Categoría: Buscando a Wakefield

Incendio: después de todo, no fue para tanto


Buscando a Wakefield

Por Cecilia Magaña

Hoy hubo un incendio en un bar de Chapultepec. Las cintas amarillas, el humo y los aspavientos de los bomberos prometían un drama que estaba dispuesta a ver desde el camellón, hasta que las autoridades nos evacuaron.

La terraza del Fondo de Cultura Económica estaba disponible para observarlo todo, pero las llamas que se prometían espectaculares, jamás se dieron. La expectación se fue apagando aunque aún se escuchaban las sirenas. Necesitaba hacer una llamada y decidí entrar a la librería. Cuando colgué lo vi de espaldas, mirando las novedades. Reconocí su cuello y la forma en que el lóbulo de su oreja se doblaba hacia afuera. A pesar de que ya alguna vez me lo había encontrado cruzando la calle y fingimos no reconocernos, tuve miedo de que volteara y no hubiera más remedio que decirle “hola, soy yo, ¿cómo has estado?”

¿Qué tiene?, dijo unos minutos después Javier. ¿Por qué no se saludan y ya? Lo cierto es que, una media hora después, cuando ya lo había perdido de vista y la gente volvía a caminar por la banqueta donde antes reinaba el humo, pensé que siempre exagero, me invento historias.

Me cuento anécdotas de accidentes al bajar las escaleras, de atropellamientos al cruzar la calle, de venganza cuando alguien me agrede y yo tardo demasiado en decir alguna cosa. Para terminar aquella relación me había contado nuestra historia como una película digna de Polanski. Supongo que todos lo hacemos y la ficción sólo alcanza a separarse de la realidad con el tiempo y la distancia. Quizás Javier tenía razón y la historia del reencuentro que siempre me he contado, llena de reclamos y miradas doloridas, ni a humo hubiera llegado. Todas mis cintas amarillas, mis alarmas y protocolos de emergencia, eran pura expectativa, completamente innecesarios.

Los bomberos, ya sin máscaras ni cascos, platican de pie en la banqueta y yo escribo esto  a manera de disculpa por la cobardía de siempre, por las viejas culpas y mis aires de víctima. Estoy segura de que nos despedimos apenas a tiempo para hacer una mejor vida, cada uno por su lado. También estoy segura de que así como yo lo convertí en un monstruo de novela, le di a él material para escribir poemas a una perra infernal. Así que, literariamente, quedamos a mano.

Miro a la gente que sale por la puerta de cristal y me hago al ánimo de saludarlo. Javier se levanta de la mesa como si todo fuera una coreografía en la que él también, como parte de esta historia, sigue participando. Unos minutos después, ya muy convencida, veo la figura robusta y de boina salir. Camina frente a mí y se detiene a unos metros. Evalúa, curioso, el camión de bomberos al otro lado de la calle y yo lo miro el tiempo suficiente para comprobar que no se trata de él.

La gente ya puede caminar por la banqueta, los empleados de los locales cercanos vuelven a sus puestos y sólo los dueños del bar se lamentan y hablan con los de rescate urbano. Las luces rojas se alejan, atestiguando que sí pasó algo pero, después de todo, no fue para tanto.

Supongo que si de algo ha servido tanta alarma ha sido para aceptar que siete años deberían ser suficientes para perdonarnos, para atreverme a decirte hola cuando algún día de verdad volvamos a encontrarnos.

Elogio a las malas palabras


Buscando a Wakefield

Por Cecilia Magaña

El encanto de una putiza

Recuerdo la primera vez que solté una retahíla de maldiciones contra un niño que había estado molestando a mi primo Joaquín. Yo debía tener unos siete años y, por alguna razón, me tomé my en serio eso de hacerla de paladín de la justicia: le dije hasta de lo que se iba a morir e incluí palabras que no había escuchado de boca de mi madre (que siempre ha preferido groserías menores, como “pinche” ó “pendejo”, cuando alguien se le cerraba en el tráfico) o de mi padre (de cuya boca no escuché nada arriba de “imbécil”). Supongo que todo lo que le solté lo había aprendido en la televisión o en las películas, porque fue mucho y muy subido de tono, tanto que el pobre no supo qué contestar y las palabras bastaron para mandarlo a su casa, con cara de asustado.

