a escribir. Es de esos libros que uno debe leer mientras se encuentra escribiendo, no sé, su primera novela.

¿Y ya la acabó? Pregunta Castilla. Ya mero, ya mero, responde el ingeniero, cómo chingan. Más respeto, le dice el agente mostrándole la pistola bajo la gabardina.

Guarde eso, mejor le sigo contando. También me gusta el tema de lo policiaco en la novela gráfica. Hace unas semanas compré El complot Mongol, un libro clásico del policiaco mexicano de Rafael Bernal, adaptado con guión de Luis Humberto Crosswhite e ilustrado por Ricardo Peláez Goycochea.

También adquirí Desde el infierno, con guión de Alan Moore e ilustrado por Eddie Campbell. Ambos son una joya, necesarios en cualquier colección.

¿Pero, ya los leyó? Pregunta el agente. No, aún no. Tengo pilas de libros por leer. ¿Entonces para qué chingados me habla de eso? ¿Qué novela gráfica sí leyó? Bueno, en el año disfruté y me conmovió el libro Mi amigo Dahmer de Derf Backderf, un ilustrador y caricaturista que fue compañero del famoso asesino serial durante la preparatoria y nos cuenta esa otra historia, la del chico ignorado y torturado que un día desató su furia.

No me vaya a salir ahora con que los defiende, le dice el agente. No es eso, responde, pero es interesante ver que algo había de humano, que sufrieron dolor, que sus infancias fueron, en la mayoría de los casos, durísimas.

Me ha hablado mucho de gente de fuera, pero dígame, de su círculo, ¿Hay alguien a quién deba investigar? El ingeniero se queda pensando un momento. Pero ¿y si se enteran que fui el soplón? Será testigo protegido, aseguró el agente. ¿Ubica a Rafael Villegas?, recién publicó dos libros que en realidad son tres, es un amigo y somos miembros del CRUNCH. ¿Del qué? Nada, una agrupación de escritores gordos. Con eso tengo para arrestarlos por asociación delictuosa; pero dígame, qué debo buscar del señor Villegas. Primero el libro de cuentos Apócrifa, el cual es delirante y una propuesta original, está conformado por dos tomos. Pero también su primera novela Animal verdadero, la cual es dinámica, compleja y llena de humor negro, casi acaba de salir al mercado pero no debe dejar pasar el próximo año sin leerla. Se escucha sospechoso, dice el agente investigador, habrá que darle una visita.

Creo que con lo que me ha dicho es suficiente, concluye Castilla. ¿Realmente cree que existan los Novecientos Noventa y Nueve, una sociedad internacional de asesinos de escritores?, pregunta el ingeniero mientras se despide. No estoy seguro, le dice el agente, pero cuídese, no vaya a ser que termine embarrado en el pavimento como el novelista de hace algunas semanas. Mientras se dirigen a sus autos, en medio de la fría noche de diciembre, en un coche estacionado varios metros más allá los observan dos sujetos. En el musculoso brazo del que va al volante sobresale un tatuaje: un recuadro rojo con tres nueves dentro y la inscripción “¿Qué hay detrás de la ventana?”.


* Nota: Este relato es ficción. Cualquier parecido con una persona, escritor o editor real es meramente coincidencia. Ningún tapatío fue lastimado en la elaboración de este texto.

 

Esta lista que ves

Por Abril Posas

A estas alturas del partido, sería una necedad enumerar libros, películas o series para hablar de lo mejor de la cultura popular de este año que nos escupe lejos. ¿Quién no ha mencionado ya todas las de Netflix, las películas francesas, los personajes que nos provocaron convulsiones y las muertes notables (no, nuestros familiares no cuentan para el mundo, ya hay que aceptarlo)?

