Autor: Paloma Saenz

Jesse James y la mitificación de la violencia


De principio a film

Por Rodrigo González

Una de las principales funciones o logros del cine (y de cualquier expresión artística, para el caso) es la de re-interpretar, renovar arquetipos y presentarlos a las nuevas generaciones con el fin de facilitar el encuentro con los conceptos del bien y mal, la justicia y la injusticia, el honor y la vileza. En estas dualidades universales, podemos identificarnos, reconocernos y reforzar nuestras propias convicciones que nos permiten ocupar de manera más determinante nuestro lugar dentro del grupo social al que pertenecemos. Las películas de súper héroes, por ejemplo, han tomado el lugar de la épica, la cual nos muestra estos mismos arquetipos acercándolos al rango de modernas deidades que sirven como ejemplificación de los valores más puros sobre los que se construye nuestro contrato social.

Sin embargo, desde que el mundo es mundo y la narrativa occidental fue monopolizada por don Aristóteles y su poética, siempre han existido personajes fuera de los moldes establecidos que actúan por su cuenta, buscando una justicia superior a la justicia humana, motivados por un conocimiento o deseo superior que sobrepasa el entendimiento de los comunes. Estos personajes generalmente aparecen en momentos en el que el contrato social está severamente dañado y necesita reconstruirse: Aquiles (durante la guerra de Troya), Robin Hood (medioevo Inglés), o para el caso que nos ocupa, Jesse James.

Jesse James, sin embargo, es una figura atípica, pues en él no existe realmente un deseo de justicia ulterior ni un motivo que rebase la convención social. Jesse James es el bandido sin resentimientos, con un enorme apego familiar (lugar donde encuentra su mayor motivación), con un código de honor tan complejo como retorcido y con un profundo odio hacia las instituciones. Buscado por la justicia, su cabeza fue tasada en 10 mil dólares. La recompensa terminó cobrándola Robert Ford, miembro de su banda, que lo mató de un tiro por la espalda, hecho que sirvió para que la figura de James alcanzara dimensiones de un falso heroísmo y lo colocara al lado de nombres como el de Robin Hood.

Jesse James, #HistoriasSinSpoilers

Lo que parece relevante de este contexto es que en la medida que el capitalismo se convierte en el sistema dominante, más y más ejemplos de figuras provenientes del espectro que la narrativa tradicional considera el bando de “los malos”, se posicionan como los nuevos héroes.

De manera cada vez más frecuente encontramos a estos antihéroes que encarnan el descontento generalizado y que terminan aunque sea brevemente, por ocupar un lugar privilegiado en la pirámide sociocultural, aunque su caída sea en la mayoría de los casos, estrepitosa y trágica. Carlito Brigante (Carlito´s Way), Tony Montana (Scarface), Frank Serpico (Serpico), Vito Corleone (The Godfather), Michael Corleone (The Godfather), Travis Bickle (Taxi Driver), Derek Vineyard (American History X) o el mismísimo Alex Delarge (A Clockwork Orange), son claros ejemplos del antihéroe que el cine se ha encargado de recetarnos ante la tremenda confusión imperante creada por un sistema que ha corrompido el concepto del bien común.

Obviamente, en nuestro país esa figura no podía ser ocupada por ningún otro que no fuera el narco. No conformes con la mitificación de la violencia como subproducto de la corrupción, hemos sido testigos del encumbramiento de la figura del narco-bandido como epítome de la justicia social. El narco bueno infalible, justo pero temerario, sanguinario pero solo con los enemigos y con el gobierno, que es humano porque llora y se enamora y se emborracha, pero alejado de cualquier sentimiento que ponga en peligro su “causa” al mostrar debilidad. Un mensaje por demás chueco y torpe que en pos del rating en las televisoras pareciera no tener fin.

Y ante este rebatiña por el lugar de honor del emblema aspiracional del mexicano, olvidamos que la figura del narco en la realidad compite por el primer lugar con la del político mexicano. Y esa es la razón por la cual la balanza de nuestra narrativa nacional carece de equilibrio, pues ambos espectros forman parte del mismo bando, y para el resto de nosotros, en esta nueva historia de héroes y antihéroes nacionales no hay, ahora sí, a quién irle.