Había descubierto el poder de las malas palabras y experimentado, en retrospectiva, mucha vergüenza: temía que alguien fuera a decirle a mis papás. El evento me marcó tanto, que aún recuerdo la expresión del niño, el barco de cemento pintado de amarillo donde se dio el encontronazo, y la sensación caliente en las mejillas.

Regresaron para quedarse

La memoria es una cosa extraña y moldeable, como la plastilina, y hoy en día no sé si aquel niño dejó de molestar a mi primo por todo lo que salió de mi boca, o si coincidió con una de las muchas mudanzas de mi infancia, dejándolo atrás. Lo que sí recuerdo es que además de la culpa, un temor se instaló dentro de mi cuando volví a usar ese lenguaje contra otro chico, en segundo de primaria: el temor a que otros niños no me consideraran una “chica normal”. Recuerdo al niño: nos perseguía con el tubo con el que removían la basura que algún adulto irresponsable (de esos que en los años ochentas no se preocupaban tanto) quemaba en el mismo patio durante el horario escolar. Recuerdo que el niño se llamaba Héctor y me gustaba. Sin embargo, por hacerme la valiente, usé mis palabras y todo se acabó. No estoy segura si lo expulsaron de la escuela (después de todo, nos perseguía con un tubo), o simplemente lo cambiaron (porque la mayoría del salón éramos niñas y el pobre era terriblemente acosado, al punto de tener que armarse, precisamente, con un tubo); lo cierto es que a partir de entonces procuré cuidarme de ser grosera. Al menos hasta que en la adolescencia entré a clases de actuación y las malas palabras volvieron.

Sin embargo, todo se quedaba en el escenario, en los personajes. En mi vida normal yo tenía un lenguaje irreprochable. Hasta que la escritura se convirtió en otro espacio en el que las groserías volvieron a tener lugar. No fue el arte lo que regresó el lenguaje soez a mi vida cotidiana, sino otra vez, un varón. Había entrado al ITESO a estudiar Psicología después de abandonar la UAG, y me encontré a un chavo que había visto de lejos en la prepa y siempre me había gustado. Yo llevaba el cabello corto y él me confundió con una chica que en la preparatoria llevaba el cabello así y era particularmente malhablada. Para no sacarlo de su error, dejé que mi lenguaje se relajara, interpretando primero al personaje y luego dejándome seducir, una vez más, por las malas palabras. “¿Qué pedo con esas fórmulas, Margarita?”, le preguntaba confianzuda a la maestra de Estadística, “¿a quién chingados le importa el puto perro de Pavlov?”, soltaba entre cigarro y cigarro en los jardines itesianos, por primera vez libre después de haber estado en pura escuela represiva.

Las malas palabras me pusieron bajo el reflector, esta vez iluminándome de manera apropiada para conquistar el corazón del chavo, quien después se retorcería de vergüenza cuando me solté como hilo de media frente a sus papás. Trabajar como maestra me enseñó a frenar el torrente de nuevo, y eventualmente, a soltarlo sólo después de ciertas pruebas: como cuando metes el dedo del pie para comprobar la temperatura del agua, antes de sumergirte por completo. Suelo ser muy propia y soltar de pronto una que otra grosería delante de las personas, para dejarme ir si me siento en confianza, porque sí: me gustan las malas palabras. Me encantan. Para mí, han sido armas, pero también rompehielos, han sido el origen de muchas carcajadas y han cumplido también la función de código para conectar con otros que también las aman.

Creo en su poder, como supongo que muchos creen en el Expecto Patronum y aunque a veces todavía siento el calor de la vergüenza en las mejillas o percibo la reprobación de quienes consideran que no solo son vulgares, sino reduccionistas, les aseguro que seguiré usándolas. Después de todo, hay cosas peores que decir una que otra chingadera.

Bisbis bisbis


Buscando a Wakefield

Por Cecilia Magaña

Hace tan solo unos días (mientras Javier y yo comprábamos en el Oxxo cualquier tontería que bien podríamos haber comprado antes), escuchamos a Wakefield balbucear algo que no entendimos, pero que no eran groserías. El vagabundo de la colonia al que le seguimos la pista aunque nos mudamos de casa y a quien sólo habíamos escuchado decir chingaderas cuando se enojaba, también va al Oxxo y se compra  refrescos, también sabe decir palabras amables, aunque sólo suenen a algo así como “bubusa”, o “glu-glu”. En tan solo segundos, el hombre misterioso al que le hemos construido toda una historia, al que hemos seguido con asombro por la ciudad y con quien de vez en cuando cruzábamos un “buenos días” o un “buenas tardes”, al que él respondía con un resoplido y una sonrisita, ya no parecía tan extraordinario ahí, frente al mostrador, con sus monedas.