Pero me han invitado a compartir lo que en el 2017 me hizo ruido y, pues, yo le hago caso al editor, porque si no hay deadline, no escribo. Así que, ahí les va lo que ya me está dando nostalgia del futuro:

Los escritores serios empezaron a hacerle caso a Bojack Horseman

Hasta que estrenaron la cuarta temporada, pero al menos llegaron a ella. De pronto todo mundo estaba hablando del caballo que todos tenemos dentro, y no lo menciono en ánimo hipster-moral-alta (“mi guistibi mís quindi nidi li quinicíi”), sino porque tuvo un efecto como de inundación. En Twitter y Facebook empecé a ver el nombre de Bo por todos lados. ¿Pero es que quién les pagó para comenzar a verla? De cualquier manera, lo celebro, porque así como con la novela gráfica, ya se le da su importancia a esta importante obra del siglo XXI. Gracias, Escritores Serios, solo una cosa: dejen de compararse con él. Se ven mal.

El machismo se nos destapó a todos

Los haters dirán que eso ya estaba desdenantes, pero lo cierto es que este fue el año del “Ahora tooooodo es machismo. Ahora toooooodo lo que hacemos/decimos/pensamos/acosamos/humillamos está mal” y sí me dio gusto ver cómo ese solo comentario me señaló, sin mayores requisitos, al machito junto a mí, prácticamente todos los hombres que quiero. Hasta que yo misma lo repetí mientras leía una noticia en Buzzfeed: ups, nadie se salva. Así que he tenido momentos de vergüenza interna; lo importante es que una aprende, aunque cueste, a replantearse los juicios, y es un diálogo interno bastante interesante. Lo malo es que otros caballeros y damitas se niegan a hacerlo, aunque no sea tan difícil.

El mundo es un lugar horrible en general

No solo tenemos avispas que comen tarántulas, tarántulas Goliat que saltan de árboles a tu cabeza y mariposas negras: estamos inmersos en una marea de bitcoins, presidentes racistas, bombas en centros de adoración y un montón de imbéciles que insisten en que debes indignarte por lo que ellos mismos se indignan. He visto a las mejores mentes de mi generación pelearse por un club cimentado en un licor de señoras copetonas, pero no por una (o dos, o todas) empresa de taxis que decidió no hacerse responsable por los crímenes que cometen sus choferes. Es decir: si se van a enojar, enójense por lo que se les antoje, que tenemos muchas razones para hacerlo. Que nadie les diga qué causa vale la pena.

El mundo es un lugar hermoso en general

He aprendido que el amor es un asunto más complejo del que estaba dispuesta a admitir. Todavía no sé cómo hacerlo, honestamente, y siéntanse libres de distorsionar la última frase como mejor les convenga. Aunque mi odio hacia todo lo que existe ha resurgido con una fuerza que creía disminuida, también es verdad que me he tenido que rendir ante la omnipresencia (ajá, leyeron bien) de la buena voluntad de alguien más. O sea: el amor sí existe y es capaz de abrir y cerrar puertas, sin azotarlas, un asunto que me ha costado abrazar porque me confunde. También veo a los que me rodean, que son los que más importan (soy honesta, no cínica, cuando digo que primero me conmuevo por lo que toca mi vida todos los días, y unos segundos después por lo que sucede dos cuadras más lejos), en su propia lucha para crecer, desprenderse, arrepentirse y regalar todo lo que tienen. Y lo hacen. Aunque sean Escritores Serios. Y  me encanta leer sus listas de lo mejor del 2017 porque me comparten que tuvieron un año que, si no fue perfecto, al menos tuvo suficiente espacio para que pudieran conmoverse, enamorarse, sorprenderse, escaparse y hasta encabronarse con algo que fue creado por otro ser humano.

Siempre me va a encantar la sola idea de que un montón de palabras, de imágenes en movimiento, de unas notas ahí acomodadas entre tantos silencios, puedan plantarse en la vida de alguien más y que sea recibido con alegría. Es lo que más me confunde del hombre: hacemos lo más chido y, al mismo tiempo, lo más horrible. Supongo que por eso tantos insisten en separar al monstruo del creador (“Ni is li mismi”, chillan).