Sin embargo, como bien lo mencionó Kurt Vonnegut en una de sus tesis sobre antropología social,  el buen drama solo existe cuando todas las partes tiene la razón. El problema es quizá que hemos olvidado ponernos a nosotros, a los ciudadanos comunes, a los de a pie, en el centro de la historia como los personajes principales, en historias donde podamos decir el asco y la rabia que sentimos y recuperar, aunque sea en la ficción, lo que nos han robado. Quizá si en las historias que nos contamos el resultado fuera diferente, metiéramos a la cárcel a los corruptos, a los narcos y a los políticos, algo podría colarse a la vida real. Por algo se empieza.

Interrogante


Reseña de El Clan de los Estetas de Alejandro Badillo

Por Judith Castañeda Suarí

Para Alejandro Badillo la literatura consiste más en tejer hipótesis que en dar certezas a los lectores. Así lo vemos en su más reciente libro, El clan de los Estetas.

Publicado por la Universidad Veracruzana, reúne cuentos que, si bien pueden situarse dentro del universo de lo real o en un terreno fantástico, también se apegan a dicha premisa. Esto ocurre desde el inaugural Una palabra, biografía probable que el autor construye a partir de una imagen. Frente a una sombra hay un cadáver. No siempre ha sido así, nos dice Alejandro, para luego desplegar el escenario de una cita con una mujer anónima, el de una posterior riña de bar, para describir un cuerpo que parece una piedra junto a un árbol, muerto después de un balazo.

Es semejante a una autopsia este ejercicio, tan minucioso como si se tratara de examinar un cadáver; sin embargo el autor trabaja con una fotografía, o así puede sentirse, y es su instrumental un lenguaje exhaustivo y una palabra, la del título, que no se dice pero se describe como de muchas letras, sumergida en un murmullo opaco.

En el cuento La emboscada se repite esa atmósfera terregosa, casi ocre, que rodea al muerto bajo el sol de Una palabra, eso y el bar, el arma que se dispara sobre un hombre. La diferencia estriba en la interrogante que la pluma de Badillo siembra como engranaje del texto. No es completa esa duda; sin saberlo, la posee el personaje, el hombre que acude a ejecutar a la mujer que ya no sirve a la organización, pues se ha relacionado con un contacto poco fiable y a causa de ello, se perdieron veinte kilos de cocaína.

En la misma situación nos encontramos quienes, al otro lado del papel, observamos junto al hombre lo miserable de ese bar de carretera. Y como él, aguardamos. Música de acordeón, tabaco transformado en humo y tarros coronados con espuma de cerveza sirven de marco para la entrada de la mujer, la víctima de cabellos negros que acepta sentarse a la mesa del hombre, que participa de una charla de aquellas que se entablan cuando existe el interés de acercarse y no se sabe cómo. El pretexto, aquí, es saber si ella es nueva por esos rumbos y la confidencia de un reciente desempleo. La escena tiene la inestabilidad de los terrenos pantanosos: él sabe que la mujer miente al decir que va todas las noches al bar, sopesa la pistola y teme ponerse al descubierto, se arrepiente de una invitación que es un salto al vacío. Pero hay un punto seguro, una respuesta que acompaña a la mujer y al final se desvela, tanto a nuestros ojos como a los de quien la esperaba.

Más ejecuciones se nos entregan en el cuento que da título al volumen. El Clan de los estetas parece, en principio, una historia cotidiana de un hombre, personaje y narrador en primera persona, que llega a una ciudad nueva con una carta de recomendación y la expectativa de mayores satisfacciones. Las promesas de un mejor salario, de un empleo en la redacción de un periódico y de escribir algo de trascendencia, se combinan con la tranquilidad y lo pintoresco de una ciudad de provincia.

Pero pronto se desenmascara el escenario real: la violencia se hace presente. Alejandro la esboza con elementos tan familiares como un cadáver en la carretera, caminos bloqueados y automóviles convertidos en antorchas. En la ciudad se habla de una tregua rota, en el periódico, el trabajo va perfilando a dos ejércitos enemigos y anónimos. Hay fotografías sangrientas que llegan a la redacción del diario, comercios que se cierran nada más llegar el crepúsculo y desconfianza. Hasta que un fin de semana se escuchan disparos a pocas calles del departamento que renta el personaje.

Lo anterior, que obligaría a otros a renunciar a su empleo y mudarse, revela en el narrador de El Clan de los Estetas a un hombre curioso, a alguien cuyo morbo, si así puede calificársele, lo hace guardar un registro minucioso de los hechos, es decir, de las muertes.