Por alguna razón, escucharlo y verlo en un lugar tan ordinario para nosotros y que se comportara como un hombre civilizado, me hizo pensar que algo se había perdido, aunque fuera sólo un pedacito. Y es que él es como una versión en carne y hueso de esos personajes que no se explican, sólo se experimentan como una infinidad de posibilidades que, si se reducen a una sola, se desvanecen. Como el personaje de Feuille Morte, de la novela Modelo para Armar, escrita por Julio Cortázar, a quien todo le asombra y acompaña a los personajes a un lado y a otro y que sólo dice: “Bisbis bisbis.” Jamás he entendido qué diablos pasa con Feuille Morte o qué es exactamente, pero su potencial para ser casi cualquier cosa, lo hace mi personaje favorito en esa historia.

Viendo a Wakefield caminar con una blusa de mujer en el verano, tomando el camión y andando, siempre andando, prefiero pensarlo como mucho más que un vagabundo que alguna vez perdió la cabeza y se quedó en la calle, a dormir bajo los árboles y a comprarse refrescos en el Oxxo.

El misterio sobre “el Horror”, que el señor Kurtz nombra y que el protagonista de la novela guarda como un secreto en El Corazón de las Tinieblas de Joseph Conrad, me emociona precisamente por no saber de qué se trata. Dejar que la suposición se imponga a la realidad me parece más interesante que saberlo todo, como la idea de adivinar qué habrá querido escribir Trump con el famoso Covfefe o imaginar la historia detrás de una cicatriz. Ya desde niña mi mamá  me decía bastante seguido que: “el sordo no oye, pero compone”, y supongo que es verdad; en el silencio, es más fácil crear.

Quizás eso era en lo que pensaba Carson McCullers cuando creó a Mr. Singer, el sordo protagonista de El Corazón es un Cazador Solitario,  o Cristina Rivera Garza cuando armó toda una escena en la que los personajes de La Cresta de Ilion ( entre ellos Amparo Dávila), hablan en un idioma que se parece mucho al bisbiseo de Feuille Morte. Mario Heredia también tiene un cuento en el que una serie de piezas musicales se componen a lo largo de años en el silencio y que el lector sólo puede escuchar una vez que termine la historia y sume, como una melodía, los recuerdos que ha ido construyendo página a página en torno al personaje principal.

Hoy Wakefield camina por la calle un poco más tangible que de costumbre, y más tarde, cuando voy a la zona de Chapultepec y veo a otro indigente jugando con el agua de la fuente, descubro a un hombre mirándolo fijo, con la misma sorpresa que tal vez se me nota cuando veo al  apresurado chaparrito que no usa los zapatos en pares. Por un momento pienso: no, no lo mires tanto, algo así de maravilloso habría que mirarlo sólo de reojo. Pero luego descubro que me interesa el hombre que mira, más aún que el vagabundo.

¿Qué misterios guardará para que le cautive tanto ver a un hombre deslizar el agua por sus brazos? ¿Le recordará a alguien? ¿Le hará desear acercarse y mojarse, también, las manos? Y entonces me asalta la posibilidad de que alguien me mire a mí y se pregunte: ¿qué hace esa mujer mirando a ese señor? Así que me apresuro, voy al Oxxo, y compro una coca que pago en silencio, señalando las monedas, sin bisbisear.

#wakefield, #HistoriasSinSpoilers bisbis-bisbis

Mudar fantasmas


Buscando a Wakefield

Por Cecilia Magaña

Mudarse es una lata. Las cajas, el polvo, la limpieza a profundidad de ese lugar que hay que conquistar como todo nuevo territorio. El lento reconocimiento de sus ruidos, de sus silencios, las pequeñas complicaciones: la llave del agua que descubrimos que no funciona; el calentador que no sabemos cómo prender, la chapa de la entrada que tiene maña y se resiste a revelárnosla. Por otro lado, las cajas donde hemos guardado con descuido nuestras cosas, parecen pozos sin fondo: lo que hay que acomodar en las repisas, guardar en los armarios, esconder bajo la cama, se multiplica por generación espontánea.

