Categoría: Los lenguajes de Gisela

Gisela y el lenguaje de la ciudad (Parte 1)


Los lenguajes de Gisela

Por Jazz Noire

La prisa y el olvido

Cada vez que debe cruzar una calle y el automovilista en turno no utiliza su direccional para anunciar que dará una vuelta (y la da), Gisela se pregunta si hay alguna clase de epidemia que imposibilita a los conductores usarla o que provoca, en todo caso, que esas luces dejen de funcionar en casi todos los vehículos. Pues ese automovilista no ha sido el primero y seguramente no será el último, antes de él hubo otro que no las usó, y antes de ese hubo uno más, cinco más, diez, todos los del día anterior y los del jueves y los del miércoles (extrañamente hubo uno el martes que sí indicó su vuelta con su respectiva direccional; Gisela pensó que la epidemia había terminado, pero al parecer solo era un inmune).

Ahora, como todo buen peatón que aprecia mínimamente su vida, Gisela tiene que estar atenta ante cualquier conductor que pueda dar una vuelta. Antes de cruzar, debe mirarlo directamente a los ojos mientras se aproxima a la esquina y adivinar sus intenciones reflejadas en ellos, leer en microsegundos si su mano va a girar el volante o lo mantendrá en su lugar. Mover un pie, bajar la banqueta, y ya demasiado tarde para intentarlo, sabrá si hubiera tenido oportunidad de cruzar o si debe regresar a la zona segura. Si el automóvil ha dado vuelta o no, ya no importa, ahora Gisela debe adivinar las intenciones del siguiente y del siguiente hasta que alguien se apiade de ella y le dé el paso, o hasta que la calle quede libre, o bien, esperar a que pase la siguiente tanda de automóviles que avanzan en línea recta, pues su semáforo se ha vuelto verde, y aprovechar esos breves segundos en donde todo el mundo se detiene ante el cambio de color. Muchas veces tiene que ser la segunda o tercera opción.

¿Qué tan difícil es accionar unas luces? Ya que no es solo un aviso para el peatón, es para los demás conductores que también esperan ansiosos girar en primera o segunda fila, que esperan avanzar a la misma velocidad sin detenerse o pasarse un alto porque ya no vienen más autos en la calle que está en verde. ¿Qué importan las personas que quieren cruzar la calle cuando es su turno para hacerlo? ¿Qué importa cuando hay una luz enfrente que indica que debes esperar pero no lo haces? Porque todos tenemos prisa, todos tenemos un tiempo límite que nos marca el inicio de una cita importantísima o un trabajo que nos bajara el sueldo si volvemos a retrasarnos por más de diez minutos. A todos se nos hace tarde, todos quisiéramos volar o teletransportarnos en esos días en que somos demasiados en la ciudad y ya no cabemos, ya no nos aguantamos.

El buen peatón

Gisela, como buen peatón, comprende que la prisa es prioritaria para los automovilistas estresados que deben soportar a sus iguales imprudentes, que hay que darles paso primero porque ellos y sus vehículos pueden lastimarse más que nosotros: podemos rayarles el auto, abollarlo, mancharlo con nuestra sangre… ¿Y qué harán ellos después con el cargo de conciencia? Con el debí verlo venir, el debí regular la velocidad, el no debí pasarme el alto, el debí anunciar la vuelta, o el pinche gente que no se fija al cruzar, el pinche gente huevona que no usa los puentes peatonales. Porque sí, como buen peatón, Gisela comprende que no siempre es culpa de ellos, que a veces las prisas ganan también a los peatones, que a veces las distracciones se vuelven mortales y nuestra flojera puede más que nuestro amor por la vida.

Como buen peatón, como buen automovilista, Gisela nunca olvida que, sea la forma en que se desplace, en algún momento podrá ser ese otro que tiene prisa, que no espera, que no mira más allá de su propio reloj. Todos somos peatones y automovilistas en algún momento de nuestra vida y, como buenas personas, comprender lo que es estar del otro lado puede salvar a más de uno.

Por el momento, a Gisela solo le queda esperar que la epidemia se detenga pronto, no solo la de las direccionales inservibles, sino la de los peatones distraídos y la de los automovilistas imprudentes.

Gisela y el lenguaje de los nombres


Los lenguajes de Gisela

Por Jazz Noire


¿Por qué Gisela? No lo sé. Nunca me ha gustado mi nombre (no sé lo digan a mis padres), no siento que sea uno que pueda combinarse fonética o estéticamente en los enunciados, no siento siquiera que combine con la vida.