A partir de una noche de whisky y cervezas en compañía de Javier, el editor del periódico, de la charla sobre periodismo que deviene en preferencias literarias, es que el cuento muestra su trasfondo fantástico, pues la violencia obedece a una especie de lectura de cartas donde la buenaventura se encuentra en los ojos de los muertos.

En este punto, Alejandro Badillo introduce la leyenda de una longeva hermandad que se dedica a ver el futuro, primero, en las entrañas de las bestias y después, en cadáveres obtenidos de cementerios. A la sombra del cristianismo, de sus enseñanzas de resignación, esa cofradía se desarrolla y prosigue hasta dividirse, hasta que una de sus dos ramificaciones decide que el futuro, las infinitas posibilidades que Dios ha dejado como señales en nuestro interior, son más legibles si se estudian en un cuerpo que sufre los estertores de la muerte, en el momento mismo en que cesa la respiración.

Y mientras, se mantiene la violencia en la ciudad y con ella, el presentimiento de una cacería sin tregua, de un escenario donde sólo uno de los adivinos sobrevivirá a fin de intentar descifrar, una vez más, esa gran interrogante que es el porvenir.

Hay otros cuentos que abrevan del género fantástico. Están, por ejemplo, La noche mil dos, El hombre que siempre ganaba y La espera. Los dos últimos mantienen un pie en la realidad: un local de antigüedades, hasta donde llega un desconocido de barba ofreciendo un libro, en el caso de El hombre que siempre ganaba y una especie de asilo de ancianos solitario en La espera.

Sin embargo, el antifaz oculta, en el caso de La espera, a personajes en eterna pausa, en un sendero entre la residencia que habitan y el bosque, frontera que los separa del exterior. El hombre que siempre ganaba, por su parte, guarda otra forma de inmortalidad, la que posee un autómata envuelto en el halo de las leyendas.

En La noche mil dos, por el contrario, la atmósfera de fantasía es completa. Desde el título, desde la frase inicial “Se cuenta […] que en la antigüedad del tiempo…” el autor nos instala en un sitio enclavado en una Asia irreal, donde aparecen unas luces semejantes a ojos amarillos. En ese reino, el gobernante y sus consejeros se reúnen intentando precisar el origen de dichas luces, ya que se trata de un evento nunca antes visto. La narración gira en torno a la máxima de que la sospecha apresa el alma de los hombres y es capaz de llevarlos a la locura, y en su final inesperado, aunque parece haber una certeza, existe ese cierto dejo de duda que posee incluso aquello de apariencia contundente.

Adiós, Adriana


Buscando a Wakefield

Por Cecilia Magaña

La historia de mi nombre es una historia de azar. Resulta que mis papás no contaban con que fuera niña y sólo tenían pensado que me llamara Luis Alberto, así que, ante la sorpresa y las sugerencias de nombres que no convencían a uno ni a otro, tomaron una revista y pasaron el dedo por la hoja hasta detenerse en uno. Fue Cecilia.

Hace unos años leí en un artículo que el estado Sonora había prohibido una lista de nombres entre los que se encuentran Batman, Aguinaldo, Cesárea, Culebro, Escroto, Twitter, Zoila Rosa, Llanta y Letrina. Y aunque es verdad que son nombres terribles para la vida real, siempre he tenido la inquietud de escribir un cuento con una protagonista llamada Letrina. Quien haya leído ya Los Detectives Salvajes recordará a la mítica poeta Cesárea Tinajero, cuyo nombre no suena tan mal en los labios de Ulises Lima.

Desde niña he deseado tener un segundo nombre. Creo que dos son mejor que uno y aunque no sean hermosos pueden dar cierta ventaja. De la lista anterior, por ejemplo, Zoila Rosa al menos tendría la alternativa de elegir uno para presentarse. Podría ser Zoila en un lugar y Rosa en otro. Seguramente, sólo su madre o su pareja le llamarían por su nombre completo cuando estuvieran por tener una discusión: “Zoila Rosa, ven acá, tenemos que hablar.”