Somos Crusoe y las cajas, el mar sin fin. La marea trae consigo objetos queridos, momentos que creíamos olvidados, pedazos de nuestra identidad que nos acompañan para hablar en esos primeros días y luego volver al silencio en algún rincón, hasta que llegue el próximo cambio.

De niña viví al menos diez mudanzas, siempre acompañadas de una cierta sensación de pérdida, porque también hay cosas que se dejan irremediablemente atrás. No todo mundo se muda como Lupita D’Alessio con la intención de “hacer limpieza al armario, borrar rencores de antaño” (aunque también he tenido una de esas). Sin embargo, la mudanza que más me ha impactado no ha sido directamente mía y su recuerdo vuelve siempre, guardado entre las cajas, con el álbum de fotografías al que mi abuelo materno le dedicó años.


Fantasmas, #HistoriasSinSpoilers


Las fotos de mis tías, de la casa vieja donde creció mi abuela y donde mi madre juró que había sentido a un fantasma sentarse justo a su lado. “El invitado de piedra”, le llamaba la tía Meche, la menor de todas, la que nunca se casó porque sus amores siempre fueron con uno que ya estaba casado. La otra tía, la mayor, de nombre Renée, tampoco se casó porque “era demasiado exigente con los hombres”, aunque yo siempre he pensado que quizás hubiera sido menos quisquillosa con las mujeres.

El techo estaba lleno de gatos, y las paredes del patio con jaulas de pájaros. Los primeros de Meche, los segundos de Renée. Meche se quedó joven para siempre, porque murió a los cuarenta y se convirtió en un fantasma más, todavía hermosa y de risa fácil, fumando en la banca que miraba a la fuente. “Lo sigue esperando a él”, decía la tía Renée, que tantas veces la habría visto desde la ventana, aguardando por el hombre casado que, también para siempre, siguió con su mujer.

Yo conocí a Renée ya vieja y sólo visité su casa de día. Nunca pude escuchar que a media noche alguien tiraba la vajilla completa al suelo, para descubrir en la mañana la vitrina intacta. Tampoco pude sentir cómo se sacudía la vieja escalera de caracol que daba a la azotea, con pasos y pasos de gente que parecía subir a una fiesta. Mucho menos me tocó que apagaran la radio, como acostumbraban hacer los fantasmas de la casa, cuando mi abuela era niña y escuchaban los programas de orquestas a la hora de la comida. “Le daban la vuelta al botón, así nomás, y entonces todos nos quedábamos callados, mirándonos.”

La mudanza de la tía Renée no fue a una casa nueva, sino a un asilo de ancianos, donde terminó sus días entre otro tipo de fantasmas. La mayoría de los muebles se vendieron, las vajillas se repartieron, y a mí, de entre todas las maravillas de ese pequeño museo familiar (que había sido vendido para demolerse y usar el terreno en la construcción de una torre de departamentos) me tocó tan solo un espejo. Antes de salir de ahí por última vez, lo tomé en mis brazos y me paseé, reflejando en él los azulejos del piso, el foco pelón del baño, la madera oscura de los armarios. Mientras retrataba la casa en el espejo los fui llamando en silencio, “vénganse conmigo, yo los cuidaré”, caminando frente a las jaulas vacías,  subiendo la escalera de metal, “vengan que yo los guardo, yo los cuido bien.” Deteniéndome en la fuente, para entonces cubierta de hiedra, tratando de oler el humo del cigarro recién prendido por Meche: “anda, ven.”

Quisiera poder decir que entre las cajas de esta mudanza, la que acabamos de sobrevivir hace poco más de una semana y aún nos tiene como náufragos sin internet, venía el espejo en el que salvé a los fantasmas de mis tías, de la vieja casa de la que hoy solo quedan fotos. Lo cierto es que cuando pretendía traérmelos conmigo tenía apenas dieciséis años y no tenía mucha idea de lo que significaba. Bastó que una sola vez sintiera su peso al lado de la cama, y escuchara una voz de mujer diciéndome: “estoy aquí”, para al día siguiente abandonar el espejo en la basura, a escondidas de mi madre, porque ¿cómo iba a explicarle? Había sido una locura eso de mudar a los fantasmas de casa, incluso de ciudad, pensar que podía hacerme cargo de ellos. Tampoco podía contarle, porque me moría de vergüenza, que los había traicionado a todos dejándolos en la calle, como si fueran un objeto más.