Solo he conocido en persona a otras tres Jazmín (o mejor dicho, alguno de sus derivados: Jasmin, Jasmine, Yasmin, etc.), y he escuchado nombrar a otro par por amigos y conocidos. Pero todas ellas, en cuestión, han sido demasiado jóvenes; la mayor sobrepasa apenas los treinta. Y cuando lo pienso, no puedo imaginarme que dentro de unos treinta o cuarenta años, alguien se me acerque o hable de mí refiriéndose a “la señora Jazmín” o “doña Jazmín”; suena extraño, no suena bien. Jazmín no es un nombre que combine con alguien de edad, no es un nombre que combine con el título de una columna, ni siquiera a uno que remonte algo más allá de una planta de la cual brotaban pequeñas florecitas blancas de cuatro pétalos que maté alguna vez…

Por otra parte, Gisela fue el primer nombre que pensé, hace un par de años, cuando me vi en la necesidad de abrir un perfil falso en Facebook (ni siquiera recuerdo porqué tuve que hacerlo; pero ahí está, abandonado, como gran parte de los proyectos de juventud a los cuales se les pierde interés).

Seguramente fue un nombre que se quedó grabado en mí tras verlo en algún sitio, quizá en algún contacto, en algún programa o en la calle, escuchado de otra persona que lo mencionó. Pero desde el momento en que nombré ese perfil (en realidad su diminutivo, pero la esencia de Gisela se mantiene ahí), yo me volví un tipo de Gisela, una Gisela falsa, de minutos, pero que tuvo el poder y el privilegio de nombrarse a sí misma.

Y no, el nombre de Gisela tampoco me gusta mucho. Si tuviera que elegir, Abigail es mi nombre favorito, pero por extraño que pueda parecer, no veo a la versión actual de mí (ni siquiera a una versión falsa, de instantes) llamarse de esa manera. Así que, al final, tampoco es que haya tenido tanta libertad en nombrar el perfil falso o la columna, solo que los límites me los he impuesto yo misma.

Pese a todo, si tuviera la oportunidad de cambiar mi nombre por arte de magia, no lo haría, aunque una Jazmín anciana me sea tan inconcebible, aunque detesto aún más mi segundo e innombrable nombre por viejos traumas infantiles algo tontos (de pequeña, mi madre me llamaba con él cuando estaba enojada e iba a regañarme). Pero, ¿por qué? ¿Por conformismo?, tal vez. ¿Por costumbre?, puede ser…   Pero, sobre todo, porque ha sido ese el nombre que, me guste o no, me define frente a todas las demás personas, frente a mí misma, durante 24 largos (y quizá no lo suficiente) años.

El nombre es la etiqueta con la que nos presentamos al mundo, la razón social que nos construye y nos identifica. Con un nombre tenemos un lugar en la realidad del otro, no somos ese “alguien” que sabemos que existe pero no nos importa; no somos ese “desconocido” que solo permanece en nuestro espectro la misma cantidad de tiempo que lo hace en nuestra vista; no somos “la persona”, “el hombre”, “la mujer”, “el anciano”, “la niña” o un simplificado pronombre; aun cuando la forma verbal de cómo nos recuerdan nos guste o no, aun cuando en muchas ocasiones preferimos llegar a los apodos cuando creemos que el nombre no encaja con la persona. “Tanto tiempo que tus padres se quemaron las pestañas pensando en un nombre, para que te terminen llamando *inserte aquí apodo cómico de su preferencia*”, diría alguien en algún lugar.

Puede ser, puede que la decisión haya sido producto de una madeja mental de casi nueve meses por parte de tus padres, o que quizá desde mucho antes, uno ellos o ambos tuvieran la determinación de un nombre para sus hijos. Puede que uno quería el nombre y el otro no; que hubo una batalla campal, negociaciones, o que simplemente consultaron un libro de nombres para bebé o, más modernamente, buscaron opciones en internet cuando ya sentían la presión del parto próximo. Puede incluso que haya sido al azar, sacado de un nombre extranjero o extraño que escucharon la semana anterior a la decisión, o inspirado en una persona importante (conocida o no, familiar o no).

Por mi parte, a mí siempre me ha gustado llamar a las personas cercanas con reducciones de su nombre. Un “Mildred” se convierte fácilmente en un “Mil”, un Víctor en un “Vic”. Es una forma linda y sencilla de mostrar el cariño que les guardo, como si al tener la confianza de reducir y descomponer un poco su nombre, supiera ya quien es la persona dueña del nombre entero, como si Mil fuera diferente de Mildred, una parte oculta y personal a la que solo algunos podemos acceder.

Al final, como casi todo en esta vida, los nombres son una cuestión que se rige por los gustos. Puede que al termino de todas estas líneas alguien me diga que Jazmín suena mejor que Gisela, que sí ha conocido una Jazmín anciana o que Abigail no es de su agrado. Y cada uno tendrá razón, tanto como que a mí, cuando recuerdo que mi madre consideró durante un tiempo en llamarme Dolores (como mi abuela), Jazmín comienza a gustarme mucho más.