He preguntado a varias personas con dos nombres si de verdad aprovechan la duplicidad que yo me imagino tienen todos los Francisco Javier, los Luis Antonio, las Ana Berta y las Paola Lucía.  A través de mis encuestas —conducidas de manera nada seria, lo confieso— las personas con nombre doble me han dicho que no, que no es cierto, no se viven como dos personas y hubieran preferido llamarse únicamente Mengano o Zutana, así como yo me llamo Cecilia.

Hace año y medio que vivimos en un departamento en la colonia Arcos. Javier —que es el señor Francisco para los que llaman ofreciendo tarjetas o planes de Telcel— fue quien firmó el contrato con don Rubén, nuestro casero y vecino. Alguna vez que grabamos Juego de Pomos  en casa, debió escucharnos y se confundió al oír el nombre de mi amiga Diana, porque en los siguientes días comenzó a llamarme así. “Buenos días, Diana”, me saludaba don Rubén mientras regaba el jardín. Debió notarme algo raro, porque luego lo cambió a Adriana. “¿Qué tal, Adriana? ¿Ya quedó el boiler?”, sonriendo desde su puerta o subiéndose al auto antes de decir: “¿se les ofrece algo del súper, Adriana?”.

No lo he corregido y desde hace un año disfruto siendo la apresurada Adriana, que siempre sale corriendo a tomar el camión y apenas saluda a don Rubén, la Adriana que se asoma por la ventana cuando él pregunta por Javier,  la Adriana que le tiene miedo al perro de la vecina. Ha sido una experiencia fascinante, y contrario a lo que muchas personas con nombre doble me dicen, en cuanto escucho el nombre de Adriana, respondo, encantada de jugar el juego.

Desgraciadamente, el chistecito está por acabarse: la semana que viene nos mudamos a un departamento nuevo y dejaré de ser Adriana. Si algo me consuela es que viviremos a sólo unas cuadras de distancia, aunque supongo que serán pocas las oportunidades para encontrarme a don Rubén, el único que conoce mi segunda identidad.

Mientras comenzamos la labor de armar las cajas para la mudanza, sé que no será posible engañar a nuestra nueva casera, la licenciada Bailón, porque entre los papeles para solicitar el departamento se incluyó mi identificación oficial, y seré sólo Cecilia. O quizás no… quizás rescate a Adriana Magaña a través de una historia o de un blog. Aunque pensándolo bien, suena cacofónico, ¿y si fuera Adriana Chávez, o Adriana, nomás? O mejor Zoila. Zoila Rosa, escritora de minificciones que Adriana Chávez podrá leer en el camión, mientras recupera el aliento después de correr a tomarlo unas cuadras más atrás, aprovechando para saludar a su viejo casero, antes de volver a ser Cecilia en cuanto piso la banqueta del lugar donde trabajo, los lunes en la mañana.

Instantánea Express 04

Para vacaciones

Para esta semana tenemos un ejemplar de Las conspiraciones fallidas y otro de Continuum para el ganador del reto #InstantáneaExpress 04.

La mecánica es sencilla, historias que no pasen de 250 palabras inspiradas en la imagen y la cita que encontrarán a continuación. Favor de enviar sus textos vía correo electrónico indicando en el asunto #InstantáneaExpress04. Su historia debe tener un título y la cantidad de palabras empleadas.

El correo al cuál tienen que enviar sus textos es hola@editorialparaisoperdido.com y tienen hasta las 23:23 del próximo jueves 20 de abril para participar (extendimos la fecha por las vacaciones de semana santa). Los ganadores se darán a conocer en el blog en el transcurso del viernes 21 de abril.


#InstantáneaExpress #HistoriasSinSpoilers

 

Rogelio tampoco lo esperaba. El cansancio crónico sin razón aparente, la falta de apetito y el sueño molesto que no le permitía sentirse aliviado de noche, sino que lo soltaba cada mañana con dolor en el cuello y mandíbulas tensas, le dejaban la sensación de que su cuerpo quería decirle algo.

Abril Posas | El triunfo de la memoria

¿Qué sucede en la imagen? ¿Qué relación tiene con la cita de Abril Posas? ¿Cuáles fueron los antecedentes? ¿Cómo terminarías la historia? Cuéntalo en 250 palabras o menos.