No he vuelto a escucharlos y espero que me hayan perdonado. Cada mudanza los recuerdo, escribo cuentos sobre ellos con la idea de bajarle a la culpa e imaginarme que los estoy rescatando dentro de otro espejo. Y paso mal las primeras noches, despertándome para reconocer los ruidos del nuevo departamento, comprobando aliviada que no, no han vuelto.

Adiós, Adriana


Buscando a Wakefield

Por Cecilia Magaña

La historia de mi nombre es una historia de azar. Resulta que mis papás no contaban con que fuera niña y sólo tenían pensado que me llamara Luis Alberto, así que, ante la sorpresa y las sugerencias de nombres que no convencían a uno ni a otro, tomaron una revista y pasaron el dedo por la hoja hasta detenerse en uno. Fue Cecilia.

Hace unos años leí en un artículo que el estado Sonora había prohibido una lista de nombres entre los que se encuentran Batman, Aguinaldo, Cesárea, Culebro, Escroto, Twitter, Zoila Rosa, Llanta y Letrina. Y aunque es verdad que son nombres terribles para la vida real, siempre he tenido la inquietud de escribir un cuento con una protagonista llamada Letrina. Quien haya leído ya Los Detectives Salvajes recordará a la mítica poeta Cesárea Tinajero, cuyo nombre no suena tan mal en los labios de Ulises Lima.

Desde niña he deseado tener un segundo nombre. Creo que dos son mejor que uno y aunque no sean hermosos pueden dar cierta ventaja. De la lista anterior, por ejemplo, Zoila Rosa al menos tendría la alternativa de elegir uno para presentarse. Podría ser Zoila en un lugar y Rosa en otro. Seguramente, sólo su madre o su pareja le llamarían por su nombre completo cuando estuvieran por tener una discusión: “Zoila Rosa, ven acá, tenemos que hablar.”

He preguntado a varias personas con dos nombres si de verdad aprovechan la duplicidad que yo me imagino tienen todos los Francisco Javier, los Luis Antonio, las Ana Berta y las Paola Lucía.  A través de mis encuestas —conducidas de manera nada seria, lo confieso— las personas con nombre doble me han dicho que no, que no es cierto, no se viven como dos personas y hubieran preferido llamarse únicamente Mengano o Zutana, así como yo me llamo Cecilia.

Hace año y medio que vivimos en un departamento en la colonia Arcos. Javier —que es el señor Francisco para los que llaman ofreciendo tarjetas o planes de Telcel— fue quien firmó el contrato con don Rubén, nuestro casero y vecino. Alguna vez que grabamos Juego de Pomos  en casa, debió escucharnos y se confundió al oír el nombre de mi amiga Diana, porque en los siguientes días comenzó a llamarme así. “Buenos días, Diana”, me saludaba don Rubén mientras regaba el jardín. Debió notarme algo raro, porque luego lo cambió a Adriana. “¿Qué tal, Adriana? ¿Ya quedó el boiler?”, sonriendo desde su puerta o subiéndose al auto antes de decir: “¿se les ofrece algo del súper, Adriana?”.

No lo he corregido y desde hace un año disfruto siendo la apresurada Adriana, que siempre sale corriendo a tomar el camión y apenas saluda a don Rubén, la Adriana que se asoma por la ventana cuando él pregunta por Javier,  la Adriana que le tiene miedo al perro de la vecina. Ha sido una experiencia fascinante, y contrario a lo que muchas personas con nombre doble me dicen, en cuanto escucho el nombre de Adriana, respondo, encantada de jugar el juego.

Desgraciadamente, el chistecito está por acabarse: la semana que viene nos mudamos a un departamento nuevo y dejaré de ser Adriana. Si algo me consuela es que viviremos a sólo unas cuadras de distancia, aunque supongo que serán pocas las oportunidades para encontrarme a don Rubén, el único que conoce mi segunda identidad.

Mientras comenzamos la labor de armar las cajas para la mudanza, sé que no será posible engañar a nuestra nueva casera, la licenciada Bailón, porque entre los papeles para solicitar el departamento se incluyó mi identificación oficial, y seré sólo Cecilia. O quizás no… quizás rescate a Adriana Magaña a través de una historia o de un blog. Aunque pensándolo bien, suena cacofónico, ¿y si fuera Adriana Chávez, o Adriana, nomás? O mejor Zoila. Zoila Rosa, escritora de minificciones que Adriana Chávez podrá leer en el camión, mientras recupera el aliento después de correr a tomarlo unas cuadras más atrás, aprovechando para saludar a su viejo casero, antes de volver a ser Cecilia en cuanto piso la banqueta del lugar donde trabajo, los lunes en la mañana.