Es lo cómodo, supongo. Quizá algún día estemos dispuestos a reconocer que las dos cosas viven dentro del mismo caparazón: la mierda y lo grandioso.

Como este 2017, pues.

Quizá sea tarea para el 2018.

Feliz año.

P.D. Alexa Savior es de lo mejor que me pasó este año. Escúchenla con la actitud más cool que tengan, y canten conmigo “Shades”:


Fotografía: NordWood Themes / Unsplash

Nos vemos el martes


Buscando a Wakefield

Por Cecilia Magaña

Nunca me han gustado las despedidas. Durante casi toda mi infancia viví una serie de mudanzas,  de una ciudad a otra y de regreso. Al partir parecía que era para siempre, y cuando volvía ya no era la misma niña, las que habían sido mis amigas tenían anécdotas y experiencias que yo no había compartido. Las escuchaba con atención, me imaginaba los detalles y luego participaba en las charlas, como si yo también hubiera estado ahí. A veces me la creían, a veces no, el caso es que tenía dos vidas: la que había tenido lejos y la de ficción.

Hace apenas una semana decidí despedirme de un grupo con el que compartí cuatro años como tallerista. Los motivos fueron laborales, igual que los de mi padre cada vez que empezábamos de nuevo. A diferencia de lo que me sucedía de niña, con este grupo de amigos compartí más ficciones que biografías: las experimentamos alrededor de una mesa en la sala de juntas de Artefacto, después en torno a una mesa de café que siempre contaba con, al menos, un plato de papas invitado por el que no trajera cuento.

Al terminar el taller criticábamos películas, nos reíamos, arreglábamos el mundo y debatíamos sobre machismo o feminismo (sin que ganara uno u otro). Escribimos cuentos de zombis en Navidad, relatos con fotografías de fenómenos, historias de humor negro inspiradas por la nota roja, villanos con un pedacito de corazón y protagonistas que eran solo algunas nuestras versiones posibles. La verdadera vida del taller era, precisamente, la de mentiras y esas mentiras nos convocaban alrededor de ese plato de papas, que a veces variábamos con salchichas.

Las mejores invenciones son esas que nos cuentan quiénes somos. Semana a semana, en cada historia que leímos estaba cada uno de los participantes del taller, más presente de lo que yo jamás estuve en esas historias ajenas en las que me incluía de niña. Quizá por eso el día de ayer se ha sentido como uno de esos adioses que cuestan trabajo, que aunque no sea definitivo (porque seguimos en contacto) abre un hueco al que hace mucho tiempo no me había asomado.

Soy mala para despedirme. Apenas dije unas palabras y salí a fumar un cigarro. Me había propuesto que fuera un noche de risas, como las de siempre, y lo logramos armando historias absurdas con un juego de dados, pero al final aventé mi choro y me fui sintiéndome muy rara.

Me encantaría ahora mismo inventarme una versión alternativa en la que nos vamos juntos a seguirla en otro lado, me pongo un poco peda y les digo lo mucho que voy a extrañarlos; resistiendo el frío de la madrugada nos acordamos de los chistes y los personajes con que nos disfrazamos, hablamos de los finales que nos gustan: los tristes, los sorpresivos, los abiertos, pero no terminamos por elegir uno.

Cuando llega la hora de irnos, nos damos un abrazo y decimos: “Nos vemos el martes”, aunque los pesimistas saben que es el último, y los optimistas suponen que ya habrá otro, no el que sigue, sino un martes lejano en el que volveremos a encontrarnos. Seremos otros, seguramente, pero como la vida que nos ha unido es la de ficción, el chiste será pretender que la que tuvimos lejos fue la de menos.

Gracias por todo y gracias de veras, Taller de los Martes… dejémoslo en final abierto: a ver  qué nos trae el año nuevo.


Fotografía: Karla Sosa

Antiguas entradas Recientes entradas