Al participar en #InstantáneaExpress y enviar su texto por correo, aceptan sin condiciones que en caso de que su texto sea el ganador se pueda usar y reproducir en el blog y redes sociales de Editorial Paraíso Perdido y en alguna publicación, virtual o impresa, de la misma editorial. Todos los participantes recibirán un código con el que obtendrán 10% de descuento en los libros de nuestra tienda en línea. Al final del año se publicará un anuario con los ganadores y se eligirá la historia favorita, es decir al campeón de campeones de nuestro certamen.

Stefan Zweig: Tiempo para una carta de amor


Orilla de letras

Por Rodrigo Chanampe

Cuento con pocas palabras para hablar de ti y al mismo tiempo de una novela. Aprovecho este espacio para abrir mi corazón ante los ojos de los visitantes de este blog. De un tiempo para acá, las olas del amor no correspondido me revuelcan, me arrastran hacia una playa en donde sólo se beben cocteles endulzados con nostalgia.

Te cuento que leí Carta a una desconocida de Stefan Zweig, un texto breve, escrito hace casi un siglo. Un autor al que por diferentes motivos no había accedido. Me gustaría resumir la trama en pocas líneas, no deseo arruinarte el final, ni desvanecerte las sorpresas. El relato es simple, una adolescente se enamora de un novelista que vive frente a su casa, pero lo hace en silencio, lo contempla, lo admira, resignada a sólo observar.

 

#Zweig, amor

 

En cinco tiempos (a manera de partes), Zweig narra cómo esta chica va creciendo y teniendo diferentes encuentros con el novelista, algunos provocados, otros fortuitos. Sin embargo, a pesar incluso de noches enmarcadas por la pasión, él nunca sabrá el nombre de la mujer, ni será capaz de identificar a la adolescente del pasado.

El relato es una extensa confesión de una chica entregada a un hombre. Por un instante, parecería que la carta de la mujer podría caer en el terreno de lo cursi, tal vez al punto de burlarnos de tanta ingenuidad. Pero, te seré sincero, mientras leía, me era imposible identificarme con el novelista y, línea tras línea, ella me resultaba cercana. Más ahora en donde aquello que amo me parece inalcanzable, como esos planetas escondidos tras la profunda carcajada de un hoyo negro.

Hay dos frases de esta desconocida creada por Zweig que me gustaría compartirte. Tal vez, con esto, logres comprenderme un poco:

“No quería ser feliz ni deseaba vivir contenta lejos de ti; por eso me encerré en un mundo melancólico, lleno de tormento y soledad”.

“Verte de nuevo, encontrarme contigo tan sólo una vez, era todo cuanto deseaba, aunque lo fuera a distancia y me limitase a devorar tu rostro con la mirada”.

En las palabras de la desconocida localizo mi voz y me parece que soy yo el que te habla.

¿Será tiempo de parar con los lamentos? ¿Detener la autocompasión? ¿Beber alcohol hasta el hastío? ¿Insultarte y acostarme con otra? ¿Hacerme el fuerte? Son vías más transitadas, tal vez más sencillas de cruzar. Por ahora, sólo sé que, como la protagonista de Zweig, me dedicaré a repasar los recuerdos.

Intuyo, para ti es sencillo continuar. “Nada es tan grave”, dirás. Pero permitirme permanecer quieto para pensar en ti, abstraerme en medio de la calle; olvidarme del mundo y colocarme el disfraz de romántico extraviado. De esta manera, aquello que vivimos cobrará un mayor sentido, cada hora de los días juntos se materializará con el dolor. Soy el encargado de hacerlo vivir un poco más en esta sociedad de lo efímero. Si Zweig me conociera, yo encajaría más en el modelo de sus desconocidas enamoradas, y no en el de esos hombres que ven a las mujeres como algo pasajero.


#Instantánea #HistoriasSinSpoilers

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Los minutos se me escapan como a la protagonista. Para nada mi lenguaje se aproxima a la belleza del utilizado por el escritor austriaco, a la precisión de sus adjetivos y a esa voz femenina que es capaz de arrastrar a las lágrimas. Me resta seguir escribiendo, hablaré de gatos, de corazones rotos, dioses sin oídos y por supuesto de ti y tus miles de encarnaciones. Te prometo algo, compraré un manual para amarte a lo lejos, aprender a ser tu amigo y a silenciar las caricias; domarlas para que se mantengan quietas a pesar de tenerte cerca.