El “bax” nuestro de cada día


Buscando a Wakefield

Por Cecilia Magaña

El siete de febrero, uno de mis contactos de Facebook, el escritor y periodista Jorge Alberto Pérez, publicó una crónica brevísima sobre una reunión entre dos personas de la tercera edad; al principio todo parecía un reencuentro: “¿Eres tú?” dijo ella, “¡Ya llegaste!, pensé que no ibas a venir”, respondió él. Conforme Jorge fue escuchando más —porque a todos nos gusta el chisme, no nos hagamos— se dio cuenta de que era una especie de cita a ciegas: “no te ves tan diferente en las fotos”, dijo uno, y a partir de aquí Jorge ya no recuerda quién dijo qué, porque estaba armando una serie de posibilidades maravillosas: ¿sería que un sitio de citas para adultos mayores los había reunido? ¿o habrían recurrido a Tinder? Seguro un tercero, un amigo en común los había convocado a ese lugar en el centro, donde Jorge pudo ser testigo de su reunión e inventarse, así nomás, una historia que luego nos compartió a manera de postal, narrando su versión, mucho más interesante que la realidad.

Hace un par de semanas, en el camión, una niña de unos ocho años, sentada junto a la ventanilla, escribía con mucha concentración en un cuaderno. Javier venía conmigo y los dos, de pie y bien sujetos de los asientos contiguos, nos asomamos discretamente, como que no quería la cosa. Para nuestra sorpresa, la niñita, cuyo inocente hermano mayor dormitaba a su lado, escribía una carta en la que decía que odiaba a todos menos a su mamá y los mandaba a la chingada. Agregando más insultos con horrorosa ortografía, la niña nos miró de reojo y arrancó la hoja. Al vernos descubiertos, nos pusimos a platicar de tonterías, como si todavía fuera posible engañarla. Unas cuantas paradas más adelante, la niña y su hermano llegaron a su destino, pero ella nos había dejado, doblada y entremetida en la ranura de la ventanilla, su hoja llena de mentadas. Seguramente era una broma, pero nosotros nos creamos historias terribles y no nos atrevimos a tomar el papel. Quizás sólo era una broma muy al estilo del clásico “puto el que lo lea”, pero nos lo tomamos muy mal.

 


#TodosLosRuidosdelMundo #HistoriasSinSpoilers

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El año pasado, por andar chismeando con el mismo método, pude leer lo que un chavo de unos veinte años, con apariencia inofensiva y particularmente flaco, escribía en su celular: “sabemos tu nombre, sabemos donde vives y te tenemos vigilado, César. Quédate bien atento a tu celular y ponte verga”. Mientras el chavo se bajaba del camión —los sociópatas que usan la misma ruta que yo, siempre van a destinos más cercanos que el mío— deseé que César no se pusiera verga, sino trucha, y no cayera. También quise pensar que no era cierto, que no acababa de presenciar un delito de manera tan casual.

Puede ser que, al igual que la historia de amor millenial entre dos viejitos que se creó Jorge y la anécdota de la niña con su cartita de odio, el extorsionador por whatsapp sea otra ficción que se parece mucho a los mitos y leyendas con los que asustan a mi mamá. Esas que se envían como cadenas y alertan sobre horrorosas arañas debajo de los excusados en restaurantes públicos, sobre secuestradores que te hipnotizan con tarjetas impregnadas de LSD o engañándote con sospechosas lociones.

Justamente, el miércoles pasado, un hombre le reportaba al guardia de seguridad de la Librería del Fondo de Cultura Económica, que allá afuera, en el camellón, había una muchachita vendiendo perfumes. “Alerte a la clientela, son secuestradores”, dijo el señor, y se fue muy tranquilo de haber hecho una diferencia, aunque el pobre guardia en realidad no es un policía y su trabajo es revisar que nadie se lleve libros gratis.

La historia de amor — o de sexo casual, si fue Tinder lo que unió a los viejitos— que Jorge se inventó, tuvo sólo un comentario: “Le hace falta tensión y una pizca de malicia a tu relato, ver más bax…” ¿Será que nos gustan más las historias de terror? ¿Las que nos enojan, como la historia del “guapa” que nos contó la semana pasada Tamara de Anda? ¿Por qué será que no nos cuestionamos la malicia y el bax que le echamos a esas historias?