Quizá, si más adelante las constelaciones se alinean, volveremos a encontrarnos para reconocer las marcas de nuestros labios, las mordidas de otra era. Supongo que te acordarás de mi rostro y yo no habré olvidado ninguna de tus curvas, ningún horizonte de tus pupilas; supongo, querida, aún sabremos pronunciar nuestros nombres.

La venus de Willendorf


Lente anónima

Por Mariana Mota

Teníamos pocas semanas de conocernos, pero todo indicaba que la relación había comenzado con el pie derecho, como dice el lugar común. Me descubrí más apasionada que en mucho tiempo; a ellos, en un principio, los percibí inquietos y distraídos, hasta aquel martes en que una imagen les movió su tapete, y al mío lo hizo la reflexión que se desprendió de ello.

El muchachito que ya había llamado mi atención por su irreverencia y rebeldía volvió a hacerse notar después de mis interrogantes: ¿Qué es el arte? ¿Qué es un artista? Pregunté sin yo tener una respuesta única o irreductible, lo bonito de estas asignaturas es que en cada grupo surgen nuevas conclusiones; o nociones, mejor dicho. Yo soy un artista, tengo cuatro mil seguidores en Instagram, dijo hinchado de orgullo. ¡Ándale! Un artista con cuatro mil seguidores, repetí en voz alta.

El comentario me causó gracia y admiración a la vez: la primera porque, si bien me es imposible asegurar quién puede o debe colocarse esa enorme etiqueta, estoy segura de que la popularidad en redes sociales es una variable que permanece fuera de la ecuación; la segunda porque sigo sin entender el fenómeno de la efímera fama virtual, pero reconozco que no debe de ser fácil lograr que tantas personas te sigan, seas un genio, un entusiasta o solo la sombra de un ego desesperado por pulgares levantados. Sus compañeros entonaron una risa de complicidad que probablemente daba fe a sus palabras, y después nos olvidamos del tema.

Saqué mi celular y por primera vez entré en la aplicación cuyo funcionamiento me había explicado el técnico días antes. ¡Cuánta tecnología, para mi rudimentario y arcaico ser! En pocos segundos el cañón instalado en el techo proyectaba las imágenes de mi moribundo IPhone. La primera en aparecer frente a la pantalla blanca era la robusta Venus de Willendorf. No les expliqué nada y solo les pedí que la observaran detenidamente y después, en sus cuadernos, la describieran, interpretaran e incluso nombraran. Pasaron varios minutos antes de que el silencio nos coronara; por supuesto que primero hubo otro concierto de risas y murmullos. Mujer gorda, Cabeza rara, Mujer con toalla en la cabeza. El nombre con el que la bautizó el artista de los miles de seguidores fue el que más me impactó: Cerda. Algunos otros, mayormente mujeres, no hablaron de las curvas de aquella figura de manera despectiva y más bien acertaron en decir que aquello era una manifestación de la maternidad.

El tiempo se nos pasó veloz mientras debatíamos acerca de las características de la imagen; noté en sus ojos un brillo nuevo que decidí interpretar como interés por la historia. Uno de ellos estaba impresionado: es como platicar con personas de otros tiempos. Con alguien del 2015, dijo el artista, convencido de que aquella escultura no podía ser de este año, pero sí de hace un par.

Después de un rato de discusión, tomé el celular e hice aparecer otra imagen, del mismo periodo, aunque un tanto distinta. Ellos continuaban con su tarea de interpretación y yo seguía clavada en el artista del aula. ¿De dónde viene esa necesidad humana, tan natural, de ser reconocidos? Nos es menester ineludible ser vistos por el otro; sí, pero lo que más me causa interés en este juego de identidades es el camino de dos sentidos: también hay un deseo de reconocer al otro, una necesidad de saber quién está detrás de aquellas obras que tanto impacto nos han generado. Esta curiosidad de conocer a quien sí logra expresar con elocuencia el universo enmarañado de su mente, se sacia cuando conocemos su nombre, cuando con gusto le colocamos esa enorme etiqueta de artista. El peligro, y mucho se ha hablado de esto, es cuando el nombre se vuelve más importante que la obra.