Quizá preferimos darle más espacio a las historias que nos asustan, que nos inquietan, y que nos dan la excusa de —como la niña del cuaderno— mentarnos la madre.

Moira, perro milenario


Buscando a Wakefield

Por Cecilia Magaña

Todo empezó como un juego. Había un congreso de budismo en la expo, y el que entonces era mi novio y yo escuchamos en la radio sobre la visita de los restos de un monje, un tal Rimpoché. Hasta entonces sólo había consistido en fingirle la voz, una vocecita baja y gangosa, cada vez que mi perra, Moira, hacía cierta expresión. La coordinábamos con sus gestos, las pausas que hacía para lamer u olisquear algo, como si de verdad fuera ella quien hablara.

La historia de Rimpoché agregó un nuevo ingrediente al juego. Moira, la perra, juró en uno de sus diálogos con nosotros que ella era la reencarnación del monje y que, por un error cósmico, su alma, destinada al Nirvana, había terminado en el cuerpo alargado y paticorto que teníamos frente a nosotros.

Sus siestas se convirtieron en viajes astrales encubiertos, y comenzó a darnos dudosos consejos espirituales, basados en una supuesta sabiduría ancestral. Lo cierto era que, cada que nos inventábamos un consejo en voz de Moira, solía ser una barrabasada; algo que haría pensar que el cosmos no se había equivocado; un ser que dijera cosas como las que salían de su hocico no hubiera entrado al Nirvana porque se trataba del ser espiritual más corrupto y poco confiable que conoceríamos jamás.

Moira aprendió a distinguir su voz, a mirarnos pacientemente y posar mientras teníamos largos diálogos con ella. Cuando la relación con mi ex terminó, Moira y yo salimos por la puerta, y todo parecía indicar que era el fin de sus historias.

Sin embargo, ella conservó su voz para hacerme reír y reírse de mi. Sus comentarios políticamente incorrectos, acompañados de movimientos de cola y la mirada bromista de la  daschund, cautivaron también al hombre que ahora es mi pareja. Javier siempre le gustó a la perra… y los diálogos crecieron. Moira se convirtió entonces en la experta mentirosa que se contradice una y otra vez para hacernos soltar la carcajada. Intercambia verdades trascendentales e inservibles por pedacitos de pan. Cuenta anécdotas de vidas pasadas en las que ha sido franquista,  amiga de Torquemada y otros extremistas. Recita poemas a su pelota y aboga por todo lo que sea incorrecto, absurdo, indefendible.

Moira, con la calma zen que la caracteriza, ha terminado por confesar que lo de Rimpoché fue un cuento, aunque lo del Nirvana sí sea verdad. También ha llegado a decir que le caemos lo suficientemente bien como para posponer su partida o quizás, arreglar una nueva reencarnación siempre y cuando le prometamos uno de sus manjares favoritos: nieve.

Moira sabe cuándo jugar, cuándo quedarse quieta, cuándo mirarnos fijamente o sacudir la cabeza, completando algún chiste o mandándonos a volar. Sé que para muchos sonará absurdo, pero en estos días me he dado cuenta de que Moira nunca ha sido un sustituto de hija, sino algo más. La compré en una veterinaria un año después de que murió mi padre, en mi momento más ateo y beligerante.

Moira, cuyo nombre elegí a partir de un personaje de los X-Men, es también el nombre de las personificaciones del destino en la mitología griega: las Moiras son tres mujeres que controlan el hilo de la vida de todo mortal, desde su nacimiento hasta su muerte. Una es hilandera, otra echa suertes para decidir qué tan largo es el hilo, y la última usa las tijeras cuando decide que ya es hora.  A la muerte de mi padre, creí que necesitaba un cachorro del que hacerme cargo, pero en realidad necesitaba justo lo que Moira me ha regalado: el humor negro como arma ante lo desconocido.

Hace un año su hilo estuvo a punto de romperse. Moira estuvo muy enferma y pensamos que sería la despedida. Leí Moby Dick en voz alta para ella y, después de unas semanas de convalecencia —páginas y páginas de místicas ballenas—  se recuperó para acompañarnos en una versión más flaca, pero igual de simpática y embustera.