Volví a dirigirme a ellos para escuchar sus opiniones y quedé fascinada al notar que todos tenían algo que decir, que no estaban siendo víctimas de su gran deidad Whatsapp. Bueno, pero ya dinos quién la hizo, dijo la chica de enfrente. ¡No lo sé!, ¡No lo sabemos! Grité emocionada, y quizás eso sea aún más bello. No nos importa quién esté detrás, nos interesa el mensaje o sensación que logremos extraer de su obra. Los miles de años que han pasado desde su creación y el impacto en la humanidad que generó esta estatuilla de apenas diez centímetros, probablemente conviertan al autor en un artista (quizás no, ¿quién lo determina?), no los miles de seguidores que pueda tener (sí, lo dije; fui una canalla), pero al menos a mí ahora no me interesa su nombre. El arte siempre debe ser superior al artista, concluimos esa mañana, aunque nunca muera el deseo de ser reconocidos y de reconocer.

La La Land o la visión sesgada


De principio a film

POR RODRIGO GONZÁLEZ

Cualquier persona que diga que Estados Unidos no tiene una cultura propia se equivoca como se equivocan quienes afirman que la cultura de México (o de cualquier país) es la mejor del mundo. Ambos grupos comparten una visión sesgada, mezquina y parcial.

Para Estados Unidos, su mayor y más poderosa ventana cultural está en el cine. Todas las demás manifestaciones artísticas le sirven como decorado y basamento para construir el gran entramado de la cultura (o industria) del entretenimiento. Así ha sido desde el final de la segunda guerra mundial, cuando los grandes estudios de Hollywood (por cierto, los estudios más importantes están en Culver City y en Burbank, no en Hollywood) coptaron el mercado mundial de la cinematografía hasta llegar a lo que tenemos ahora: un sistema de propaganda multifuncional que hace llegar el mensaje (cualquier mensaje) de la nación más beligerante y poderosa que existe a todos los rincones del planeta.

Una vez que asimilamos el impacto de la unilateralidad del cine estadounidense es imposible negar que el desarrollo mundial de la cinematografía viene de la incesante carrera que han emprendido los estudios por apoderarse del monopolio de la distribución y exhibición en todos los países que les sea posible, en detrimento de otras manifestaciones cinematográficas.

Y como es imposible sacar la política de la cultura y por ende del cine, resulta por demás curioso el fenómeno de una película como LaLa Land. Ambientada en Los Ángeles en la época actual, el director Damien Chazelle se sirve con la cuchara grande y construye a través de esta historia de amor fallido y sueños realizados (o no), un autohomenaje al Hollywood que ya se fue. Singing in the rain, An american in Paris, The Umbrellas of Cherbourg, Sweet Charity, Broadway Melody, Funny Face o The Red Ballon, y todas las de Fred Astaire y Ginger Rogers son solo algunas de las referencias identificables en la cinta. Me atrevería a decir que hay incluso una referencia a Soy Cuba, pero en caso de afirmarlo creo que me estaría extralimitando.

Ambientada en Los Ángeles en la época actual. Ambientada en Los Ángeles en la época actual. Tengo que repetirme esto un par de veces al salir del cine porque para mi, ahí es donde radica su mayor falla pues, a pesar del fantástico despliegue técnico y artístico, y ante la imposibilidad de negar el talento de Emma Stone, Ryan Gosling y el cinematógrafo Linus Sandgren hay una serie de preguntas que me es imposible responder:

¿Los Ángeles en la época actual y en la película no aparece un solo personaje latino, un solo mexicano, un solo letrero en español? ¿Acaso no es esto una visión sesgada, mezquina y parcial de una realidad llevada a la fantasía? ¿Es intencional borrar por completo la presencia de toda una comunidad? ¿o solo es un pavoroso descuido de un director al que se le nota más preocupado por la autofelación en el idilio hollywoodense que en la urgencia de un discurso incluyente en un país que se cae a pedazos? Caray, ¡ni los meseros de las fiestas en la película son latinos!

Al final de la cinta, debo reconocer, aparece un personaje de nombre Javier González, trompetista de la banda de jazz de Sebastian, y sin embargo no alcanza para compensar las dos horas de ausencia hispana en una cinta ubicada en la ciudad con mayor presencia hispana de Estados Unidos.

Me parece fundamental la función del arte como pasta unificadora y crisol del diálogo y la resistencia. Y de igual forma, me parece vital que sea a partir del arte desde donde nos arriesguemos a reclamar nuestros espacios, desde donde nos animemos a contar nuestras historias y desde donde podamos encontrar las respuestas a los tiempos que se vienen sobre todos nosotros.