Hoy el cuerpo en el que hemos depositado tantas historias, con todo y sus pulgas, parece anticiparnos que la partida se acerca. Contar el secreto de su voz y sus historias, de las risas en las que ella participa, me hace sentir un poco tonta, y a la vez privilegiada. Espero que algún burócrata espiritual esté tomando nota para corregir el error y, cuando llegue el momento, exista alguien esperando a Moira con nieve y una pelota amarilla, allá lejos, en el Nirvana.

Buscando a Wakefield


Buscando a Wakefield

por Cecilia Magaña

Hay un hombre que camina por la calle donde vivo. Es un hombre de barba canosa y pelo largo, lleva un zapato distinto en cada pie y siempre va con mucha prisa. Wakefield, le llamamos alguna vez Javier y yo, pensando en el personaje de Hawthorne. El amigo, le hemos dicho en otras ocasiones, cuando se enoja y grita algo, o cuando lo descubrimos bebiendo de un refresco abandonado. Aunque Wakefield me gusta más. Me hace pensar que hay alguien que lo espera en algún lugar, quizás desde hace veinte años. O alguien que de vez en cuando se lo encuentra y le procura ropa nueva, dos pares de zapatos; porque en esto el amigo Wakefield es irreductible: no puede usar el mismo tipo de zapato en cada pie. Lo imagino ceñudo, tomándose su tiempo al decidir qué par le gusta más para desechar; el izquierdo primero, el derecho después.

Hawthorne narra, como parte de su cuento, que leyó “en alguna revista o periódico viejo la historia, relatada como verdadera, de un hombre ―llamémoslo Wakefield―que abandonó a su mujer durante un largo tiempo…”. Y hoy miro las noticias, miro los periódicos de los que alguna vez yo también recorté noticias curiosas, impresiones agridulces de la nota roja pero no encuentro nada que me despierte una historia. Es más, no quiero mirar. Prefiero ver por la ventana y buscar al amigo, a nuestro Wakefield, caminando rápidamente a ningún lado. Como todos nosotros, parecen decir los tuits, los posts de Facebook de tantos amigos, los whatsapps preguntando si ya nos enteramos de los muertos, de la toma de posesión de Trump, del muchacho que le disparó a todos. Y yo quisiera decir que no. Que no sé nada. Que me he ido y no volveré por veinte años. Que cuando pase todo entraré por la puerta como si acabara de irme apenas, aunque habré pasado todo ese tiempo en una casa cercana, mirando el mundo que conozco desde otro lado. Igualito que Wakefield. Pero me descubro como siempre, sin quedarme en un solo lugar, corriendo para ganar más dinero, para pagar las deudas, para ver si de una vez me animo a contratar ese seguro de gastos médicos.

Hace apenas unos días me lastimé la rodilla. Fue cerca de la ventana. La luz de mediodía entraba a través del cristal y yo me agaché a recoger algo. Eso fue todo: no fue un gran accidente, una caída terrible, algo digno de hacer levantar la vista a Wakefield desde allá abajo. Esperé un par de días con el dolor, como si no pasara nada. Subiendo y bajando de camiones. Hasta que fui al doctor y me recetó estarme quieta. O al menos más quieta que de costumbre por dos semanas, si no quería que me operaran. Así que he obedecido y aquí estoy, mirando al amigo que de vez en cuando se sienta bajo un árbol y canta. O mira las hojas y se queda dormido, cosa rara. Descansamos los dos.

He escrito algo, pero nada de ficción. ¿A dónde se me fueron las historias? Melville le escribió alguna vez a Hawthorne que tenía una excelente anécdota para él: una contraparte de Wakefield. Así como tanta gente que conozco me ha dicho en más de una ocasión: conozco una historia que te va a gustar, es casi un cuento, ya verás. Hawthorne nunca la escribió. Y yo sigo preguntándome, ¿a dónde se me fue la ficción? ¿Cuál es la calle donde se encuentra ahora esa casa en la que pensaba esconderme por al menos veinte años? Quizá es la misma que Wakefield se ha cansado de buscar.

Lo imagino aún tumbado bajo el árbol. Estiro la pierna, que según yo va mejor, y se me ocurre que tal vez es eso lo que nos hacía falta. Un ratito de ocio, de quietud después de tanto tiempo de vagabundear y de angustiarnos. Volver a nosotros y asomar la cara al hogar que hemos dejado por tanto tiempo abandonado. A ver qué se nos ocurre. A ver qué pasa.